Ante la duda, Plan B
A l día siguiente, cuando Clara despierta, se encuentra frente al rostro dormido y en calma de Andrea. Se le escapa una pequeña sonrisa porque, aunque no está bien todavía, ya no se siente tan sola.
En ese momento, su amiga abre los ojos despacio. Sabe, incluso antes de moverse, que hoy va a ser uno de esos días, porque siente que la regla la ha atropellado sin piedad. Le duele la tripa, la espalda, los riñones… y el alma. Incluso parpadear es un esfuerzo.
Sin embargo, al darse cuenta de que hay alguien más a su lado, recuerda por qué no ha amanecido en su cama y aparca su dolor por un momento para preocuparse por el de su amiga.
—¿Cómo estás, mi niña? —dice mientras le acaricia la mejilla. Clara baja ligeramente la mirada, manteniendo una sonrisa triste.
—Bueno…
—¿Estás segura de que quieres irte hoy a ese congreso?
—No. Pero el trabajo es trabajo. Y supongo que, si estoy ocupada, no tendré tiempo para pensar.
Mira bien a Andrea, dándose cuenta de que está más pálida de lo normal.
—¿Tú estás bien? Tienes mala cara.
Ella tuerce un poco el gesto y confiesa:
—Puede que la regla me haya arrollado un poquito. Pero tranquila, solo necesito tirarme en el sofá a ver llegar a la muerte.
Clara le sonríe con ternura, le da un besito en la mejilla y se levanta para ir a prepararse. Andrea se acomoda ligeramente, cierra los ojos un segundo… y se duerme otra vez.
Unos minutos más tarde, cuando abre los ojos, Clara ya no está.
Se levanta de la cama y, arrastrándose como puede, llega a la cocina.
Enciende el hervidor de agua y se sienta encogida en una silla.
No existe el mundo. Solo la acompañan el sofá, la tele y una manta…
y manzanilla. Aunque ni eso parece consolarla hoy.
Justo entonces, suena el móvil. Notificación. Pablo.
La comisura de sus labios se curva sin querer antes de abrir el mensaje.
No puede dejar de sonreír. El plan suena de maravilla. Justo lo que le apetecería en otro día, en otro cuerpo. Pero hoy no. Hoy no puede. Le graba un audio con voz cansada, sin ganas de bromear:
—Hola, Pablo. Pues el plan suena súper bien, pero no voy a poder hoy. Estoy con la regla y me he despertado como si me hubiera atropellado un camión. Creo que sobreviviré a esta batalla, pero solo tengo fuerzas para arrastrarme de la cama al sofá. Aunque podemos ir otro día, cuando esté mejor.
Pablo escucha el audio desde la cocina, donde está terminando de desayunar. Empieza con una sonrisa, pero, a medida que avanza, se le va ensombreciendo la expresión.
«Nada grave», se dice. Pero se le nota la ilusión desinflada de quien esperaba que hoy fuera «un gran día».
Sin pensarlo mucho, teclea:
Y deja el móvil sobre la mesa antes de desaparecer en el baño.
Un rato más tarde, Andrea está en el sofá, hundida bajo la manta. En la tele, un programa que ni recuerda haber elegido. El dolor sigue ahí, constante, como un fondo musical molesto. Está medio dormida cuando suena el timbre.
Se sobresalta. No espera a nadie, pero se arrastra hasta la puerta y la abre.
Y ahí está Pablo. Con su cara de niño bueno, una bolsa en la mano y una sonrisa de esas que no piden permiso.
—Hola, señorita, le traigo el kit de supervivencia antirregla que ha solicitado.
Se queda quieta. Mira la bolsa, lo mira a él. No dice nada, solo frunce un poco el ceño. Está cansada, sí, pero con una ternura que se le escapa por los ojos.
Él entra como si fuera su casa. Ella cierra la puerta y se queda un segundo mirando al vacío. Ha sentido algo distinto al verlo ahí, pero no sabría decir el qué.
Vuelve al sofá y se deja caer al lado de Pablo, que la mira fingiendo seriedad y con una ceja arqueada.
—¿Estás lista para ver lo que te he traído?
