Manual de buenos modales para asesinas 9. El canal viejo
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9. El canal viejo

El canal viejo

«Verifica a tu clienta como verificarías un Vega Sicilia: la etiqueta se falsifica.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

Una etiqueta se falsifica. Un Vega Sicilia falso engaña a cualquiera menos al que sabe mirarle la cápsula, el corcho y el poso. Con las clientas pasa igual, y yo, que me gano la vida sabiendo mirar, aquella vez miré demasiado tarde. En mi oficio, mirar tarde y no mirar vienen a ser lo mismo.

Llegué a Madrid hecha un lío, y eso a mí no me pasa.

Traía en el bolso un neceser con un método que no había usado, en la cabeza una duda que no me dejaba dormir, y en la espalda la sensación de que alguien me había registrado el cuarto y me había hecho la cama, que es de las pocas cosas del mundo capaces de indignarme más que de asustarme.

Iba a la mercería a que Marisa me pusiera orden, como cuando era joven.

Salí con más desorden del que llevaba al entrar.

Es lo que tiene ir a que te digan la verdad: que a veces te la dicen.

Bajé a Madrid veinticuatro horas, con la excusa de la academia y la verdad de que necesitaba respuestas antes de la boda. Entré en La Perfecta a la hora de cerrar, cuando ya no quedaban clientas de las de botones. Marisa recogía madejas.

—Necesito saber quién me ha recomendado este encargo —dije, sin quitarme el abrigo.

Marisa me miró por encima de las gafas. Sabe cuándo no vengo a comprar hilo.

—Ya te lo dije. El canal viejo.

—Quiero el nombre. El canal viejo es una persona, Marisa, no una tubería. Quiero saber qué persona.

No le gustó. A Marisa no le gusta que le tiren de los hilos que ella ya ha atado; es como decirle que cose mal.

Pero fue al cuarto de atrás, sacó el cuaderno de hule y otros dos más viejos que yo no había visto nunca, de tapas descoloridas, y se puso a tirar del hilo delante de mí, con el dedo, renglón a renglón, hacia atrás en el tiempo.

Tardó un rato. La red no tiene ordenadores; tiene la memoria de Marisa y unos cuadernos que huelen a humedad.

Fue subiendo por la recomendación como se sube por una cuerda de nudos: a esta clienta la mandó aquella, y a aquella la de más allá, y a la de más allá otra, hacia atrás, hacia arriba, hacia el principio del hilo.

Yo la miraba trabajar y pensaba que aquellos cuadernos eran lo más peligroso de todo Chamberí: cuarenta años de mujeres pidiendo lo que no se pide en voz alta, apuntado en clave de mercería, en una letra que solo Marisa sabía leer.

La red entera cabía en tres libretas de hule.

Si alguien las quemara, de nosotras no quedaría ni el humo.

Se paró. Puso el dedo en un renglón y se quedó quieta. Y a Marisa no se le queda el dedo quieto casi nunca.

—¿Qué? —dije.

—El hilo se acaba aquí. —Golpeó el renglón con la uña—. Y aquí hay un problema.

El renglón tenía un nombre —no lo voy a escribir; hay muertas que merecen que las dejen en paz— y, al lado, una fecha con la raya de regla que Marisa les pone a las cuentas cerradas.

—Esta mujer fue clienta mía hace años —dijo, despacio, como quien lee una esquela que no esperaba—. Buena mujer. Discreta. Murió hace dos años. La enterré yo; fui al funeral. —Levantó la vista—. Y hace tres semanas, según esto, te recomendó una clienta.

Nos quedamos las dos calladas. En el cuarto de atrás de una mercería, a las nueve de la noche, con dos cuadernos de hule abiertos entre nosotras y una muerta recomendando encargos desde el otro barrio.

—Alguien ha usado su nombre —dije.

—Alguien ha usado a una muerta para colarse por mi puerta —dijo Marisa, y por primera vez en todos los años que la conozco le tembló un poco la voz. No de miedo. De ofensa—. Eso no se hace. Eso no lo hace nadie de los nuestros.

—Hay más —dije. Y le conté lo del cuarto. Que alguien había entrado en mi habitación del parador, la había registrado de arriba abajo y la había dejado más ordenada de como estaba, con una mano que sabía de protocolo tanto como yo.

Marisa se puso muy seria. Muy seria es, en Marisa, lo más cerca del miedo que se le consiente llegar.

