Manual de buenos modales para asesinas 15. La coartada de los cubiertos
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15. La coartada de los cubiertos

La coartada de los cubiertos

«Sospecha de las coartadas perfectas: la inocencia de verdad siempre tiene arrugas.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

La carta de la muerta llegó un martes. La había rescatado Pilar —una de las nuestras, de las que guardan cosas y no preguntan por qué— del fondo de un armario de la exclienta del canal viejo, revolviendo entre sus efectos con el permiso tácito que se dan las viudas de un oficio.

Era media cuartilla, escrita a mano, con letra de mujer mayor y pulso firme.

No tenía fecha. La leí de pie, en la trastienda de Marisa, y me dejó fría el resto del día.

Decía, más o menos, esto. Que hacía unos años se le había presentado una chica.

Joven. La chica no venía a pedir un encargo.

Venía preguntando por «la señora de los modales, la que ayuda a las mujeres».

La exclienta, discreta como toda la red, le dijo que no sabía de qué le hablaba y la despachó.

Pero antes de irse, la chica dijo una cosa que la vieja no olvidó, y por eso la dejó escrita: dijo que no buscaba que le resolvieran nada, que lo suyo podía resolverlo ella sola. Que lo que buscaba era aprender.

Y la exclienta terminaba la nota con una frase que a mí, que soy del oficio, me erizó. «Esa niña ya sabía demasiado para lo joven que era. No quería una asesina. Quería una maestra. Y a las que quieren aprender esto no se las ayuda: se reza para no volver a verlas.»

No ponía su nombre. No decía su edad, ni cómo era, ni de dónde venía.

La exclienta se había llevado esos datos a la tumba, a lo mejor por prudencia, a lo mejor por miedo.

Solo quedaba el contorno: una chica joven, de hacía unos años, que quería aprender a hacer lo que yo hago.

Y que, por lo que se veía en el despacho de Gonzalo Urquijo, había aprendido bien.

Guardé la carta con la cuartilla del manual y la foto de Valladolid, en el forro del bolso, que se me estaba convirtiendo en un archivo del horror. Y me fui a la finca, donde aquel día le tocaba sufrir a Cayetana.

Porque la policía, que no es tonta, había hecho lo que hace la policía cuando muere un hombre rico: mirar quién gana.

Y quien ganaba con la muerte de Gonzalo, en primer lugar, era su hija.

La heredera. La chica a la que el padre controlaba hasta el color de las flores de su boda.

Y por si el móvil del dinero y el del yugo fueran poco, estaba lo de la discusión: la semana antes de morir, padre e hija habían tenido una bronca que oyó media casa.

Móvil, medios y oportunidad. En una novela mala, Cayetana era la asesina.

La vida, por suerte para ella y por desgracia para mí, no es una novela mala.

Digo por desgracia para mí porque una Cayetana culpable me habría resuelto la vida: un móvil doméstico, un culpable de la casa, la policía contenta, el caso cerrado y mi manual a salvo en el fondo de un bolso.

Una hija que mata a su padre tirano es una historia que todo el mundo entiende y que a nadie extraña.

Habría sido cómodo. Yo, últimamente, desconfío de lo cómodo.

Lo cómodo, en este asunto, siempre acababa resultando ser una trampa.

La encontré en el invernadero, sola, fumando el enésimo cigarro de una mujer que hasta hacía dos semanas no fumaba.

Venía de tres horas con Damián y sus hombres.

Tenía los ojos secos y la mandíbula apretada, que en Cayetana no era pena: era rabia bien educada, la única herencia de su padre que ella habría preferido no recibir.

Me senté a su lado sin pedir permiso. A veces, con la gente rota, lo mejor es no preguntar nada y esperar. Esperé. Y habló.

—¿Sabe lo que me han preguntado ahí dentro? —dijo, sin mirarme—. Si mi padre y yo nos llevábamos bien. Tres horas para preguntarme eso. Y no he sabido qué contestar, porque la verdad no cabe en un sí ni en un no.

—Las verdades buenas nunca caben —dije.

Me miró entonces. Y decidió, no sé por qué, que yo era alguien a quien contárselo. A lo mejor porque una asesora de protocolo es como un taxista o un cura: alguien de paso, que no va a estar en tu vida, delante del cual se puede una desnudar.

—Mi padre no me pegó nunca —dijo—. Que quede claro, porque es lo primero que piensa la gente.

