Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Entre drama y drama. Un domingo cualquiera
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Entre drama y drama. Un domingo cualquiera

C lara entra en casa con las llaves girando aún entre los dedos. Es temprano, el día acaba de abrir los ojos y ella también. Deja la puerta entornada tras de sí, intentando no hacer ruido.

Encuentra a Andrea en el sofá, enredada entre la manta y la figura mullida de un conejito de peluche. Está profundamente dor­mida, abrazada a él como si el mundo fuera un lugar amable.

Sobre la mesa, una nota. La coge y la lee. Sonríe. No necesita firma; sabe perfectamente quién ha sido el autor del mensaje.

Observa dormir a su mejor amiga unos segundos más, sin decir nada. Luego deja la chaqueta y la mochila con cuidado, se sienta a su lado sin despertarla todavía y le acaricia el pelo con la yema de los dedos.

Andrea se va despertando poco a poco y, al abrir los ojos, lo primero que ve es la sonrisa de su compañera de piso, que ense­guida pregunta:

—¿Cómo te encuentras, cariño?

Tarda en responder. Mira alrededor, todavía envuelta en niebla, y se da cuenta de que sigue abrazando a Lito. Después, mira a Clara y sonríe, medio avergonzada.

—Mejor… creo.

—Bueno, veo que al menos no estuviste sola.

Su amiga frunce el ceño, como si no entendiera.

Clara, sin decir más, señala con la cabeza la nota que ha vuelto a dejar sobre la mesa.

Cuando Andrea la ve, se endereza, la coge y la lee, sin darse cuenta de que la sonrisa le va saliendo sola, despacito y sin permiso, mientras Clara la observa, aguantándose las ganas de empezar a chillarle que necesita saberlo todo.

Cuando Andrea se da cuenta de que está siendo observada, vuelve a la tierra.

—Ah, es… —se sonroja ligeramente—. Es de Pablo. Ayer estuvo aquí. Quería asegurarse de que estaba bien y me trajo algunas co­sitas… ya sabes, kit de supervivencia.

Clara asiente, como quien compra la historia, pero archiva la información. Luego se inclina y le da un beso en la mejilla.

—Me voy a duchar, que huelo a taller mecánico con estilo —dice, dando un salto del sofá, sin dar tiempo a que su amiga pregunte si sigue igual de rota.

En cuanto se queda sola en el salón, Andrea relee la nota, son­riendo nuevamente. Luego acomoda a Lito en la mesa, lo apoya en su botella de agua y coloca la nota sobre sus piernecitas de peluche. Le hace una foto y escribe.

Pablo acaba de entrar a la panadería cuando el móvil le vibra en el bolsillo. Lo saca, ve la notificación de Andrea, abre el mensaje y se encuentra con la foto: Lito, perfectamente sentado, con la nota en el regazo. Debajo, el texto:

Sonríe. Grande. Con toda la cara.

Se detiene a analizarlo, como si no quisiera dejar de saborearlo, hasta que, de repente, una voz lo interrumpe, sacándolo del trance:

—¡Siguiente!

Reacciona, guarda el móvil, levanta la cabeza y pide el pan sin perder la felicidad que le ilumina el rostro.

En casa de las chicas, la mañana transcurre en silencio. Andrea está recogiendo su habitación. Clara, en la cocina, ordena los ar­marios como quien necesita clasificar su vida.

No hablan mucho, pero cuando lo hacen, es con suavidad. Como si fueran dos animales heridos que saben que la otra también necesita cobijo.

Después de comer, Clara se tumba en el sofá con la cabeza en las piernas de su amiga. Se deja acariciar el pelo y, poco a poco, se queda dormida. Sigue exhausta.

Andrea, por su parte, permanece en silencio, mirando el techo, con el móvil entre las manos y el cuerpo tranquilo. La cabeza no tanto.

Abre la galería de fotos y repasa recuerdos que ya no duelen igual, pero que aún se sienten. Llega a una imagen concreta: su ex, un paisaje precioso y una sonrisa que ya no reconoce. Se queda clavada un segundo. Siente que algo se le revuelve en el estómago.

Justo entonces, le llega un mensaje. De Pablo.

Andrea suaviza el gesto.

La respuesta no tarda en iluminar la pantalla.

