Traumas (casi) superados
A la mañana siguiente, en el piso, la cafetera hace su trabajo con un entusiasmo innecesario para la hora que es.
Clara repasa mentalmente la lista de tareas del día mientras maneja el pintalabios con precisión quirúrgica frente al espejo del pasillo.
La mujer risueña que suele ser está perfectamente escondida tras un traje de pantalón y americana azul marino que hoy ha decidido acompañar con unos labios color vino, lo que la hace parecer la abogada sobria y elegante que también forma parte de su personalidad.
Profesional y luciendo tacones con una elegancia con la que se nace.
Andrea, por su parte, aparece en la cocina en calcetines y camiseta ancha, el pelo recogido de cualquier manera y una libreta en la mano. Le espera un día intenso: tres entrevistas de trabajo, una llamada pendiente con una ONG interesante y algo de papeleo sin resolver desde hace semanas.
—¿Qué tal has dormido, bombón? —pregunta Clara mientras se sirve el café.
—Sorprendentemente bien —responde, dejando la libreta en la mesa con una sonrisa sincera.
Su amiga le devuelve el gesto con la satisfacción de quien sabe que tenía razón desde el principio.
—¿Y si repetimos mañana por la noche? Mismo lugar, distinta actitud. ¿Te animas?
Andrea duda un segundo, pero solo por inercia. Para cuando asiente, Clara ya está escribiendo en el grupo de WhatsApp mientras sorbe el café:
Ni siquiera contempla la posibilidad de que alguien diga que no.
Poco después, al tiempo que se abrocha el abrigo, manda otro mensaje, esta vez privado:
Marina lee el mensaje mientras cruza la calle sin mirar.
Acaba de salir corriendo de una clase de teatro en la que un grupo de jóvenes con la maleta cargada de ilusiones ha decidido reinterpretar «Romeo y Julieta» como una historia de dos influencers peleados por ganar seguidores.
Está agotada, pero acepta sin pensarlo mucho y responde con un «claro, tú mandas».
Horas más tarde, corre hacia el restaurante donde ha quedado con Clara. Llega diez minutos tarde y con la bufanda mal enrollada en el cuello.
—Ay, perdona, tía, que la clase se nos ha ido de las manos. —Se deja caer en la silla libre, aún jadeando.
Su amiga le sonríe sin levantar la vista de la carta.
—Lo que no entiendo es cómo aguantas tanto ego de actor frustrado junto.
—Con paciencia, yoga y fantasías de venganza creativa.
Ambas ríen. Marina pide una cerveza sin pensar y deja el móvil sobre la mesa, pantalla abajo.
El ritmo se calma. Hablan de cosas sin importancia: que si la nueva compañera de Marina parece salida de una película de Almodóvar, que si el camarero tiene pinta de poeta atormentado, que si la ciudad está más gris de lo habitual…
Conversación suave, cómoda, sin urgencia.
Hasta que, justo antes del postre, Clara deja el tenedor y la sonrisa a un lado.
—Verás, cariño. Yo quería hablar contigo a solas porque siento que no estás bien, y no sé si es que tienes el wifi del chakra averiado o que de verdad te pasa algo.
Marina suelta una risita nerviosa. La ha calado, como siempre.
—Y yo pensando que manteniendo la intensidad con Leo cada vez que nos vemos en el bar nadie se iba a dar cuenta —bromea mientras juega con la servilleta, evitando la mirada de su amiga por un segundo—.
No es que esté mal… No estoy triste ni hay nada grave.
Es solo que… últimamente no termino de encontrar mi sitio.
Estoy como… flotando. Todos parecéis tener claro lo que estáis haciendo con vuestras vidas, y yo me veo dando clases de teatro a niñatos que se creen el nuevo Al Pacino porque hicieron un monólogo sobre el bullying en tercero de la ESO.
Y yo ahí, dirigiéndoles como si creyera en todo esto.
—Hace una pausa para observar a la gente que camina por la calle—. Pero ya no sé si creo.
Clara no dice nada, solo la escucha.
—A veces pienso que debería mandarlo todo al carajo e irme, no sé… a conocer Punta Cana, por ejemplo, a poner copas en un chiringuito, a ver si ahí encuentro algo que me suene a «esto es lo que quiero».
—Vale, amor —dice su amiga, cruzando los brazos sobre la mesa—. Creo que ya sé lo que te pasa: bienvenida a la crisis de los treinta. Abrázala con gusto, porque no suele irse de un día para otro.
