8. Preparativos
Preparativos
«El veneno, como el perfume: que nadie note que lo llevas puesto.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
Organizar una boda y organizar un asesinato se parecen más de lo que la gente cree.
Las mismas listas interminables, los mismos proveedores que te fallan, los mismos nervios de última hora, la misma señora llorando en un cuarto de baño.
La única diferencia es de una persona. Y aquella semana yo era, en las dos ceremonias a la vez, la persona que sobraba.
Faltaban cinco días para la boda de Cayetana Urquijo, y la finca se había convertido en un manicomio con vistas a las viñas. Yo iba y venía por él con mi cuaderno y mi cara de estar por encima del caos, que es la mitad de mi trabajo. La otra mitad no la voy a contar todavía.
Aunque una parte, la que sí toca contar, es que yo trabajaba en aquella boda con la cabeza partida en dos.
Con una mitad ponía flores y sentaba a suegras.
Con la otra medía a un hombre para una muerte de la que ya no estaba segura.
Nunca había trabajado así, con las dos manos en cosas contrarias.
Descubrí que se puede. Descubrí, de hecho, que se me daba bien, y eso fue lo que más me inquietó de toda la semana.
Entre unas cosas y otras, aquellos días vi de todo.
Vi a una organizadora de bodas de Madrid llorar en el office porque los Urquijo se negaban en redondo a poner un photocall.
Vi a Hugo probarse el chaqué y preguntar, muy en serio, si podía llevar zapatillas debajo, que total nadie se iba a enterar.
Vi discutir dos horas sobre si el primer baile debía ser un vals o «algo más moderno», discusión que ganó Gonzalo sin estar siquiera presente, como ganaba todas.
Una boda de ricos es la única guerra del mundo en la que todos los bandos tienen razón y ninguno cede, y la única víctima segura es el sentido común.
El lunes fue la prueba del menú, y fue una batalla campal con manteles de hilo.
El chef, un chico con tatuajes que Bibiana había importado de Madrid a precio de tenor, iba sacando platos con nombres que no cabían en una carta: «esfera de», «aire de», «tierra de».
Eduardo Mendaro los probaba con cara de sospecha, como quien teme que le cobren aparte cada palabra.
El chico presentaba cada plato con un sermón.
La «esfera de aceituna» era «un homenaje deconstruido a la memoria del aperitivo».
Hugo, el novio, lo escuchaba con la boca ligeramente abierta y decía «qué bueno» a todo, incluido un plato que resultó ser el pan.
Cayetana no probaba casi nada, y cuando el chef anunció, muy solemne, un «aire de mar», ella preguntó, con esa mala uva educada que era lo único suyo que su padre no había conseguido apagar, si el aire de mar iba a llenar a doscientos invitados o si convenía tener bocadillos escondidos en la carpa por si acaso.
El chef se ofendió. Bibiana medió. Yo tomé nota de que la única que decía verdades en aquella mesa era la novia, y de que a las novias que dicen verdades conviene vigilarlas, porque suelen ser las que menos aguantan.
—A ver, todo esto está muy bien —dijo, en cuanto llegó el cuarto «aire de»—, pero yo conozco a un chico, un catering de toda la vida, que por la mitad de precio te pone un solomillo que se corta con el tenedor y no te marea con tanta espuma. Si queréis, le pego un telefonazo.
Se hizo uno de esos silencios que en las familias bien valen más que un grito.
Todos sabían lo que era aquello. No era una sugerencia gastronómica: era un hombre arruinado intentando colar a un compadre para sacar una comisión, o para pagar en especie una deuda, o sencillamente para sentir que aún pintaba algo en la boda de su propio hijo.
Bibiana lo dejó terminar —siempre los dejaba terminar— y luego dijo, con una dulzura de bisturí:
—Qué generoso, Eduardo. Pero los Urquijo ya tenemos catering, y viña, y hasta manteles. Lo único que nos falta es que el novio esté guapo el día de la boda, y de eso te encargas tú de maravilla.
Le dio a Eduardo exactamente lo único que podía darle sin que le costara un céntimo: un papel. El de padre del novio. Eduardo se agarró a él como a un flotador.
Y en ese momento le sonó el móvil. Miró la pantalla. Se le fue el color de la cara medio segundo, el tiempo justo, y lo silenció con el pulgar sin cogerlo, y dijo, con una sonrisa que no engañó a nadie y menos a mí:
—El banco. Qué pesados, siempre queriendo venderte algo.
