7. La segunda copa
La segunda copa
«Dos copas con la víctima no son un error: son una amistad. Y las amistades se pagan.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
Las reglas de verdad no se rompen de golpe. Se rompen a plazos, como se paga un abrigo caro, sin que una llegue a notar el momento exacto en que ya no puede devolverlo.
La primera copa con Gonzalo había sido un desliz que me pasé una noche entera reprochándome delante de un espejo. La segunda fue peor, porque la segunda ya no fue un desliz: fue aceptar una invitación sabiendo perfectamente lo que aceptaba.
Volví a la finca de noche, tres días más tarde, con la excusa de repasar no sé qué del banquete.
Excusa mía; a él no le hacía falta ninguna.
Me esperaba en la puerta de la bodega con dos copas vacías y una botella sin etiqueta en la mano, y esa cara del que ha decidido contar algo y ha bebido lo justo para atreverse.
Basilio no estaba. Era su noche libre, me dijo Gonzalo, y por primera vez desde que yo conocía la casa la bodega se había quedado sin su guardián. Lo apunté, porque de esas cosas me fijo. Aquella noche, en el corazón de la casa, no había más testigo que el vino.
Yo había estado en bodegas más grandes y en confesionarios más pequeños, y aquella noche la bodega era las dos cosas a la vez.
Un hombre que te baja a lo más hondo de su casa para enseñarte su peor vino no te está seduciendo.
Te está enseñando una herida. Y las heridas, en mi oficio, son bastante más peligrosas que las camas.
Bajamos. Trece grados, la penumbra, las botellas durmiendo en lo oscuro. Gonzalo puso las dos copas sobre un tonel y descorchó él mismo la botella, con la torpeza del hombre que no está acostumbrado a hacerse las cosas solo.
—Es de mi boda —dijo—. El vino que hicimos Elvira y yo el primer año, con nuestras manos, medio en broma, porque ella quería ver cómo era aquello.
Salieron doce botellas malísimas. —Sirvió—.
Ésta es la última. Llevo doce años sin abrir ninguna.
Las guardaba para… no sé para qué. Para hoy, a lo mejor.
No dije nada. Hay silencios que valen más que cualquier pésame de los que enseño en mi libro, y aquél era uno.
Doce botellas malísimas, once ya bebidas o tiradas, y aquella última guardada doce años en lo oscuro, a trece grados.
Un vino así no es un líquido: es una fecha embotellada, la de un hombre que fue feliz y ya no existe.
Y la abría, de todas las personas del mundo, precisamente la mujer que había ido a matarlo.
Si algo se le da bien a la vida es el mal gusto para las coincidencias.
Levantó su copa. No brindó por nada en voz alta; solo la alzó un poco, hacia mí y hacia la botella, hacia los dos, y esperó.
En mi cabeza, clarísima, mi abuela dijo lo que me dijo mil veces. Nunca brindes con la víctima. Y por segunda vez en una semana, la mandé callar.
Choqué mi copa con la suya. El vino estaba, en efecto, malísimo: áspero, sin hacer, con sabor a entusiasmo de aficionado y a doce años de espera. Fue el mejor vino que he probado en mi vida, y no lo digo por el vino.
Y entonces habló de ella.
No lloró. Que quede claro, porque importa: no lloró ni una sola vez. La culpa de los hombres como Gonzalo es seca; no moja. Se cuenta con la voz plana del que hace inventario de un naufragio años después, cuando ya no queda nada que rescatar y solo se cuentan los restos por llevar la cuenta.
—Me casé enamorado —dijo—. Se lo juro. Y no sé en qué momento empecé a quererla como se quiere una viña: cuidándola tanto que dejé de dejarla crecer.
Le decía adónde ir, y era por su bien. Le elegía yo las amistades, y era por su bien.
Le llevaba las cuentas, los médicos, los horarios, todo por su bien.
—Bebió—. Yo la fui apagando, señora Ferrán, y lo llamaba cuidarla.
Y lo peor no es que lo hiciera. Lo peor es que me lo creía.
—Al principio ella se reía —siguió—. Me llamaba «mi carcelero de guante blanco», como una broma, ¿entiende?
Y yo me reía con ella, encantado, porque hasta en eso tenía razón: era de guante blanco.
Nunca le levanté la voz. Nunca le levanté la mano.
