Micro abierto. ¡Ups!
Y a hace calorcito y esa temperatura aún soportable empieza a colarse entre los árboles, como una promesa de verano.
Es jueves por la tarde. Hace unas semanas que Marina se marchó y el resto del grupo ha quedado para ir al parque que tanto les gusta.
El césped está seco, pero mullido, y la sombra se agradece.
Pablo y Andrea son, cómo no, los primeros en llegar.
—¿Te traes el pareo playero esta vez? —pregunta ella, sentándose en la misma esquina de siempre.
—Hoy vengo preparado —responde él, sacando una toalla ridículamente pequeña, lo que hace que ambos se rían a carcajadas.
Durante unos minutos, solo se escucha el canto de los pájaros y el murmullo de la gente a su alrededor. Es Pablo quien rompe el silencio con algo que lleva días guardándose:
—Oye, ¿te sigue apeteciendo ir a la librería esa que te comenté? La del «micro abierto».
Andrea parpadea un momento, como si tuviera que rebobinar en su mente.
—¡Ay, sí! Se me había olvidado, pero podemos pasarnos esta semana, ¿no?
Él asiente, satisfecho. Está a punto de decir algo más cuando aparece Leo, con su mochila colgando de un solo hombro y cara de no haber dormido demasiado.
—Hola, chiquillos. ¿De qué habláis?
Andrea, aún con la emoción en la cara, conecta los puntos en su cabeza.
—¡Oye! Tú también podrías venirte.
Leo la mira, confuso.
—¿A dónde?
—Es que estábamos hablando de una librería nueva que hay cerca de casa de Pablo. Y digo que podrías venir y leer algo tuyo, ¿no? Tiene «micro abierto».
Pablo desvía la mirada un segundo. Su sonrisa se diluye, casi de forma imperceptible.
En ese momento llegan Clara y Aitor, hablando de alguna tontería que ninguno recordará segundos después. Se sientan, se acomodan. La conversación fluye mientras Andrea sigue intentando convencer a Leo, que, tras unos segundos de duda fingida, acepta.
—Bueno… ¿por qué no? Supongo que, si me da un infarto, al menos será una muerte memorable.
Todos celebran la noticia entre risas, frases de apoyo y bromas. Todos menos Pablo, que finge bien, pero no tan bien como cree.
Un par de días después, cae la tarde y la librería ya tiene encendidas un puñado de luces cálidas. Andrea llega la primera, radiante en su sencillez y, tras saludar al organizador, busca sitio para todos. Minutos después, llegan Clara, Aitor y Leo. Esta vez, Pablo es el último en llegar.
—¡Milagro! —dice Clara—. Ya pensábamos que te habías fugado a Cancún.
Él sonríe. Es una sonrisa correcta, automática.
Sin embargo, nadie parece darse cuenta de ello.
Leo está muy nervioso. Andrea lo abraza sin apretarle demasiado.
Clara le masajea los hombros como si fuera un boxeador a punto de subirse al ring.
Aitor lo vacila con la posibilidad de hacerse viral si se desmaya en directo.
Pablo observa todo desde una esquina, se suma a los ánimos, pero Andrea empieza a notar que hoy no la mira como siempre.
En ese instante, llega el turno de Leo, que sube al pequeño escenario, se aclara la garganta y lee.
Su relato es breve: habla de un tío que decide ponerles nombre a todos sus miedos para poder despedirse de ellos uno a uno.
La sala se queda muda al principio, pero rompe en aplausos cuando termina.
Todos se emocionan, Leo sonríe con los ojos brillantes, Pablo aplaude también. Pero cuando Andrea vuelve a mirarle, sigue sin encontrar ese brillo tan suyo.
Más tarde, en La Zurda, han pedido alcohol, patatas y pizza para celebrar la victoria literaria de Leo entre brindis, bromas y exageraciones varias.
Todos están eufóricos.
A excepción de Pablo, claro, que, aunque lanza alguna frase suelta y ríe por inercia, no conecta con Andrea. No la mira. No le sigue el rollo.
Ella, que siempre lo nota todo tarde, empieza a sentir que una piedra le aplasta el pecho.
