Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Sábados de salseo y vitamina D
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Sábados de salseo y vitamina D

H an pasado unos días desde que el grupo fichó a Andrea para sus encuentros en La Zurda, tal vez semanas.

Es mediodía de un sá­bado cualquiera y el sol cae con suavidad sobre la terraza, pequeña pero acogedora, de las chicas.

Las dos se mueven entre la cocina y la mesita del exterior con naturalidad, bandejas en mano, bebida fría y risas sueltas.

—¿Y entonces? —pregunta Clara mientras parte el pan—. ¿Ya es oficial la boda con la amante?

Andrea le sigue el rollo. Coloca un cuenco con aceitunas en el centro de la mesita antes de responder, con gesto relajado y una historia improvisada.

—Sí. En junio. Será en Mallorca. En la playa, con flores blancas y testigos que fingirán que todo es precioso y nada precipitado.

—Joder… qué místico todo —Clara ladea la cabeza—. A ver si la luna llena les bendice el adulterio y no se les quema el arroz.

Sueltan una carcajada a la vez.

—No se les va a quemar, bombón. Han contratado un chef con estrella Michelin y a una wedding planner . Ya sabes, el matrimonio moderno.

—¿Y tú? ¿Te han invitado?

—¡Obvio! Con dedicatoria y todo: «Con cariño, para que veas que el amor sí existe, pero no contigo».

—Vaya… —se queda unos segundos en silencio—. Me encantaría que fuera real para que pudieras responderles con un «gracias por los cuernos, tortolitos».

—Demasiado sutil para él —contesta Andrea, divertida.

Justo en el momento en el que se están riendo a carcajadas, suena el timbre. Clara deja el cuchillo en la encimera y va a abrir. Al otro lado, Aitor la espera con una sonrisa amplia, desbordada.

—Hombre, tú otra vez —dice ella, fingiendo sorpresa antes de echarse a sus brazos—. Qué pesado eres.

—Ya, pero te encanta —responde él antes de besarle la mejilla, luego los labios, luego la nariz. Ella ríe y le da un manotazo suave.

Andrea escucha desde la terraza, con la sonrisa en la boca. Le encanta el rollo que se traen esos dos. Al poco, la acompañan al exterior y los tres se sientan a charlar. Ellas con vino, él con cer­veza.

—¿Y Marina? —pregunta Aitor.

—Le ha salido una clase a última hora —contesta Clara—. Pero igual se pasa más tarde. Leo tampoco puede, tiene una cita con uno de sus amorcitos.

—Nuestro Leo y su poliamor despreocupado —responde él, ha­ciendo reír a Andrea.

La conversación continúa suave y dispersa.

Hablan sobre apro­vechar la vida, sobre los viajes pendientes, sobre decir que sí a lo que uno no sabe si quiere.

Clara y Aitor coinciden en vivir intensa­mente, en lanzarse, en no mirar atrás.

Andrea escucha, asiente a ratos, pero aporta otro punto de vista: el de detenerse, el de sentir lo que pasa por dentro, antes de saltar, el de no correr por correr.

De pronto, el timbre vuelve a sonar. Esta vez es Andrea quien se levanta para abrir, encontrándose a Pablo al otro lado de la puerta, con una camiseta gris oscura y una sonrisa tímida.

—Hola —dice él.

—Hola —responde ella, igual de suave.

Se quedan quietos unos segundos, uno frente al otro. No es ten­sión ni tampoco torpeza lo que se percibe, solo se miran. Ni él pasa ni ella le invita a hacerlo. Hasta que, desde la terraza, se escucha a Clara gritar:

—¡Venid ya! Que esto se calienta.

Andrea ríe primero, Pablo la sigue, soltando una broma tonta sobre tomarse la cerveza caliente, lo que la hace reír más fuerte todavía, con esa risa suya que brota sin avisar. Entonces, se aparta de la puerta y le hace un gesto para que pase. Él se limita a obede­cer.

Los cuatro se acomodan en los sofás. Clara y Aitor se rozan las piernas, se dan besitos en los dedos como si eso no interrumpiera nada. Andrea y Pablo, por su parte, se sientan algo más separados, cómodos pero contenidos. Hablan. Ella cuenta que por fin ha en­contrado trabajo.

—Es una empresa que organiza eventos culturales con impacto social —dice—. Charlas, ciclos de cine, encuentros… cosas así. Tiene proyectos muy chulos.

—Eso suena brutal —responde Pablo. Y aunque parece una frase casual, la escucha con más atención de la que le gustaría admitir.

La charla fluye entre risas. Aitor y Clara no pueden evitar lan­zarse pullas cariñosas, provocándose.

Pablo se suelta un poco más, realizando comentarios ingeniosos y haciendo que Andrea descu­bra su parte graciosa, menos seria de lo que aparenta.

Entre ellos dos no hay miradas que delaten nada, pero es obvio que la afinidad empieza a germinar.

En un momento dado, las chicas van a la cocina a por la comida.

—Vinagre primero, ¿no? —dice Andrea.

—Ni de coña. Aceite y luego vinagre, no al revés —contesta Clara.

Mientras discuten sobre ensaladas, ellos se quedan a solas, de­jando que un silencio cómodo se asiente entre ellos. Pablo le da un sorbo a su cerveza, como si algo se le atravesara en la garganta.

—Pues… he conocido a una chica —suelta, de golpe.

Su amigo se gira hacia él, sin sorprenderse demasiado.

—¿Y?

—No sé, tío…

—¿Pero ha pasado algo?