—Te registran el cuarto y te entra un encargo por la puerta de una muerta, y las dos cosas la misma semana. —Fue contando con los dedos, despacio—. Olivia, esto no son dos casualidades. Esto es alguien trabajando. Alguien que sabe lo que haces y que te está preparando algo.

—O es una clienta con mucho miedo y muy pocos escrúpulos —dije.

—O eso —concedió Marisa, sin creérselo ni medio segundo.

Cerró los cuadernos. Se quitó las gafas. Y me dijo lo que yo ya sabía que me iba a decir, porque es la norma, y la norma la escribimos precisamente para noches como aquélla.

—Se quema —dijo—. Ya sabes cómo. Se devuelve el anticipo entero, sin una palabra de explicación.

Se destruye todo lo que tengas: el dossier, las notas, la carta, lo que sea.

Se corta el hilo por lo sano y no se vuelve a hablar del asunto en la vida.

Un encargo que entra por una puerta falsa se quema, Olivia.

Siempre. Sin una sola excepción. Es la única regla que no hemos roto nunca en treinta años, y es justo la que nos ha mantenido vivas.

Tenía razón. Toda. Se quema y se acabó.

—No —dije.

Marisa dejó las gafas sobre el mostrador con más cuidado del necesario, que en ella es la forma de dar un puñetazo en la mesa.

—¿Cómo que no?

—Que no lo quemo. Todavía no. Necesito saber quién hay detrás.

Necesito saber quién es de verdad esta clienta, y por qué me ha entrado por la puerta de una muerta, y necesito saber…

—me paré, porque lo que iba a decir no me lo había dicho ni a mí misma en voz alta— necesito saber si el hombre merece morir o no.

Y ahí Marisa hizo algo que no le había visto hacer nunca: se rió. Una risa corta, sin gracia, de vieja que lo ha visto todo y acaba de ver lo que le faltaba.

—El hombre —repitió—. «Si el hombre merece morir.

» —Se acercó, bajó la voz y me habló como se le habla a una hija que ha hecho una tontería de las gordas—.

Tú no dices nunca «el hombre», Olivia. Tú dices «el encargo».

Llevo veinte años oyéndote decir «el encargo», «el trabajo», «lo de la Ribera».

Y ahora me vienes con «el hombre» y con «si merece morir», como si te importara.

—Me miró a los ojos—. Has brindado con él.

No dije nada. Con Marisa, no decir nada es decirlo todo.

—Ay, Olivia. —Se sentó de golpe en el taburete, como si le acabaran de caer encima todos sus años—. Has brindado con él. Después de todo lo que te enseñó tu abuela. Después de todo lo que sabes. Has brindado con la víctima.

Y en ese momento, como una maldición del cielo, sonó la campanilla.

—¡Marisa, hija! —La viuda de los pantalones de Paco entró como un vendaval, con su bolsón de lona por delante—. Vengo a por lo de mi Paco, que ya me dijiste que lo tendrías, y como pasaba por aquí, digo, me acerco. ¡Ay! ¿Interrumpo?

Interrumpía la conversación más importante de mi vida. Pero eso no se le dice a una viuda con un bolsón.

—Que no, mujer, pase —dijo Marisa, y en dos segundos se transformó: se puso las gafas, se irguió, volvió a ser la de siempre. Sacó de debajo del mostrador los pantalones de Paco, planchados y con las cremalleras nuevas—. Como nuevos. Le he puesto unas cremalleras que van a durar más que el yerno.

La viuda los revisó diente a diente, feliz, ajena por completo a que en aquel cuarto se estaba decidiendo la vida de un hombre y a lo mejor la mía.

Preguntó el precio. Regateó, por deporte.

Pagó. Mientras pagaba, nos contó, sin que nadie se lo preguntara, que su yerno era un flojo pero que la niña estaba contenta, y que ella prefería un yerno flojo y vivo a uno estupendo y muerto, que para maridos muertos ya había tenido de sobra con Paco.

Marisa le dio la razón en todo. Yo, desde mi rincón, pensé que aquella viuda entendía más de maridos muertos que muertos tenía yo en la conciencia, y eso que no eran pocos.

Y antes de salir, ya en la puerta, se volvió y me señaló a mí, que seguía en mi rincón con cara de entierro:

—Oiga, ¿y usted no se anima con nada? Con esa percha, un vestido bien cortado le haría un favor.

—Ya llevo uno —dije—. Lo que pasa es que no se ve.

Se fue tan contenta como había venido. La campanilla volvió a sonar. Y Marisa y yo nos quedamos otra vez solas, con la conversación donde la habíamos dejado. Eso tienen las conversaciones importantes: que las viudas las interrumpen, pero no las borran.

