6. El cajón de abajo
El cajón de abajo
«No investigues lo que prefieres no saber; y precisamente por eso, investígalo.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
Mi abuela no dudó jamás. Ni una sola vez, con ninguno de sus muertos, en toda su larga vida. Yo dudo a todas horas. Es la única diferencia importante entre las dos, y con el tiempo he entendido que era la que me iba a salir cara.
Aquella semana empecé a dudar del encargo, que es lo peor que le puede pasar a una en mi oficio.
Volví a Madrid con el dossier envuelto en papel de seda y, en lugar de ponerme a trabajar, me puse a comprobar.
Diligencia debida, lo llaman los abogados.
Yo lo llamo buscarle las costuras a la tela antes de cortarla.
Tengo mis maneras de comprobar a la gente, y no son las de la policía, que necesita permisos.
Yo tengo a Marisa, que tiene a otras, que tienen acceso a registros, a hemerotecas y a la memoria larga de un país donde todo el mundo conoce a alguien que conoce a alguien.
En dos días supe de Gonzalo Urquijo más de lo que sabía su médico.
Y en esos mismos dos días supe también lo que no encajaba.
Le busqué las costuras. Y las tenía.
La primera: la hermana de Gonzalo, mi clienta, no existía en ningún papel que yo pudiera tocar, y puedo tocar bastantes.
No en los registros que consulta una persona normal, ni en los otros.
Una mujer sin rastro no es imposible —hay quien se borra a conciencia, y yo sé algo de eso—, pero es raro. Y lo raro se apunta.
La segunda estaba en la esquela de Elvira.
La había mirado en la mercería sin mirarla, como se miran los muertos ajenos.
Ahora la miré con la lupa que reservo para lo que no cuadra.
La foto no era de estudio: la habían recortado de otra más grande, de una comida o de una fiesta, y aún se le veía a Elvira medio hombro de alguien al lado.
En la foto estaba viva, riéndose de algo que quedaba fuera del encuadre.
Y al fondo, borroso, había una cosa que no supe identificar y en la que me quedé más rato del debido.
No sabría explicar qué me chirriaba. Solo que aquella foto no parecía la de una mujer que llevaba doce años muerta.
Parecía más nueva. El peinado, la luz, no sé decir el qué.
Mi ojo, que de esto entiende, se quedó pegado a ella como se queda la lengua en una muela picada, buscando el punto exacto que duele sin dar con él.
No di con él. Lo dejé. Fue un error, pero para entonces yo ya me había acostumbrado a dejar las cosas a medio mirar.
Dos costuras. Y cualquiera de las dos, tirando con ganas, podía llevarme a un sitio incómodo: a que el encargo no fuera lo que parecía, a que la clienta no fuera quien decía ser, a que —solo a lo mejor— el hombre al que iba a matar no fuera del todo el hombre que me habían vendido.
Un profesional que ve dos costuras así o deshace el traje o cierra los ojos.
No hay término medio, por mucho que a una le guste creer que sí.
Mi abuela habría cortado la tela sin pensarlo. Amparo no le buscaba las costuras a nada. Amparo miraba a un hombre, decidía y ejecutaba, con la misma serenidad con que planchaba una sábana. Nunca la vi dudar. La vi hacer muchas cosas. Dudar, jamás.
Yo tenía trece años la primera vez que entendí a qué se dedicaba mi abuela, además de a enseñar a las señoras de Valladolid a coger bien la taza.
Fue una tarde de plancha. En casa de mi abuela se planchaba mucho; decía que una casa se conoce por sus dobleces, y que el alma también. Yo le iba pasando las prendas y ella me las devolvía perfectas, sin una arruga, mientras me contaba cosas que ninguna otra abuela contaba.
En su casa todo estaba en orden y todo tenía dos usos.
El azúcar y lo que no era azúcar, en tarros iguales, cada uno en su balda, y ay de mí como los confundiera.
Las visitas la adoraban: no había en Valladolid mejor anfitriona, ni manos más finas para un dulce, ni casa más limpia.
Enterró a dos maridos con la ciudad entera dándole el pésame y ofreciéndose a lo que hiciera falta.
A los dos les hizo falta lo mismo, y nadie se enteró jamás de nada.
Ésa era mi abuela: el luto más elegante de la provincia, repetido con puntualidad.
Me enseñaba a planchar y a esperar, que según ella eran la misma cosa.
Y me enseñaba lo otro: a servir una mesa, a llevar un luto, a decir «cuánto lo siento» de doce maneras distintas y que solo una de las doce fuera verdad.
Yo creía que me estaba enseñando a ser una señora.
Me estaba enseñando a ser lo que soy. En mi familia, la diferencia siempre ha sido muy pequeña.
Aquella tarde me contó lo del obispo.
Había sido muchos años antes, en la posguerra, cuando ella era joven y el hambre mandaba más que la ley.
Su hermana pequeña —una tía abuela a la que no llegué a conocer— había tenido una criatura sin marido, que en aquellos años era el peor delito que podía cometer una mujer: peor que robar, y casi peor que rezar mal.
El niño «se puso malito» y desapareció en una de esas casas de caridad de las que no volvía nadie, y a la madre le dijeron que había sido voluntad de Dios.
La voluntad de Dios tenía firma y sello, y la firma era la de un obispo de muy buena mesa y mejor bodega.
Mi tía abuela no volvió a ser la misma. Se fue apagando despacio, sin ruido, como se apagan las mujeres a las que les quitan lo suyo con papeles en regla. Tardó unos cuantos años en morirse del todo.
Yo no la conocí, pero en casa de mi abuela había una foto suya, de antes: riéndose, con la criatura en brazos, un día en que todavía se podía reír.
