Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Estoy bien, estoy bien, estoy bien. Mierda
15%

Estoy bien, estoy bien, estoy bien. Mierda

D esde que Marina dijo que se iba a Londres, Aitor no puede dejar de darle vueltas a esa idea. No se lo ha contado a nadie todavía, ni siquiera lo ha dicho en voz alta.

No es envidia ni tristeza. Es como un pinchacito sordo. Está bien: todo en su vida funciona; el trabajo, Clara, sus amigos. Y, sin embargo, hay algo que falla.

Por eso ha empezado a hacer algunas cosas que antes no se atre­vía a hacer. Pequeños planes consigo mismo. Pero ni siquiera eso parece llenar el agujero que cada vez se hace más grande en su in­terior.

Una noche cualquiera, va a casa de Clara, como de costumbre. Después de dar rienda suelta a su pasión, cenan algo sencillo, be­ben vino barato y se ríen de una serie que no siguen, fingiendo normalidad. O no tanto. Quizá solo están cómodos.

Cuando están tumbados en el sofá, él se pasa una mano por el pelo, se incorpora un poco, respira y suelta:

—Hay algo que llevo unos días queriendo decirte —comenta, sin atreverse a mirarla del todo.

Ella gira la cabeza y asiente con suavidad.

—No es nada grave —duda—, pero llevo un tiempo raro. Pen­sando en que me gustaría probar cosas nuevas. Viajar, salir, cono­cer otra gente. Ya sabes, moverme un poco… sin ataduras.

Hace una pausa. Ella no dice nada aún.

—Sé que tú y yo no tenemos nada serio, pero quería decírtelo porque me importas. Y no quiero que pienses que me largo sin avi­sar o que estoy jugando contigo.

Tras unos segundos sin reaccionar, Clara se limita a sonreír, aparentemente despreocupada, y le da un par de toquecitos en la pierna.

—Tú ve, alma libre. Pero, si terminas de misionero en el fin del mundo, mándame una postal.

Él sonríe también. Cree que ella no le ha entendido del todo, pero no insiste. Al cabo de un rato, se va.

Cuando se cierra la puerta, Clara no se mueve del sofá y mira al techo como si buscara una grieta por la que escapar. Y es en ese preciso instante cuando se permite liberar lo que realmente se le ha pasado por la cabeza al escuchar las palabras de Aitor:

«No es por él. No me duele que quiera avanzar. No teníamos nada serio. No. Pero siento que hay algo que se ha roto igualmente. Una parte de mí que se cansó de sostener, de aguantar, de cuidar… sin recibir».

Se levanta y camina despacio hasta la terraza, donde la espera Andrea. No dice nada; solo se apoya en la puerta, con los ojos bri­llantes.

Su amiga la ve y la invita a sentarse a su lado, levantando un extremo de la manta, dejándole espacio.

Ella se acerca y acepta la invitación. Se acurruca mientras su mejor amiga la rodea con un brazo y le da un beso suave en la frente.

No hay preguntas. Sabe que, cuando a Clara le da el bajón, no le gusta hablar.

Se lo contará cuando esté lista. Y, mientras tanto, lo único que tiene que hacer es quedarse a su lado.

A la mañana siguiente, el despertador no suena porque Clara no lo puso. Andrea ya se ha ido a trabajar. Sumida en el silencio que recorre todo el apartamento, se estira lentamente. No por pereza, sino por inercia. Se sienta al borde de la cama, sin mirar aún el móvil.

Ya en la cocina, enciende la cafetera y revisa su agenda mientras el café empieza a chisporrotear. Tiene el día más o menos libre, aunque le toca teletrabajar. Hay tareas sueltas, cosas que puede ir sacando desde casa y también aprovechará para hacer algunas ges­tiones personales.

Lo que sea con tal de no pararse a pensar en lo de la noche an­terior.

Toma el primer sorbo de café mirando al vacío. En el fondo, le gustaría no tener tiempo ni para eso.

La mañana avanza con una eficiencia casi automática. Contesta correos, asiste a una videollamada que podría haber sido un email , tramita un par de cosas pendientes.

En teoría, todo en orden, todo bien.

Hasta que no.

Una de las gestiones se le complica. Cualquier otro día eso no sería un problema. Pero hoy… hoy sí.

Suspira fuerte y se frota la cara.

«No es para tanto, venga, respira», se dice a sí misma.

Pero, al hacerlo, lo que se cuela no es calma, son pensamientos que lleva días tratando de evitar:

«Marina. Que, aunque todavía no se ha ido, ya tiene pie y medio en Londres.

»Aitor. Que ya no tiene suficiente con lo que teníamos. Que quiere conocer a otras chicas. Que no me lo dijo con la intención de herirme, pero lo hizo igualmente.

»Pablo y Andrea. Que, sin saberlo siquiera, están formando algo. Y que un día también dejarán de necesitarme.

»Leo. Que está brillando, como siempre. Que, seguramente, en­contrará algo que también le haga tomar distancia».

Siente cómo su pecho se cierra un poco más.

Intenta volver al trabajo, a la pantalla. Pero el cursor parpadea sobre un documento en blanco y los pensamientos no se detienen. Ya es tarde para frenarlos.

Se levanta bruscamente con la intención de ir a la cocina a pre­pararse otro café, como si eso pudiera servir de reinicio emocional. En el movimiento, roza la taza del desayuno, que cae al suelo y se rompe, y los restos de café frío se extienden, formando un charco oscuro y pegajoso.

Se queda quieta, mirando los pedazos. Y estalla.

—¡JODER! —grita, sin pensarlo.

Se queda de pie, respirando agitada, y apoya las manos temblo­rosas en la mesa como si se le fuera a doblar el cuerpo… y empieza a llorar.

Llora como no lo hacía desde hacía mucho tiempo. Con ruido. Con fuerza. Con todo lo que lleva días intentando esconder.

Llora porque no puede más con este rol de ser siempre la fuerte. Llora porque está agotada de cuidar y sostener sin obtener nada a cambio. Llora porque tiene gente que la quiere, pero nunca se deja cuidar. Porque todo lo disfraza de humor, de ironía, de eficiencia.

«Si me ven mal, seguro que se asustan. Pero si me ven bien, me olvidan. ¿Y si no sé cómo dejarme ayudar?»

El llanto no cesa. Termina en el sofá, acurrucada en posición fetal. No ha recogido la taza rota ni limpiado el café ni apagado el portátil. Para qué.

Llora con miedo de no saber cuándo podrá parar. Llora sin fil­tro, sin estrategia, sin consuelo. Siente vértigo. Como si, al abrir el grifo, ya no pudiera cerrarlo. Pero al menos está soltando. Por fin.