Manual de buenos modales para asesinas 11. El inspector
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11. El inspector

El inspector

«Ante la policía, di siempre la verdad. Casi toda.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

A la policía se le dice la verdad. Toda no; casi toda. La diferencia entre la verdad y casi toda la verdad es un punto y aparte bien puesto, y en eso, modestia aparte, no me gana nadie.

A media mañana, la finca ya no era una casa: era una escena.

Furgonetas en el camino de las viñas, gente con monos blancos entrando y saliendo del despacho, precinto, un juez, un forense y ese silencio administrativo que cae sobre las casas cuando la muerte deja de ser un dolor y se convierte en un expediente.

La boda, que iba a ser al día siguiente, se había transformado en otra cosa, y nadie sabía todavía en qué.

La familia aguantaba cada uno a su manera, que es como se retrata de verdad a la gente: bajo presión, sin tiempo de componerse la cara.

Bibiana no se descomponía. Al contrario: se crecía.

Les daba de comer a los guardias, le ofrecía café al juez, gestionaba el horror con la misma calma de quirófano con que había gestionado a la florista de las peonías.

Cuando alguien, con toda la delicadeza del mundo, le preguntó qué se hacía con la boda, si habría que avisar a los invitados, Bibiana contestó una frase que se me quedó grabada y que aún le oiría repetir: «Los Urquijo no devuelven señales.

» Lo dijo con la barbilla alta. Y yo no supe —no lo supe entonces ni lo supe después— si era la dignidad de una viuda de raza o la coartada de una mujer que necesitaba que todo siguiera su curso.

Cayetana se descomponía justo al revés. La encontré en la parte de atrás, junto a la cocina, fumando.

No la había visto fumar en mi vida. Se fumaba el cigarro como quien se agarra a algo, con prisa y con culpa, y cuando me vio no lo escondió; solo dijo: «No sabías que fumaba, ¿verdad?

Yo tampoco. Resulta que sí.» Un padre muerto le había devuelto en una noche un vicio que a lo mejor él le había quitado a base de miradas.

Eduardo se descomponía hablando. No paraba.

Le contaba al primer guardia que se ponía a su alcance lo unidas que estaban las dos familias, lo muchísimo que él apreciaba a Gonzalo, dónde había estado a cada hora de la noche sin que nadie se lo preguntara.

Un hombre que reparte coartadas que no le han pedido es un hombre que tiene miedo de algo, aunque no sea de lo que parece.

Yo, que sé de miedos, lo apunté. También interrogaron al servicio, a la doncella, y a mi propia Nerea, que había llevado la logística de la boda y ahora llevaba la del desastre con la misma calma con que lo llevaba todo.

Y en medio de todo aquello estaba él.

Lo vi antes de saber quién era. Un hombre de unos cuarenta y muchos, traje gris de los que se ponen precisamente para no llamar la atención, moviéndose por la casa despacio, sin prisa, mirándolo todo como lo miro yo: no las cosas, sino el orden de las cosas.

Interrogó a todo el mundo aquella mañana.

A la familia, al servicio, al catering. A mí me dejó para el final.

Dejarme para el final era un mensaje, y lo entendí perfectamente, porque yo también dejo para el final lo que más me interesa.

Me llamó a media tarde, a una salita que habían habilitado.

Se presentó: inspector Damián Roca. Me dio la mano —seca, firme, sin apretar de más— y me fijé, por costumbre, en el detalle que más dice de un hombre: la alianza.

La llevaba en la izquierda. En España la alianza se lleva en la derecha; una alianza en la izquierda, a su edad, quiere decir que el matrimonio se acabó.

Y por cómo la tenía, gastada, girada de tanto dársele vueltas con el pulgar, supe que no se había acabado en un juzgado.

Un divorciado se quita el anillo. Un viudo se lo cambia de mano y no puede dejar de tocarlo.

Lo apunté, sin saber todavía que aquel dato iba a importarme más de lo que debía.

—Gracias por esperar —dijo—. Sé que ha sido un día largo para todos.

—Para ustedes también, imagino. No debe de ser agradable trabajar en una casa de luto.

—Una se acostumbra. —Sonrió apenas, y no era una sonrisa de cortesía; era de reconocimiento, la de quien acaba de oír algo que él mismo habría dicho—. Usted organizaba la boda.

—El protocolo de la boda, que es distinto. Yo no organizo. Corrijo.

—¿Y qué había que corregir en ésta?

