22. Suspensa
Suspensa
«A una aprendiz se la rechaza dos veces: la segunda, cuando ya es tarde.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
No dormí. A las cinco de la mañana, cuando el no-saber se me hizo más insoportable que cualquier cosa que pudiera llegar a saber, me levanté, me vestí y me fui a la academia a hacer lo único que sé hacer con el pánico: convertirlo en un expediente.
Abrí el archivo del personal, el de verdad, el de los contratos y las referencias, y saqué la carpeta de Nerea Salgado.
La había leído tres años atrás, cuando la contraté, con los ojos de quien busca una buena asistente.
La leí de nuevo aquella madrugada con los ojos de quien busca a una asesina.
Es asombroso lo distinto que se lee el mismo papel según lo que una haya decidido encontrar.
La academia a las cinco de la mañana es un sitio raro.
Las sillas apiladas, los espejos de la sala de porte devolviéndome una mujer despeinada a la que no reconocía del todo, el olor a cera y a papel que llevo respirando media vida.
Encendí solo la lámpara de mi mesa, porque para lo que iba a hacer no hacía falta más luz, y porque hay cosas que una prefiere averiguar a media luz, por si la luz entera resulta ser demasiada.
Me serví un café —yo, que odio hacerme el café, porque siempre me lo hacía ella— y caí en la cuenta, con la taza en la mano, de que ni siquiera sabía prepararlo como me gusta.
Llevaba tres años sin saberlo. Alguien me lo había estado sabiendo por mí.
Contratada hacía tres años. Justo después —lo vi con el calendario delante y el estómago cayéndose— de que a la exclienta del canal viejo se le presentara «una chica joven que quería aprender».
Referencias impecables. Una academia de secretariado de Bilbao, dos empleos anteriores, cartas de recomendación en papel bueno, firmas legibles, teléfonos que en su día llamé y que respondieron lo que tenían que responder. Impecable. Todo impecable.
Impecable como la muerte de Basilio. Esa fue la palabra que me lo giró todo.
Tres años atrás, aquellas referencias me parecieron sólidas.
Aquella madrugada me parecieron otra cosa: demasiado buenas.
Fabricadas por alguien que sabía exactamente cuánto brillo aguanta una mentira antes de delatarse por exceso de luz.
Los mismos dedos que habían dejado la casa de Basilio sin un pliegue habían cosido aquel expediente.
La perfección tiene una firma, y yo la tenía por fin delante, repetida en dos sitios: en un cadáver y en una carpeta de personal.
Y luego estaba el apellido. Salgado.
Lo había oído una vez en mi vida, dicho en voz baja en la trastienda de una pastelería de Portugal, por una mujer que amasaba: era el apellido de soltera de Elvira.
Lo había oído y no lo había apuntado, porque «Salgado» es un apellido como mil, y «Nerea» es un nombre como diez mil, y una no ata dos cosas corrientes solo porque estén cerca.
Aquella madrugada se ataron solas. Con un clic que oí físicamente, en el silencio de la academia vacía.
Y con el apellido colocado en su casilla, la memoria me devolvió de golpe lo que llevaba ocho años escondiéndome de mí misma.
Fue en Valladolid. Una firma de libros, de las mías, en unos grandes almacenes, con su cola de señoras y su montón de ejemplares de La elegancia no se improvisa.
Al terminar, cuando ya recogían las sillas y yo firmaba los últimos, se quedó una chica.
Joven. Muy joven, dieciocho años a lo sumo, con el uniforme de las que reponen el género en la planta, de las que nadie mira nunca.
Esperó a que se fueran todas. Reunió —se le notaba— todo el valor que tenía, que no debía de ser mucho más que aquel, y me dijo, en voz baja y sin preámbulos, que sabía lo que yo hacía.
«Además de los libros», dijo. Me lo dijo mirándome a los ojos, con un aplomo que no le pegaba ni a la edad ni al uniforme. Y me pidió que le enseñara.
Tardé cuarenta segundos en quitármela de encima.
Los he contado muchas veces desde aquella madrugada.
Cuarenta. Le dije que no sabía de qué me hablaba, con la sonrisa profesional que reservo para los impertinentes; y cuando insistió, con una frase más, le hice la cosa más cruel que se le puede hacer a alguien así, que no fue un insulto, porque un insulto al menos reconoce que existes.
Le hice la indiferencia. La miré de arriba abajo, el uniforme, las manos rojas de cargar cajas, y le dije con toda la educación del mundo que se había confundido de persona, y volví a mis libros.
