Necesito que deje de doler
E l despertador no suena; no hace falta, porque Pablo ya lo ha apagado. Lleva media hora despierto, tumbado en la cama con los ojos abiertos, clavados en el techo. Su ansiedad no duerme. Él tampoco.
A su lado, el móvil. Lo desbloquea y entra directo en el chat con Aitor.
No tarda en recibir la respuesta de su amigo:
Se incorpora, se ducha rápido, se viste. No desayuna.
Sale de casa sin mirar atrás.
Mientras tanto, en la cocina de su piso, Andrea está sentada frente a una taza de café, que lleva diez minutos removiendo en círculos, con la mirada perdida y el gesto ausente. Clara ya se ha ido a trabajar. Ella debería estar haciendo lo mismo, pero no le queda energía.
Revive la escena de hace dos noches en bucle. Las palabras, la rabia, los ojos de Pablo. Nada encaja, todo duele. No tiene respuestas. Solo queda ese eco constante de lo que él dijo… y de lo que ella no supo contestar.
Ya en el instituto, Pablo trata de moverse como siempre.
Cuando entra al aula, percibe que huele a chaquetas mojadas y hormonas en combustión.
Deja el café sobre la mesa con más brusquedad de la habitual y el gesto endurecido.
No hay frase ingeniosa para abrir la clase, solo una especie de sombra donde antes había luz.
Se dirige a la pizarra sin alzar la mirada, coge el rotulador y escribe:
¿La justicia es una verdad universal o una construcción subjetiva?
Como acostumbra, deja el rotulador y se apoya en el escritorio. Pero, esta vez, observa la pregunta como si no fuera suya. Luego se gira hacia el grupo con un gesto automático.
—¿Opiniones?
El silencio dura más de lo normal. No por timidez, sino porque ellos también notan algo turbio en el ambiente.
Su tono es neutro y ausente, lo que provoca que sus alumnos cuchicheen entre ellos.
Se lanzan miradas inquietas unos a otros, como preguntando qué está pasando.
Pablo los escucha, pero no interviene. Ni siquiera finge entusiasmo.
—Depende de quién la cuente, ¿no? —dice una voz tímida desde la tercera fila.
Él asiente, sin desarrollar.
—Eso dice bastante.
Otra mano se alza, más segura.
—¿Y si algo te parece injusto, pero no puedes hacer nada para cambiarlo?
Esta vez Pablo se endereza un poco. No mucho, pero lo suficiente para que su voz suene más firme, aunque vacía.
—Entonces aprendes a convivir con la idea de que la justicia, en ocasiones, no está hecha para ti.
Silencio incómodo.
—O peor —añade tras una pausa—, que a nadie le importa si fue justo o no.
Siente cómo los ojos de los adolescentes lo observan con atención.
Están acostumbrados a un Pablo que desafía con preguntas, que conecta ideas, que les hace pensar sin que se den cuenta.
Pero hoy no está allí del todo. Está presente, pero lejos.
Como si su chispa se hubiese quedado en otra habitación.
Una chica levanta la mano con cuidado.
—Profe… ¿estás bien?
Pablo no se ríe, no quita peso. Solo respira hondo.
—La verdad es que estoy en esos días en los que uno no sabe si lo que siente es rabia, tristeza o ambas cosas disfrazadas de silencio.
—Baja la vista hacia la taza de café, que sigue sin tocar—.
Pero así es la justicia, ¿no? Creemos que debería llegar para equilibrarlo todo, pero a veces solo sirve para recordarte lo mucho que perdiste.
Las palabras flotan en el aire como si dolieran y nadie se atreve a decir nada más.
Pablo se acerca de nuevo a la pizarra y la mira sin borrar la pregunta.
—Pensadlo —dice, más bajo de lo habitual—. No como un trabajo. Solo hacedlo. ¿Qué os parecería justo si fuerais otra persona?
El timbre suena y los chicos se levantan despacio. Nadie grita, nadie corre. Algunos se despiden con un gesto, otros simplemente se van. El aula se vacía poco a poco, pero la sensación permanece, como una especie de eco emocional.
Pablo recoge sus cosas sin apuro. Está guardando los rotuladores cuando lo ve: un papel doblado sobre la mesa. Lo coge y lo abre con cuidado, curioso.
Dentro, con letra apresurada, alguien ha escrito:
Se queda quieto un instante. No sonríe, pero algo en su expresión cambia. No mejora, no se recompone. Simplemente… cede. Como si alguien hubiera logrado aflojar un poco el nudo que se le ha instalado en el pecho desde hace días.
Dobla el papel con cuidado, lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta, apaga el ordenador y sale del aula sin decir nada.
La frase de la pizarra queda encendida en la oscuridad. Como una herida abierta que no deja de sangrar.
