Sexo sin compromiso. O cómo lastimarnos más y rompernos del todo
A itor ha quedado con Pablo en La Zurda. Necesitaba desahogarse, porque no fue solo Clara la que se quedó con un regusto amargo tras su charla la otra noche. Él esperaba otra reacción por su parte, una respuesta madura, no un chiste de mierda.
Su amigo le acaba de hacer ver que Clara es una persona que siempre parece estar bien, pero eso no significa que lo esté. Y por eso ha comprendido que debe hablar con ella. Directo. Sin suavizarlo. Porque necesita asegurarse de que ella comprende cómo se siente.
Acto seguido, escribe y envía:
Ella relee el mensaje que acaba de recibir un par de veces antes de decidir si quiere contestar o no. Luego escribe:
Está en casa, pero prefiere hablar en el piso de él, porque sabe que este encuentro no va a acabar bien, que no habrá sexo de reconciliación al final, ni una broma que destense la situación.
Está agotada de fingir que todo en su vida está perfectamente y, al contestarle, al acceder a tener esa conversación, sabe que también ha aceptado las consecuencias de todo lo que tiene que decir.
Un rato más tarde, Aitor sube las escaleras de su portal más lento de lo habitual, como si su cuerpo supiera algo que su cabeza aún no se atreve a procesar.
Al llegar al rellano, la ve, sentada en el último escalón, con la espalda encorvada y la mirada perdida.
No levanta la vista. No sonríe. Tiene esa cara que pone cuando no quiere romperse delante de nadie, pero ya está destruida por dentro.
No se saludan; no hace falta.
Aitor mete la llave en la cerradura y abre la puerta. Ella entra sin decir palabra, como si aquel fuera también su lugar, aunque ya no del todo.
Se sientan en el sofá. Él está inquieto, con los codos sobre las rodillas. Ella cae a su lado, como si se derrumbara, sin disimular el cansancio físico y emocional que arrastra.
Silencio.
—Tú dirás —murmura Clara de pronto, sin mirarlo.
Él asiente, tragando saliva.
—Verás… —se rasca la nuca—. El otro día, cuando te comenté lo de que quiero otras cosas en mi vida, me pareció que tu reacción fue un poco… rara.
Ella se revuelve en el sofá, sintiendo que le cambia el gesto.
—Y he estado pensando —sigue él—. Quería preguntarte algo, porque no entiendo muy bien si reaccionaste así porque te doy igual… o porque te has pillado por mí.
Lo suelta así, sin adornos. Un disparo limpio y certero.
Clara se queda en silencio un momento. Parpadea. Se le tensan los hombros. Y luego, con un tono más seco de lo habitual, responde:
—¿En serio me estás preguntando si estoy enamorada de ti?
—Solo estoy intentando entender por qué reaccionaste así —contesta encogiéndose ligeramente de hombros.
Ella levanta las cejas, dejando asomar su indignación.
—¿Y tus únicas dos opciones son que me importas una mierda o que estoy loca por tus huesos?
—Pues es lo que se me ha ocurrido, Clara —dice, más alto—. Yo no soy adivino, no puedo leerte la mente.
—Ah, ¿no? Pues ¿sabes lo que sí podías haber hecho? Preguntar.
—¿Y qué coño crees que estoy haciendo ahora?
—¡No me refiero a esta gilipollez! ¡Estoy hablando de que podrías haberme preguntado cómo me sentí yo cuando me soltaste que querías irte a conocer a otras chicas!
Aitor la mira, sin saber si defenderse o callar.
—¡Te dedicaste a hablar de ti! De tus planes, de tus ganas, de tu vida. Y ni una puta vez pensaste en cómo podía afectarme eso a mí. ¡Ni una!
—Creía que los dos teníamos claro que esto entre tú y yo era solo diversión… —responde él, sin mucha fuerza.
