Manual de buenos modales para asesinas 20. Ejecución impecable
56%

20. Ejecución impecable

Ejecución impecable

«Cuando el crimen es impecable, busca a la alumna.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

Escribí que, cuando el crimen es impecable, hay que buscar a la alumna. La escribí como una advertencia para otros. No se me pasó por la cabeza que la alumna pudiera ser mía.

Basilio me llamó un martes por la noche, al fijo de la academia, que es un número que doy poco. Me extrañó que lo tuviera; luego caí en que se lo había dado yo misma, en la finca, «por si acaso», con la ligereza con que una reparte su número sin pensar a quién se lo está dando.

—Señora Ferrán. —Aquella voz de bodega, grave y con poso—.

Le he estado dando vueltas a una cosa. Me he acordado de algo.

De cuando la señora Elvira. Y de la niña.

—Una pausa—. No es cosa de teléfono. Estas cosas se hablan con una copa delante y las paredes lejos.

¿Se pasa mañana por la bodega? Le he apartado una botella.

De las de verdad, de las que no salen nunca a la mesa. Para cuando esto acabe.

Le dije que sí, que iría por la mañana. Le di las gracias por la botella. Y colgué pensando que un hombre que te aparta su mejor vino «para cuando esto acabe» es un hombre que da por hecho que esto va a acabar, y bien, y que estará él para descorcharlo.

No hubo mañana. No para Basilio.

Me enteré al llegar a la bodega, que estaba cerrada, con esa quietud que tienen los sitios donde acaba de pasar algo. Lo habían encontrado esa madrugada en su casa del pueblo, a dos calles. El corazón, dijeron. Un hombre solo, que una noche se acuesta y no se levanta. La cosa más natural del mundo.

Conseguí entrar en la casa antes de que la desmontaran, con la excusa de siempre y la cara de siempre; una asesora de protocolo tiene acceso a sitios que la lógica no le daría, porque nadie asocia las mesas con la muerte más que yo.

Y leí la escena como había leído la otra, tres semanas antes, en el despacho de Gonzalo. De un vistazo. Contando.

Aquella vez conté errores. Salieron cinco, y cada uno me indignó más que el anterior.

Esta vez conté también, y salieron cinco, y no eran errores.

Eran las cinco cosas que yo habría hecho bien.

Punto por punto. Como si alguien hubiera cogido mi lista de fallos del despacho de Gonzalo y la hubiera pasado a limpio, corregida, para devolvérmela.

Uno. Allí donde a Gonzalo le sirvieron la muerte en una taza de algo que no bebía —firma de aficionado—, a Basilio le llegó en lo único que aquel hombre se llevaba a los labios cada noche de su vida: una copa de su propio vino, de su propia botella, servida en el orden de siempre.

Nada que a nadie le extrañara. Nada que buscar.

El veneno escondido en la costumbre, que es el único escondite perfecto.

Dos. Donde a Gonzalo le dieron una barbaridad, deprisa y con dolor, a Basilio le dieron lo justo.

La medida exacta. Se había ido en paz, con esa cara de leve sorpresa que deja el trabajo bien hecho, la cara del que se duerme sin saber que se duerme del todo.

No sufrió. Quien lo hizo no quería que sufriera.

Y esa delicadeza, en aquel contexto, me heló más que la crueldad del otro.

Tres. Donde en el despacho de Gonzalo había una ventana abierta de par en par gritando «aquí ha pasado algo», en casa de Basilio no había nada.

Ni un cojín fuera de sitio. Ni un cajón.

Ni teatro. La habitación entera decía la única frase que tiene que decir la escena de una muerte natural: aquí no ha pasado nada; un hombre viejo se ha muerto.

La perfección no se ve. Ese es su horror: que no hay nada que enseñar.

Cuatro. Donde a Gonzalo lo dejaron tirado donde cayó, sin dignidad, a Basilio lo habían dejado en su sillón, con la copa a medio terminar en la mano, la manta sobre las rodillas, como quien se ha quedado dormido leyendo.

Con decencia. Alguien se había tomado la molestia de dejarlo decente.

Y a mí, que llevo la vida predicando que a los muertos se les deja con dignidad, me revolvió por dentro reconocer mi propia norma cumplida por otra mano.

Y cinco, el peor de todos. Donde el asesino de Gonzalo había trabajado con una versión vieja de mí —sin saber lo de los anticoagulantes, ese dato reciente que solo yo tenía—, el de Basilio no se dejó nada.

