Manual de buenos modales para asesinas 14. Luto y organza
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14. Luto y organza

Luto y organza

«En toda casa de luto, la persona más serena es la que menos duerme.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

Hay pocas cosas más elegantes que una boda. Y ninguna más incómoda que una boda a la que se le ha muerto el padre de la novia tres semanas antes, y que se celebra igual.

Porque se celebró igual. Con un muerto reciente, con la casa oliendo todavía a Guardia Civil, con la investigación abierta, los Urquijo decidieron aplazar la boda tres semanas y ni un día más.

Bibiana lo anunció con una frase que ya le había oído y que se estaba convirtiendo en el lema de la familia: «Los Urquijo no devuelven señales.

» Traducido del castellano fino al castellano llano: habían pagado el catering, la finca era suya, el luto costaba dinero y el dinero no entiende de lutos.

Se casaban en tres semanas, y a mí me tocaba orquestar el imposible: una boda de luto.

Organza y crespón. Vals y responso. Una contradicción con lista de invitados.

Y a mí me venía de perlas, porque me daba tres semanas más dentro de aquella casa. Con doble agenda, eso sí. Yo ya no iba solo a sentar suegras. Iba a cazar a quien me estaba cazando a mí.

Lo primero fue el color de las flores, que en una familia como aquella no es una cuestión de estética: es una cuestión de poder.

Se montó un cónclave en el salón. Cayetana quería flores blancas, sencillas, «como si papá siguiera aquí».

Bibiana también las quería blancas, pero de otro blanco, uno más caro, que dejara claro que la familia no se venía abajo.

La tía madrina, la sorda de noventa años, propuso a gritos claveles rojos, que era lo que se ponía en su pueblo, y hubo que fingir que no la habíamos oído.

Eduardo sugirió un florista «amigo» que lo dejaría a mitad de precio, y con él hicimos lo mismo que con los claveles.

Hubo un momento en que la discusión de las flores se convirtió en una discusión sobre si el vals de apertura era o no una falta de respeto al difunto, y de ahí saltó a si el difunto habría querido que se cancelara todo —Cayetana decía que sí; Bibiana, que Gonzalo antes muerto, y nunca mejor dicho, que dejar una boda pagada a medias—.

En hora y media de reunión se decidió el color de dos flores y se ventilaron, de paso, treinta años de rencores familiares.

Yo lo apuntaba todo, el protocolo y el veneno de fondo, porque en las guerras de las flores se aprende más de una familia que en su testamento.

Y por debajo de la discusión de las flores se libraba la de verdad: quién mandaba ahora en aquella casa sin Gonzalo.

Cayetana, por ser la novia y la sangre. O Bibiana, por ser la que llevaba las llaves.

Yo, que de guerras de mesa entiendo un rato, vi que iba a ganar Bibiana, y no por las flores.

Por las llaves siempre acaba ganando la de las llaves.

Zanjé el asunto como zanjo estas cosas: dándole a cada bando una victoria pequeña y a la casa una salida elegante.

Flores blancas —contentando a Cayetana— pero con un lazo negro discretísimo en cada centro —contentando a Bibiana y al muerto—.

Todos quedaron medio satisfechos, que en una boda es lo máximo a lo que se puede aspirar.

Y yo quedé, una vez más, como la mujer imprescindible.

Es asombroso lo que te dejan hacer en una casa cuando les resuelves lo de las flores.

Te dejan, por ejemplo, moverte por ella a tus anchas mientras investigas un asesinato.

Bibiana me interceptó aquella misma tarde, con la excusa perfecta.

—Señora Ferrán, usted que sabe de todas estas cosas.

—Me llevó aparte, a la biblioteca, con esa manera suya de conducirte sin llegar a tocarte—.

Necesito que me ayude con algo delicado.

La etiqueta del luto en una boda. Cómo se viste una madrastra que entierra a su marido y casa a su hijastra en el mismo mes, sin parecer ni una arpía ni una plañidera. Usted me entiende.

La entendía. Y le dije lo que había que decirle, porque de eso sí sé. Pero mientras hablábamos de crespones y de medios lutos, Bibiana cometió dos errores. Dos. Y los dos la subieron, en mi cabeza, del papel de anfitriona serena al de sospechosa número uno.