La borré de la sala con la mirada antes de borrarla de la memoria.
La traté como se trata al servicio: como si no estuviera.
Y aquí está lo que no me perdono, y lo que a la vez me salva a medias, las dos cosas verdad y juntas, que es el nudo del que ya no me suelto: que mi instinto no se equivocó.
Le vi el hambre, y era la equivocada. Aquella chica no venía con el dolor de las mujeres que me buscan; no venía huyendo de nadie ni pidiendo justicia para nadie.
Venía con otra cosa en los ojos, una cosa que conozco bien porque la he visto en el espejo en mis peores días: venía con hambre de poder.
Quería aprender a hacer lo que yo hago no para reparar nada, sino por el placer de la potencia, por saberse capaz de decidir quién vive y quién no.
Y a esa hambre yo le cierro la puerta siempre, porque es la mía sin frenos. Tuve razón en cerrársela.
Pero se la cerré mal. Se la cerré con desprecio de clase, en cuarenta segundos, a una cría de dieciocho años que había reunido el valor de su vida para pedirme algo.
Podía haberle dicho que no con respeto. Podía haberle dicho que no como a una igual, que era lo que se merecía por haber tenido las agallas de acercarse.
Le dije que no como a un mueble. Y esa diferencia —tenía razón en el fondo, fui cruel en la forma— es la grieta por la que se me ha colado, ocho años después, una mujer con un bolígrafo rojo.
La antagonista tenía media razón. Y esa mitad, la de la forma, es la que corta.
No me quedé llorándolo. No es el momento; el momento de ajustar cuentas conmigo misma llegaría después, y sería peor. Aquella madrugada tocaba oficio. Había identificado a la enemiga. Ahora tocaba entenderla.
Y para entenderla hice lo que mejor hago: puse las pruebas sobre la mesa. En orden. Como pongo los cubiertos.
Fui sacando, uno a uno, los objetos y las frases de estos meses, y colocándolos en fila por la fecha, y cada uno, al caer en su sitio, hacía el mismo clic pequeño y horrible, y con cada clic la furia se me iba enfriando en lugar de encenderse, hasta quedarme con una calma de hielo que daba más miedo que un grito.
Debería explicar una cosa sobre mí, ahora que va a hacer falta para entender lo que hice después.
Yo, cuando de verdad me hacen daño, no grito.
No lloro, no rompo nada, no maldigo. Me enfrío.
Es el mecanismo que heredé de mi abuela junto con el oficio: la rabia, en las mujeres de mi familia, no sube de temperatura, baja.
Se vuelve método. Y una Olivia fría es mucho más peligrosa que una Olivia furiosa, porque la furiosa comete errores y la fría no comete ninguno.
Aquella madrugada, colocando las pruebas de la traición de Nerea sobre mi mesa, alcancé una temperatura interior que no había tenido en años.
Y supe, con esa frialdad nueva, que a partir de aquel momento la partida iba en serio, y que de las dos, ella o yo, una iba a acabar mal.
Su primera frase, el primer día: aquellas palabras que me repitió y que eran casi las mías, las de un cuaderno quemado. No las adivinó. Las había leído. Tenía mi manual.
Las faltas de ortografía. El «haber si» de la carta de la clienta que no existía, y el «haber si», idéntico, del mensaje del móvil de prepago.
Yo, que corrijo la ortografía de España entera, había leído dos veces la misma falta y no había visto lo único que había que ver: que era demasiado igual para ser casual.
Las faltas eran teatro. Una mujer que escribe como yo, fingiendo escribir como quien no ha estudiado, para que la señora de los modales no reconociera de lejos su propia letra.
Me tomó el pelo con una falta de ortografía, a mí. Casi le aplaudo.
La agenda. Mi agenda, la que llevaba ella, la que sabía cada día dónde estaba yo, con quién, a qué hora. Nunca tuvo que seguirme. Le bastaba con leer lo que ella misma me apuntaba.
La luz del botiquín, aquella noche en la finca, encendida en un pasillo por el que yo pasé de vuelta de una cena.
Entonces no le di importancia. Ahora sabía lo que significaba: que Nerea había estado en aquella casa antes de que yo la llevara, husmeando en las medicinas, aprendiéndose las pastillas para la sangre de un hombre al que aún faltaban semanas para morir.
Estaba en la casa antes que yo. Yo creía haberla llevado. Me habían dejado creer que la llevaba.
El registro de mi cuarto en el parador. La cama hecha, los zapatos emparejados, el cuaderno alineado.