—No, no. En verdad no estoy seguro de que ella sepa que existo —se ríe, medio incrédulo—. O sea, hablamos de vez en cuando y tal. Yo veo que ella está a gusto conmigo, pero no sé hasta qué punto, ¿me explico?

Aitor asiente, atento.

—Además, ni siquiera estoy seguro de saber si quiero que pase algo con ella.

Ya sabes que desde lo de Irene no he sentido ni las ganas ni la conexión como para tener algo serio con nadie.

Pero con esta chica… tengo dudas. Es la primera vez que percibo que podría ser diferente.

A ver, que no la conozco tanto, pero me siento raro cuando pienso en ella.

Su amigo se encoge de hombros.

—Tío, ya sabes que yo creo que el amor siempre lo complica todo. ¿Te gusta la chica? Pues lánzate y disfruta el momento. Pero no le des tantas vueltas, porque te acabarás pillando y es ahí donde empieza el drama.

—Joder, Aitor, tú siempre tan romántico…

—Es lo mejor, créeme. Si no, míranos a Clara y a mí. Sabemos lo que hay, sin sentimientos. Lo pasamos bien y punto.

—Bueno, querrás decir que habéis decidido no pensar en si sen­tís algo el uno por el otro, por miedo al compromiso, ¿no?

Aitor sonríe, sabiendo que su amigo lo conoce demasiado bien.

—Por lo que sea, tío. Pero lo importante es que no nos compli­camos y tan a gusto.

—No… —mira a la nada—. Con esta chica, si pasa algo, será otra cosa. Aún no sé qué espero de ella, pero sé que no sería solo sexo. Si cruzo esa línea, no creo que pudiera tener una relación como la vuestra. Con ella no.

Aitor, sin cinismo por una vez, le responde con sinceridad.

—Pablo, tío, dices que no sabes lo que quieres, pero ¿te estás oyendo? Está claro que te gusta, pero por alguna razón te resistes a verlo. Lánzate. Habla con ella. Y si te dice que no, al menos ten­drás una respuesta.

—Pero es complicado —suspira—. Ahora no puedo lanzarme.

—¿Tiene novio?

—No. Es que está pasando por una situación complicada… algo familiar —miente descaradamente para no delatarse y que su amigo no sepa que habla de Andrea—. Creo que no está abierta a nada todavía. Si hablo con ella, aunque no sea una declaración de amor eterno, solo le supondría un problema más.

—¿Y entonces cuál es tu plan?

—Yo qué sé, tío… —se tapa la cara con las manos—. Seguir ob­servando, supongo. También eso me servirá para aclararme.

—Ten cuidado con eso. No vaya a ser que te enamores mientras ella ni se da cuenta de que estás ahí.

Pablo va a responder, pero entonces salen las chicas con la co­mida.

—¿De qué habláis con esa cara de intensidad, Zipi y Zape? —pregunta Clara.

—De lo caras que están las naranjas en el mercado esta semana —improvisa Aitor, provocando una carcajada en ellas.

Pablo mira a su colega en silencio, al tiempo que piensa en todo lo que guarda y que tal vez esté empezando a pesar.

La tarde transcurre con naturalidad, entre vino y cervezas, co­mida rica y bromas sueltas. En un momento dado, Aitor baja a por más bebida y Andrea va al baño. Clara se deja caer al lado de Pablo, con el vino en la mano y cara de concentración absoluta.

—He decidido jubilar la sutileza —suelta de repente, tras dar un sorbo a su copa con una calma asombrosamente medida.

Pablo la mira, desconcertado.

—No te entiendo.

—Verás, la semana pasada intenté ser delicada contigo y me comí un muro de contención emocional acompañado de una clase de filosofía del amor. Así que, esta vez, voy a ir al grano —hace una pausa para añadirle dramatismo al momento—. ¿Vas a contarme ya que te gusta Andrea?

Definitivamente, Clara en estado puro.

—¿Qué? —dice él mientras la mira, perplejo.

Ella lo observa con ternura, consciente de que ha dado en el clavo.

—Venga, Pablito, que he visto cómo la miras cuando habla y cómo sueltas chistes tontos para que se ría.

Él niega con la cabeza, sonriendo.

—Tú eres medio bruja o algo, ¿no?

—Medio, no. Entera. Pero tranquilo, que solo uso mis poderes para el bien.

Él se queda callado un momento. Luego suspira.

—Es que… desde que la conocí no paro de pensar en ella. En plan, no 24/7, pero sí que me viene a la cabeza sin querer. No sé si es curiosidad, porque es una persona interesante, o porque quiero que sea la madre de mis hijos —bromea, haciendo reír a su amiga.

—Mira que fijarte en la divorciada con trauma recién desblo­queado…

Él asiente, resignado, y ella lo mira fijamente, medio sonriendo, antes de seguir:

—Eso sí, y te lo digo desde ya: tú eres mi amigo y te quiero mu­cho. Pero Andrea es mi mejor amiga desde que tengo uso de razón. Y si algún día decidís tener algo y le haces daño, te encontraré y te haré picadillo. Literalmente. En daditos. Como cebolla para sofrito.

Justo en ese momento suena el timbre. Clara le acaricia la me­jilla y se levanta. Se cruza con Andrea, que sale a la terraza y se sienta al lado de Pablo, sonriendo tranquila, ajena a todo lo que está ocurriendo a su alrededor.

No tardan en salir Clara y Aitor acompañados de Marina —que se ha encontrado con este último en el portal—. Y allí se quedan los cinco, hablando de sus cosas, riendo por tonterías y disfrutando de lo que queda de tarde sin dramas y con buena compañía.