Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Un desconocido en calzoncillos y otras maneras de empezar el día
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Un desconocido en calzoncillos y otras maneras de empezar el día

A ndrea se despierta con los ojos pegados, la boca seca y la cabeza envuelta en una niebla densa que huele a vino ba­rato y lágrimas secas.

Tarda un par de segundos en acor­darse de dónde está.

Luego, el resto de imágenes se suce­den en cascada.

Las cajas, la boda, el derrumbe emocional. Y el vino. Demasiado vino.

Con un gruñido suave, se incorpora. Tiene antojo de algo ácido, frío, vital.

Zumo de naranja. El cuerpo se lo pide como si fuera me­dicina.

Se dirige hacia la cocina con el alma en modo avión, arras­trando los pies y la camiseta vieja colgando de un hombro.

Se frota los ojos mientras empuja la puerta… y se en­cuentra con un desco­nocido.

Está de espaldas a ella, en calzoncillos, bailando. Sí, bailando. Y cantando… o intentándolo.

Sale música de su móvil, apoyado junto a una sartén humeante.

El tipo mueve las caderas con más entusiasmo que técnica y tararea con voz rota, motivado como si estuviera pro­tagonizando un mu­sical.

Andrea parpadea, congelada. Su pri­mer impulso es correr de vuelta a su cuarto.

El segundo, buscar el móvil y llamar a la policía.

Pero no puede moverse. Es como ver un vídeo absurdo en internet: sabe que debería mirar hacia otro lado, pero hay algo hipnótico en lo ridículo del momento.

Justo entonces, Clara aparece por el pasillo, con una sonrisa de oreja a oreja y sujetándose la carcajada.

—Veo que ya conoces a Aitor —dice, con toda la naturalidad del mundo—. Es mi sugar daddy —bromea.

Andrea se gira hacia ella con cara de «¿cómo que qué?».

El chico, Aitor, se da la vuelta, aún con el ritmo en el cuerpo, al oír la voz de Clara. Al verlas, se sorprende un instante, pero ense­guida lo disimula con una sonrisa encantadora que, sin duda, ha ensayado antes frente al espejo. Se acerca sin prisa, como si nada pudiera pillarle desprevenido.

Clara le planta un pico rápido y descarado, y le da una pal­mada en el culo que suena más fuerte de lo esperado, mientras Andrea parpadea, aún en shock.

—¿Ait…? —murmura, intentando que su cerebro procese la ima­gen del desconocido en ropa interior, que ahora tiene nom­bre y se le acerca, manteniendo la sonrisa y tendiéndole la mano.

—Encantado. ¿Y tú quién eres?

Ella abre la boca, pero no le sale nada.

Su amiga interviene, divertida:

—Andrea. Ella es Andrea. De normal habla, pero por lo visto hay que darle cuerda por las mañanas.

Al oír su nombre, Andrea consigue reaccionar, le da la mano con torpeza y balbucea:

—Encantada.

—El placer es mío.

Clara se cruza de brazos, teatrera.

—Desayunas y te vas, que no queremos okupas en esta casa.

Él le lanza una mirada ladeada, con esa sonrisa pícara que pa­rece venir de serie.

—Ya te gustaría a ti que me quedara a vivir en tu cama, reina.

Ella se ríe con una carcajada genuina.

—Tú qué sabrás.

Desayunan los tres en la cocina. El olor a café y tostadas em­pieza a borrar la niebla del cerebro de Andrea.

Se siente rara, algo fuera de lugar, pero hace el esfuerzo de estar presente.

Clara y Aitor com­parten tonterías con fluidez, con la confianza de quienes se cono­cen bien, pero no demasiado.

Aunque las bro­mas vuelan entre ellos, los dos la incluyen constantemente, pre­guntándole cosas, ha­ciéndola partícipe y quitándole hierro al momento.

Cuando terminan, él se levanta y recoge su taza.

—Ha sido un placer conocerte, Andrea.

—Igualmente —responde ella, más cómoda, aunque aún algo tensa.

Se despide de Clara con un guiño.

—Hablamos, petarda.

—Cuando quieras, calzoncillos.

Él desaparece por la puerta como si dejara tras de sí una es­tela de perfume y buena vibra. Andrea lo sigue con la mirada hasta que la puerta se cierra. Luego se gira hacia su amiga con una ceja en alto.

—Podrías haberme dicho que sueles acoger a tíos buenorros mientras yo duermo la mona, ¿no?

