Fugas emocionales y otras estrategias para no explotar
H a pasado ya un tiempo desde aquella tarde en la terraza.
No mucho, pero el suficiente para que la novedad se vuelva costumbre y la rutina, disfrazada de estabilidad, empiece a tomar posiciones.
El grupo sigue quedando en La Zurda, las chicas continúan con las sesiones reflexivas nocturnas en la terraza y la vida sigue en movimiento, como el tiovivo que nunca deja de girar, con esa sensación de que, poco a poco, las aguas vuelven a su cauce.
Andrea se siente mejor. Se levanta con energía, trabaja, se ríe más. Le gusta lo que hace y encuentra sentido en lo pequeño. No piensa en su ex todos los días, solo algunos. Y siente que ya no duele igual, que empieza a reconstruirse, que va saliendo del túnel.
Algunas noches, se tumba en la cama y llora en silencio, secándose las lágrimas mientras piensa que ya pasará. Otras, Clara entra sin preguntar, se acomoda junto a ella, abrazándola por detrás, y se quedan dormidas así, sin más.
Pero todo se tambaleará ligeramente un miércoles cualquiera, mientras camina tranquila por una calle que no suele frecuentar.
El sol de media tarde le da en la cara y, por un momento, respira calma.
Ha trabajado toda la mañana, ha tachado cosas de su lista, ha mandado ese correo que llevaba días posponiendo.
La vida, últimamente, empieza a parecerse un poco más a algo que podría habitar sin sentir que puede ahogarse en cualquier momento.
Pero entonces se detiene en seco.
En el escaparate de una tienda de decoración, una figurita llama su atención.
Pequeña, de cerámica blanca. Inútil. Bonita.
Idéntica —demasiado— a aquella que pensaron comprar juntos cuando se fueron a vivir a su primer piso.
«Es una chorrada… pero tiene tu rollo», dijo él entonces.
Nunca la compraron. Y aun así la recuerda.
Se le congela el cuerpo. Es una simple figurita, pero ella no ve solo eso. Ve todo lo que representa, lo que vino después. Las risas en la tienda. Las cajas. Las mentiras. La boda con otra.
Siente que el estómago se le encoge, que algo sube por su pecho como un tsunami. No llora todavía, pero sabe de sobra que va a hacerlo. Respira hondo e intenta caminar, sin éxito.
Entonces, una mano le roza suavemente el hombro, provocando que se gire de golpe, con el rostro desencajado. Es Pablo.
—Perdona —dice él con una sonrisa vergonzosa—. No quería asustarte.
Frunce el ceño al verle la cara y baja la voz, como si supiera que no es momento para bromas.
—Ey, Andrea, ¿estás bien?
Pero ella no responde porque no puede hablar. Apenas consigue negar con la cabeza al mismo tiempo que la primera lágrima se le escapa sin permiso.
Pablo no dice nada más: le rodea los hombros con un brazo, con una delicadeza casi invisible, y la acompaña hasta un banco cercano donde se sientan. Ella sigue sin abrir la boca. Él tampoco la fuerza.
Andrea baja la mirada y llora un poco sin hacer ruido, al tiempo que Pablo le ofrece un pañuelo, que acepta. Limpia su rostro y respira, como si acabara de volver a su cuerpo.
—Vas a pensar que soy una intensa —murmura, con voz baja, sin atreverse a mirarlo—. Llorando desconsolada en medio de la calle por una figurita absurda.
Pablo sonríe con ternura.
—La verdad es que creo que eres alguien que está intentando sobrevivir. Y eso no es fácil. A veces crees que ya casi sales del agujero, pero pisas una piedra suelta y estás a punto de caer otra vez hasta el fondo. No te derrumbas del todo, pero asusta igual.
Ella esboza una sonrisa, entre triste y agradecida.
—Es que estaba bien estos días, de verdad. Más centrada en otras cosas. Y, de repente… ¡BOOM! He visto algo que me ha recordado a él y toda esa tranquilidad se ha ido a la mierda.
