Manual de buenos modales para asesinas 10. Muerte de un anfitrión
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10. Muerte de un anfitrión

Muerte de un anfitrión

«Jamás mates en casa ajena la víspera de una boda. Es de mal gusto y de peor coartada.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

La víspera de la boda decidí no matar a Gonzalo Urquijo. Alguien, aquella misma noche, decidió lo contrario. Y lo hizo con mi método, en mi sitio y a mi hora, de tal manera que durante mucho tiempo yo fui la única persona del mundo que sabía, con absoluta certeza, que no había sido yo.

La cena de las dos familias fue la escena más cálida que presencié en aquella casa, y lo escribo sabiendo cómo terminó, que es la única forma honrada de escribirlo.

Habíamos puesto la mesa larga en el comedor grande, el de impresionar, porque aquella noche tocaba impresionar.

Treinta cubiertos, la plata buena, las velas encendidas.

Basilio había subido de la bodega sus botellas más serias y las servía con esa solemnidad suya de oficiante.

Bibiana dirigía el tráfico desde su silla sin moverse de ella, como esos guardias que ordenan un cruce entero con una ceja.

Y por una noche, la última, la familia funcionó.

Eduardo Mendaro se levantó a brindar en cuanto sirvieron el segundo plato.

Fue un error dejarlo empezar, porque Eduardo, con una copa y un público, no sabe terminar.

Brindó por los novios. Luego por las dos familias «que hoy se hacen una».

Luego por su difunta esposa, «que desde el cielo bendice esta unión».

Luego por España, no sé bien por qué. Cayetana, a mi lado, murmuró sin mover los labios: «como no lo pare alguien, brinda hasta por el catering».

Bibiana lo paró con la única arma infalible contra un discurso: se levantó a servir, y a un hombre bien educado no le queda más remedio que sentarse cuando una señora se pone de pie.

Eduardo se sentó. Aplaudimos todos, más de alivio que de otra cosa.

Cayetana estuvo aquella noche más suelta de lo que la había visto nunca.

A lo mejor porque se casaba. A lo mejor porque, por una vez, había gente delante y su padre no podía apretarle el tornillo en público.

Cuando Gonzalo, sirviéndose vino, comentó que la boda había quedado «exactamente como él la había soñado», Cayetana alzó su copa hacia él y dijo, con una dulzura que cortaba el aire:

—Como tú la soñaste, papá. Que para eso es tu boda.

Hubo medio segundo de silencio. Gonzalo se rió el primero, encantado, porque a los hombres como él una hija con garra les parece un trofeo más. Pero yo, que sé mirar, vi que la pulla había entrado, y que a Gonzalo, por una vez, se le había quedado dentro una astilla.

Y vi otra cosa, sin darle importancia entonces, aunque más tarde se la daría toda: vi cómo Cayetana, al dejar la copa, cruzaba el cuchillo y el tenedor sobre el plato en su posición de siempre, la de «no he terminado», con esa precisión de niña criada a golpe de mesa.

Se quedaron así, cruzados, delante de ella.

Es un detalle tonto. Los detalles tontos son los que luego sostienen o hunden a las personas.

Fue una buena cena. Lo digo en serio, sin ironía, que en mí es raro.

Hubo un momento, entre el segundo plato y el postre, en que Hugo cogió la mano de Cayetana por debajo del mantel y ella se dejó, y Gonzalo lo vio y no dijo nada, y por una vez pareció, sin más, un padre a punto de casar a una hija.

La casa entera se movía alrededor de aquella mesa como un reloj: Nerea entraba y salía con la discreción de quien lleva media vida sirviendo, aunque no llevara ni media semana; Basilio subía y bajaba de la bodega; la doncella quitaba y ponía.

Yo lo veía todo desde mi sitio, contando movimientos por costumbre, sin saber que aquella noche estaba contando las piezas de un crimen que todavía no había ocurrido.

Y hacia el final, cuando la cena se deshacía ya en sobremesa, pasó lo del brindis.

Gonzalo se había puesto a mi lado un momento, con la copa en la mano, y me habló bajando la voz para que fuera solo mía.

—¿Sabe una cosa, señora Ferrán? De toda esta mesa, usted es la única que no me debe nada y a la que yo no le debo nada. Es un lujo rarísimo, a mi edad, encontrar a alguien con quien uno está en paz. —Levantó la copa un dedo hacia mí—. Por eso. Por la gente con la que uno está en paz.

