¿Por qué es tan complicado?
L a noche empieza a caer, pero a Andrea le da igual.
Solo corre. Ni siquiera sabe hacia dónde hasta que siente los brazos de Clara rodeándole los hombros.
No dice nada, solo se deja envolver, como si algo dentro de ella se rompiera de nuevo, pero esta vez cayera sobre un colchón cálido dispuesto a amortiguar la caída; por eso se aferra a ese abrazo como si le fuera la vida en ello.
Ya en casa, el silencio pesa, pero no tanto como el eco de las palabras de Pablo, que aún le retumban en la cabeza.
Clara entra en la habitación de su amiga con una tila entre las manos y se la tiende sin palabras.
Ella la sujeta con cuidado, se la acerca a los labios, sopla y bebe un sorbo.
Luego la deja sobre la mesita de noche y, con una voz tan bajita que apenas se oye, rompe el silencio:
—¿Puedes dormir conmigo esta noche? No quiero estar sola.
Clara asiente sin dudar. Cuando se sienta a su lado, Andrea se acomoda contra ella, buscando abrigo, calma, oxígeno. Su amiga la envuelve entre sus brazos y la mantiene cerca, como si con ese gesto pudiera recomponer los trozos rotos.
Andrea respira hondo. Se toma su tiempo. Luego, con la mirada perdida, suelta la verdad:
—Llevaba toda la tarde raro conmigo y, cuando le he preguntado qué le pasaba, me ha escupido a la cara que se ha pillado por mí.
Silencio.
Clara se limita a acariciarle el pelo, tratando de disimular su asombro. Andrea la mira con los ojos húmedos otra vez, como si no entendiera cómo ha llegado hasta aquí.
—Y yo… no he sabido qué responderle, Clara —le tiembla la voz y rompe a llorar de nuevo, agotada—. Ahora mismo no sé si puedo procesar esto.
Su amiga no dice nada, solo la aprieta un poco más, apoya la cabeza en su hombro y la deja llorar.
—Me ha dicho que tiene la sensación de que yo no he querido darme cuenta y lo cierto es que sé que tiene razón.
No he querido ver las señales, porque si empezaba a preguntarme qué siente Pablo por mí, acabaría descubriendo qué siento yo por él.
Y entonces —se seca las lágrimas con la manga del pijama— lo que me pasa cuando estamos juntos sería real.
Clara la mira con ternura dolorosa.
—Yo ya lo sabía, cariño.
—¿Te lo ha dicho él? —pregunta sorprendida.
Clara sonríe sin alegría.
—Cuando se lo pregunté, sí. Pero, aunque ha intentado disimularlo, se le notaba, bombón.
En cómo te miraba un segundo de más cuando hablabas, en cómo buscaba sentarse siempre a tu lado, en cómo se le iluminaban los ojos cuando te escuchaba reírte a carcajadas…
—hace una pausa, recordando cada momento con media sonrisa—.
El otro día, cuando volví de mi viaje y me encontré la nota que te había dejado, me moría de ganas por saber si había pasado algo.
Andrea baja la cabeza y se cubre la cara con las manos. Se siente estúpida por no haber hecho algo antes, por haber fingido que no era real.
Su amiga lo nota, le besa el hombro y, con voz suave, le dice:
—Andrea, mi amor, no pasa nada si estás hecha un lío.
Es algo que no puedes controlar. Ni lo que siente Pablo ni lo que sientes tú.
Y no tienes que decidir nada ahora. Tómate tu tiempo para asimilarlo todo y, cuando estés lista, hablas con él y le dices lo que tengas que decirle.
Conociéndole, te va a estar esperando. Es solo que ya no aguantaba más sin decirte lo que siente por ti.
Andrea no responde. Solo asiente, llorando en silencio. No sabe si lo hace por convicción o por inercia.
Paralelamente, Pablo llega a casa con la espalda encorvada, como si los pasos le costaran el triple. Cierra la puerta con un clic seco. Ni siquiera enciende la luz. Se deja caer en el sofá, apoya los codos en las rodillas y se cubre la cara con las manos.
Resopla.
—Joder…
Mira al frente. No hay nada. Solo oscuridad.
«No tenía que haberle dicho nada. Claramente no estaba preparada para oírlo. Y menos así».
Coge aire y se recuesta contra el respaldo. Mira al techo. Cierra los ojos.
«Pero ya no podía más. Tenía que hacerlo. Ya no le veía sentido a seguir callándomelo. Cada vez estaba más agobiado. Y eso tampoco es justo para mí».
Se incorpora de golpe y camina por la casa. Siente que no puede estarse quieto. Se quita la chaqueta, dejándola tirada donde cae. Mira el móvil. Nada. Por un segundo ha pensado que Andrea le habría escrito algo. Un mensaje. Cualquier cosa. Pero no, evidentemente no.
Se sienta al borde de la cama, mirando al suelo. Luego, al cuaderno que suele usar para escribir. Lo coge, lo abre. Pero la página en blanco le devuelve un silencio que pesa más que todo lo demás.
Suspira.
«No te arrepientas de haber sido honesto», se repite varias veces, tratando de convencerse de ello.
Se desliza hasta sentarse en el suelo, apoya la espalda contra la cama y se agarra el pelo, como si eso pudiera frenar lo que viene. Pero no puede.
Empieza a temblarle la mandíbula. No se oye nada al principio, solo una respiración entrecortada. Pero entonces rompe a llorar, sin escándalo. No por ella. Por todo.
Por haberse sentido invisible, por haberse atrevido a decírselo, por tener tanto amor en el pecho y no saber qué hacer con él.