—No tienes que justificarte por sentirte mal algunos días —responde él, sin titubear—. Solo siéntelo. Ya pasará. Un día te darás cuenta de que te acuerdas… y ya no duele igual.
Andrea lo mira por fin, con los ojos húmedos, pero más tranquila.
—Eso es exactamente lo mismo que me dice Clara.
Él ladea la cabeza y sonríe, en tono cómplice.
—Será porque, como asesores del amor, siempre tenemos razón.
Ella se ríe, liberando tensión. Se limpia el rostro una vez más.
—¿Estás mejor? —pregunta él.
—Sí —asiente con suavidad y luego añade—. ¿Te invito a un café para compensarte el espectáculo?
Pablo duda una décima de segundo. Tenía otras cosas que hacer, pero ya no importan.
—Acepto —dice incorporándose con calma, como si no tuviera ninguna prisa en el mundo.
Caminan callados durante unos metros. Andrea todavía va procesando lo que acaba de pasar, y Pablo lo sabe, así que le da unos minutos de margen. Luego, rompe el silencio en tono tranquilo:
—¿Y qué hacías por aquí? Te pilla un poco lejos de casa, ¿no?
Ella asiente con un gesto leve, mirando hacia delante mientras responde:
—Vi por internet que por esta zona hay una librería de segunda mano. Quería pasarme a ver si encontraba algo interesante.
—¿Te gustan los libros reciclados?
—Me gusta cualquier cosa en papel que se pueda leer —responde ella, con una mueca pequeña pero sincera.
—Pues estás de suerte, joven lectora —continúa él, en tono de guía turístico—. Creo que sé cuál es. Si quieres, después del café te acompaño.
—Trato hecho —añade Andrea justo en el momento en el que llegan a la cafetería.
Eligen una mesa junto a la ventana. El lugar huele a merienda y a pan recién horneado. Piden sin pensarlo demasiado: dos cafés con leche y una tostada para compartir. La camarera sonríe, cómplice, sin saber muy bien por qué.
Cuando se quedan solos, la conversación fluye de manera natural, lo que hace que Andrea se vaya soltando cada vez más. Pablo no presiona, solo escucha, observa. Agradece que esté mejor. Le gusta verla así, aunque aún se le note el cansancio escondido en los ojos.
En un momento de pausa, la mira con calma. Duda si preguntar, pero finalmente se lanza.
—Oye, si no es indiscreción… ¿llevabais mucho tiempo juntos?
Ella se queda pensativa unos segundos, midiendo lo que quiere contar, sin tensión.
—Estuvimos tres años saliendo. Luego casi dos casados.
Pablo asiente con respeto.
—¿Y tú? —sigue ella.
—Tuve una relación seria, de cuatro años. Terminamos porque… digamos que no supimos llegar al mismo sitio al mismo tiempo. Éramos dos personas que se querían, pero en coordenadas distintas.
Andrea lo escucha y asiente despacio.
—Al menos no os hicisteis daño.
Pablo la observa. Detecta ese matiz de tristeza que a veces no se cuela en la voz, pero sí en la forma de decir las cosas.
—¿Sabes qué creo?
Ella levanta la vista, intrigada.
—Creo que esto que te ha pasado es una putada. De las grandes. Pero, en el fondo, seguramente te acabará trayendo cosas buenas.
—Ah, ¿sí? —dice, frunciendo el ceño, medio escéptica.
—Sí. Porque él no supo ver lo que valías. Y yo, a pesar de conocerte desde hace poco tiempo, ya intuyo que vales mucho.
Sus palabras hacen que ella sonría, primero con timidez, luego con ternura. Es una sonrisa que le aligera el cuerpo, como si le hubieran quitado un poco de peso de encima.
Pablo sigue, ya en confianza:
—No, en serio. Eres de esas personas que uno quiere ver contenta. Porque cuando te ríes, parece que todo se ilumina un poco más.
La sonrisa que se dibuja en el rostro de Andrea grita verdad, vergüenza y agradecimiento a partes iguales.