Y entonces, él se levanta.
—Yo me voy ya, que mañana madrugo.
—¡Soso! —grita Clara.
Él se limita a sonreír, saludar con la mano e irse.
Andrea se queda inmóvil. Duda un segundo. Mira su copa. Mira hacia la puerta. Y entonces musita, mientras se levanta:
—Ahora vengo.
Ya en la calle, lo encuentra a unos metros, caminando deprisa, lo que la obliga a correr un poco para alcanzarlo.
—¡Pablo, espera!
Él se detiene, tenso, con la espalda recta. Suspira sin que ella lo vea. Luego se gira.
—¿Va todo bien? —pregunta ella, intentando sonar suave.
—Sí, todo perfecto. ¿Por?
—No sé… me da la sensación de que llevas todo el día raro.
Él sonríe con la expresión menos sincera que ha mostrado nunca.
—No me pasa nada, de verdad.
Pero Andrea insiste.
—¿Seguro? Es que… primero llegaste tarde a lo de Leo y luego… No sé si es cosa mía, pero llevo toda la tarde pensando que no estás cómodo conmigo.
Su respuesta es más seca de lo que pretendía:
—Bueno, Andrea, ya te he dicho que no me pasa nada. Tengo que irme.
Ella da un paso atrás, algo herida.
—Perdona si te ha molestado que me preocupe por ti, pero tampoco hace falta que me contestes así de borde.
—Ah, ¿que ahora sí te preocupas? —responde, riéndose de forma irónica.
Andrea lo mira, sorprendida.
—Vale, ¿sabes qué? Vamos a dejarlo aquí. Está claro que sí te pasa algo conmigo, pero mejor hablamos cuando se te quite la tontería.
Se gira, dispuesta a volver, pero él le sujeta suavemente el brazo.
—¿Quieres saber qué me pasa?
Se detiene. Lo mira.
—Me pasa que lo de la librería era algo que íbamos a hacer los dos solos, Andrea. Y te ha faltado tiempo para invitar a media ciudad a unirse al plan.
—¿Perdona? —frunce el ceño—. ¿Ahora resulta que te reservas el derecho de admisión?
—¡No es eso, joder!
—Entonces, ¿qué es, Pablo? Porque no estoy entendiendo nada.
Y es ahí cuando, sin poder frenarse, lo suelta todo:
—Que estoy pillado por ti, Andrea. ¡Desde el primer puto minuto en el que hablé contigo!
¿Eso lo entiendes? Y ya no puedo más. Porque no hago más que esforzarme por estar contigo, por escucharte reír, por hacerte sentir bien…
¡y tú pareces no verlo! O no querer darte cuenta, yo qué sé.
Y sí, me parece genial que invites a Leo y que vayamos todos a apoyarle, pero podrías fijarte un poco en cómo me siento yo, ¿no?
Silencio.
Andrea está paralizada.
—Yo no te he pedido que me cuides —susurra, temblando.
Pablo alza las manos, desesperado.
—¡Ya lo sé! No lo hacía porque me lo pidieras, ni porque buscara nada a cambio. Lo hacía porque me salía, porque me apetecía. Y no me arrepiento. Pero ya no puedo seguir fingiendo que me vale con ser solo tu amigo.
—Para. Por favor.
Pablo calla. Respira. Baja la mirada y los hombros como si acabara de rendirse.
—Vale.
Y se va.
Ella, en cambio, tarda unos segundos en reaccionar. Para cuando quiere darse cuenta, sus piernas ya han empezado a caminar. Siente que le falta el aire, que tiene el pecho hecho añicos. Llega al bar, entra corriendo y coge sus cosas sin mirar a nadie.
—Andrea, ¿qué ha pasado? —pregunta Clara, poniéndose de pie al verla.
No obtiene respuesta alguna, porque su amiga se limita a irse sin mirar atrás. Como si le ardieran los pies, como si quedarse fuera peor que cualquier otra opción.
Clara mira a Leo. Luego a Aitor. Nadie dice nada porque todos están en shock . Y entonces sale tras ella sin pensárselo dos veces.