13. Lista de lectores
Lista de lectores
«Toda obra tiene un único lector que importa: el que la usará contra ti.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
Un libro se escribe para muchos y se lee de verdad por uno solo: el que lo va a usar en tu contra. Yo escribí el mío para una única lectora sin saber que existía, y tardé cinco años en enterarme. Cuando me enteré, ya me había puesto una nota en rojo.
Volví a Madrid con la cuartilla en el forro del bolso y una certeza incómoda: había dos investigaciones abiertas sobre la muerte de Gonzalo Urquijo, y yo estaba metida en las dos. En una era testigo. En la otra, detective. Y en las dos, aunque solo lo supiera yo, era además sospechosa.
La de Damián iba por su cauce: forense, judicial, lenta, con sus permisos.
La mía iba por el mío: sin permisos, sin cauce y con un motor que no era ni la justicia ni la curiosidad.
Era el miedo. Un miedo concreto, con nombre y con fecha, aunque yo todavía no supiera ni el nombre ni la fecha: el miedo a que mi pasado, ese que había quemado en el fregadero de una academia, hubiera vuelto a por mí.
Empecé por lo más lógico y lo más terrible: hacer la lista de quién podía haber leído aquel manual.
Salió corta. Tan corta que daba más miedo que si hubiera salido larga.
Porque un manual como el mío no lo lee cualquiera.
Para leerlo hay que tenerlo; para tenerlo hay que haberlo salvado del fuego; para salvarlo del fuego hay que haber estado en mi academia la noche exacta en que lo quemé, hace cinco años.
Y para eso, antes que nada, hay que saber que yo era algo más que una señora que enseña a coger bien la taza. Hay que saber lo que soy.
¿Y quién sabía lo que soy?
Hice la cuenta despacio, con lápiz, como hago las cuentas que importan.
Mi abuela lo supo, pero mi abuela llevaba años bajo tierra con la conciencia tan planchada como sus sábanas.
Marisa lo sabe, pero pensar en Marisa era como sospechar de mi propia mano derecha: absurdo, y además, si Marisa hubiera querido hundirme, no habría necesitado montar teatro; le habría bastado con dejar de protegerme.
Y después de esos dos nombres, no había casi nadie más.
Un par de clientas antiguas que intuían sin saber.
Ninguna con acceso a la academia. Ninguna con una llave.
Repasé la lista tres veces buscando un nombre que se me hubiera escapado, alguien a quien hubiera dejado entrar en mi vida sin apuntarlo.
No lo encontré, porque yo esas cosas las apunto.
Y sin embargo alguien había entrado; alguien había estado lo bastante cerca para ver arder un cuaderno y salvar una hoja del fuego.
Un fantasma con llave. Los peores de todos.
La lista, cuando la terminé, cabía en dos renglones y no explicaba nada.
Y ése era el horror: que cuanta menos gente podía haber sido, más cerca de mí tenía que estar la que había sido.
La respuesta no estaba lejos, en el mundo ancho.
Estaba dentro de mi círculo pequeño, dentro de mi confianza, en algún rincón donde yo no me atrevía a mirar, porque mirar allí era admitir que me había fiado de quien no debía.
No miré. Todavía no. Es lo que mejor se me da: no mirar donde duele.
Damián reapareció tres días después, en Madrid, con una excusa tan transparente que fue casi un piropo.
Me llamó al móvil —al de trabajo, el bueno, el que le había dado como testigo— y me dijo que estaba «por el barrio» y que tenía «un par de flecos» que atar del atestado, y que si me venía bien un café.
Un inspector de la Ribera no anda nunca «por el barrio» de Chamberí por casualidad, y los dos lo sabíamos, y yo dije que sí de todas formas, que fue mi segundo error de la semana y no sería el último.
Quedamos en un café de los de toda la vida, de los que ya quedan pocos, con camareros mayores y tazas gruesas.
Él ya estaba cuando llegué, en una mesa del fondo, de espaldas a la pared —como me siento yo—, y con dos cafés pedidos, porque se acordaba de cómo lo tomaba yo en la finca.
Eso también era un mensaje. Un hombre que se fija en cómo tomas el café se fija en todo lo demás.
Los flecos del atestado eran una excusa, y duraron cuatro minutos. El resto fue otra cosa. Hablamos de todo menos del muerto: de libros, de por qué Madrid había perdido sus cafés, de la diferencia entre educación y astucia, que según él eran la misma cosa y según yo no.