No querían venderle nada. Los bancos, cuando llaman tres veces seguidas a un hombre con los zapatos remendados, no llaman para vender.
Llaman para cobrar. Nadie dijo nada, que es lo que mejor se le da a la gente bien educada.
Yo apunté, en la lista de las cosas que no se apuntan, que Eduardo Mendaro se estaba ahogando.
Y que un hombre que se ahoga hace cosas raras.
En mi oficio, los que se ahogan son siempre los más impredecibles.
Mientras el mundo se peleaba por los canapés, yo hacía lo mío en los ratos muertos.
Preparé el clásico. No diré cómo; ya he dicho que hay recetas que una no deja por escrito.
Solo diré que no lleva prisa, que se hace con las manos quietas y la cabeza fría, y que, para cuando terminé, lo tenía todo listo en un neceser que cabía en un bolso de fiesta.
Lo raro no fue prepararlo. Lo raro fue prepararlo sin estar segura de que iba a usarlo.
Como quien cose un vestido para una boda a la que a lo mejor no piensa ir.
El martes estalló la guerra del vino, que yo veía venir desde el primer día.
Basilio, cuarenta años reinando en su bodega, contra el sumiller del catering: veintiocho años y una aplicación en el móvil para elegir los maridajes.
El chico llegó con una lista de pairings —dijo pairings, en inglés, delante de Basilio, que fue como decir una herejía en latín delante del Papa— y propuso servir un albariño con el cordero.
Un albariño. Con el cordero. En una casa que hace uno de los mejores tintos de la Ribera.
El sumiller del catering no lo dijo con maldad.
Lo dijo porque en su aplicación, al lado del cordero, aparecía un albariño, y él confiaba en la aplicación como otros confían en Dios, con esa fe ciega de quien no ha tenido que decidir nada solo en su vida.
Basilio lo miró como se mira a un niño que acaba de soltar una barbaridad en plena misa. Con pena, más que con rabia.
Basilio no gritó. Los hombres como Basilio no gritan: se ponen pálidos y educadísimos, que es mil veces más temible.
Cogió al chico del brazo con toda la cortesía del mundo, se lo llevó a la bodega «para enseñarle una cosa», y bajaron los dos.
No sé qué le mostró ni qué le dijo. Sé que el chico subió al cabo de veinte minutos, blanco, guardó la aplicación y a partir de entonces sirvió lo que Basilio le mandó servir, con la mansedumbre del converso.
Cuando le pregunté a Basilio qué había pasado ahí abajo, me contestó lo mismo que la primera tarde:
—Le enseñé lo que se guarda en esta casa, señora Ferrán. Nada más.
Y me sonrió. Y por un segundo volví a acordarme de que aquel hombre sabía demasiado de todo, y de que saber demasiado, en aquella casa, empezaba a parecerme un oficio de riesgo.
El miércoles llegó Nerea, y todo mejoró. Es lo peor que puedo escribir de ella, porque es la pura verdad.
La había llamado yo. La boda era un encargo oficial de mi academia, con su contrato y su factura, y a esas alturas yo sola no daba abasto: necesitaba a alguien que me sujetara el caos mientras yo me ocupaba de lo otro.
Nerea llegó en el autobús de las nueve con una maleta pequeña y esa calma suya que le baja a una habitación tres grados de tensión nada más entrar por la puerta.
Se instaló en el parador, en un cuarto dos puertas más allá del mío, y a la media hora ya estaba trabajando como si llevara allí toda la vida.
En dos horas se había ganado a la casa entera.
A Bibiana, resolviéndole un lío de confirmaciones que traía por la calle de la amargura a la secretaria.
A Cayetana, que por primera vez en semanas se encontró con alguien que la escuchaba sin corregirla.
Hasta a Basilio, que no se fía de nadie de ciudad, le cayó en gracia, porque Nerea le preguntó por una añada del 82 con el respeto exacto y él estuvo hablándole media hora.
La familia entera la adoptó en una tarde.
Y yo, que la conocía, la vi hacer y me sentí, por primera vez en toda aquella locura, acompañada.
La vi resolver, en una sola tarde, tres cosas que a mí me habrían costado tres días.
Cuando se estropeó una de las cámaras frigoríficas y el chef amenazó con un drama, ella ya tenía otra prestada de un restaurante del pueblo antes de que al chef se le pasara el berrinche.