Y me ofreció el brindis.

Fue el momento más difícil de toda la noche, y no lo notó nadie salvo yo.

Porque quería brindar. Después de dos copas rotas, después de todo, aquel hombre me ofrecía la tercera con una frase que me dolió más que ninguna amenaza, y una parte de mí quería chocar la copa, y beber, y mandar a paseo a mi abuela, a Marisa y al oficio entero.

No lo hice. Por una vez, no lo hice. Bajé los ojos, sonreí, me llevé la copa a los labios sin llegar a tocar la suya —la maniobra que enseño, la que llevaba toda la vida sabiendo hacer y aquella semana había olvidado dos veces— y el brindis se quedó en el aire, sin cerrar.

Gonzalo no se ofendió. Sonrió, como si lo entendiera, aunque no entendía nada. Y bebió solo.

Fue lo último que le vi hacer. Beber solo un brindis que yo no quise cerrarle. Si hay un gesto que resume lo que le hice a aquel hombre —lo que le hicimos—, es ése.

Después vinieron las infusiones, que en las casas grandes son el telón del último acto.

Una doncella sacó una bandeja con tilas y manzanillas para los que no aguantan el café de noche.

Bibiana se preparó una tila, como todas las noches.

Cayetana, una manzanilla. Gonzalo, nada.

«El vino es mi tila», dijo, que era una de sus frases, y se rieron todos porque se la habían oído mil veces.

Gonzalo Urquijo no tomaba tila. En aquella casa lo sabía hasta el gato. Guárdenlo, que hace falta luego.

Se retiró a su despacho hacia la una, a «rematar dos papeles antes del gran día». Le di las buenas noches. Me contestó con un guiño. Y me marché al parador con la sensación rara de haber esquivado algo, sin saber todavía que lo que había esquivado no era el brindis.

Me despertó el móvil a las cuatro y diez. El personal, no el de trabajo. Era Nerea, y Nerea no llama a las cuatro de la mañana por una tontería.

—Olivia. —La voz le temblaba, y a Nerea no le tiembla la voz—. Ven. Ha pasado algo horrible. Es el señor Urquijo. Ven, por favor.

Me vestí en dos minutos y conduje los diez que hay del parador a la finca con el corazón en modo profesional, que es como se me pone en las urgencias: frío, rápido, contando posibilidades. Solo una no conté. La verdadera.

La finca estaba encendida de arriba abajo a las cuatro y media de la madrugada, que es una imagen que no se olvida: una casa de luto antes de saber que lo era.

Había gente en el vestíbulo en bata, la doncella llorando, Hugo blanco como la pared, Eduardo sin saber dónde ponerse.

Bibiana, de pie en mitad del salón, serenísima, dando instrucciones con esa calma que a mí me seguía sin decir si era de santa o de otra cosa.

No me paró nadie. A la señora del protocolo se la deja pasar.

Antes de entrar, ya lo sabía. No sé cómo, pero lo sabía.

Una que ha visto muchos muertos aprende a olerlos antes de verlos, y aquella casa olía a lo que huele una casa donde acaba de ocurrir lo irreparable: a gente conteniendo la respiración.

Puse la mano en el pomo del despacho igual que semanas antes había puesto la mano en el tirador del cajón de abajo.

Con la misma sensación exacta de estar a punto de ver algo que iba a cambiarlo todo.

Entré en el despacho.

Y aquí es donde tengo que cambiar de voz, porque a partir de aquí ya no hubo calor. Hubo trabajo.

Gonzalo estaba en el suelo, junto al sillón, en una postura que no era de dormido ni de caído: era de agonizado. Y lo primero que sentí, que Dios y mi abuela me perdonen, no fue pena. Fue ofensa profesional. Porque aquello que tenía delante era mi trabajo. Mi método. Ejecutado por un carnicero.

Lo leí como se lee una mesa mal puesta, de un vistazo, y conté los errores. Salieron cinco, y cada uno me indignó más que el anterior.

Uno: la taza. Había una taza de tila sobre la mesa del despacho, a medio beber.

Gonzalo Urquijo no tomaba tila. Lo sabía la casa entera; lo había dicho él mismo tres horas antes, delante de treinta personas.

Servirle la muerte en una taza de algo que no bebía es como firmar un crimen con la letra de otro. De aficionado.

Dos: la cantidad. No voy a decir cómo se sabe, pero se sabe, y lo que había allí había sido demasiado.

