Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Fin de ciclo
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Fin de ciclo

E l móvil de Clara vibra anunciando un mensaje por el chat grupal. Lo lee, con más curiosidad que interés.

Marina:

Responde, sin pensarlo demasiado, que allí estará.

Justo cuando termina de escribir y envía su mensaje, otra noti­ficación aparece en la parte superior de la pantalla. Esta vez es un mensaje privado de Aitor:

Lo lee. Suspira. Se queda mirando la pantalla. La verdad es que no, no le apetece, pero sabe que es lo más sensato, lo correcto. Res­ponde:

El día, para Clara, transcurre con esa calma tensa de cuando se necesita que pase el tiempo, pero, a la vez, se tiene miedo de que llegue el momento incómodo.

Justo a la hora acordada, entra por la puerta del bar con paso firme, impecable, como acostumbra, pero con una sutil tristeza en los ojos que ya no intenta disimular.

Aitor ya está ahí. Ha llegado quince minutos antes. Está ner­vioso e inseguro.

Ella se sienta. No se abrazan. No se besan. Solo se miran breve­mente. El silencio pesa, pero no incomoda.

—¿Cómo estás? —pregunta él.

—Bien —miente ella, encogiéndose de hombros sin mirarlo.

Él asiente. Sabe que no es verdad, pero no fuerza nada.

—Quería pedirte perdón, Clara.

Ella se tensa un poco, sin mirarlo aún.

—He estado pensando… y, aunque creo que tú también podrías haber dicho las cosas de otra manera, me he dado cuenta de que no lo hice bien.

Hace una pausa para evaluar su reacción.

—En algún momento confundí el no enamorarnos con fingir que no sentíamos nada. Y creo que ese fue mi error.

Clara levanta la mirada por primera vez y lo observa en silencio.

—Porque yo sí te quiero. No como novia, pero… como amiga. Como persona. Como alguien importante en mi vida.

Ella no habla, pero su expresión ha cambiado.

—Y tenías razón cuando dijiste que estaba tan centrado en mí que no pensé en cómo podías estar sintiéndote tú. Pero en ningún momento quise hacerte daño, en serio.

Clara baja la mirada de nuevo. Una lágrima se desliza sin per­miso, cruzándole la mejilla. Aitor se acerca y, con suavidad, se la seca. Ella se deja.

—Gracias por tus disculpas, Aitor —dice al fin—.

Sé que son sin­ceras. —Respira hondo y lo mira fijamente—.

Aún me duele todo lo que pasó, pero ya no estoy enfadada.

El problema fue que me guardé para mí demasiadas cosas.

Me comporté como un robot que no tenía tiempo para sentir y, cuando quise darme cuenta, Marina se iba a Londres, tú decías que no querías seguir y yo…

yo sentí que, por mucho que cuidara de todo el mundo, me quedaba sola.

Y llegó un punto en el que ya no pude más.

Él la observa con ternura. Luego dice, medio en broma:

—Y encima voy yo y te pregunto si estás enamorada de mí…

Clara suelta una risa breve, rota pero tranquila.

—La verdad es que sí, lo confieso. Justo venía a pedirte matri­monio.

—Si el anillo es caro, acepto.

Ambos ríen. Se miran, sin tensión, sin máscaras. Y se entienden en silencio, como dos personas que, después de romperse un poco, están empezando a reencontrarse.

Mientras tanto, fuera, Pablo mira por el ventanal desde la calle, con los brazos cruzados, y observa cómo Aitor y Clara se abrazan justo en el momento en que Andrea llega por detrás.

—Ey, ¿qué haces? —pregunta con curiosidad.

—Mira —dice, señalando con la cabeza hacia el interior.

Ella se acerca y ve la escena, dejando escapar una leve sonrisa.

—Bueno, al menos parece que la tormenta ya ha pasado.

Se miran y suspiran al mismo tiempo, como si ambos soltaran un peso invisible.

—¿Crees que sienten algo más el uno por el otro? —pregunta Andrea, con los ojos aún clavados en el ventanal.

Él resopla, pensativo.

—Creo que ni ellos mismos lo saben, la verdad. Pero me da la impresión de que ninguno está en ese punto de querer averiguarlo.

Andrea asiente, como si por fin entendiera algo que no se había planteado hasta ahora.

Pasan unos segundos en silencio. Luego, ella lo mira, sincera.

—No sé cómo lo haces, pero tienes una capacidad increíble para leer a las personas. Y eso me gusta, porque siempre sabes qué decir o qué callar.

Acto seguido, aparta la mirada y fija los ojos al frente. Pablo, no. Él sigue observándola. Siente que el impulso de besarla le hierve por dentro, pero no lo hace.

—Es que soy vidente, ¿sabes? —dice, esbozando una sonrisa—. Tengo una bola mágica en el coche.

Andrea se ríe. Otra vez esa risa. Esa que Pablo lleva semanas queriendo guardar en un cajón con llave.

—¿Entramos ya? —pregunta ella, manteniendo la expresión ale­gre.

—Vamos —responde él, pensando en todo lo que quiere decirle. En todo lo que, tal vez, algún día se atreva a decirle.

Ya dentro del bar, Clara y Aitor les reciben con una broma sobre el drama que se había montado en un momento. Andrea les sigue el juego mientras toma asiento. Pablo se limita a sonreír, sentán­dose a su lado, consciente de que necesita estar cerca.

Poco después llega Marina. Luego, Leo. Ya están los seis. Piden algo de beber, se ríen, hablan, recuerdan cosas que ya casi habían olvidado. La mesa está llena de vasos, copas y anécdotas comparti­das.

En un momento dado, Marina se pone en pie y golpea su vaso suavemente con una cuchara para llamar la atención.

—Bueno… no sé qué voy a encontrarme allí. Pero sé que teneros aquí me hace más valiente. Gracias por ser mi apoyo. Por quererme tanto sin hacer demasiadas preguntas.

Saca un pequeño fajo de cartas del bolso.

—He escrito algo para cada uno de vosotros. Me gustaría que las leyerais a solas, cuando tengáis tiempo y ganas. No es nada espe­cial, solo un trocito de mí para que, cuando me echéis de menos, os quede esto.

Hace una pausa.

—Os quiero, mamarrachos.

Los vasos se alzan. El brindis es suave, pero firme. Hay emoción y lágrimas que se disimulan detrás de tragos largos.

Un rato después, fuera del bar, mientras la noche cae con una brisa suave, llega el taxi de Marina. Se dan los últimos abrazos, uno por uno, e intercambian palabras que no siempre se dicen, pero que están ahí.

—Tenéis que venir a verme —concluye ella, subiendo al coche.

—Solo si prometes hacernos un free tour por los mejores garitos de la ciudad —responde Aitor, haciéndola reír.

Les manda un beso con la mano al tiempo que el taxi arranca y todos lo siguen con la mirada hasta que desaparece.

Y, en ese silencio compartido, entienden. Se ha cerrado un ca­pítulo, pero eso solo puede significar que empieza uno nuevo, pro­bablemente más apasionante.