El primero fue sobre el dinero. Hablando de la boda, se le escapó —o me lo dejó caer, que con Bibiana nunca se sabía— que se pagaba igual, «faltaría más, que en el testamento estaba todo previsto».

Y añadió, con una tranquilidad excesiva: «Gonzalo lo dejó todo muy bien atado.

La finca, la bodega, las participaciones. Cada cosa en su sitio.»

Yo no dije nada. Pero pensé: una viuda de tres semanas no sabe todavía, con ese nivel de detalle, lo que dice un testamento, a menos que lo conociera de antes. Y conocer de antes el testamento de un hombre al que acaban de asesinar es la clase de dato que, en mi oficio, se subraya con lápiz rojo.

El segundo error no lo cometió ella. Lo cometió la casa, que habla por sus criados.

La doncella, sirviéndonos el té, comentó de pasada —con esa impunidad de los que se creen invisibles— que la señora no pegaba ojo, que la oían bajar a la cocina de madrugada, todas las noches, desde lo de don Gonzalo.

Bibiana sonrió y dijo algo sobre los nervios y el duelo.

Pero yo me acordé de una regla que había escrito años atrás, en un cuaderno quemado: que en toda casa de luto la persona más serena de día es la que menos duerme de noche.

Y que esa persona, casi siempre, es la que tiene algo que la desvela.

Bibiana era, de largo, la persona más serena de aquella casa. Y, según la casa, la que menos dormía.

Y había una tercera cosa, más pequeña, que no era un error suyo sino una impresión mía: que Bibiana, cuando hablaba de Gonzalo muerto, no lo nombraba nunca con pena.

Con respeto, sí. Con eficacia, muchísima.

Pero la palabra «Gonzalo» le salía de la boca como sale el nombre de un socio, no el de un marido.

Y una mujer que entierra a un marido de doce años sin que se le quiebre la voz al nombrarlo, o es una santa que ha hecho las paces con la muerte, o es una mujer a la que la muerte de ese hombre no le ha roto nada por dentro.

En mi lista, las santas van siempre en el mismo renglón que las sospechosas. Es más seguro.

Salí de la biblioteca con Bibiana instalada en lo más alto de mi lista. No la única. Pero la primera. Me equivocaba, claro. Pero eso, como tantas otras cosas de esta historia, lo supe demasiado tarde.

Aquella noche bajé a cenar al comedor del parador, sola, con mis listas dándome vueltas en la cabeza. Y me encontré a Damián Roca cenando solo en una mesa del rincón.

No fue casualidad. Lo sé porque en un pueblo con dos sitios para cenar, el inspector que lleva el caso y la testigo que le interesa no coinciden por azar.

Uno de los dos ha elegido el sitio. A lo mejor los dos.

Nunca se lo pregunté, y él nunca me lo dijo, y aquélla fue la primera de muchas cosas que decidimos no preguntarnos.

—Señora Ferrán. —Se levantó, muy correcto—. ¿Cena sola?

—Ya no —dije, y me senté, que fue mi manera de reconocer lo que los dos sabíamos de sobra.

Cenamos dos horas. Hablamos de todo menos del caso, que es la única forma que tienen dos personas como nosotros de hablar del caso todo el rato.

Es difícil de explicar lo que era cenar con aquel hombre.

No era coqueteo; ninguno de los dos habría sabido coquetear ni para salvar la vida.

Era otra cosa, más rara y más peligrosa: era descansar.

Por primera vez en meses estaba con alguien delante de quien no tenía que fingir del todo que era tonta, ni que era buena, ni que era solo la señora de las mesas.

Él sabía que yo escondía algo; yo sabía que él lo sabía; y en ese conocimiento mutuo, en esa tregua de dos jugadores que se respetan, había un descanso que no sentía con nadie desde hacía años.

Con Gonzalo, quizá. Y a Gonzalo lo habían enterrado tres semanas antes.

No se me escapaba la ironía de estar descansando con el hombre que investigaba su muerte.

Pero el oficio te enseña a coger el descanso donde lo encuentras, porque nunca sabes cuándo vas a poder volver a dormir.

Hablamos de mi libro. Volvió a sacar el capítulo de los pésames, el que le tenía tanta manía. Y esta vez me contó por qué, sin que yo se lo preguntara, que fue como me sacó a mí la pieza de aquella noche.

—Porque enviudé hace cuatro años —dijo, dando vueltas a la copa de agua, que no bebía—.

