Despedida de casada. O cómo emborracharte sin pensar en tu ex
C lara tiene la agenda tan llena que a veces se pregunta si sería posible encajar también las emociones entre juicio y juicio.
Se levanta temprano, trabaja, responde correos, organiza horarios, hace recados, queda con el grupo, hace la compra y ahora —porque claro que sí— está preparando una fiesta sorpresa para Andrea.
Y no se queja. Le gusta hacer cosas, estar al mando, resolver. Solo que hay momentos, entre paso y paso, en los que no sabe si está tan ocupada que no tiene tiempo para sentir o si se mantiene en constante actividad precisamente para no hacerlo.
Pero ahora no es el momento de pensarlo.
No todavía. Porque lo importante es que su amiga se sienta bien y se percibe en el ambiente que Andrea está mejor.
Ha vuelto a sonreír con naturalidad, riéndose hasta de sí misma.
Y, sobre todo, ya no habla de su ex en pasado doloroso, sino como si fuera un capítulo viejo que ya no necesita relectura.
Por eso, ha decidido que es hora de celebrar, de hacerle un regalo simbólico. Algo ridículo, divertido y liberador. Una fiesta. Pero no una cualquiera. Una despedida de casada.
Solo Clara sería capaz de convencer al resto del grupo para hacer algo así.
Es viernes y Andrea llega del trabajo con la mochila al hombro, las botas mojadas por la lluvia intermitente y cara de «por favor que Clara haya cocinado algo con carbohidratos».
Abre la puerta.
—¡SORPRESA!
Luces, gritos, pancartas con su cara recortada, música absurda de fondo y cinco treintañeros gritando como adolescentes en un karaoke.
Se queda paralizada.
—¿Qué…?
—¡No hables, solo abraza! —le grita Clara mientras se lanza sobre ella. Pablo, Leo, Marina y Aitor se suman al abrazo colectivo, entre risas, empujones y un puñado de confeti mal lanzado que se le cuela a Andrea por el escote.
—¿Alguien me explica qué está pasando?
Clara se despega un poco, coge su copa de vino y toma la palabra como si estuviera en un brindis de boda.
—Bueno, amor… no quiero extenderme demasiado, pero me gustaría decirte que hemos decidido, y por «hemos» quiero decir yo, hacerte una despedida de casada. ¡Porque ya basta de dramas! —Alza su copa—. Hay que celebrar la vida, a ti y que vuelves al mercado con más clase que nunca.
Andrea parpadea. Se le humedecen los ojos, pero sonríe. Se acerca a su amiga y vuelve a abrazarla con fuerza.
—Te quiero, bombón —susurra.
—Lo sé, Drama Queen.
El resto suelta un «oooh» tierno y exagerado, provocando las risas de ambas.
La fiesta no es ostentosa, pero es perfecta. Juegan a adivinar canciones, hacen imitaciones ridículas, bailan sin ritmo y chillan sin motivo. Nadie canta bien, pero todos se meten en el papel como si fueran artistas talentosos.
En un momento dado, Aitor se sube al sofá de un salto.
—¡Discurso! ¡Queremos discurso!
—¡Sí! —secunda Leo—. Que hable la señorita liberada. Andrea se hace de rogar un par de segundos, pero finalmente accede. Se levanta del sofá y alza su copa al tiempo que comienza a generarse un silencio respetuoso.
—A ver… —traga saliva—. Solo puedo daros las gracias. Llegué aquí hace varias semanas con el corazón roto, sin ganas de nada. Y vosotros… —mira a Marina, Leo, Aitor y Pablo— me abristeis la puerta sin preguntar, sin juzgar. Y eso no lo voy a olvidar jamás.
Hace una pausa para mirar a su mejor amiga.
—Y tú… tú has sido mi salvavidas. Has creído en mí más de lo que yo lo he hecho. Hemos llorado juntas, nos hemos reído más fuerte aún y siempre has estado para cogerme la mano cuando yo me he sentido pequeña.
Clara le lanza un beso desde la silla y Andrea lo recibe con una sonrisa.
—Gracias a todos por escucharme, por hacerme reír… por estar. Brindo por eso.
—¡SALUD! —responden todos al unísono, alzando sus bebidas.
Después del brindis, cuando están ya medio tirados en el salón entre patatas fritas, cerveza y vino, Marina carraspea.
—Bueno, chicos…
Todos la miran.
—Sé que hoy es el día de Andrea y Dios me libre de quitarle protagonismo. —Recibe una sonrisa cómplice de su amiga—. Pero tengo que contaros algo.
Se detiene un momento para respirar hondo.
—La cosa es que llevo semanas sin encontrarme. Me miro al espejo y no reconozco lo que veo. El trabajo me pesa, la ciudad, aún más. Y he decidido hacer algo drástico.
Silencio. Todos la observan expectantes.
—Me voy a vivir fuera, a Londres. No sé cuánto tiempo estaré allí. Quizá meses, quizá más. No tengo un plan concreto, solo sé que necesito irme, salir de mi zona de confort y ver cosas nuevas para vivir aventuras que aquí no puedo vivir.
Se encoge de hombros, con sinceridad.
—Así que he dejado el trabajo y me voy dentro de un mes. Pero no os vais a librar de mí tan fácilmente. Estáis todos invitados a visitarme cuando queráis.
El silencio lo rompe Leo:
—Sabes que allí no hay tortilla buena, ¿verdad? Piénsalo bien.
Todos ríen y, poco a poco, la alegría vuelve a flotar en el aire. Se levantan y la abrazan uno a uno.
Entonces, Aitor, que no puede permitir que el ambiente se ponga demasiado blando, coge el móvil, sube la música y grita:
—Bueno, ya está bien de terapia emocional. ¡He venido a perrear hasta que se me atrofie el coxis!
Ríen. Gritan. Bailan como si no hubiera un mañana.
Todos menos Andrea, que se escapa a la terraza porque necesita respirar.
La tarde es fresca, pero agradable. El cielo se tiñe de naranja, rosa y de un azul que parece inventado.
Apoya los brazos en la barandilla, llenando sus pulmones tanto como puede. Está feliz, pero emocionalmente agotada.
Minutos después, Pablo aparece con un vaso de agua y se lo tiende sin decir nada. Ella le sonríe y lo acepta.
Se sientan en silencio, respirando una complicidad tranquila.
Él se acomoda hacia atrás en el sofá, con las manos detrás de la cabeza y la vista fija en el cielo.
—Tiene algo jodidamente bonito este momento —dice, sin más, sin esperar respuesta.
Andrea se limita a mirarlo con una sonrisa que crece al darse cuenta de la inmensa paz que le transmite la expresión serena de Pablo. Algo que, por lo visto, empieza a ser costumbre.