Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Si el manual se pierde en la mudanza, limítate a llorar con una copa en la mano
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Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna

Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna

Por Emgona

© inepub.com

Si el manual se pierde en la mudanza, limítate a llorar con una copa en la mano

«C uando era pequeña pensaba que, en algún momento, cerca de los treinta, alguien —quizá del Gobierno o de IKEA— te entregaba un manual de instrucciones.

Uno con pestañas de colores, capítulos claros y esquemas que dijeran: “Si estás triste un martes por la noche, haz esto” o “Así se sobrevive a un largo día de trabajo en el que tu jefe la toma contigo”.

» Spoiler : no pasa.

»Lo que sí pasa es la mudanza. Cajas. Muchas. Y una tostadora que te mira con decepción porque nunca llegó a cumplir su propó­sito».

—¿Qué se supone que es esto? —pregunta Clara desde el otro extremo del salón, sosteniendo una lámpara torcida con forma de cactus.

—Una metáfora… de mi vida.

Clara levanta una ceja.

—La teníamos en el dormitorio —sigue Andrea, señalando con el dedo como si todo tuviera lógica—. Donde se iluminaban sus mentiras.

—¿Quieres quemarla?

—No quiero que nos echen por pirómanas en mi primera se­mana de recién divorciada.

—Lo digo en serio.

Su amiga se ríe. Es una de esas risas que duelen un poco por dentro. Luego se sienta en el suelo, sobre una alfombra que parece haber vivido varias guerras. Saca de la caja una foto rota, la mira de reojo y, sin decir nada, la deja boca abajo.

—Gracias por dejarme invadir tu casa. Prometo ser una compa­ñera de piso excepcional. No dejaré pelos en el desagüe, ni hablaré de mi ex todas las noches… Solo en las que esté bebiendo vino.

—Es decir, todas.

—Ajá.

Se produce un silencio cómodo que Clara aprovecha para sacar una bolsa de gominolas de un armario y se la lanza a su recién es­trenada compañera de piso, que la atrapa como quien lleva años entrenando para ese momento.

—¿Has pensado en cómo olvidarlo? —pregunta mientras cierra el armario.

—Sí. Y también en cortarle los frenos del coche, pero soy más de soluciones pacíficas. De momento, solo le he silenciado las stories de Instagram. Muy maduro todo.

Ambas brindan con una golosina ya sentadas en el suelo. An­drea comenta mientras mastica, mirando a un punto infinito frente a ella:

—¿Sabes qué es lo peor? Que ni siquiera fue dramático. No hubo pelea épica, ni portazo al salir. Lo descubrí. Fin. Dos semanas des­pués, divorciados. Y ahora estoy aquí, sacando de una caja una taza con nuestras iniciales como si nada.

—Podrías convertirla en macetero.

—O cenicero para mis lágrimas.

—Eso suena a banda indie .

Andrea sonríe, pero le tiembla un poco el labio. Lo oculta bien. Lleva semanas entrenándolo.

—¿Crees que lo superaré? —dice, casi para sí misma.

—Ya estás en ello.

Se miran sin necesidad de rellenar el momento con palabras. Andrea sabe que no está sola y que eso, por hoy, es suficiente.

—Tengo que buscar trabajo. Y fingir que sé lo que hago con mi vida. ¿Crees que habrá un tutorial en YouTube para eso?

—Seguro. Pero estará en alemán.

Ríen otra vez.

La noche cae sobre las cajas abiertas, los objetos sin lugar y dos mujeres que, desde sitios distintos, tratan de reconstruirse.

Un rato más tarde, la casa está en silencio por primera vez desde que Andrea ha llegado con sus cajas y sus miedos.

No se oye más que el zumbido del frigorífico y algún coche al pasar.

Su amiga ha bajado a por algo de comer —«porque sin cenar ni el duelo ni la vida son posibles»— y ella está sola en la terraza.

Con la tranquilidad llega la tentación. Mira el móvil. Lo desblo­quea. Abre Instagram. Duda un segundo. Cierra la aplicación. La vuelve a abrir. Teclea el nombre que no debería buscar.

Y ahí está.

Una foto de su ex. Sonriendo. Con otra mujer que no es ella. De blanco y abrazados, como si llevaran una vida entera juntos. El texto es lo peor:

«Contando los días para decir sí, quiero. Tres meses han bastado para estar seguros. Cuando sabes, sabes.»

Parpadea sin entender. Siente cómo le tiemblan las manos. In­tenta reírse, porque el momento es tan surrealista que roza lo có­mico. Pero, en lugar de eso, pronto percibe que está llorando en silencio. Como si el cuerpo lo supiera antes que la mente.

Justo entonces, se abre la puerta.