«Una mano formada. Alguien de los míos. Alguien que conoce el protocolo tan bien como yo.
» Lo escribí entonces, con esas palabras, sin saber que estaba describiendo a la persona que dormía dos puertas más allá.
El inventario de alergias, que me quité de encima con alivio porque ella se ofreció a hacerlo.
«Tú tienes cosas más importantes en la cabeza.
» Y ahí estaba la prueba definitiva, la que confirmaba lo que en casa de Basilio solo había intuido: que la chapuza de Gonzalo fue elección.
Porque Nerea tenía el inventario. Tenía, apuntada de su puño, la medicación de Gonzalo, los anticoagulantes, el dato que a su asesino «le faltó».
No le faltó. Lo tenía. Lo ignoró a propósito, para que la muerte de Gonzalo pareciera obra de alguien con una versión vieja de mí, y así embarrarme con una chapuza que ella sabía hacer perfecta.
Lo de Basilio me lo enseñó luego, impecable, para que yo entendiera lo que había elegido no hacer con Gonzalo.
Y el final. El sobre sin franqueo del expediente Andrade, que solo alguien con llave de mi academia pudo dejar en mi correo.
Y el café. El café con poca azúcar, como a mí me gusta, dejado en el borde de la mesa la tarde exacta en que yo quemaba aquel sobre.
Me lo sirvió ella. Me cuidó mientras me torturaba. Con la misma mano.
Cada pieza en su sitio. La mesa entera puesta. Y en la cabecera, donde va el anfitrión, la certeza: Nerea. Mi Nerea. La mejor asistente que había tenido nunca. La que pensaba como yo porque llevaba tres años estudiándome para poder ser yo.
Nerea no vino a trabajar aquella mañana. No hacía falta que viniera; ya me lo había dicho todo sin decir una palabra, que es como nos entendemos las de mi oficio. Y me lo había dicho, además, en el único idioma que las dos hablamos: dejándome la mesa puesta.
Sobre su escritorio, perfectamente centrada, había dejado dos cosas.
La primera era una hoja de papel de barba, vieja, quemada por un borde. La última página de mi manual, la que sobrevivió al fuego. Y en ella, con mi letra de hace cinco años, la regla treinta y cinco, la única que no llegué a terminar, interrumpida donde la dejé, a media frase:
«Regla 35. Al final, una no escribe las reglas para cumplirlas. Las escribe para saber exactamente qué es lo que»
Y ahí se cortaba. Como se cortó hace cinco años. Esperando, desde entonces, una mano que la terminara.
La segunda cosa era una invitación. Una de las de la boda de Cayetana Urquijo, cartulina buena, tipografía perfecta, de las que yo misma había ayudado a elegir.
Y estaba corregida. Con bolígrafo rojo, con la misma tinta de profesora del «Suspensa», Nerea había hecho dos cosas en aquella cartulina.
Había subrayado la fecha, dos veces, con una raya firme.
Y donde el texto decía, en su letra inglesa impresa, «Rogamos confirmación de asistencia», había tachado el ruego y había escrito, al lado, dos palabras:
«Confirmo. N.»
No era una amenaza. Las amenazas son de gente sin modales.
Aquello era una invitación en toda regla, cursada de profesional a profesional, en el idioma que las dos entendíamos mejor que ninguno: me estaba citando a un duelo, con fecha, con lugar y con la cortesía de confirmar su asistencia.
La boda era el terreno. Ella ya había dicho que sí.
Faltaba que dijera que sí la otra invitada. Yo.
Y lo más elegante de todo, lo que me confirmó que trataba con una artista y no con una loca, era la economía.
Dos palabras. «Confirmo. N.» Ni una amenaza, ni una explicación, ni un reproche.
La inicial sola, como firman las que están seguras de que la destinataria sabe perfectamente quién es.
No necesitaba el nombre. Yo era la única persona en el mundo capaz de leer aquella cartulina y entenderla entera, y ella lo sabía, y por eso me la había dejado a mí, centrada en su mesa, como se deja una carta de amor o una sentencia.
En mi oficio, a veces, son la misma cosa.
Me quedé mirando aquella cartulina roja mucho rato, en la academia vacía, con el primer sol de la mañana entrando de refilón, y entendí, por fin y del todo, la forma de la trampa en la que llevaba meses viviendo sin verla.
Me había pasado veinte años esperando a la policía. Y lo que venía a por mí era una alumna con un bolígrafo rojo.