—No lo vas a quemar —dijo Marisa. No era una pregunta.

—No.

—Por orgullo.

—Por orgullo. Y porque le debo a ese hombre saber si tengo derecho a matarlo. Brindé con él. Eso, según mi abuela, ya me obliga a algo.

—Tu abuela —dijo Marisa, y meneó la cabeza— brindó con muchos, y a ninguno se le murió por accidente, porque tu abuela sabía una cosa que a ti se te ha olvidado.

La regla no es no brindar por educación.

La regla es no brindar porque, en cuanto una brinda, empieza a ver al muerto como a una persona, y a una persona no se la mata con la cabeza fría.

Tu abuela no brindaba para no encariñarse.

Tú has brindado dos veces. Ya te has encariñado.

Y una asesina encariñada, Olivia, no es una asesina con dudas: es un cadáver que todavía no lo sabe.

Marisa me miró un buen rato. Y luego hizo lo que hace la familia de verdad cuando no puede pararte: te avisa, y te deja ir.

—Está bien. Tú sabrás. Pero que conste que te lo he dicho. Y grábate una cosa más, Olivia: cuando un encargo entra por la puerta de una muerta, no es la muerta la que llama. Es alguien que sabía que esa muerta te abriría la puerta. Alguien que te conoce a ti muy bien. Piénsalo.

Lo pensé. Pero no lo suficiente. Nunca lo suficiente.

Mi teoría, la que me dejaba seguir adelante, era la más simple del mundo: una clienta con miedo y con prisa, que se había colado por el nombre de una muerta porque no tenía otra manera de llegar hasta mí.

La gente desesperada hace cosas así. No me paré a pensar en la otra teoría, en la de Marisa. Todavía no.

Salí a Chamberí de noche. No llovía —nunca llueve cuando a una le vendría bien un poco de dramatismo— y las calles estaban en ese punto en que Madrid se queda medio vacío pero no del todo: un bar echando el cierre, un camarero apilando sillas en la acera, dos hombres discutiendo de fútbol con más cariño que rabia.

Caminé sin rumbo, que es como camino cuando pienso. Y pensé en la pregunta. En la que llevaba años sin hacerme y que aquella noche, con lo de la muerta y lo del brindis, se me plantó delante y no me dejó pasar de largo.

Yo siempre me había dicho que mataba porque era justo.

Que mi código era ético: solo intocables, solo con pruebas, nunca por dinero.

Que yo no era una asesina, sino una especie de última instancia para las mujeres a las que el sistema les negaba la primera.

Me lo había creído toda la vida. Era una historia bonita, y me dejaba dormir.

Pero aquella noche, por primera vez, me hice la otra pregunta. La fea. La que llevaba veinte años sin atreverme a formular en mi propio idioma.

¿Mato porque es justo, o mato porque se me da bien?

¿Elijo a hombres que lo merecen para poder hacer, con la conciencia tranquila, lo único que sé hacer de verdad? ¿Es mi código una brújula, o es la coartada más elegante que me he cosido nunca, un vestido de justicia para no tener que verme desnuda haciendo lo que hago?

No me contesté. Hay preguntas que una no debe contestar deprisa, y aquélla, además, no tenía respuesta buena: las dos me dejaban en un sitio muy feo.

Pasé por delante del bar cerrado, el camarero me deseó buenas noches por costumbre, y pensé que ojalá todo fuera tan sencillo como echar el cierre y bajar la persiana.

Fue entonces cuando me vibró el móvil. El de trabajo. El que casi nadie tiene.

Un número desconocido. Un mensaje corto.

«¿A qué espera? La boda es el sábado. haber si se decide de una vez.»

Lo leí dos veces. Y lo que se me quedó, Dios me perdone, no fue la amenaza, ni la prisa, ni que un número desconocido tuviera el teléfono que solo tiene la gente de Marisa. Lo que se me quedó fue la falta de ortografía. «Haber si.» Con hache. Cuando era «a ver», con uve de ver.

Deformación profesional. Una lee lo que hay escrito, no lo que debería estar. Corregí el mensaje en mi cabeza, igual que corrijo los menús y las cartas de amenaza, y no até el cabo que tenía delante de las narices, porque los cabos, cuando le tocan a una demasiado de cerca, son los últimos que ata.

Guardé el teléfono. La boda era el sábado. Y yo seguía sin saber si iba camino de una boda o de un asesinato. Ni, a aquellas alturas, cuál de las dos cosas me daba más miedo.