21. Inventario de leales
Inventario de leales
«La paranoia es de mala educación; la previsión, de señoras.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
La paranoia es de mala educación. La previsión, en cambio, es de señoras. Aquella semana dejé de saber en cuál de las dos estaba.
Si había una alumna, había tenido acceso.
A mi método, a mi manual, a mi vida. Y el acceso, en mi oficio, se audita como se audita una casa antes de comprarla: mirando quién tiene llave.
Así que hice lo que sé hacer cuando el suelo se mueve: una lista.
Todos los que en estos años habían estado lo bastante cerca de mí como para aprender sin que yo me diera cuenta.
Proveedores. Alumnas de la academia, promoción por promoción.
El servicio de la finca. La red entera. Y me puse a tacharlos, uno a uno, con el método de siempre y el corazón cada vez más pequeño.
Es un trabajo horrible, tacharse a la gente de confianza.
Cada nombre que ponías en la lista era una pequeña traición, porque para sospechar de alguien primero tienes que imaginarlo haciéndote daño, y hay personas a las que una no quiere ni imaginar así.
Yo llevo la vida sospechando de extraños por dinero.
Sospechar de los míos, gratis y por necesidad, era una novedad que no le deseo a nadie.
Empecé por los que menos me dolían y fui subiendo.
Es lo que se hace con el dolor: se ordena de menor a mayor, y se reza por no tener que llegar al final de la lista.
Fue una semana de desengaños. Porque cada falsa pista, al desinflarse, no dejaba alivio: dejaba una verdad más triste que el propio crimen.
Empecé por Maca, la joven de la red, la de los ordenadores y las clases de pilates, porque me constaba que dos años atrás había tenido lo que Marisa llama «una flojera».
Una crisis. Había querido dejarlo. Pensé, con la lógica fea de la que sospecha de todos, que quien quiere dejar una cosa a veces se pasa al otro bando.
Me costó una tarde entera y una conversación con Marisa averiguar la verdad, que era de las que dan ternura y vergüenza a partes iguales: Maca no había querido traicionar a nadie.
Maca se había enamorado. De un profesor de autoescuela, de todas las cosas, un hombre normal con un coche normal, y por primera vez en su vida había querido una vida normal, con domingos y sin secretos.
Lo dejó a medias, volvió con el rabo entre las piernas cuando el de la autoescuela resultó estar casado, y siguió en la red porque, como me dijo Marisa, «a esto se vuelve, hija, como se vuelve al pueblo».
Maca no era una asesina. Era una mujer que había querido ser feliz y no le había salido. Que es más común y más triste.
Seguí por Eduardo Mendaro, que llevaba en mi lista desde el principio porque un hombre que se ahoga hace cosas raras, y yo lo había visto ahogarse durante los preparativos, con los bancos llamándole tres veces al día.
Tenía móvil de sobra: la boda lo arruinaba, la muerte de Gonzalo lo dejaba sin el consuegro rico que lo sostenía.
Pero cuando la red tiró del hilo, salió la coartada más humillante y más verificable del mundo.
Las dos noches, la de Gonzalo y la de Basilio, Eduardo Mendaro no estaba matando a nadie: estaba escondido.
De un embargo. Durmiendo en el coche de un primo para que no le encontraran los del juzgado, porque le habían embargado hasta el piso y no quería que en la finca, entre tanta gente importante, se supiera.
El pobre hombre tenía la coartada de un fracaso.
La comprobé, y me dio pena tacharlo, porque tachar a Eduardo era confirmar que aquel hombre no tenía ni para matar bien.
Y luego estaba Bibiana. Mi sospechosa número uno desde el c.
14. La serena. La que sabía del testamento lo que no debía.
La que no dormía y bajaba a la cocina de madrugada.
La que nombraba a su marido muerto como a un socio.
Todo apuntaba a ella. Y todo, cuando por fin lo miré de verdad, resultó ser exactamente lo contrario de lo que yo había leído.
El agujero nocturno de Bibiana, su insomnio, sus bajadas a la cocina a las tres de la mañana, no eran los nervios de una asesina.
Eran el trabajo silencioso de una mujer tapando un fuego ajeno.