Andrea le responde con un emoji haciendo el saludo militar. Luego, mira otra vez la foto de su ex y la elimina sin pensar. Final­mente, vuelve al chat con Pablo y escribe una última cosa.

Pablo responde:

Tras el intercambio de mensajes, se queda un rato observando a Clara dormir, con esa expresión tranquila, como si su mundo no hubiera saltado un poquito por los aires. Le acaricia el pelo con suavidad. No deja de sonreír como una tonta, pero no se da cuenta.

Lo que Andrea no sabe es que Pablo también deja el móvil y sonríe con los ojos cerrados mientras apoya la cabeza en el respaldo de su silla.

Pero esa sensación le dura poco: el vacío vuelve rápido y le gustaría decírselo todo. Le encantaría escribirle «me gustas tanto que a ve­ces me cuesta respirar cuando pienso en ello», pero no lo hace. Por­que no toca, porque ella no está en ese punto, porque él ha elegido esperar.

Pero empieza a doler. No por culpa de ella. Más bien por culpa de lo que siente y no puede soltar.

En el preciso instante en que siente que la cabeza le va a estallar, se levanta, enciende el portátil, abre un documento nuevo y em­pieza a escribir:

«Hoy he pensado otra vez en decirte lo que siento. Me ha durado cinco segundos. Justo después, me ha dado miedo. De nuevo. Por­que si te lo digo y no es recíproco, te pierdo. Y si no te lo digo, te tengo cerca, pero a medias.

Y, sinceramente, no sé cuál de las dos opciones me matará an­tes».

Guarda el archivo sin título. Lo cierra. Suspira. Luego vuelve a coger el móvil y escribe, esta vez a Aitor:

Su amigo no tarda en responder:

Pablo siente una punzadita en el pecho, porque le duele dema­siado ver que sus dos amigos pueden estar haciéndose daño mutua­mente.

Pablo se queda con una sensación de alegría y tristeza que lo envuelve a partes iguales, pero sabe que, en este punto, lo único que le queda es esperar.

De vuelta en el piso de las chicas, Andrea sale a la terraza con un té entre las manos y la última parte de su sonrisa aún pegada a la cara. La conversación con Pablo le ha dejado un cosquilleo que no sabe nombrar. Se sienta en uno de los sofás y suspira.

Y entonces, sin aviso, esa sensación tan bonita se le desarma por dentro, porque los pensamientos que brotan en cascada en su ca­beza son intensos y cada vez dan más vértigo:

«No sé por qué me pasa esto. O sí lo sé, pero no quiero admitirlo. Hay algo que me aprieta el pecho cuando pienso en él. Algo tonto, cálido y extremadamente peligroso, me temo.

»No es solo que me caiga bien o que me haga reír. Es que me hace sentir. Otra vez. Y eso me aterra.

»La última vez también fue así al principio. Todo empezó suave, perfecto, cercano. Hasta que dejó de serlo y yo terminé hecha tri­zas. No sé si podría soportarlo otra vez… no sé si querría hacerlo.

»Y él, Pablo… no sé si de verdad me mira distinto o soy yo la que empieza a ver cosas que no están ahí.

Me hace bien, sí. Pero tam­bién me descoloca.

Tal vez solo quiera ser mi amigo. Y está bien…

está bien, ¿no? No necesito más complicaciones.

Solo hay que ver a Clara y Aitor. Hasta el sexo sin amor se vuelve un enredo».

Cierra los ojos. La cabeza le da vueltas. Una parte de ella quiere quedarse ahí, sintiendo. Otra solo quiere volver a ponerse el es­cudo.

Justo entonces, escucha la puerta de la terraza abrirse.

Clara camina en silencio, con los ojos entreabiertos y el alma aún a medio armar. Se sienta junto a ella sin decir nada y apoya la cabeza sobre su hombro.

Andrea la acompaña, la abraza. Solo eso.

—¿Por qué hasta lo sencillo tiene que ser complicado? —dice Clara después de un rato, sin dejar de mirar al horizonte.

—Supongo que hasta la tontería más pequeña tiene su compli­cación.

—Pues qué mierda, ¿no?

Andrea asiente y el silencio vuelve a instalarse entre ellas mien­tras siguen sosteniéndose como pueden, mano a mano, como siem­pre.