Él la observa. Le gustaría decirle que, si pudiera, se quedaría ahí mirando sus ojos castaños toda la tarde. Pero se guarda las palabras. Aún no es el momento. Así que decide bajar un poco la intensidad, con una sonrisa ladeada.
—Aunque también tengo claro que, si discutes, lo haces sabiendo que ya has ganado.
—Eso es porque hay que saber estar en el bando correcto —responde ella, encogiéndose de hombros con teatralidad.
Ninguno de los dos es capaz de dejar la sonrisa a un lado.
—Bueno… —dice Andrea, colocando la taza vacía en la mesa—. ¿Vamos a ver esos libros?
Pablo asiente, encantado. Se levantan. Ella va delante y él la sigue con la sensación de que ese rato, por sencillo que haya sido, le ha dejado algo dentro que ni sabe definir ni quiere soltar.
Unos minutos más tarde, entran en la librería, que resulta ser un lugar estrecho y desordenado. Tiene ese olor a papel antiguo que parece más terapia que aroma. Están solos, salvo por el dueño, un señor mayor que lee un cómic tras el mostrador.
Van de estantería en estantería y se enseñan portadas ridículas, autores impronunciables y títulos que suenan a recetas de cocina cuando no lo son.
—Mira este —dice Andrea, levantando un ejemplar gastado de portada espantosa—. «La melancolía del ficus».
—Suena a bestseller del desierto.
Ríen, disfrutan y se recomiendan libros que no han leído, como si fueran expertos en editoriales imposibles.
Andrea está tranquila, más que en mucho tiempo. Y en un momento dado, mientras ojea una novela cualquiera, levanta la mirada. Pablo está en la sección de poesía, leyendo el lomo de un libro con gesto serio, como si el mundo se hubiera reducido a ese título.
Ella lo mira unos segundos más de la cuenta. Sin tensión, sin deseo. Pero con algo nuevo. Como si, por primera vez, lo viera distinto. Más allá del grupo. Más allá de Clara. Más allá de todo.
Él levanta la mirada y la pilla observándolo. Le sonríe. Ella, sin disimular, le devuelve el gesto.
Y en ese breve instante, algo empieza a girar. Sin ruido, sin etiqueta. Solo eso: un giro suave hacia algo nuevo.
Ya de noche, cuando el sol se ha escondido sin hacer demasiado escándalo y la ciudad murmura a lo lejos, en la cocina solo quedan una copa de vino medio llena, una manta sobre los hombros de Andrea y su mirada perdida al otro lado de la ventana, más allá del horizonte.
Clara no está en casa y, por lo tanto, no hay nadie que la invite a hablar. Sin embargo, algo se desborda igualmente en su cabeza.
Mientras le da un sorbo al vino, piensa en la tostada compartida, en la librería, en las risas suaves y en cómo no le ha importado abrirse un poco. En que Pablo no ha dicho nada cuando podría haber vuelto todo incómodo; en que no ha intentado arreglarla, solo acompañarla.
Suspira. No por tristeza, sino por confusión.
«¿Y si esto es lo que pasa cuando algo empieza a curarse, cuando una herida deja de sangrar, pero todavía escuece si alguien roza los bordes?»
No siente mariposas ni electricidad. No está pensando en él con ese vértigo del principio, pero sí que hay algo. Una sensación que no reconoce del todo, como si alguien se hubiera acercado sin invadir, y eso le hubiera recordado que hay formas de mirar que transmiten paz.
«No sé si volveré a enamorarme. Ni siquiera sé si quiero. Pero lo de hoy... definitivamente no me lo esperaba. Porque he dejado que él me viera rota y no me he sentido menos por ello».
Se queda en silencio. Mira su reflejo en el cristal. No se ve entera, pero ya no se ve hecha añicos. Solo... en proceso.
«A lo mejor sí se puede volver a confiar, volver a sentir. A lo mejor no ahora. Pero... quizá mañana».
Apoya la copa en la encimera, cierra los ojos, respira hondo y, por primera vez desde que todo saltó por los aires, piensa que, con tiempo y sin promesas, podría volver a abrir la puerta.
Aunque sea solo un poco.