Y en el entierro de mi mujer, la gente hizo exactamente lo que usted enseña a hacer.

Me dieron el pésame perfecto. Correcto, breve, elegante.

Nadie lloró más de la cuenta. Nadie montó un número.

Y yo salí de aquel entierro sintiéndome más solo que si me hubieran dejado tirado en una cuneta, porque me di cuenta de que a mi mujer la habían despedido con muy buenos modales, y los buenos modales, señora Ferrán, son lo que ponemos donde ya no hay amor.

No contesté enseguida. Le había sacado, sin preguntar, justo lo que necesitaba saber de él: que era un viudo de verdad, con una herida de verdad, y que su cruzada contra mi capítulo de los pésames no era intelectual, era personal.

Y un hombre que investiga desde una herida personal es, a la vez, más peligroso y más manejable que uno que investiga por oficio. Lo apunté.

Y luego, entre el segundo plato y el postre, me dio en la línea de flotación sin saber que apuntaba.

Hablábamos de su trabajo en general, de los muertos que había ido viendo en tantos años. Y dijo, sin darle la menor importancia:

—¿Sabe qué clase de asesino me da más asco de todos?

No el que mata a golpes. Ese, por lo menos, sabe lo que es.

Me da asco el asesino limpio. El que lo hace todo bonito, sin sangre, sin ruido, para que parezca otra cosa.

Porque ese se ha contado a sí mismo que él no es un asesino, que él es otra cosa: un justiciero, un profesional, un mal necesario.

Y no. Es un asesino con buenos modales. Y los buenos modales, ya se lo he dicho, son lo que uno se pone donde no tiene nada mejor.

Aguanté la cara. Es lo que mejor hago. Pero por dentro, aquel hombre acababa de describirme, punto por punto, sin saber que me tenía enfrente tomándome una sopa.

«Un asesino con buenos modales.» «Se ha contado a sí mismo que es otra cosa.

» Era yo. Era exactamente yo, y era la pregunta que me había hecho caminando de noche por Chamberí, la fea, la que no me atrevía a contestar, dicha en voz alta por un policía viudo que ni siquiera sabía a quién se la estaba haciendo.

Le di, supongo, la pieza que él me sacó a mí aquella noche.

Porque algo debí de mover, un músculo, una milésima, y él, que lee como leo yo, lo vio.

No dijo nada. Pero anotó, a su manera, que a la señora del protocolo la frase del asesino limpio le había tocado algo por dentro.

No supo el qué. Pero supo que algo. Y con eso, un buen policía tiene para meses.

—¿Y no le da pena? —le pregunté, con la voz más tranquila que tengo—. Ese asesino limpio suyo. A lo mejor empezó queriendo arreglar algo que nadie más iba a arreglar.

—Puede. —Me miró un segundo de más—. Pero el infierno está lleno de gente que empezó queriendo arreglar algo. Lo que separa a un justiciero de un asesino no es por qué empezó. Es si es capaz de parar. Y esos, señora Ferrán, no paran nunca. Se lo pasan demasiado bien.

No dije nada. Porque yo llevaba veinte años sin parar, y me lo pasaba, en efecto, demasiado bien. Fue la misma pieza, otra vez, servida con el silencio: encajé aquello demasiado quieta, y él lo vio.

Cuando el camarero vino a preguntar por el postre, hubo un segundo en que los dos podríamos haber dicho que no, que ya era tarde, que cada uno a su cuarto.

Habría sido lo prudente. Pedimos postre los dos.

Casi a la vez. Y en aquel «yo también voy a tomar algo, gracias» dicho por los dos estaba todo lo que no nos íbamos a decir en meses: que nos gustábamos, que era una idea pésima, y que ninguno de los dos tenía la menor intención de comportarse.

Subí a mi cuarto de madrugada, con el sabor del postre y el del peligro, que empezaban a saberme parecido.

Y antes de dormir hice dos listas, como siempre.

En una, los sospechosos de haber matado a Gonzalo: Bibiana la primera, y detrás, nombres y huecos.

En la otra, una sola cosa, subrayada: no volver a cenar con Damián Roca.

Ya sabía yo, mientras la escribía, que esa lista no la iba a cumplir. Hay reglas que una escribe precisamente porque sabe que va a romperlas. Es la única utilidad que tienen algunas.