Ni un cabo. Había tenido en cuenta todo lo que yo habría tenido en cuenta, y quizá más.

Ya no trabajaba con una versión antigua de mi método.

Trabajaba con la última. O con una mejor que la mía.

Reconocí el trabajo como se reconoce la propia letra en una nota que una no recuerda haber escrito. Y me quedé de pie en aquella salita de hombre solo, con la certeza fría de que había visto mi obra hecha por otra, y hecha, para colmo, sin un solo error que yo pudiera señalar.

Es difícil de explicar lo que se siente al ver el propio oficio ejecutado por una mano ajena mejor de como lo ejecutas tú.

No es solo miedo. Es una humillación profesional que no tiene nombre porque nadie de fuera puede entenderla.

Yo llevo veinte años siendo la mejor en lo mío precisamente porque no había con quien compararme: mi soledad era mi corona.

Y de pronto, en aquella salita, tenía delante la prueba de que existía alguien mejor.

Alguien que me había estudiado hasta el punto de poder corregirme.

La corona se me caía de la cabeza, y lo peor era que se me caía con razón.

Y entonces me acordé de las tres frases.

Las de Basilio, en la bodega, semanas atrás.

Las que apunté en la lista de mi cabeza y no supe leer del todo.

«La señora Elvira tenía muy buen gusto para el vino»; y aquel medio segundo de más antes de «que en paz descanse», que ahora entendía: había dudado porque sabía, o barruntaba, que la señora Elvira no descansaba en ninguna parte.

«En esta casa se guarda mucho, al fondo, en lo oscuro, esperando su momento.

» Y la tercera, la de la escalera: «Yo he catado, en esta casa, cosas que usted no se imagina.

» Basilio lo sabía todo de aquella familia.

Sabía de Elvira. Sabía de la niña. Y en algún momento de aquellos días de boda, con tanta gente entrando y saliendo de la finca, Basilio debió de ver algo, o a alguien, que le encajó una pieza vieja en un sitio nuevo.

Se acordó de la niña. Y quiso contármelo con una copa delante.

Murió de saber. Es la muerte más antigua que hay, y la única que de verdad no perdona nadie de mi oficio: saber lo que no toca.

A Basilio no lo mató lo que había hecho.

Lo mató lo que recordaba. Y lo mataron el día antes de que me lo contara, lo cual quería decir dos cosas, las dos malas: que alguien lo estaba escuchando, y que ese alguien estaba muy cerca de mí.

No lloré a Basilio. No sé llorar en las escenas; es un defecto de fábrica.

Pero antes de que llegaran a desmontarlo todo, entré en su bodega, que había quedado abierta, y busqué la botella.

La que me había apartado «para cuando esto acabe».

La encontré en un rincón del office, separada de las demás, con una etiqueta escrita a mano en su letra de hormiga: mi nombre.

La cogí. No pensaba beberla nunca, pero no iba a dejar que la tasara un perito o se la bebiera un guardia.

Me la llevé. Es lo único que me he permitido robar en toda mi vida que no fuera por trabajo.

Y es lo único que he robado que me pesa como un cariño.

La Guardia Civil no abrió homicidio. ¿Cómo iban a abrirlo?

Un hombre de cincuenta y tantos, solo, con el corazón cansado de cargar cuarenta años de cajas, al que le falla en el sillón no es un caso; es un martes.

El médico firmó sin pestañear. La perfección había funcionado: para el mundo, Basilio no había sido asesinado, porque el mejor asesinato es el que ni siquiera consta.

Para el mundo, no. Para Damián, sí.

Lo encontré en la puerta de la casa, cuando salía. No me sorprendió verlo; me habría sorprendido no verlo. Tenía la cara del sabueso que ha oído algo que los demás no oyen y no piensa dejar de oírlo. No hablamos del caso, porque no había caso; hablamos de otra cosa que era el caso, como siempre.

—Curioso —dijo, mirando la fachada—. Dos personas de la misma casa, en tres semanas.

Una de forma escandalosa. La otra, de la forma más discreta del mundo.

—Me miró de reojo—. En mi carpeta, señora Ferrán, las muertes discretas pesan más que las escandalosas.

Las escandalosas las hace cualquiera. Las discretas, no.

—La gente mayor se muere, inspector —dije. Y era verdad, y por eso podía decirlo.

