La ninja chismosa… O cómo pasarse de lista y salir escaldada
E l aula huele a calefacción vieja, papeles arrugados y desidia adolescente. Pablo entra con su café en la mano, la mochila colgada de un hombro y cara de haber dormido poco, pero haberlo aceptado con resignación adulta.
No saluda, nunca lo hace. Se limita a decir:
—Os informo de que hoy vamos a pensar, para variar. —sonríe al escuchar las quejas dramáticas y exageradas de sus alumnos—. Tranquilos, tranquilos. Prometo parar si veo que os sale humo por las orejas.
Coge el rotulador y escribe con letra clara en la pizarra:
¿Somos lo que decimos o lo que callamos?
Se gira, se apoya en su mesa y deja que el silencio se estire.
—Venga, que no muerde. ¿Qué os define más: lo que contáis o lo que os guardáis?
Un chico del fondo levanta una ceja y suelta una reflexión en voz alta:
—Yo no soy ninguna de las dos cosas. Soy lo que hago, ¿no?
—Perfecto. Eres tus actos, me gusta. Pero ¿qué pasa cuando lo que haces choca con lo que dices? ¿O cuando no haces nada, pero por dentro te estás desmoronando?
Ve cómo algunas miradas se afilan, esforzándose por encontrar una respuesta a la altura.
—Yo creo que lo que callas dice más de ti que lo que sueltas todo el rato —interviene una de las chicas—. Hay gente que habla mucho y no dice nada.
—Y hay gente que no habla nunca y se cree misteriosa, pero en realidad solo está cagada de miedo —añade otra, sin levantar la vista de la libreta.
Pablo siente el cosquilleo, ese cosquilleo que le nace cuando percibe que está consiguiendo su objetivo. Asiente, no hay respuestas incorrectas.
—Ahí está la cosa. A veces creemos que callar es protegerse. Pero… ¿protegerse de qué? ¿De que alguien nos vea o de vernos a nosotros mismos?
Nadie responde. No hace falta. La semilla está sembrada.
—Cuando alguien os dice «estoy bien», pero lo veis roto, ¿qué vale más: lo que ha dicho o lo que está callando?
Más silencio.
Pablo se levanta, da un par de pasos por el aula.
—Y lo mismo al revés. Cuando soltáis un «da igual» o un «haz lo que quieras» a gritos, cuando juráis que no os afecta, pero os tiembla la voz… ¿qué estáis diciendo en realidad?
Levanta su taza y bebe despacio.
—No os pido que os convirtáis en filósofos ni que me contéis vuestros traumas. Solo que penséis en lo siguiente este fin de semana: qué decís, qué calláis y por qué.
Justo en ese instante suena el timbre. Casi parece que lo hubiera cronometrado.
Los alumnos se levantan. Algunos se desperezan. Otros siguen en silencio, pensativos. Uno de ellos espera a que el resto salga y se le acerca antes de irse.
—Pablo… hoy ha molado.
—¿Sí? ¿Ni una queja formal? ¿Ni una denuncia?
El chaval sonríe, se encoge de hombros y se va, dejándolo solo en el aula, satisfecho. Recoge los rotuladores, guarda el portátil y apura el café frío.
Mira la frase escrita en la pizarra con semblante serio pero relajado. «¿Somos lo que decimos o lo que callamos?», murmura para sus adentros.
Y, sin querer, piensa en ella. En lo poco que ha dicho. Y en todo lo que no.
Suspira, coge sus cosas y sale del aula como el que quiere dejar sus pensamientos allí anclados.
Horas después, en casa de las chicas, la terraza huele a calma y a final de tarde.
El cielo todavía guarda algo de luz, pero no hace calor.
No han planeado estar ahí. O al menos, Pablo no.
Clara… digamos que ha orquestado la coincidencia con la sutileza de quien nunca reconocería que lo ha hecho a propósito.
Se sienta frente a él, sin decir mucho, y se sonríen.
Es ella quien lanza la primera piedra, envuelta en una afirmación aparentemente inocente:
—A veces hay gente que aparece y encaja, ¿no crees? No sabes por qué, pero lo hace. Como si siempre hubiera estado ahí, como si hubiera formado parte desde el principio.
Su amigo asiente sin inmutarse.