Una barbaridad. El clásico, bien hecho, es discreto: se parece a un infarto, deja al muerto con cara de leve sorpresa.

Aquello no. Aquello había sido rápido, sucio y con dolor.

Quien lo hizo no buscaba una muerte natural; buscaba una muerte, sin más, y le daba igual el acabado. Y en mi oficio el acabado lo es todo.

Tres: la ventana. Estaba abierta de par en par, en una madrugada de febrero, con la calefacción puesta.

Una ventana abierta es lo que deja quien ha leído en algún sitio que hay que ventilar la escena, o quien quiere que parezca un robo, o un mal aire, o vaya usted a saber.

Es teatro. Y el teatro, en una muerte que pretende pasar por natural, es justo lo que no se hace jamás.

Aquella ventana gritaba «aquí ha pasado algo».

Un profesional deja las ventanas como estaban.

Cuatro: la postura. No lo había recolocado nadie, y se notaba.

Un buen trabajo incluye dejar al muerto decente: en el sillón, con el periódico o la copa, como si se hubiera quedado dormido.

A Gonzalo lo habían dejado tirado donde cayó, sin dignidad.

Eso no es descuido. Eso es prisa, o crueldad, o que a quien lo hizo no le importaba el hombre, solo el resultado.

Y cinco, el peor, el que me heló: los anticoagulantes.

Gonzalo tomaba pastillas para la sangre; yo lo había anotado en mi inventario semanas atrás, en la lista que no se enseña.

Con esas pastillas en el cuerpo, a aquel hombre le habría bastado la mitad de lo que le dieron.

La mitad. Quien lo mató tenía mi método, pero no tenía ese dato, que era un dato mío, reciente, averiguado en aquella casa con mis propios ojos.

Trabajaba con el método, pero no con mi información.

Trabajaba —lo entendí sin entenderlo aún del todo— con una versión vieja de mí.

Me quedé un momento con aquello, con la idea imposible: alguien tenía mi método.

No una manera parecida, no una casualidad de aficionado con suerte.

El mío. El clásico, hasta en la elección del vehículo, aunque se hubiera equivocado de taza.

Alguien había aprendido de mí sin que yo le enseñara nunca.

Y esa idea, en un despacho con un muerto en el suelo, daba más miedo que el muerto.

Y entonces le vi la mano.

La tenía abierta sobre la alfombra, los dedos un poco curvados, como si acabara de soltar una copa.

Y durante un segundo, uno solo, dejé de ser la inspectora y volví a ser la mujer que tres horas antes le había negado un brindis.

Oí el cristal. El de la primera copa, el del Vega Sicilia, aquella nota fina que se quedó flotando en el comedor pequeño.

La oí clarísima, allí, en el despacho, con Gonzalo muerto a mis pies.

Un segundo.

Después cerré la puerta por dentro —la mía, la de mí misma— y volví a mi oficio, porque era lo único que me quedaba y porque llorar no le iba a arreglar la postura a nadie.

Me acerqué. No debía tocar nada, y no toqué nada.

Pero encima de la mesa había un cuadro torcido —un bodegón feo, de esos que se heredan sin remedio—, y sin darme cuenta, por oficio, por la misma manía que me hace enderezar la cubertería en las bodas ajenas, alargué la mano y lo enderecé. Un centímetro. Lo dejé recto.

Y al enderezarlo, detrás, vi la caja fuerte.

Estaba cerrada. Cerrada del todo, con el cuadro por delante, como debe estar una caja fuerte.

Pero estaba cerrada con demasiado cuidado.

No sé explicarlo mejor. Una caja que nadie ha tocado tiene una manera de estar cerrada; y una caja que alguien ha abierto y ha vuelto a cerrar despacio, para que no se note, tiene otra.

Aquélla estaba de la segunda manera. Alguien había estado ahí. Alguien había mirado dentro.

No me dio tiempo a pensar qué.

Porque en ese momento, a lo lejos, por el camino de las viñas, se oyó la primera sirena.

Y yo, de pie en el despacho de un hombre al que no había matado, con mi método delante y sus errores contados, entendí una cosa con una claridad absoluta, antes que ninguna otra: que la Guardia Civil, cuando llegara, iba a encontrarse un crimen que parecía el mío.

Y que la única persona de toda España capaz de demostrar que aquello era una chapuza, y no una obra mía, era, justamente, la que no podía abrir la boca.