Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Pequeños detalles que se ocultan
7%

Pequeños detalles que se ocultan

—Y me han llamado de una de las entrevistas, pero quiero espe­rar un par de días a ver qué me dicen de las otras, porque los proyectos me gustan más —comenta Andrea mientras em­puja la puerta de La Zurda con el hombro.

—Pues ojalá que te llamen pronto para decirte que se mueren por contar contigo —responde Clara en calma.

Ambas entran al bar con esa sensación de que algo empieza a ser familiar.

Clara, impecable como siempre, camina segura entre las mesas.

Andrea, con un estilo más relajado, la sigue entre risas.

Ya no siente el nudo en el estómago del primer día.

Esta vez no hay obligación, solo ganas sinceras de volver a ver al resto del grupo.

Sentados en una mesa, ya las esperan Leo, Aitor, Marina y Pa­blo, que las reciben con saludos y alguna broma tonta.

—Bienvenida de nuevo al mejor casting de secundarios de serie low cost —dice Leo.

—Perfecto, justo lo que quería ser cuando creciera —responde ella, con media sonrisa.

Una vez acomodadas, comienzan a volar las cervezas, los vinos y los primeros comentarios ingeniosos de la tarde, entre conversa­ciones cruzadas y voces que se pisan con cariño.

Pablo escucha sin participar demasiado, sobre todo cuando habla Andrea.

Muestra una atención sostenida, disimulada tras sorbos de cerveza y gestos tranquilos.

Simplemente… está atento. Más de lo habitual.

«Solo es curiosidad», se repite mentalmente.

La conversación entre los seis se convierte en un vaivén natural de temas y ocurrencias. Marina cuenta una anécdota de sus clases, Clara se indigna por un artículo que leyó y que nadie más parece conocer, Aitor hace comentarios sarcásticos cada vez que alguien se pone profundo.

Andrea y Leo, casi sin darse cuenta, acaban hablando de una canción poco conocida de un grupo que ya no existe, de que él es­cribe en sus ratos libres y de que a ella le encantaría leer alguna de sus obras, de un cómic que solo ellos han disfrutado, de lo absurdo que es todo y lo divertido que es encontrar a alguien con quien compartir la misma ironía.

—¿Entonces tú también crees que el universo nos está vacilando constantemente? —pregunta él.

—Creo que es un guionista de comedia negra, sin más.

Chocan las palmas sin planearlo, con complicidad. Clara los mira un segundo con una ceja arqueada, pero enseguida desvía la vista para seguir tonteando con Aitor entre risas.

En un momento dado, Marina levanta las manos.

—Por favor, que alguien los encierre ya y nos ahorre esta tensión sexual no resuelta.

Las carcajadas rompen en cadena. Andrea se ríe también y se siente dentro una vez más. No como protagonista, pero sí como parte del cuadro.

De pronto, Pablo se levanta y va hacia la puerta.

—¿Sales a la calle? —pregunta ella, sin pensarlo demasiado.

—A tomar el aire. ¿Vienes?

Asiente. Salen y se quedan apoyados en la pared lateral, justo al lado del cartel con el nombre del bar, que siempre está mal ilumi­nado.

—¿Te sientes menos nueva hoy?

—Sí. Bastante. Es raro… —añade pensativa—, como si encajaran piezas que no sabía que tenía —concluye, mientras juega con el borde de su copa de vino.

Él asiente despacio, mira al frente, escucha, observa.

Andrea no lo nota, pero él lo analiza todo en ella: cómo cruza los brazos al hablar, cómo sonríe con los ojos antes que con la boca, la forma en que su voz se ralentiza cuando dice algo que le importa de verdad…

Es un gesto casi automático para él. Siempre ha sido así.

Se le da bien percibir lo que otros no dicen; lo hace con todo el mundo.

Pero con Andrea, por alguna razón, ese radar se activa con más precisión.

Ella comenta algo sobre que le gusta el humor raro de Leo y cómo Clara le da confianza, aunque haya días que ni ella misma se vea capaz de seguir. Él sonríe, con una calidez muy contenida.

—Es un grupo curioso, pero encajamos a la perfección.