—Tía, casi me atropella un patinete pilotado por un niño de ocho años con cara de sociópata —entra Clara con su energía habi­tual, pero se detiene en seco al ver la escena—. ¿Qué pasa? ¿Quién se ha muerto?

Andrea levanta el móvil y se lo tiende, temblando.

—Mi dignidad —susurra.

Su amiga sujeta el teléfono sin quitárselo de la mano, lee para sí misma y solo acierta a murmurar:

—Joder…

Se deja caer en el sofá como si de pronto le pesaran los huesos, mira la pantalla otra vez y entonces reacciona.

—Vale. Primero: a este ser lo vamos a bloquear. De Instagram y de tu vida, bombón.

Le quita el móvil con la misma delicadeza con la que se desactiva una bomba a punto de estallar.

—Segundo: vamos a hacerle un ritual muy efectivo —continúa mientras teclea—.

Esta misma noche. Una cosa sencilla: velas ne­gras, tu sujetador más odiado y una cucharada de sal gorda.

Y pe­dimos que le crezca pelo en las orejas y que el día de la boda sude como un cerdo en feria, aunque esté a menos cinco grados.

Andrea suelta una risita sin querer.

—Y tercero… —se levanta de un salto, va a la cocina y vuelve con una botella de vino y dos copas—: hoy se bebe y se llora a partes iguales.

—Estás fatal —dice su amiga, entre risa y llanto.

—Sí, pero es parte de mi encanto. Y hoy mi única función es ayudar a que te reconstruyas.

Comienzan a beber y el ambiente empieza a destensarse poco a poco.

No están borrachas, solo han cruzado esa línea invisible donde el vino afloja la lengua, pero no nubla la mente.

Clara habla poco y deja espacio. Andrea tiene la mirada clavada en un punto invisible del horizonte, como si estuviera decidiendo si decir lo que piensa o seguir callando.

—Me parece increíble —dice al fin— que esta persona lo tenga todo tan claro. De repente. Yo tuve que rogarle durante meses que nos casáramos… y ahora solo ha necesitado cinco segundos y tres polvos desesperados para decidir que ella es «el amor de su vida».

Bebe un trago.

—Y encima es que me da rabia. Porque, a pesar de que no lo hace por mí, todo lo que publica parece diseñado para demostrarme que con ella sí va a salir bien. Como si yo fuera el error y ella la recom­pensa.

Su amiga la escucha en silencio.

—Es que ni tuvo el valor de pedirme el divorcio, tía.

Ni antes de irse con otra ni cuando le dije que lo sabía todo.

¡Pero si hasta me dijo que podíamos arreglarlo!

—ríe, con una de esas risas que se escapan justo antes del llanto—.

Y en cuanto yo termino de hacer las maletas, ¡ZAS! : anillo, boda y final feliz.

Baja la mirada.

—Es tan injusto… Encima de cornuda, he tenido que dejarlo todo para cambiar de ciudad y empezar de cero. Y mientras tanto, él ya está inmerso en su cuento de hadas. Y yo… yo deambulo por la vida sin saber ni cómo me llamo.

Esta vez no puede reprimir sus lágrimas y, cuando se echa a llo­rar, Clara se acerca más y la abraza, mientras ella apoya la cabeza en el hombro de su amiga, agotada.

—Cariño… —dice Clara en voz baja—, precisamente porque nada de esto lo ha hecho pensando en ti, no puedes seguir dejándole controlar tu vida.

Ni siquiera sin querer. Llora lo que haga falta, enfádate, grita, rómpelo todo.

Pero luego déjalo ir —se gira un poco para poder mirarla—.

Tú eres la puta ama, Andrea. Por ti sola.

Eres inteligente, leal, divertida… además de ser un pibón.

Yo te comía la boca si me dejaras —le guiña un ojo, haciéndola sonreír entre lágrimas, pero con el corazón un poco menos roto.

Vuelven a apoyarse una en la otra, copa en mano.

—Y además… —añade—, sin ofender, pero, visto lo visto, lo de tu ex tiene más pinta de estupidez que de «felices para siempre».

Las dos se ríen una vez más y, entre vino, bromas y verdades, inauguran, sin ser conscientes de ello, su campo de refugio y trin­chera emocional, donde las heridas no se cierran del todo, pero al menos se ventilan.

Frente a ellas, la ciudad parpadea sin demasiado entusiasmo y la terraza, con sus sofás desparejados, sus cojines he­redados y su planta resistente a cualquier drama, se convierte en su nuevo reino informal, donde ninguna de las dos sabe exactamente qué rumbo está tomando su vida, pero al menos lo están intentando juntas y con un vino entre las manos.

Finalmente, Andrea piensa:

«Quizá no haya manual. Pero hay vino, bonitas vistas y amigas que no juzgan, acompañan».