—La educación es astucia con buenos modales —me dijo—. Usted le enseña a la gente a salirse con la suya sin que se note. Eso, en mi barrio, tenía otro nombre.
—En su barrio a lo mejor. En el mío se llama no hacerle la vida imposible a los demás. —Le di un sorbo al café—. La diferencia, inspector, es la intención. La astucia quiere ganar. La educación quiere que nadie pierda demasiado.
—¿Y usted qué quiere?
—Yo quiero que la gente coma en paz y se vaya a su casa entera. —Era verdad. Era, de hecho, lo más verdadero que le dije en todo el café, y él lo sabía, y por eso no lo apuntó.
Nos reíamos los dos. Como dos que juegan al ajedrez sabiendo que uno de ellos tiene una reina de más escondida debajo de la mesa.
Discutir con Damián era como había sido discutir con Gonzalo, y aquella comparación, en un café, con Gonzalo de cuerpo presente en un depósito, tendría que haberme dado vergüenza. Me la dio. No me detuvo.
Y en algún momento, entre el segundo café y la cuenta, soltó la pieza. La soltó como suelta él lo importante: sin darle importancia, mirándome la reacción por el rabillo del ojo mientras fingía mirar la taza.
—Le cuento una curiosidad de mi oficio —dijo—. En un caso así, con un método tan… raro, lo primero que hace la científica no es buscar al culpable de este muerto. Es buscar hermanos. Casos antiguos, sin resolver, con la misma firma. Han pedido cotejo con el archivo. Por si éste no fuera el primero.
Y me miró.
No moví una ceja, que ya voy siendo repetitiva, pero es que es mi único talento de verdad. Le sostuve la mirada con el interés justo de una ciudadana a la que le cuentan una curiosidad de comisaría. Por fuera, nada.
Por dentro, otra vez el hielo. Porque si la científica se ponía a buscar hermanos de aquel crimen en el archivo de los casos sin resolver, iba a encontrarlos.
Yo sabía cuántos, sabía dónde y sabía sus nombres.
Uno de ellos se llamaba Andrade. Y estaba, precisamente, sin resolver, porque lo había resuelto yo tan bien que nadie llegó a saber nunca que había habido un caso.
Mi pasado no venía a por mí por un lado solo. Venía por dos: por el manual y por el archivo. Y en medio, tomándose un café conmigo y acordándose de cómo me gusta, estaba el hombre que iba a abrir las dos puertas.
—¿La he asustado? —preguntó Damián, y por primera vez no fue una pregunta de policía. Fue casi de otra cosa.
—Hace falta más que un café para asustarme, inspector.
—Ya lo veo. —Sonrió—. Es usted la testigo más tranquila que he tenido nunca. Tan tranquila que, si no supiera que es imposible, diría que este caso le interesa tanto como a mí.
—Me interesa usted —dije. Y me arrepentí en el aire, pero ya estaba dicho, y era verdad, y las dos cosas eran igual de peligrosas.
No contestó a eso. Pagó él, discutimos también por eso, ganó él.
Y al despedirnos, en la puerta del café, hubo un segundo, uno solo, en que ninguno de los dos supo qué hacer con las manos.
Lo resolvimos como dos personas educadas: no haciendo nada.
Pero el segundo estuvo ahí. Y me fui pensando que aquel hombre era, a la vez, la peor y la única compañía que me apetecía en toda España.
Aquella misma tarde fui a ver a Marisa, que había estado trabajando en lo mío mientras yo perdía el tiempo en cafés.
Traía dos cosas. Una mala y otra peor.
La mala, primero. Había tirado del número del SMS, el de «haber si», con los contactos que tiene la red para estas cosas, gente que lee un teléfono como yo leo una mesa.
El número era un prepago. Comprado con dinero, en efectivo, en un locutorio, sin documento, sin cámara que sirviera, sin rastro.
Un callejón sin salida hecho aposta. Quien mandó aquel mensaje sabía perfectamente cómo no dejarse encontrar por ese lado.
—Se acabó el hilo del teléfono —dijo Marisa—. No tira de ahí. Está cortado de fábrica.
Me fastidió, pero no me sorprendió. Quien había montado todo aquello no iba a caer por una tontería de móvil. Era demasiado buena. Y sí: ya pensaba «buena». Ya la respetaba, sin saber siquiera quién era. Es lo que pasa cuando reconoces tu propia mano en la de otra.