—¡Que no estoy enamorada de ti, Aitor! —grita Clara, y ahora sí se le escapa una lágrima—. ¡Pero eso no quita que me sienta como una estación de paso! Como algo que ya caducó y que ahora estorba.
Él se tensa. Le tiembla la mandíbula.
—A ver, que tú tampoco eres la persona más expresiva con sus sentimientos, ¿eh? Yo no tengo la culpa de que te lo guardes todo. Así que, ahora que te ha estallado en la cara, no vengas a cargarme a mí con toda la responsabilidad.
Ella lo mira fijamente mientras asiente despacio. Se muerde el labio, rabiosa, y en un tono cargado de sarcasmo, dice:
—Genial, Aitor. Muchas gracias por tu comprensión. Ha sido un placer follar contigo con cero responsabilidad afectiva.
Se levanta y coge su bolso. A él no le da tiempo a responder, porque antes de que pueda decir nada, la puerta se cierra tras ella con más fuerza de la necesaria.
Baja las escaleras tan rápido que casi tropieza. Camina por la calle como si la persiguiera algo, sin poder parar de llorar. El maquillaje se le ha corrido y le da igual. El pecho le arde y el estómago se le ha cerrado.
Cuando llega a casa, mete la llave como puede, entra y da un portazo. Andrea está en el salón, viendo la tele. Todo pasa tan deprisa que solo alcanza a ver la sombra de su amiga cruzando el pasillo.
—¿Clara? —pregunta, alzando la voz.
Nada.
Se queda unos segundos en silencio, tratando de asimilarlo. Luego apaga la tele, se levanta, camina hasta la puerta de la habitación de su amiga y llama con suavidad.
—Clara… soy yo.
—Ahora no, Andrea —responde una vocecita ahogada desde el otro lado.
Andrea no contesta. Abre la puerta sin pedir permiso, se cuela dentro y encuentra a su amiga hecha un ovillo en una esquina de la cama, llorando sin control.
En silencio, se tumba junto a ella y la abraza, dejándola llorar.
Le pasa la mano por el pelo, le da un beso en la cabeza, la envuelve con todo el amor que tiene para regalarle.
Como tantas otras noches, Clara había hecho con ella.
Pasan minutos así. Clara, al fin, se calma un poco. Se gira, con la cara empapada.
—Hemos discutido —susurra, entre sollozos.
Andrea la mira, sin entender del todo.
—Aitor… dice que quiere conocer a otras chicas, viajar sin ataduras y no sé qué más —se seca las lágrimas con el dorso de la mano—.
Y no es por eso, Andrea. No es porque él quiera estar con otra gente.
Es que me lo soltó como si nada. Como si yo no importara.
Como si yo no pudiera sentirme utilizada.
Y ahora, cuando pensé que me había llamado para preguntarme si estaba bien, va y me pregunta si estoy enamorada de él. ¡Como si fuera eso o nada!
Coge aire. Su amiga sigue en silencio, solo la sostiene.
—Y no lo estoy, tía, de verdad que no. Pero podía haber tenido un poco de cuidado, joder. Porque estoy harta, Andrea. De ser siempre la que cuida, la que resuelve, la que está bien. Y, al final, ¿quién me cuida a mí? —Hace una pausa porque la voz se le quiebra de nuevo—. Todo el mundo se va…
Andrea la abraza más fuerte y le acaricia la mejilla.
—Yo no me voy, ¿vale? Yo me quedo contigo. Esta noche y siempre.
—Pero si tú…
Se detiene. Casi se le escapa lo de Pablo.
Su amiga la mira como dándole permiso para continuar, pero Clara se corrige:
—Tú también tienes tus cosas.
Ella le sonríe, suave.
—Sí, pero eso no me impide estar aquí para ti ahora que me necesitas.
Clara baja la mirada y apoya la cabeza en su amiga.
Y esta noche no hay terraza, ni vino ni reflexiones oteando el horizonte. Esta noche, se quedan ahí. En absoluto silencio. Sosteniéndose como pueden.