Clara se encoge de hombros, cómplice.

—Tienes razón, lo siento. Pero tú caíste rendida y yo aún te­nía mucha energía que derrochar.

—¿Y vas a contarme ya cuál es ese rollito vuestro o me espero a que te vayas a vivir con él?

—No hay mucho que contar —responde mientras recoge la mesa—. Es un amigo que de vez en cuando viene de visita… a mi cama.

Se ríe de su propio chiste al tiempo que Andrea la mira y niega con la cabeza, medio sonriendo. Acto seguido, Clara se dirige hacia su habitación, cambiando de tema sin transición.

—Oye, esta noche he quedado con unos amigos y creo que esta­ría bien que te vinieras.

—Ay, tía… —duda—. ¿Crees que es buena idea? No conozco a ninguno.

—Bueno, me conoces a mí… y a Aitor —le saca la lengua.

Andrea resopla.

—Pues si esos amigos tuyos son del mismo estilo que Aitor…

—No, tía. El resto son amigos amigos —responde mientras sale del cuarto envuelta en una toalla y se dirige al baño, dete­niéndose antes de entrar—. En serio, cariño, vente. Te van a caer bien. Y te aseguro que te harán desconectar.

—Vale —suspira exageradamente—. Pero si me entra el bajón, me voy. No quiero que me vean llorar el primer día.

Clara se acerca, le planta un beso en la mejilla y sonríe.

—Si te entran ganas de llorar, me haces una señal para que me tire al suelo y patalee. Eso seguro que desvía la atención.

Andrea suelta una risa inesperada mientras su amiga cierra la puerta del baño. Se queda unos segundos en la cocina, sola. Mira el zumo de naranja, ya a medio terminar. Mira hacia el pasillo. Sus labios se curvan levemente mientras piensa: «Gra­cias, amiga».

Horas más tarde, al atardecer, todo es un vaivén de secadores, pin­talabios compartidos y dudas existenciales sobre qué po­nerse.

Clara opta por unos vaqueros altos y un top negro con la espalda al aire.

Andrea, más contenida, pero con ganas de gus­tarse, se decanta por una blusa fluida de color vino y unos pan­talones rectos de lino.

Se miran una última vez en el espejo del pasillo. Clara alza las cejas y sentencia:

—A ver si hoy te ligas a alguien, divorciada.

—A ver si hoy no me haces arrepentirme de salir, cabra loca —responde ella, ajustándose los pendientes.

Salen de casa y enseguida se dan cuenta de que la ciudad late con ese ritmo de no descansar ni entre semana.

Se dejan llevar por esa sensación hasta La Zurda, un bar con paredes de ladrillo visto, faroles reciclados como lámparas, una terraza minúscula repleta de plantas y gente con tote bags , patinetes y perros con más estilo que ellas.

Definitivamente, el bar de confianza del grupo.

Andrea duda al llegar y se queda unos segundos mirando al in­terior, insegura.

—Tranquila, bombón —dice su amiga mientras alza la mano para saludar a alguien—. Ya verás qué bien.

Andrea sigue su mirada hasta una mesa al fondo, donde hay tres personas.

Uno de ellos ha devuelto el saludo y ya se está levantando.

Los otros dos, una chica y un chico, debaten tan entregados que podrían estar resolviendo el futuro del planeta.

Ella lleva una ame­ricana oversize encima de una camiseta de Snoopy.

Él, con camisa de flores abierta sobre una camiseta bá­sica, va con unas gafas re­dondas y un estilo que parece hecho a medida.

El que se ha levantado camina hacia ellas. Es alto, lleva una ca­zadora vaquera y una camiseta blanca sencilla. Pero es su son­risa la que brilla más que el outfit . Al llegar a Clara, se funden en un abrazo tan exagerado que parecen sacados de un reen­cuentro en una serie de sobremesa.

—¡Por fin! Pensaba que nos habías abandonado por otro grupo más guay —bromea él.

—¿Y dejar de ver tus pintas de profesor de filosofía moderno? Jamás —responde ella.

Andrea sonríe sin querer.

—Andrea, te presento a Pablo.

—Hola. Encantada —dice, estirando la mano para los típicos dos besos.

—¿Andrea de «acabo de aterrizar» o Andrea de «si esto es un desastre, la culpa es tuya, Clara»? —pregunta él con una sonrisa ladeada, mientras se inclina a saludarla.