Convenció a la tía madrina, la sorda de noventa años, de que su sitio junto al cura era un honor y no un castigo, gritándoselo al oído con una paciencia de estampita.
Y le hizo a Cayetana, sin que la novia se diera ni cuenta, la única pregunta que nadie le había hecho en toda la boda: qué quería ella.
Cayetana se quedó callada, como si no supiera la respuesta.
Nerea no insistió. Solo lo apuntó. Nerea lo apuntaba todo.
En algún momento me quitó de las manos, con suavidad, la carpeta más gorda.
—El inventario de alergias déjamelo a mí —dijo—. Lo actualizo, lo paso a limpio y se lo doy yo al catering. Tú tienes cosas más importantes en la cabeza.
Se lo agradecí. Claro que se lo agradecí.
Le di la carpeta con las alergias e intolerancias de trescientas personas —el gluten de la condesa, la gota del obispo, los catorce alimentos que el cuerpo de la influencer no reconocía como comida— y me quité un peso de encima, y pensé la suerte que tenía de haberla encontrado.
Esa noche volví a lo mío, en el parador, con la puerta cerrada.
Rematé lo que faltaba. Y me quedé un rato mirando el neceser cerrado encima de la cama, como se mira una carta que has escrito y no sabes si vas a echar al buzón.
Tenía el método. Tenía la casa medida. Me faltaba lo único que no me había faltado nunca: la certeza.
Un veneno sin certeza no es un arma. Es solo una duda con instrucciones.
El jueves, a la florista le dio un ataque de nervios porque las peonías —que en febrero hay que traer de importación y llegan cuando les da la gana— no habían llegado, y en su lugar venían rosas, y amenazó con marcharse dejando la boda sin flores.
Bibiana la escuchó llorar de principio a fin, le sirvió un vaso de agua y, en cinco minutos y sin levantar la voz, convirtió las rosas en «una declaración de intenciones muchísimo más elegante que las peonías, que están tan vistas».
La florista se marchó feliz, convencida de que las rosas habían sido idea suya.
Lo vi todo desde la puerta, con admiración profesional, y volví a pensar lo que pensaba cada vez que veía a Bibiana desactivar una catástrofe con aquella calma de quirófano: o esta mujer es la persona más buena que he conocido en mi vida, o es exactamente igual que yo.
Y seguía sin saber cuál de las dos, que en el fondo era la misma pregunta que me hacía sobre su marido, sobre aquella casa y, si me apuraban, sobre mí misma.
Volví al parador aquella noche molida, tarde, con los pies destrozados. Y supe que algo iba mal antes de encender la luz, porque esas cosas se notan como nota un perro una silla cambiada de sitio.
Encendí. No faltaba nada. Ése fue el problema. No faltaba absolutamente nada, y sin embargo todo estaba distinto.
Mi cuaderno de protocolo, que dejo siempre en diagonal sobre la mesa —manía mía, para saber de un vistazo si alguien lo ha tocado—, estaba paralelo al borde, perfecto, mejor colocado de como lo dejo yo.
Los zapatos, que me quito de cualquier manera y donde caen, estaban emparejados junto a la cama con la simetría de un escaparate.
La colcha, estirada sin una arruga. Alguien había entrado en mi cuarto, lo había registrado de arriba abajo y, al salir, en lugar de disimular el registro, lo había dejado más ordenado de como estaba.
No me dio miedo. Me indignó, que es peor y dura mucho más.
Que me registraran ya era un atrevimiento considerable.
Pero registrarme con buenos modales —hacerme la cama, emparejarme los zapatos, alinearme el cuaderno— era un mensaje, y el mensaje lo entendí a la primera, porque estaba escrito en mi propio idioma: alguien me estaba diciendo que sabía perfectamente quién era yo, y que no me tenía ni pizca de miedo.
Y había algo más, algo que me heló por dentro más que el registro: aquello lo había hecho una mano formada. Los dobleces, la simetría, el cuidado. Aquello no era un ladrón ni un curioso. Era alguien de los míos. Alguien que sabía estar. Alguien que conocía el protocolo tan bien como yo.
Hice, como es natural, una lista de sospechosos.
Salió larga como un menú de boda: la familia entera, el servicio, el catering con sus tatuajes y sus pairings, la florista de las peonías, medio pueblo que entraba y salía de la finca aquellos días, cualquiera del parador.
Repasé la lista dos veces antes de dormir.
En ninguna de las dos se me ocurrió apuntar el único nombre que importaba.