—Lo de siempre. Dónde sentar a quién para que la gente que se odia coma en paz.

Apuntó algo en una libreta. No sé qué. Era la clase de cosa que no parecía importante, y con el tiempo he aprendido que Damián solo apuntaba lo que no parecía importante.

—¿Cuándo conoció a la familia?

—Hace unas semanas. Me contrataron para la boda.

—¿Trato con el señor Urquijo?

—El justo, y un poco más. Era un hombre de conversación. Discutíamos de vino, de libros, de por qué se decanta un tinto. —Todo verdad. Me guardé lo demás, que es justo lo que no se pregunta.

—¿Discutían? —Levantó una ceja, pescando.

—Conversábamos discutiendo. Es lo que hace la gente que se cae bien y no tiene miedo de llevarse la contraria.

—¿Se caían bien?

—Me ha caído bien mucha gente que ahora está muerta —dije. Y fue la frase más verdadera que dije en toda la tarde, y la que más me guardé por dentro.

Ahí dejó un silencio. Uno de esos silencios largos que la gente sin oficio llena por incomodidad, contando de más, enterrándose sola.

Yo no lo llené. Me quedé mirándolo con la cara de una señora que espera educadamente la siguiente pregunta.

El silencio se estiró, se estiró, y al final lo rompió él, que era lo que tenía que pasar, porque yo llevo veinte años ganando esos silencios.

—Es usted la primera persona en todo el día que no ha aprovechado ese hueco para contarme dónde estaba anoche —dijo, y había algo parecido a la diversión en su voz.

—¿Quiere saber dónde estaba anoche?

—Me encantaría.

—En el parador del pueblo. Me fui de la cena hacia la una, cuando el señor Urquijo se retiró a su despacho. Dormí. Me despertó una llamada a las cuatro y diez diciéndome que había pasado una desgracia. Vine. —Todo verdad, palabra por palabra. Y todo, absolutamente todo, incompleto.

—A la una —repitió—. ¿Recuerda si el señor Urquijo tomó algo antes de retirarse? ¿Una copa, una infusión?

Y ahí supe que iba bien encaminado, porque la pregunta de la infusión no la hace quien no sabe ya lo de la taza.

—Vino —dije—. El señor Urquijo no tomaba infusiones. Tenía una frase para eso: «el vino es mi tila». La dijo anoche, precisamente, delante de todos.

Lo apuntó. Esta vez sí parecía importante, y por eso me fié menos.

—¿Notó usted algo raro anoche? ¿Alguna tensión, alguien fuera de lugar?

La pregunta era una red de arrastre: la echas al fondo y recoges lo que caiga. Le di lo que podía darle sin mentir y sin regalarle nada.

—En una boda hay tensión por definición, inspector.

Anoche había la normal: un consuegro arruinado, una novia con carácter, un padre que lo controlaba todo.

Nada que no se arregle con un buen plano de mesas.

—Hice una pausa del tamaño exacto—. Que alguien estuviera fuera de lugar, no lo vi.

Pero yo miraba las copas, no a las personas. Es mi oficio.

—Ya —dijo—. El mío es justo el contrario.

Y ahí, por primera vez, jugamos los dos a la misma cosa a la vez, y los dos lo supimos.

—Le voy a ser sincero, señora Ferrán, porque me da la impresión de que es usted una mujer a la que la sinceridad no la asusta.

—Cerró la libreta, que fue el gesto más peligroso de toda la entrevista, porque un policía que cierra la libreta es un policía que va a decirte una verdad para ver qué le devuelves—.

El primer análisis ha encontrado una cosa en esa taza.

Un compuesto. No la voy a aburrir con el nombre de laboratorio, que es largo y no lo sabe pronunciar ni el que lo firma.

Pero no es un veneno de los de película.

Es discreto. De los que imitan un fallo del corazón.

De los que casi nunca se buscan, porque casi nunca se encuentran, porque casi nadie sabe siquiera que existen.

Y me miró.

Me miró como se mira una copa a contraluz, buscando el poso.

No moví una ceja. Llevo toda la vida no moviendo la ceja; es, después de callar, lo que mejor sé hacer. Le sostuve la mirada con el interés justo de una ciudadana a la que le cuentan algo truculento, ni un gramo más. Por fuera no pasó nada.

Por dentro se me heló el oficio.

Porque aquel compuesto que él no quería nombrar, ese que casi nadie sabe que existe, ese que imita un fallo del corazón, lo conocía yo perfectamente.