—¡Qué bien! —ríe, irónica—. Justo lo que necesitaba: una compañera de piso existencial que además te cobra alquiler emocional.
—Y sin derecho a cocina —añade Clara, subiendo una ceja.
Sueltan una carcajada conjunta justo en el instante en el que el móvil de Clara vibra sobre la mesa. Lo mira. Suspira.
—Me tengo que ir ya. —Se levanta con un gesto rápido y empieza a recoger su abrigo—. Reunión de última hora.
Marina asiente, sin reproches, dejándose besar en la mejilla.
—De todas formas —añade Clara, justo antes de marcharse—, no es que nosotros lo tengamos más claro. Es que fingimos mejor. Que manda narices que sea así cuando eres tú la de las clases de arte dramático.
Ambas sonríen, cómplices.
—Te quiero. Luego hablamos.
—Te quiero. Dales caña.
Clara se aleja, y Marina se queda sola, mirando el café que ya empieza a enfriarse.
Su semblante es relajado, con esa expresión serena que aparece cuando te han dicho justo lo que necesitabas oír…
aunque no lo supieras. Mira por la ventana una vez más, como si buscara en la ciudad alguna señal, algún indicio.
No encuentra nada. Pero por primera vez en semanas, siente que eso no es un problema.
Ya por la noche, tras dar por concluida su jornada laboral, Clara se acomoda en el sofá del salón y enciende la tele, que suena de fondo sin que le preste demasiada atención, puesto que sus cinco sentidos están enfocados en la cascada de pensamientos que recorre su mente:
«Cuando el día se apaga y ya no hay nadie más en quien centrarse, a veces las emociones me abruman y corro el riesgo de entrar en bucle. Pero no lloro, ni grito, ni como helado directamente del bote ni escucho canciones tristes. Lo que hago es mandar un mensaje:
Son las palabras mágicas, nunca fallan… y esta noche tampoco iba a ser una excepción».
Media hora más tarde, está en la cama con Aitor, la ropa por el suelo y la cabeza totalmente desconectada. No hablan demasiado; no hace falta. Él tiene esa habilidad de ser justo lo que ella necesita en el momento exacto y sin pedirle nada a cambio ni preguntarle si está bien… y por eso le encanta.
Con él no hay expectativas, no hay etiquetas ni preguntas incómodas ni promesas que nadie piensa cumplir. Solo… sexo. Y eso, para Clara, es más que suficiente.
Después, se quedan tumbados un rato, uno al lado del otro.
—¿Quieres que me quede a dormir? —pregunta él, con voz suave.
—No, que luego te comes todas las galletas del desayuno y no me da tiempo a reponerlas antes del finde —responde ella, volviendo a colocarse la máscara de la Clara graciosa y despreocupada.
—Como quieras… —se levanta y recoge su ropa con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No se despide con un beso ni con drama, tampoco con un gesto frío. Simplemente, se va.
Clara se viste con lo primero que pilla y sale a la terraza, donde le espera Andrea con su copa de vino en la mano.
Está sentada en uno de los sofás, descalza y envuelta en una manta.
Cuando la ve salir, rellena la otra copa vacía que había dejado sobre la mesa y espera en silencio a que dé inicio el ritual nocturno.
—Ay… —suspira Clara, sentándose al lado de su amiga y bebiendo un sorbito de su copa—. No hay nada como un buen vino para terminar el día.
—Ya… —responde Andrea con una sonrisa traviesa—. ¿Seguro que es eso lo que te tiene tan contenta?
Se miran en silencio y luego ríen.
Cuando la broma se diluye, Clara la mira de reojo. Duda. Finge estar distraída con la copa, pero entonces pregunta, como quien no quiere la cosa:
—¿Qué te parece Aitor? Es majo, ¿no?
—¿Aitor? —entrecierra los ojos—. A ver… no sé si puedo ser objetiva después de haberlo visto dándolo todo en calzoncillos, pero supongo que es majo, sí. Un poco caótico, pero simpático.
Clara asiente. Solo eso. No dice nada más. Andrea tampoco. Ambas beben.
Y aunque no obtiene una gran revelación, algo dentro de ella se calma solo con la respuesta de su amiga.
Sabe que no es relevante, que no cambia nada, pero a veces una validación mínima es suficiente para llenar el vacío que se le queda en el pecho cada vez que Aitor se marcha y su cabeza vuelve a funcionar.