—Se muere —concedió—. Pero elige mal los días.

Este se ha muerto justo la noche antes de tener una cita.

—Se puso el sombrero que no llevaba, en un gesto de despedida antiguo—.

Voy a pedir una autopsia que nadie me va a agradecer.

Cuídese, señora Ferrán. En esta historia, la gente que sabe cosas se está muriendo mucho.

Y se fue, dejándome con la última frase clavada, porque yo era, precisamente, de las que sabían cosas.

Me marché de casa de Basilio con dos certezas nuevas y ninguna tranquilizadora.

La primera, que Damián iba a tirar de aquel hilo hasta el final, porque es lo que hacen los sabuesos buenos, y que cada metro que él avanzara hacia el asesino de Basilio lo acercaba, sin saberlo, a mí.

La segunda, que el asesino de Basilio y yo jugábamos la misma partida desde lados opuestos del tablero, y que el tablero, cada día que pasaba, se me parecía más a mi propia casa.

Aquella noche saqué el cuaderno de las dos columnas, el mismo del tren de Portugal, y por fin escribí en la de la derecha lo que llevaba semanas sin atreverme a nombrar. Ya no era «lo que he hecho». Era «lo que me están haciendo», y era una sola idea, entera, terrible.

Escribí: la chapuza de Gonzalo no fue torpeza.

Fue elección. Quien mató a Gonzalo podía haberlo hecho perfecto, y lo hizo mal a propósito, para embarrarme, para que la Guardia Civil encontrara mi firma en una obra sucia.

Y luego mató a Basilio impecable, también a propósito, para enseñarme la otra cara de la moneda.

Los dos crímenes juntos eran un mensaje, y el mensaje era de una arrogancia que reconocí porque era la mía: puedo hacerlo mal para hundirte, o puedo hacerlo bien para ser tú. Elijo yo.

Porque de eso se trataba. Lo entendí aquella noche con una claridad que me quitó el sueño y me lo sigue quitando.

Incriminarme era el plan pequeño. El plan feo pero vulgar.

El plan grande, el de verdad, el que llevaba detrás una paciencia de años, no era mandarme a la cárcel.

Era ocupar mi lugar. Quedarse con mi método, con mi red, con mi manual corregido, con mi vida entera, y hacerlo mejor que yo.

No quería mi muerte. Quería mi puesto. La suplantación como forma superior de la venganza: no te mato, te sustituyo, y hago bien lo que tú hacías regular, para que hasta los muertos noten la diferencia.

Y para hacer todo eso, quien fuera había tenido que aprender.

De alguien. De mí. Había leído mi manual —el que yo quemé y que sobrevivió— y lo había estudiado, y lo había corregido, y me había puesto nota.

La palabra se me impuso sola, sin que yo la llamara, subiendo desde algún sótano de la memoria: alumna.

Aquello era obra de una alumna. De alguien que quiso aprender lo que yo sé, y que, por lo visto, aprendió mejor que la maestra.

Y ahí, buscando en mi propia cabeza a esa alumna, me topé con lo que de verdad me aterró aquella noche. Más que Basilio muerto. Más que Damián y su autopsia.

Porque una vez —lo rescaté de muy hondo, de un cajón de la memoria que no abría desde hacía años— alguien me pidió aprender.

De verdad. No a coger la cuchara: aprender lo otro.

Fue hace ocho años. En provincias. En un curso.

Una chica joven se me acercó al final y me dijo algo, y me pidió algo, y yo le dije que no, deprisa, sin darle importancia, como se le dice que no a una impertinencia.

Y no consigo recordarle la cara.

Lo he intentado. Muchas veces, desde aquella noche.

Yo, que guardo las caras como un banco guarda las firmas, que puedo describir a una clienta de hace quince años por el modo en que sujetaba el bolso, no tengo cara para aquella chica.

Hay un hueco donde debería estar su cara.

Y el hueco está limpio. Pulido. Demasiado liso para ser un olvido normal, porque los olvidos normales dejan bordes, dejan un color de pelo, una estatura, algo. Aquel no deja nada.

Y esa noche, por primera vez, me hice la pregunta que todavía no sé contestar y que me da más miedo que ninguna: si aquella cara se me había borrado sola, con los años, como se borra todo.

O si alguien, con mucha paciencia y mucho oficio, se había encargado de ser, durante años y a mi lado, exactamente lo bastante invisible como para que yo nunca la mirara del todo.