Asiente, sin decir palabra. Él le sonríe con esa chulería inocente que a ella empieza a resultarle peligrosamente adorable, y comienza a sacar cosas de la bolsa, una por una, como si fueran tesoros:
—Comida caliente. Comida de madre.
La deja sobre la mesita del salón.
—Chocolate. Nivel: curar cualquier trauma.
Se lo muestra al mismo tiempo que la mira con cara de «es droga de calidad».
—Gominolas. Endorfinas de colores.
Sacude la cajita mientras ella solo puede mirarle y sonreír.
—Ibuprofeno. Porque lo legal también puede ser mágico.
Andrea siente que el cuerpo le duele, pero el alma ya no tanto.
—Y, por último, pero no menos importante —hace una pausa dramática—, te presento a Lito.
Saca un conejito de peluche gris. Ella lo mira con asombro, al mismo tiempo que siente cómo se muere un poquito de amor por dentro. Pablo, teatral, le tapa las orejas al peluche y le susurra:
—En realidad se llama Paco, pero dice que Lito es más glamuroso.
Andrea suelta una carcajada que llena todo el salón. Luego, coge el peluche y lo abraza.
—¿Qué te parece? —pregunta él—. ¿No es el mejor kit antirregla que has visto nunca?
—Solo por Lito ya está en el top 3 de los mejores kits de supervivencia.
—Lo sé —responde, satisfecho y orgulloso de sí mismo a partes iguales.
La risa se disuelve en calma.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta después, más serio.
—Fatal —reconoce ella, sin perder la sonrisa—. Pero lo bueno es que tengo un mayordomo que va a cumplir todos mis deseos.
—Lo que necesite, señorita —dice él, haciendo una reverencia cómica.
Se quedan en silencio, mirándose.
Andrea se muerde el labio y se pregunta:
«¿Por qué me está gustando tanto que esté aquí?»
Pablo piensa:
«¿Cómo es que incluso enferma me parece que está preciosa?»
—¿Vemos una peli? —dice ella, rompiendo el momento—. Así me como todas estas chuches sin pensar en el azúcar.
—Perfecto —responde, intentando parecer neutral, a pesar de que lo que realmente le gustaría es abrazarla hasta que deje de dolerle el mundo.
Andrea se acomoda, doblando las piernas sobre el sofá. Ponen una peli absurda que comentan de vez en cuando, pero ninguno la está viendo con demasiada atención.
Ella apoya la cabeza en el hombro de Pablo, que se tensa, pero no por incomodidad, más bien por miedo a que este momento se acabe. Se va quedando dormida poco a poco. Y él no se mueve, no se atreve. Solo quiere quedarse a vivir en este momento para siempre.
Más tarde, cuando Andrea se despierta y abre los ojos con pereza, alza la vista y se encuentra a su acompañante mirándola, lo que la hace sonreír.
—¿Y desde cuándo eres experto en kits ? —pregunta, desperezándose.
Él se rasca el cuello, fingiendo pensar.
—Corría el año 2001, cuando me picó una araña en el culo. En vez de darme poderes, me dio este don.
Ella se ríe mientras vuelve a apoyarse en él.
—Pues dale las gracias a esa araña de mi parte, porque nunca me habían hecho disfrutar tanto del dolor de regla.
Él no dice nada, pero se le escapa una de esas sonrisas que aparecen cuando uno está justo donde quiere estar.
Pasan el resto del día con pelis de fondo, ratos de charla, pequeñas siestas y silencios cómodos. Ambos empiezan a percibir ese tipo de conexión que no se explica, solo se siente.
Andrea, sin darse cuenta, nota que igual Pablo no es solo Pablo. Que hay algo más. Y eso… le da miedo. Pero no la frena.
Ya de noche, cuando vuelve a quedarse dormida, él la tapa con la manta, le acaricia el pelo un segundo y le deja una nota en la mesita:
Dirige una última mirada hacia el rostro cansado de Andrea, con la mano en el pomo de la puerta. Abre. Y se va.
Ella se queda ahí, dormida, en paz. Sola, pero no tanto. Porque él ha estado. Y porque ella empieza a querer que se quede.