Llevaba meses sacando dinero en efectivo y quemando papeles, sí; pero no para borrar su rastro.
Para borrar el de Cayetana. Porque Cayetana —la hija de su marido, la novia, la que Bibiana trataba con esa cortesía de dos mujeres que se tratan de usted por dentro— había hecho, meses atrás, una cosa peligrosa: había contratado, por su cuenta y con su dinero, a un detective privado para que investigara la muerte de Elvira.
La mujer que la había criado. Cayetana nunca se había creído del todo aquella muerte, y menos ahora, con la boda removiéndolo todo, y había pagado a un hombre para que escarbara.
Bibiana lo descubrió. Y entendió, con esa cabeza fría que yo había tomado por frialdad, lo que yo tardé en entender: que una hija haciendo preguntas sobre una muerte vieja de la familia, justo cuando el padre aparece asesinado, es una hija que se coloca sola en el banquillo.
Así que Bibiana, sin decírselo a nadie, sin una palabra a la propia Cayetana, se dedicó a desmontarlo.
Compró el silencio del detective. Destruyó los informes.
Movió el dinero para que no quedara constancia.
Todo de madrugada, todo en silencio, todo con esa serenidad de quirófano que yo había apuntado como sospechosa y que era, la vi por fin, la cosa más parecida al amor que sabe dar esta familia.
Porque el informe del detective, además, no valía nada.
El hombre había escarbado durante meses en la muerte de Elvira y no había encontrado nada, porque no había nada que encontrar por ese lado: la desaparición estaba hecha por profesionales, por los míos, y ni un detective de provincias iba a deshacer en unos meses lo que la red tardó doce años en enterrar.
Humo. Bibiana había comprado y quemado humo, por amor, para proteger a una hijastra que ni siquiera sabía que la estaban protegiendo.
Bibiana perdía como sospechosa y ganaba como persona, que es la única manera decente de perder.
Su serenidad no era el ensayo general de una asesina.
Era el amor administrativo de una mujer que no sabe abrazar pero sabe destruir un informe para que a la hija de su marido no la salpique una sospecha.
La forma de querer de la gente que ha aprendido a querer sin que se le note.
La entendí. Y me cayó mejor derrotada que sospechosa, que también es un dato de mi oficio.
Encajaba todo, además, sin forzar una coma.
Encajaba que en nuestra primera comida enderezara una cucharilla sin mirarla: no era el pulso de una asesina ensayando calma, era el de una mujer que llevaba meses sosteniendo sola un secreto ajeno y había hecho del control de los objetos el único territorio donde aún mandaba.
Encajaba que aquel primer día me pidiera que, si oía algo, lo dejara en su sitio: no me protegía a un culpable, me pedía que no levantara la piedra bajo la que ella estaba tapando a Cayetana.
Y encajaba hasta que nombrara a Gonzalo sin una gota de pena, porque a Gonzalo, en efecto, no lo lloraba: su matrimonio había sido una sociedad, y a los socios no se les llora, se les liquida el balance.
Bibiana no quería a Gonzalo. Quería a la familia.
Y a la hija de Gonzalo, a su manera sin caricias, la quería más que nadie en aquella casa.
Con todos los descartes sobre la mesa de la trastienda, Marisa dijo lo que llevaba días queriendo decir.
—Cierra —dijo—. Ciérralo todo, Olivia. Los cuadernos a la estufa, las rutas quemadas, las cuentas repartidas, y cada una a su casa. Existe el protocolo. Lo montamos precisamente para un día como éste. Se desaparece, y ya está. En un mes no ha existido nunca esto, ni tú, ni yo, ni nada.
Fue nuestra segunda bronca en veinte años.
La primera, la del canal viejo, Marisa la tuvo con razón y sin miedo.
Ésta la tenía con miedo, y a lo mejor también con razón, que es la peor combinación, porque contra el miedo con razón no se puede discutir sin ser un poco imbécil. Y yo fui un poco imbécil.
—No —dije.
—Olivia.
—No, Marisa. —Y le dije la frase que me define, la que llevo dentro desde que mi abuela me enseñó a doblar una servilleta, la que es lo mejor y lo peor de mí y no sé cuál de las dos cosas más—: Los modales son responsabilidad.