—Andrea de «si esto sale mal, por lo menos hay vino» —res­ponde ella, tranquila, sin saber de dónde ha sacado esa chispa.

Pablo se ríe con asombro y, a pesar de que ella no se da cuenta, se queda un segundo más de lo necesario mirándola. Clara ya ha volado a la mesa y ha plantado un beso sonoro en cada mejilla de sus amigos debatientes, abrazándolos como si hiciera años que no los viera.

Andrea y Pablo llegan justo cuando Clara dice:

—¡Esta maravilla de aquí es Andrea! Y estos dos son Marina y Leo, como un matrimonio, pero sin los papeles ni la rutina abu­rrida.

Ambos saludan al unísono con una especie de coreografía ab­surda de manos cruzadas y reverencia final que hace a Andrea reírse más fuerte de lo que pretendía.

—Un placer, supongo —dice ella, todavía sonriendo.

Justo cuando Clara empieza a notar la ausencia de una copa en­tre sus manos, una voz desde atrás grita:

—¡Absteneos de brindar sin mí, bastardos!

Aitor aparece con cuatro cervezas y dos vinos entre sus ma­nos, como si fueran extensiones de su cuerpo. Nadie lo ha visto llegar, pero todos lo celebran con entusiasmo, probablemente más por el alcohol que por su presencia.

—Tú siempre igual —dice Marina—. Llegas tarde, pero con esa capacidad de entrar como si fueras el protagonista de un vi­deoclip.

Todos brindan y el ambiente se relaja. Andrea se sienta entre Clara y Pablo. Empiezan a hablar del trabajo, de series que no ter­minan nunca y de la última canción absurda que se ha hecho viral. Ella escucha, responde, se ríe. Siente que puede bajar la guardia.

—¿Y vosotros dos desde cuándo estáis juntos? —pregunta de pronto a Leo y Marina.

Ella suelta un bufido gracioso. Él, una carcajada.

—¿Juntos? ¡Por favor! Somos como Batman y Robin, pero con menos tensión sexual.

—Y más traumas —añade Marina, brindando y haciendo que una carcajada general se expanda por toda la mesa.

—¿Y tú? —pregunta Leo—. ¿Pareja, ex, líos, gatos?

Andrea se tensa un segundo. Siente cómo su amiga le coge la mano por debajo de la mesa. Respira hondo.

—Pues… me acabo de divorciar. Por eso me he mudado con ella.

Silencio corto. De ese que se estira justo después de que al­guien diga algo torpe.

—Oye, Andrea, no tienes que contarlo si no quieres —inter­viene Pablo, bajando la voz.

—Estoy bien, gracias —responde ella con una media sonrisa—. Supongo que el hecho de que te pongan los cuernos durante tres meses y que decidan casarse justo después de firmar el di­vorcio tampoco es para hacer un drama, ¿no?

Trata de sonar divertida, pero le sale más ácido que gracioso, lo que hace que los demás se queden congelados un instante. Luego:

—Hostias… —dice Leo.

—Vaya campeón —suelta Marina.

—Bueno, a ver, igual es que quería batir el récord Guinness de decisiones absurdas —comenta Aitor.

Leo alza su cerveza.

—Por tu ex y su futura mujer. Que se les indigeste el champán y pasen la noche de bodas sentaditos en la taza del baño.

Todos lo miran, conteniendo la risa. Andrea lo observa con los ojos brillantes, pero sin lágrimas.

—Salud —responde, alzando su copa.

El resto la sigue y el brindis resuena como una promesa co­lec­tiva de estar ahí y, por primera vez en mucho tiempo, Andrea siente que su calma no es fingida.

Ya en casa, con los zapatos abandonados en el pasillo y las me­jillas todavía calientes de reír, Andrea y Clara vuelven a encon­trarse a solas con sus pensamientos en la terraza.

No hace frío, pero se han tapado las piernas con una manta, más por costum­bre que por ne­cesidad.

Clara sirve «la última» mientras su amiga se estira en el sofá como si hubiera corrido una maratón emo­cional.

—¿Crees que he estado bien? —pregunta Andrea al cabo de un rato.

—Has estado tú. Eso siempre es suficiente.

—Bueno, al menos no he llorado… y me he reído.

—Una victoria épica, amiga.

Brindan sin alzar demasiado la copa, como si fuera un gesto se­creto entre ellas. Y así, como quien no quiere la cosa, la terraza suma otra noche a su historial de reconstrucciones discretas.