No hizo falta. Un hombre puede encerrar a una mujer sin tocarla, solo cerrándole puertas muy despacio, una cada año, con mucho cariño, hasta que un día la pobre se da cuenta de que lleva media vida viviendo en un pasillo cada vez más estrecho y ya no recuerda cuándo fue la última vez que hubo una habitación.
—Bebió—. Para entonces yo ya no era su marido.
Era el aire que respiraba. Y del aire no se divorcia una.
Yo pensé, sin querer, en Cayetana y en un cuarteto de cuerda que se había vuelto solo al cajón del que salió.
Pensé que a los hombres así no se les escapa nadie.
Y pensé, por primera vez, que a lo mejor a Elvira sí se le había escapado, de la única manera en que se puede escapar de un hombre que se ha convertido en el aire: dejando de respirar.
Aquí es donde yo tenía que trabajar, y trabajé. Hice lo que sé hacer: preguntar como si me interesara el protocolo del dolor, cuando lo que me interesaba era saber si había matado a su mujer. Le pregunté, con voz de dar el pésame, de qué había muerto.
—Del corazón, dicen los papeles. —Giró la copa por el pie—.
Yo no estaba. Estaba aquí abajo, peleándome con una añada que no me salía, en vez de subir a cenar con ella.
Cuando subí, ya estaba. —Una pausa—. A veces pienso que uno no se muere del corazón.
Que se muere de lo que le van haciendo, despacito, durante años, y que el corazón solo pone la fecha al final, para que quede bonito en la esquela.
«Yo no estaba.» Lo apunté en la cabeza, en la lista que no se enseña.
Un inocente no dice «yo no estaba» a la primera; lo dice cuando lleva doce años ensayando la frase para el día en que alguien pregunte.
Pero un hombre destrozado por no haber estado tampoco sabe decir otra cosa, porque no haber estado es justo lo que no se perdona.
La misma frase, otra vez, valía para las dos personas que cabían en aquel hombre. Empezaba a odiar aquella bodega.
Yo escuchaba con dos oídos. Con uno oía a un viudo roto confesando que había sido un mal marido.
Con el otro oía a un hombre que sabía exactamente dónde había estado la noche en que su mujer murió, y que tenía una respuesta preparada y triste para cuando alguien preguntase.
Las dos cosas cabían enteras en cada palabra que decía.
Ése es el problema de los hombres bien educados: dicen la verdad y la mentira con la misma voz bonita, y una, que vive de las voces, no sabe distinguir cuál es cuál.
En veinte años yo había aprendido a separar a los mentirosos de los sinceros, y me pagaban bien por hacerlo en tres frases.
Gonzalo era el primer hombre que me servía las dos lecturas en la misma frase —a propósito o sin querer, ésa era otra— y me tenía a mí, que nunca dudo de lo que veo, dudando de todo lo que estaba viendo.
Eso también es un dato. Un hombre capaz de aquello o era inocente de una manera muy complicada, o era el asesino más fino que se me había puesto nunca por delante.
Insistí. Con guante, pero insistí, porque un buen pésame también hace preguntas, y las mías tenían doble fondo.
—¿Y no se lo vio venir nadie? ¿Un médico, la familia, alguien?
—Nadie ve nada, señora Ferrán, cuando todo se hace con buenos modales.
—Y ahí me miró de una manera que todavía no he sabido descifrar—.
Usted eso lo sabe mejor que yo. Usted se gana la vida con ello: con que las cosas terribles ocurran delante de la gente sin que la gente vea nada.
Elvira se apagó a la vista de todos, en una casa llena de servicio, y nadie movió un dedo, porque por fuera no había nada que ver.
Solo un matrimonio ejemplar y una mujer cada día más callada.
Aquello me lo dijo a mí. Y me lo dijo como si supiera. No podía saber. Pero lo dijo como si supiera, y me quedé con la copa a medio camino de la boca.
Le pregunté —protocolo, siempre protocolo— cómo lo había llevado. Si le había costado.
—Lo peor no fue la pena —dijo, y bajó la voz, no para que no lo oyera nadie, porque no había nadie, sino porque hay cosas que no se dicen en alto ni estando solo—.
Lo peor fue que, cuando me dijeron que había muerto, lo primero que sentí, antes que la pena, antes que nada, fue alivio.