La peor cosa vino después, y vino con forma de sobre.
—Hay algo que llevo días dándole vueltas —dijo Marisa—, y no me gusta, porque esto me toca a mí de cerca.
—Fue al cuarto de atrás y volvió con un sobre de papel de estraza, cerrado con lacre, un lacre ya viejo—.
¿Te acuerdas de la del canal viejo? La muerta.
La que te recomendó sin poder recomendarte.
—No se me olvida.
—Antes de morir, hace dos años, me dejó esto.
Con un encargo raro, tan raro que casi no le hice caso.
Me dijo: «Marisa, guárdame este sobre. Y si algún día viene alguien preguntando por la señora de los modales, se lo das.
Solo a esa persona. Ya sabrás quién es cuando la veas.
» —Marisa me miró por encima de las gafas—.
Llevo dos años con el sobre en un cajón, pensando que la pobre desvariaba al final.
Y hace una semana apareciste tú, preguntando por la señora de los modales. Que resulta que eres tú.
Se me puso la piel de gallina, y a mí no se me pone.
—Ábrelo tú —dijo Marisa—. Es para ti. Siempre fue para ti.
Lo abrí con cuidado, rompiendo el lacre limpio. Dentro había dos cosas, y solo dos.
La primera era una cuartilla —otra cuartilla; empezaba a odiar las cuartillas— con dos líneas escritas a máquina, sin firma. Ninguna amenaza, ningún nombre, ninguna explicación. Solo un lugar y una fecha:
«Valladolid. Hace ocho años.»
La segunda era una foto. Una foto en papel, de las de revelar, descolorida por los bordes.
En ella había un grupo de mujeres, quince o veinte, posando como se posa al final de un curso, en una sala con sillas de skay y una pizarra al fondo.
Un curso de protocolo. De los que yo daba por provincias hace años, cuando aún viajaba a enseñar buenos modales a señoras y a chicas que querían medrar.
Di muchos de esos cursos, en muchas provincias, en muchos salones de hotel con moqueta y flores de plástico.
Iban señoras que querían aprender a acompañar a sus maridos a las cenas de empresa, y chicas jóvenes, algunas de muy abajo, que habían entendido antes que nadie que los modales son un ascensor social, el único que no te pide currículum.
A esas chicas las recuerdo mejor que a las señoras.
Tenían hambre. Yo les enseñaba a disimularla.
Nunca se me ocurrió que a alguna pudiera estarle enseñando algo más.
Y delante del grupo, dando la clase, señalando algo en la pizarra, con quince años menos y un traje que ya no tengo, estaba yo.
Me quedé mirando la foto un buen rato. Y me pasó una cosa rara. Dos cosas raras.
La primera: que no me reconocí del todo.
La mujer de la pizarra era yo, sin ninguna duda —el gesto, la postura, la manera de señalar—, pero era una yo de antes de Andrade, de antes del manual, de antes de todo.
Una mujer que todavía creía que enseñaba algo bueno.
Me costó reconocerme en ella tanto como me había costado reconocer mi propia letra en la cuartilla.
Mi pasado me estaba llegando a trozos, y en cada trozo yo era otra distinta.
La segunda cosa rara fue el fondo. Entre las alumnas, al final del grupo, medio tapada por otra, había una chica de la que no se veía bien la cara: un reflejo, un movimiento justo en el momento de la foto, algo.
No se le veía la cara. Pero se le veía el brazo.
Y el brazo lo tenía echado por encima del hombro de la chica de al lado, rodeándola, en un gesto que no era de compañeras de curso.
Era un gesto de otra cosa. De propiedad, casi. De «esta es mía».
No supe quién era ninguna de las dos. Ni la del brazo, ni la del hombro. No supe tampoco por qué aquel gesto, entre veinte gestos anodinos de una foto de grupo, era el único que me daba frío.
Guardé la foto. Y guardé con ella, sin saberlo, la primera imagen de la mujer que iba a destrozarme la vida, en un gesto que lo explicaba todo y que yo no supe leer hasta que ya era tarde.
Mi pasado no había vuelto. Nunca se había ido. Solo había estado esperando, quieto, dentro de una foto, con el brazo echado por encima de un hombro, a que yo me diera la vuelta y lo mirara.