—Sí. Algunas personas tienen eso. Una especie de naturalidad que no se aprende.
Ella lo observa. Nada cambia en la expresión de Pablo, pero hay algo, algo que calla.
Afina el radar sutilmente.
—¿Tú crees que se puede conocer a alguien en pocas semanas y que te cambie algo por dentro?
La respuesta no llega enseguida. Pablo juguetea con la chapa de su lata un segundo, como si midiera las palabras.
—Supongo que sí —reconoce encogiéndose de hombros—. Aunque no siempre se nota al principio.
Y entonces desvía, sin que Clara lo vea venir, hacia otro terreno.
—Me pasó con Irene. No fue un flechazo. Al principio no me fijé en ella. Bueno, sí, claro que me fijé. Era lista, graciosa, guapa… pero no me impactó de golpe. Fue como… como una especie de niebla suave. Y, para cuando me quise dar cuenta, ya estaba pillado.
—Sin embargo, con el tiempo se terminó.
—Ya ves… —responde, relajado—. Pero fue más por pequeñas cosas que, juntas, se volvieron un problema insalvable. Tiempos distintos, maneras de querer que no sabíamos ajustar. Ella quería certezas. Yo pensaba que con querer bastaba. Pero no bastó.
No se aprecia rencor en su voz, solo nostalgia bien curada.
—No fue culpa de nadie, fue solo que nuestras vidas tomaron senderos separados. A veces se termina sin que nadie haya hecho nada malo. Simplemente… se desincroniza.
Clara asiente, como si entendiera más de lo que quiere admitir.
—¿Y ahora? ¿Crees que podrías volver a enamorarte?
Pablo se queda mirando al horizonte, a ese cielo que ya empieza a apagarse.
—Bueno… ahora mismo no lo descarto. No es que lo esté deseando, pero tampoco quiero cerrarme. Si llega, llega. Fin.
Y justo ahí, Clara, que decide darse por vencida en su intento de interrogatorio camuflado, gira el foco hacia su ombligo:
—A mí me pasa que tengo la sensación de que el amor está hecho para otra gente. Que hay personas que nacen con ese chip y otras que venimos defectuosas de fábrica.
—Decir que el amor no es para ti es como cerrar una ventana para siempre porque un día llovió y el agua cayó dentro de casa.
—Puede que tengas razón —reconoce con media sonrisa triste—, pero yo ya tengo bastante con intentar no liarme con gente que me arruine el algoritmo de TikTok.
Él sonríe también, sin romper la mirada. Y entonces, como quien deja una piedra en el centro de la mesa sin pedir permiso, añade:
—Puede que no estés hecha para el amor, Clara.
—Ajá. ¿Ves? Eso. Gracias.
—Pero el amor sí está hecho para ti… Y no siempre te avisará con tiempo.
Ahora sí: tocada y hundida. Clara aguanta la respiración un segundo, asimilando el golpe. Se acomoda en el respaldo, cruza una pierna y se recompone con esa elegancia emocional que es casi su marca personal.
—Si algún día escribes un libro con esas cursiladas, avísame. Juro no leerlo, pero te prometo que lo pondré en la estantería por estética.
Él suelta una risa bajita mientras la conversación se disuelve en silencio, a pesar de que, internamente, sus pensamientos fluyen sin descanso.
Pablo piensa:
«No sé qué me está pasando. O sí lo sé, pero no quiero decirlo en voz alta. Tal vez debería plantearme dejar de esconderme tras la idea de que es curiosidad lo que siento, cuando en realidad, al pensar en la posibilidad de volverme a enamorar, es su sonrisa la que se me cruza sin querer».
Clara piensa:
«Qué cabrón. No solo no me ha dado la respuesta que buscaba, sino que me ha devuelto la pregunta como si me la hubiera tenido guardada. Y encima con esa cara de calma infinita, como si no le costara trabajo.
»Yo solo quería confirmar mi intuición y, en lugar de eso, ahora estoy aquí, dudando de cosas que no tenían ni que estar en mi cabeza. De mí. De lo que soy capaz de sentir o no.
»Y lo peor es que puede que tenga razón. Puede que no sea el amor lo que no es para mí. Que sea yo la que no se da permiso.
»Pero no pienso decírselo».