Ni una vez. Jamás me levantó la mano, jamás me levantó la voz.

Si usted le pregunta a cualquiera de esta casa, le dirán que era un padre ejemplar.

Cariñoso. Entregado. Que vivía por mí. —Dio una calada larga—.

Y es verdad. Vivía por mí. El problema es lo que significa que un hombre así viva por ti.

Se quedó un momento callada, ordenando la rabia, que en ella salía ordenada.

—Significa que a los ocho años me eligió las amigas.

A los doce, las asignaturas. A los dieciséis me presentó al chico con el que, mira tú qué casualidad, me caso dentro de tres semanas.

Yo creía que decidía yo. Esa es la parte buena de su método, la parte de artista: que te deja creer que decides tú.

Te pone las opciones ya elegidas, dos o tres, todas suyas, y te deja escoger entre ellas, y tú sales pensando qué suerte tengo de un padre que me deja ser libre.

Y no has decidido nada en tu vida. Nada.

Yo tengo veintinueve años y la primera decisión que he tomado sola fue empezar a fumar hace dos semanas, cuando ya no estaba él para quitármelo con una frase.

—¿Sabe cuál era su frase favorita? —siguió—.

«Yo solo quiero lo mejor para ti.» La decía sonriendo, siempre.

Y era verdad; esa es la trampa: quería lo mejor para mí.

El problema es que lo mejor para mí lo decidía él.

Y si lo que yo quería no coincidía con lo mejor para mí, pues es que yo estaba equivocada, pobrecita, y él, con una paciencia de santo, me ayudaba a ver la luz.

Nunca discutíamos. No se puede discutir con alguien que tiene razón por sistema y que además te quiere. Es como pelearte con el aire.

Yo escuchaba, y por dentro se me caía el mundo por dos sitios a la vez.

Por uno, porque aquello era lo que yo enseño por las mañanas.

Punto por punto. La violencia sin marca, la jaula de terciopelo, el dominio disfrazado de cariño.

Cayetana me estaba describiendo, desde dentro, la tesis de mi propio libro, sin saber que se la contaba a la autora.

Cada cosa que decía yo la había diseccionado semanas atrás, viendo a su padre reducirla otra vez a la niña de ocho años con una sonrisa y un «cariño» por lo del cuarteto.

Ahora la víctima me traducía el bisturí a carne.

Y por el otro sitio se me caía algo peor.

Porque yo había brindado con aquel hombre.

Dos veces. Me había reído con él, había discutido con él de vino y de libros, lo había encontrado el interlocutor más inteligente en años, y me había dolido negarle una copa.

Al hombre que le había hecho esto a esta chica.

Yo, que me creo tan buena leyendo a la gente, me había dejado encandilar por un carcelero de guante blanco exactamente igual que Elvira, exactamente igual que Cayetana, exactamente igual que todas las mujeres a las que llevo la vida enseñando a no dejarse.

La lección más humillante de mi carrera me la estaba dando una novia con un cigarro en un invernadero.

Me entraron ganas de pedirle perdón. A ella, que no sabía de qué.

Perdón por haber brindado con el hombre que la vació por dentro.

Perdón por haber estado a punto de rematarlo por las razones equivocadas, cuando resultaba que las razones buenas las tenía delante, fumando.

No le pedí nada, claro. Una no le pide perdón a una víctima por un pecado que no le puede confesar.

Me lo tragué, como me trago casi todo, y seguí escuchando.

—La semana pasada me harté —siguió Cayetana—.

Por primera vez en mi vida. Le dije que, después de la boda, Hugo y yo nos íbamos a vivir fuera.

Lejos. Que quería una vida mía. —Sonrió, y no había nada alegre en aquella sonrisa—.

No me gritó. Claro que no me gritó. Me sirvió una copa, se sentó, y me explicó con mucha calma y mucho cariño por qué era una idea preciosa pero inviable: el dinero estaba atado, la empresa me necesitaba, mi sitio estaba aquí, y ya lo hablaríamos con más calma cuando se me pasara.

En diez minutos me devolvió a mi jaula sin tocarme, dándome las gracias por lo bien que lo entendía todo.

Y yo le grité. Le grité como una loca, delante de la doncella, cosas horribles.

Fue la última vez que hablé con mi padre.

Le grité, se murió esa misma semana, y ahora la policía cree que lo maté.