Lo llamo el clásico. Es mío. Es lo que llevaba semanas sin tocar dentro de un neceser, en el parador, a diez minutos de aquella salita.

Alguien había matado a Gonzalo Urquijo con mi método, con mi firma, con mi letra.

Y ahora un inspector con la alianza en la mano izquierda me lo contaba a la cara, en una salita, por ver si se me movía la ceja.

No se me movió. Pero por dentro, mientras le sostenía la mirada, hice la única cuenta que importaba: si alguien tenía mi método, solo cabían dos explicaciones.

O la red estaba comprometida —alguien de dentro, alguien que sabía exactamente cómo trabajo—.

O había vuelto mi pasado, ese que guardo en un cajón de abajo y no abro nunca.

Las dos me daban ganas de vomitar. Ninguna de las dos me consentía que se me notara.

Lo que sí me permití —o más bien lo que no me permití— fue coger el teléfono.

En toda la mañana no llamé a Marisa. Me moría por hacerlo, por avisarla, por preguntarle si la red se había roto por algún sitio y por dónde.

No lo hice. Desde aquella casa, con aquel hombre a diez metros, no se llamaba a nadie.

El miedo, en mi oficio, no se grita. Se mide en las llamadas que una no hace.

—No le suena de nada —dijo Damián. No era del todo una pregunta.

—Me suena a que alguien de esta casa sabía muchísimo más de venenos de lo que aparenta —dije—. Y le aseguro que no soy yo. Yo, de química, sé lo justo para no mezclar la lejía con el amoniaco.

Se rió. Una risa corta, verdadera. Y en aquella risa entendí que, de momento, yo no era su sospechosa.

Su radar marcaba otra cosa: marcaba que yo mentía en algo, sí, pero no que yo matara.

A un buen policía la gente que miente en algo le interesa tanto como la que mata, pero no es lo mismo, y él sabía la diferencia. Todavía me quedaba margen.

Intenté leerle, como leo a todo el mundo, para calcular cuánto sabía y cuánto se marcaba de farol.

Y no pude. Fue la primera vez que me pasó con él, y no sería la última.

Con todos los demás, en veinte años, siempre he sabido: éste va de farol, ésta esconde, aquél no tiene ni idea.

A Damián Roca no le llegué al fondo. Se me quedaba en la superficie —cortés, atento— y por debajo había una habitación cerrada de la que yo no tenía llave.

Y aquí viene lo que más me cuesta escribir de todo este asunto: que aquella habitación cerrada, en lugar de darme miedo, me dieron ganas de entrar en ella.

Me acompañó él mismo a la puerta, cosa que no había hecho con nadie. En el umbral, cuando yo ya me marchaba, dijo, como quien se acuerda de una tontería:

—Ah. He leído su libro.

—Mucha gente lo ha leído. Es el problema de los libros.

—Tengo dudas con el capítulo de los pésames.

Me paré. No por la frase, sino por dónde la había oído antes.

Se la había escuchado, casi con esas mismas palabras, a un hombre que llevaba doce horas muerto en aquel despacho.

«Su capítulo sobre los pésames me parece deshonesto», me había dicho Gonzalo la primera noche, junto al coche.

Y ahora el inspector que investigaba su muerte me decía lo mismo, en la misma casa, con la misma media sonrisa.

Como si los dos únicos hombres que habían sabido mirarme de verdad en toda mi vida tuvieran, de propina, el mismo reparo con el mismo capítulo.

La vida no tiene tanto gusto para las coincidencias. Tiene, más bien, muy mala idea.

—¿Qué dudas? —pregunté. Y no debí preguntarlo. Preguntarlo era quedarme, y quedarme era exactamente lo que no me convenía.

—Que enseña usted a consolar sin sentir —dijo—. Y yo he consolado mucho sin sentir, por oficio. Me gustaría saber si usted cree de verdad que eso es elegancia, o si es solo lo que nos contamos los que ya no sabemos sentir de otra manera.

No tenía respuesta. O tenía una, pero era demasiado verdadera para dársela a un policía el mismo día que me investigaba por un crimen que yo no había cometido con un método que sí era mío.

—Otro día se lo contesto —dije.

Y lo peor, lo que me acompañó de vuelta al parador y no me dejó dormir, no fue el compuesto, ni el cajón de abajo, ni la red rota.

Fue que lo dije en serio. Que quería que hubiera otro día.

Que quería volver a hablar con el único hombre de toda España al que le convenía, más que a nadie en el mundo, meterme en la cárcel.