Loba solitaria y asesora del amor a partes iguales
E s por la mañana; el día se promete intensamente aburrido y Leo decide adelantarse a los acontecimientos, por lo que pueda pasar. Mientras se fuma un cigarro asomado a la ventana de casa, manda un mensaje al chat grupal:
Aitor y Clara no tardan en confirmar. Andrea se inventa una excusa para justificar su ausencia. Pablo… Pablo los deja en visto.
Por la tarde, cinco minutos después de la hora acordada, llega Clara, que es la primera. Se sienta en una mesa junto a la ventana y, mientras espera, saca el móvil y escribe:
La respuesta de Andrea no tarda:
Suspira y se queda un rato releyendo la conversación hasta que aparece Aitor, con su chaqueta de siempre y dos bebidas en la mano.
—¿Cómo está? —pregunta, sin preámbulos, señalando el móvil con la barbilla mientras deja la copa de vino frente a ella.
—Pues hecha una mierda, la verdad.
Él asiente y se deja caer en la silla, a su lado.
—Bueno… si te soy sincero, no creo que esté peor que Pablo, ¿eh?
Clara ladea la cabeza, con expresión seria.
—¿Por qué dices eso?
—A ver, Clara… el que se ha arrastrado ha sido él. Le ha faltado llamar a la radio para dedicarle una canción y terminar de redondear la declaración.
Ella lo observa un momento. No está enfadada, pero le cambia el gesto.
—Es que ¿sabes qué pasa, Aitor? Que yo no creo que esto vaya de ganadores y perdedores. Te puedo asegurar que, si Andrea no está aquí con nosotros, no es porque esté celebrando ninguna victoria.
Aitor se revuelve un poco en la silla, visiblemente incómodo. Clara no baja la mirada.
—Me parece surrealista que sea yo, precisamente, la que te diga esto, pero tienes que dejar de pensar que el amor es una enfermedad contagiosa, tío.
Él se ríe por lo bajo.
—Bueno, pero estarás de acuerdo conmigo en que Pablo no fue muy sutil, que digamos.
—¡Pero es que no se trata de eso, joder!
—responde ella, sin perder la calma—. Da igual si fue intenso, cursi o si se pasó de frenada.
No es una competición. Están sufriendo los dos porque se quieren.
—Hace una ligera pausa—. Bueno… no sé si «querer» es la palabra, pero está claro que hay algo entre ellos. Y lo último que buscan es hacerse daño.
Aitor baja la mirada y asiente despacio, sin añadir nada más.
En ese instante llega Leo, que entra rompiendo el momento con uno de sus dramas del día, sin prestar demasiada atención a lo que estaban hablando sus amigos.
—No sabéis la cita que acabo de tener.
Trae la actitud intacta, como siempre. Con camisa ancha, gafas de sol en la cabeza y apariencia de estrella del pop acabada. Se deja caer en la silla como si viniera de cruzar el desierto.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Clara, ya sonriendo.
—La persona se presentó con una maleta. Una maleta, Clara. Le pregunté si venía de viaje y me dijo que no, que a veces le gustaba «cargar su equipaje emocional de forma literal».
—Por favor —responde ella, tapándose la cara.
—Y cuando pedimos algo de beber, pidió «agua con propósito». Que si la del grifo no tenía intención de sanar, que prefería no beberla.
—Te juro que cada vez que sales con alguien pierdo un poco más la fe en la humanidad —apunta Aitor.
—Sinceramente, no sé si era una cita o una sesión de exorcismo.
Aitor se atraganta con su cerveza.
—Pero ¿tú dónde encuentras a esta gente? ¿En foros de autoayuda alternativa?
—En apps, cariño. Las mismas que usáis todos, pero yo tengo el modo caos activado.
Los tres se echan a reír y la conversación empieza a fluir con una naturalidad absurda.
—¿Sabéis que esta persona me ha dicho que su signo zodiacal es «espejo retrovisor»? —suelta Leo—. Yo le he dicho que el mío es «bici con ruedines».
Las carcajadas de los tres son tan intensas que se les saltan las lágrimas.
Piden otra ronda. Aitor hace chistes malos. Clara intenta robarle aceitunas a Leo sin que se dé cuenta, mientras él se inventa una teoría de que todos los problemas emocionales nacen del hecho de que el hummus se comparte mal.
—De verdad, os digo una cosa —comenta ella mientras bebe—. Qué gusto da reírse un rato.
Leo levanta su vaso.
—Brindemos. Por la amistad. Y por nuestras neuronas, que sobreviven a base de memes y comida basura.
Aitor levanta el suyo.
—Y por sus citas raras, que nos dan material para humillar a Leo públicamente.
Los tres chocan las bebidas.
Más tarde, cuando Clara entra en casa, todo está en silencio. Pasa por la habitación de Andrea y entreabre la puerta. La ve dormida, enroscada entre las sábanas. Suspira con suavidad.
Luego entra en su habitación y se sienta en el borde de la cama, sin quitarse la ropa. Se deja caer hacia atrás y mira al techo, pensativa.
«A veces me pregunto cómo será sentir así. Como Andrea siente por Pablo. Como Pablo siente por Andrea. Con esa mezcla de miedo, torpeza y verdad.
»Yo nunca me he atrevido. Siempre he sido la que bromea, la que se escapa antes de que algo se vuelva demasiado real. Y ahora los veo paralizados, jodidos, pero llenos de algo que yo ni siquiera sé nombrar.
»Y me encantaría que les saliera bien. De verdad. Porque, si ellos lo consiguen, igual no está todo perdido para los que siempre hemos salido corriendo».
Suspira.
«Pero también sé que querer no es suficiente, porque antes de amar a alguien tienes que aprender a estar contigo sin necesidad de disfrazarte. Y, por primera vez en mucho tiempo, creo que yo estoy… casi bien. Sola, sí. Pero no vacía.
»Y eso, aunque no dé para escribir canciones, me parece un punto de partida bastante decente».
En ese momento, un mensaje de Aitor la saca de la conversación consigo misma:
Clara suelta una carcajada bajita, mirando el móvil un segundo más. Luego lo deja a un lado y sonríe de verdad, en calma.