—Me miró—. No lo maté, señora Ferrán. Ni siquiera tuve el valor de desearlo del todo. Solo quería irme. Es distinto.

La creí. La creí entera, sin una duda, y no solo por lo que voy a contar ahora. La creí porque la rabia de Cayetana era rabia de presa, no de verdugo. Yo conozco las dos. Se distinguen.

Y entonces me vino a la cabeza el vértigo, la pregunta que llevaría semanas sin poder soltar.

Porque si Cayetana decía la verdad —y la decía—, entonces Gonzalo Urquijo era, de verdad, lo que el dossier prometía: un carcelero, un apagador de mujeres, un hombre que merecía, como poco, que alguien lo parara.

Y sin embargo yo sabía que el encargo era una trampa, que la clienta no existía, que todo aquello me lo habían montado.

Las dos cosas eran ciertas a la vez, y juntas me dejaban en un sitio que todavía no sé nombrar: que a lo mejor la sentencia era justa aunque el juez fuera falso.

Que el hombre merecía morir aunque quien lo mandó matar mintiera.

¿Y entonces qué era yo? ¿La mano de una justicia real ejecutada por razones falsas?

¿O solo una asesina a la que le gusta que sus muertos sean culpables para dormir mejor?

No me contesté. No me he contestado todavía.

Hay preguntas que una lleva encima como se lleva una china en el zapato: cojeando, pero andando.

Lo que sí hice, allí mismo, fue salvar a Cayetana. Y la salvé con lo único que tengo: con los modales.

Porque mientras ella hablaba, yo estaba rebobinando en la cabeza la cena de la víspera, cubierto a cubierto, plato a plato.

Y me acordé de un detalle tonto, de esos que solo yo veo.

Aquella noche, cuando su padre soltó lo de que la boda había quedado «exactamente como él la había soñado» y Cayetana le contestó con la pulla, la vi dejar la copa y cruzar el cuchillo y el tenedor sobre el plato en la posición de «no he terminado».

Y ahí se quedaron. Cruzados. Durante todo lo que quedó de cena y durante las infusiones, que fue la única ventana en que alguien pudo preparar y colocar la taza de tila que mató a Gonzalo.

Una persona que se levanta a envenenar una infusión deja los cubiertos juntos, en «terminado», o los deja de cualquier manera, porque tiene la cabeza en otra cosa.

Cayetana los tuvo cruzados, en su sitio, en «aún estoy aquí», toda la ventana.

Los cubiertos de aquella chica declaraban, en un idioma que solo hablamos cuatro personas en España, que no se había movido de la mesa.

Que estuvo sentada, rabiosa y quieta, mientras a su padre le servían la muerte en otra habitación.

Era una coartada perfecta. Y yo, que desconfío de las coartadas perfectas, desconfié de esta el tiempo justo para comprobar que no tenía arrugas porque era, sencillamente, verdad. Los cubiertos no mienten. La gente miente. Los cubiertos, no.

No se lo dije a Cayetana. No podía explicarle cómo lo sabía sin explicarle quién soy. La dejé con su cigarro y su inocencia sin saber que acababa de demostrarla.

Se lo dije a Damián. A mi manera.

Aquella noche, en el parador, redacté una nota.

La escribí con guantes, en un folio de máquina comprado en cualquier sitio, sin una sola palabra de mi puño.

Imité el tono: seco, administrativo, de confidente anónimo que ha visto algo y no quiere líos.

Traduje lo de los cubiertos a un lenguaje que un policía pudiera usar sin reírse: que un testigo situaba a la hija en la mesa, sentada, durante toda la sobremesa y las infusiones, sin ausentarse; que se recomendaba descartar la hipótesis de la heredera y mirar hacia el servicio.

Ni una coma de más. Ni una huella. La eché en un buzón lejos del pueblo, con el cuidado con que se hacen las cosas que no deben poder rastrearse.

Le estaba haciendo un regalo a Damián Roca: la inocencia de una hija, envuelta en papel de estraza.

Y dentro del regalo, sin querer y queriendo a la vez, le metía también un trozo de mí.

Porque solo una persona en el mundo lee una mesa como la leo yo, y él, que es casi tan buen lector como yo, iba a saberlo en cuanto la desdoblara.

Los regalos entre nosotros, ya lo intuía aquella noche, iban a ser siempre así. Envenenados por los dos lados. Y aceptados igual.