Andrea asiente sin analizarlo demasiado. Para ella, esta charla es solo eso: una conversación con alguien que le cae bien, con un chico tranquilo y ocurrente que escucha sin interrumpir.

Para Pablo… es un pequeño aviso. No una alarma, pero sí una vibración sorda, un recordatorio. Andrea le intriga, no como una revelación romántica —o al menos eso es lo que se dice a sí mismo—, pero hay algo, sin duda. Esa mirada, esa calma, esa forma de estar.

Por un instante se pregunta si es solo porque ve en ella una per­sona interesante de la que aprender o si, en el fondo, no quiere ad­mitir que, desde Irene, su ex, no había vuelto a ver a nadie con esa sensación de…

no, mejor no pensarlo. Le da miedo que ese algo se le vaya de las manos si lo nombra.

Vuelven a la mesa justo cuando llega otra ronda.

Clara les lanza una mirada que no pregunta nada, pero lo sugiere todo.

Su amiga le sonríe inocentemente. Ella le devuelve la sonrisa.

Pero, al mirar a Pablo a los ojos… capta una mínima expresión que no sabría des­cribir.

No la comenta, pero la anota mentalmente.

La noche continúa con más risas y pequeñas confidencias.

Ma­rina improvisa una lectura dramática de la carta de vinos.

Aitor y Clara siguen su duelo verbal sin tregua.

Leo y Andrea intercambian más referencias inentendibles para el resto.

Pablo se mantiene pre­sente, interviniendo lo justo para no parecer ausente.

Ya es de noche cuando Andrea y Clara llegan a casa.

No hablan mucho en el camino. Están cansadas, pero en paz, como si la vida, por una vez, no exigiera nada.

Salen a la terraza y cada una ocupa su sitio.

Dos copas de vino, una manta compartida y luces tenues iluminándolo todo.

Rutina nueva que empieza a parecer natural.

—Hoy me he sentido cómoda —dice Andrea, con la mirada per­dida entre las sombras de la ciudad—.

De verdad. No me ha dolido estar fuera de casa.

Incluso he disfrutado de la conversación friki con Leo.

Hemos hablado de un cómic que pensé que nadie más había leído.

Y no sé… estaba ahí, riéndome con todos y, por un momento, no me he sentido como una recién divorciada empe­zando de cero, ¿sabes? Solo… yo.

Clara asiente despacio, pero no responde. Le da un sorbo al vino; no menciona que se alegra por su amiga, porque ella ya lo sabe y porque, en realidad, no está escuchando del todo; está ocu­pada, inmersa en sus propios pensamientos:

«Esa mirada de Pablo… No era descaro ni intensidad dramática.

Solo… atención. Con esa especie de pausa que uno no le dedica a cualquiera.

La he visto. Estaba ahí. Estoy segura. Aunque puede que me lo esté inventando.

No sería la primera vez que quiero ver conexiones donde no las hay, como si pudiera controlar lo que pasa a mi alrededor si lo anticipo a tiempo.

»Me pregunto si, al presentarlos, he encendido algo sin querer. Y si ese algo puede llevar a algún sitio interesante sin romperlos por el camino.

»No siento celos, tampoco envidia. Pero sí esa especie de cos­quilleo triste que surge cuando ves algo nacer y sabes que no es para ti.

»Me encantaría saber lo que se siente al dejarse llevar sin tener un pie en el freno por si acaso.

Sin tener que pensar si me estoy metiendo en un sitio peligroso.

Sin calcular. Solo… confiar. Pero no me sale, nunca me ha salido.

Y me da rabia porque ni siquiera entiendo el motivo por el que no soy capaz de hacerlo».

Andrea termina de hablar justo en el momento en que Clara vuelve a centrarse. Sonríe, suave. Se inclina hacia ella y le acomoda un mechón detrás de la oreja con una ternura que no se anuncia.

—Me alegro de que, poquito a poco, te vuelvan a pasar cosas buenas, cariño —no se refiere exclusivamente a la afinidad con el grupo, pero no añade nada más.

Andrea asiente. Bebe. Suspira.

La noche sigue sin necesidad de grandes palabras.

Y la terraza, una vez más, hace su trabajo en silencio.