Por la tarde, Aitor llega al apartamento de su amigo cargado con un par de bolsas en la mano. Pablo abre la puerta y comenta, con tono cansado:
—Ya era hora, tío. Pensaba que se te había olvidado.
—Perdona, es que me he liado comprando outfits estilosos para el verano —dice, entrando como si fuera su casa.
Pablo va a la cocina, coge dos cervezas y las lleva al salón. Silencio tenso.
—Vale… —musita, dubitativo—. Necesito contarte lo que me pasa. Y para eso tengo que empezar por el principio.
—Dispara.
—¿Te acuerdas de que te hablé de una chica que había conocido?
Su amigo asiente, atento.
—Es Andrea.
Aitor frunce el ceño, como si procesar esa información requiriera más espacio mental del que tiene disponible.
Pablo continúa. Le cuenta todo. Que se fue enganchando, se lo calló, trató de cuidarla en cada gesto, explotó, se lo soltó todo y ella no dijo nada.
—¿Y ahora cómo estás? —pregunta su amigo, bajando la voz.
Pablo respira hondo, quebrándose un poco:
—No lo sé, tío. Por un lado, pienso que hice lo que tenía que hacer —suspira—, pero por otro no puedo dejar de pensar en su cara cuando se lo dije. Es que fue como si se hubiera levantado un muro entre nosotros.
Aitor hace una pausa, se rasca la cabeza.
—Vale… mi opinión: puede que sí, que te la jugaras soltándoselo así, en medio de la calle. Pero tarde o temprano iba a pasar. Porque tú ya no podías más, te estabas ahogando.
—Sí.
—Y ahora… es su turno, Pablo. Tú ya lo has dicho todo, te has vaciado. Solo te queda esperar y cuidarte mientras tanto.
Pablo asiente y, entre lágrimas, murmura:
—A veces me gustaría ser como tú. Cero dramas y cero responsabilidad emocional.
Aitor sonríe con una de esas expresiones que dicen más de lo que quieren decir.
—Siempre queremos lo que no podemos tener, Pablito.
Al mismo tiempo, Andrea entra en casa, agotada. Clara la espera en la terraza, con una copa de vino en la mano y otra servida para ella. La ve llegar, se levanta hasta la puerta y, asomándose al salón, le pregunta con ternura:
—Hola, cariño. ¿Qué tal hoy?
Andrea no contesta. Se limita a encogerse de hombros mientras sale a la terraza y se desploma en el sofá, dejando que su amiga, que la ha seguido hasta allí, la abrace. Se quedan así un buen rato, sin hablar. Ambas saben perfectamente que ahora mismo las palabras no hacen falta.
Hasta que, de pronto, Clara susurra:
—¿En qué piensas?
Andrea juega con el colgante que su amiga lleva al cuello, sin moverse de entre sus brazos. Se toma un momento, pero finalmente responde bajito:
—En si algún día podré volver a enamorarme sin miedo a que me destrocen.
Clara aprieta un poco más su abrazo, pero no dice nada aún.
—Yo creo que sí —responde al cabo de unos segundos—. Se supone que el tiempo todo lo cura, ¿no?
—Supongo… —añade Andrea, sin demasiada convicción—.
No quiero hacerle daño, Clara. A Pablo. No quiero que sufra por mis dudas.
A ratos pienso que me encantaría correr a su casa, lanzarme y ver adónde nos lleva esto.
Pero luego siento que nunca más voy a ser capaz de entregarme plenamente a otra persona, de mostrarme vulnerable…
de confiar. Y me jode, porque sé que Pablo no tiene por qué ser como mi ex.
Pero por más que lo razono en mi cabeza, se me pone un nudo aquí —se señala el pecho— que no me deja dar el paso.
Clara respira hondo sin dejar de mirarla y acariciarle el pelo.
—A ver, bombón… igual el problema no es Pablo.
Igual el problema es que estás tan empeñada en «hacerlo bien» esta vez, que se te está olvidando que no hace falta buscar la perfección para que merezca la pena.
—Hace una pausa y la mira con ternura—. No tienes que decidir nada hoy.
Ni mañana. Ni dentro de un mes. No tienes que demostrar que sabes confiar otra vez, ni que estás curada.
Sonríe, ladeando un poco la cabeza, y mira al horizonte para dejar que su amiga asimile lo que acaba de escuchar. Luego, concluye:
—Lo que sí estaría bien es que dejaras de exigirte estar lista para todo.
A veces, el mayor acto de amor es ser capaz de decirte a ti misma: «Ahora mismo no sé lo que quiero, pero me estoy intentando escuchar».
—Bebe un sorbo de su copa—. Amar no va solo de lanzarse al otro.
Va de no esconderse de una misma, y eso ya lo estás haciendo. Así que no vas tan mal como crees.
Andrea asiente con los ojos brillantes. No dice nada más. Clara tampoco. Se quedan entrelazadas, sostenidas por el silencio.