Un alivio enorme. Como cuando por fin dejas en el suelo una maleta que llevas cargando kilómetros sin haberte dado cuenta de lo que pesaba.
—Me miró por primera vez en todo el rato—.
Y con eso no se puede vivir. Con haber sentido alivio, no. Eso no se plancha.
No supo lo que había dicho. Yo sí. «Eso no se plancha» era una frase de mi abuela, palabra por palabra, y él la había soltado sin saberlo, y por un segundo me pareció que la bodega entera se volvía a mirarme.
—¿Por qué me cuenta usted todo esto? —le pregunté al fin, porque también aquélla era una pregunta de asesina—. No me conoce de nada.
—Precisamente por eso —dijo—. A la gente que me conoce no puedo contárselo: me quieren demasiado o me temen demasiado, y en las dos cosas hay mentira.
Usted no me quiere ni me teme. Usted me mira como se mira una cuenta que hay que cuadrar.
—Sonrió sin ganas—. Es lo más honrado que me pasa desde hace años.
Da gusto que a uno lo miren sin cariño. El cariño perdona demasiado.
No contesté. Porque tenía razón, y porque la cuenta que yo estaba cuadrando era, exactamente, la de su muerte, y él acababa de darme las gracias por ello sin saberlo.
Salí de allí sin saber nada. Y saber es mi oficio.
No sabía si había pasado dos horas con un asesino que se había fabricado la mejor coartada del mundo —la del hombre roto, la de la culpa poética, la del alivio confesado para que suene a arrepentimiento— o con un pobre diablo que había querido mal a su mujer y llevaba doce años pagándolo a solas en una bodega fría.
No sabía si el alivio era el de un verdugo o el de un preso.
Y no saber, para mí, es la peor forma que existe de estar desnuda.
Yo he matado a hombres de los que no sabía casi nada, y he dormido bien.
El oficio no exige que conozcas al muerto; a veces exige lo contrario.
Pero nunca había matado a un hombre del que supiera tanto y entendiera tan poco.
Gonzalo me había dado dos horas, un vino imposible y una confesión que ni él sabía qué confesaba, y con todo aquello encima yo tenía menos claro que al principio si el hombre merecía morir.
Y mi trabajo, mi único trabajo, era tenerlo clarísimo.
Lo único que sabía con certeza era que había brindado dos veces con él. Que la regla de mi abuela ya no estaba rota: estaba pulverizada, hecha polvo, imposible de recomponer. Y que un polvo así no se barre. Se respira.
Aquella noche hice algo que no había hecho en veinte años de oficio. Ni una sola vez, en veinte años, con ningún encargo, por retorcido que fuera. Decidí esperar.
No por bondad. Que nadie se confunda: no fue un ataque de conciencia ni un rapto de humanidad.
Fue un fallo. Un profesional no espera; un profesional, cuando tiene el trabajo delante y el método a punto, ejecuta y se va.
Esperar es de aficionados, es de gente que duda, es de gente como yo había empezado a ser sin darme ni cuenta.
Me dije que esperaba para verificar, que necesitaba estar segura antes de servirle a un hombre lo que había ido a servirle.
Y era verdad. Pero debajo de esa verdad había otra que no me gustaba nada: que ya no quería hacerlo, y que andaba buscándole una excusa profesional a una cobardía personal.
El método estaba listo. La casa, medida.
La ocasión, servida en bandeja: una bodega, sin testigos, un vino ya en el cuerpo.
No iba a volver a tener una noche tan limpia.
Y la dejé pasar. En mi oficio, dejar pasar una noche limpia es la clase de error que no se paga con dinero. Se paga con lo que vino después.
Mi abuela no esperó jamás. Mi abuela miraba, decidía y servía, en ese orden y sin pausas. Yo miré, y en lugar de decidir, aplacé. Es la diferencia entre las dos. Es, en realidad, la única diferencia que hubo nunca.
Subí de la bodega y salí de la casa por el pasillo largo, el del aseo de invitados.
La luz del botiquín estaba encendida.
Había alguien dentro, de espaldas, repasando las baldas con una linterna pequeña y apuntando algo en una libreta. No le vi la cara. Cerré la puerta de la finca sin hacer ruido y me marché al parador.
Alguien más, en aquella casa, estaba haciendo inventario.