Yo una mesa que he puesto no la dejo sin recoger.
Esto lo empecé yo, o me lo empezaron a mí, da igual: esto lo termino yo, y lo termino con la mesa puesta y la cara lavada, no huyendo por la puerta de atrás como quien no ha cenado.
Marisa me miró un rato largo, con esos ojos de mercera que lo han visto todo, y me dijo una cosa que todavía me duele:
—Eso que dices es muy bonito, hija. Pero yo he enterrado a mujeres que decían cosas muy bonitas justo antes de que las enterrara.
No le contesté. No había respuesta. Se equivocaba y tenía razón, las dos a la vez, como todo el mundo en esta historia.
Nos quedamos un rato calladas, en la trastienda, entre los cajones de botones y las cintas, que llevan cincuenta años oyendo secretos peores que el nuestro.
Marisa se sirvió un anís, no me ofreció —cuando Marisa no te ofrece, es que está enfadada de verdad—, y se lo bebió despacio, mirándome como se mira a una hija que se empeña en cruzar la calle sola.
Nunca me lo ha perdonado del todo, aquel «no».
Y yo nunca le he perdonado del todo que tuviera razón.
Es lo que nos queda de veinte años: dos rencores educados que se quieren.
Salí de la mercería de noche, con el frío de febrero y la sensación de haber ganado una discusión que no me convenía ganar.
Y andando hacia el metro, repasando la lista de todos a los que había tachado —proveedores, exclientas, servicio, familia, la red entera—, caí en la cuenta de que había una lista que no había mirado.
La única. La que tenía tan cerca que no la veía, como no se ve la propia cara sin un espejo delante.
La de mi oficina.
Mis chicas. Las cuatro mujeres que entran cada mañana en mi academia con su llave, su café y su lealtad. Las que saben mi agenda, mi genio, mi horario, mi vida. Las nombré por dentro, en orden, como se pasa lista, sin pensarlo, con la inocencia de quien recita algo que se sabe de memoria:
Cristina. Julia. Nerea. Rosa.
Cuatro nombres. Cuatro llaves. Cuatro personas con acceso a todo lo que soy.
Y entonces, sin buscarlo, sin quererlo, empezaron a caer las cosas.
Una detrás de otra. Con el peso callado de lo que una ha visto mil veces y nunca ha querido pesar.
Un bolígrafo detrás de una oreja. Una agenda que no llevaba yo, que llevaba otra, y que por lo tanto sabía exactamente dónde estaba yo cada uno de los días de estos años.
Un inventario de alergias, de medicinas, de pastillas para la sangre, que me quité de encima con alivio una tarde de enero porque me lo ofreció ella, con su calma, «tú tienes cosas más importantes en la cabeza».
«Lo apuntaba todo.» Un café con poca azúcar, como a mí me gusta, dejado en el borde de una mesa la tarde exacta en que yo quemaba un sobre que solo una persona podía haber puesto en mi correo.
Y por encima de todo, la calma. Esa calma suya que le baja tres grados a una habitación nada más entrar, que yo llevaba años agradeciendo como se agradece el aire acondicionado, sin preguntarme jamás de dónde saca una persona tan joven una calma tan completa.
La calma de la gente que no tiene miedo.
Y solo hay dos clases de gente sin miedo: los inocentes de verdad, y los que llevan tanto tiempo planeando una sola cosa que ya no les tiembla el pulso.
Esa segunda calma yo la conozco por dentro. Es la mía.
No terminé de pensarlo. No pude. Me subió del estómago una cosa que no era miedo —el miedo lo conozco, con el miedo trabajo—, sino algo peor: la náusea física de quien empieza a entender lo que ya no va a poder dejar de entender jamás.
Tuve que pararme. Apoyarme en la pared de una calle cualquiera de Madrid, yo, apoyada en una pared como una vieja mareada, con la respiración corta y un nombre a medio formar subiéndome por la garganta.
No lo pensé entero. Aquella noche, no.
Aquella noche todavía me lo permití: dejar el nombre a medias, no colocar la última pieza, concederme una hora más de no saberlo del todo. Fue la última vez en mi vida que me permití no mirar. Y, como todas las últimas veces, no supe que lo era.