De después no había ninguna. De después no hay fotos: nadie retrata a una mujer que se está apagando.
Mi abuela la tuvo toda la vida encima de la cómoda, a la vista, no escondida.
La ponía ahí, creo, para acordarse de por qué a algunos hay que ayudarles a morir.
No para dudar. Mi abuela no ponía cosas para dudar.
Mi abuela esperó. Ésa era su virtud: la paciencia.
Esperó a que a nadie le extrañara ya nada, y entonces, en una de aquellas comidas benéficas que el obispo presidía con la panza por delante, le sirvió lo que había que servirle.
El obispo murió esa misma noche, en su cama, de un empacho de santidad.
Lo enterraron con palio y medio Valladolid lo lloró.
Le pusieron su nombre a una calle. Todavía existe. Mi abuela pasaba por ella del brazo del de los ultramarinos, sin cambiarse de acera, y decía que era la única calle de la ciudad que alguien se había ganado a pulso.
—¿Y a ti no te dio miedo? —le pregunté yo, con trece años y la plancha en la mano.
—¿Miedo de qué? —Cogió la sábana que yo acababa de doblar mal y la volvió a doblar bien—. Miedo tiene que darte lo que no está bien hecho, Olivia. Lo demás son remordimientos, que es otra cosa, y los remordimientos son para la gente que no está segura.
—Nosotras no matamos, Olivia —añadió, y es lo único que me dijo aquella tarde en lo que no le he hecho caso—. Nosotras corregimos lo que Dios se ha dejado sin corregir. Y a Dios hay que ayudarle poco y bien, no vaya a acostumbrarse.
Le pregunté si nunca, ni siquiera aquella noche, mientras el obispo se moría y ella volvía a casa, había dudado un momento.
Me miró como se mira a una niña a la que le queda mucho por aprender, que es como me miró toda la vida.
—Cuando volví a casa aquella noche —dijo—, planché.
Tenía una cesta esperando y la saqué entera antes de acostarme.
Y dormí de un tirón. —Puso la plancha de pie para que no quemara la tabla—.
Los modales, Olivia, no son para gustar.
Eso métetelo en la cabeza y no lo olvides nunca.
Los modales son para que no te vean venir.
Una señora que sabe estar entra en cualquier sitio, hace lo que tenga que hacer y sale dando las gracias, y nadie, jamás, sospecha de ella.
La buena educación es la mejor coartada que se ha inventado.
Mejor que una coartada, porque no hay que fabricarla: se lleva puesta.
Yo tenía trece años. Guardé aquella frase como se guarda una joya heredada, sin saber todavía que las joyas heredadas pesan, y que a veces con ellas te entierran.
Mi abuela murió a los noventa y uno, en su cama, con la conciencia tan planchada como sus sábanas.
No dejó rastro. Me dejó a mí, y un oficio, y una regla de oro.
Y una cosa que yo no supe heredar: la certeza.
La de no dudar nunca. Ésa se la llevó consigo.
A mí me tocó la versión defectuosa del don, la que viene con dudas de fábrica.
Con la cabeza todavía en la tabla de plancha de mi abuela, volví a la academia. Era jueves; tocaban las chicas de veintipocos y una clase sobre cómo se rechaza una invitación sin fabricarse un enemigo.
Nerea me tenía el café hecho y la clase preparada. Mientras me pasaba las carpetas, me preguntó, con esa naturalidad suya:
—¿Qué tal el viaje a la Ribera? ¿Muy pesada la familia?
Se lo conté por encima —la boda, los doscientos invitados, el consuegro arruinado—, y con lo del consuegro se rió.
No había nada que explicar en su pregunta.
La Ribera estaba en la agenda; la agenda la llevaba ella; y una asistente que no preguntara por el trabajo que ella misma me había apuntado sería una mala asistente, y Nerea era la mejor que había tenido nunca.
Le contesté como se le contesta a alguien de confianza, pasé a la clase y no le di ni media vuelta a aquello, porque no había ni media vuelta que darle.
Aquella noche, sola en el despacho, saqué el dossier otra vez. Las dos costuras seguían donde las había dejado: la hermana sin rastro, la foto que no cuadraba. Y tenía que decidir.
Podía devolver el encargo. Marisa me lo habría aceptado sin preguntar; el protocolo existe para eso.
Podía tirar del hilo de la foto hasta el fondo: viajar, comprobar, deshacer la tela entera si hacía falta.
Era exactamente lo que mandaba la regla que yo misma me había escrito años atrás, en una noche que todavía no toca contar.
No investigues lo que prefieres no saber, y precisamente por eso, investígalo.
No lo hice. Me dije que las pruebas de fondo eran sólidas —yo misma había visto al carcelero con mis propios ojos, cenando, sonriendo, emparedando a su hija con un diminutivo—. Me dije que dos costuras no deshacen un traje. Me dije que llevaba veinte años en esto y que no me había equivocado nunca.
Eso último no era verdad. Y yo lo sabía. Por eso, en cuanto lo pensé, la mano se me fue sola al cajón de abajo.
El archivador de mi despacho tiene cuatro cajones. En los tres de arriba guardo lo que se puede enseñar: los contratos de la academia, las facturas, los originales de mis libros. En el de abajo guardo una sola carpeta, y no la abro nunca.
Puse la mano en el tirador. Frío, de metal, con esa resistencia que ofrecen los cajones que llevan mucho tiempo cerrados y que no es del riel, sino de una misma.
Tiré un dedo. Un centímetro. Se veía el borde de la carpeta, el color de la carpeta, y nada más.
Con un dedo más, con dos, la habría tenido en la mano.
Habría leído lo que escribí hace seis años con la letra que me sale cuando estoy segura, y lo que no me atreví a añadir un año después con la letra que me sale cuando no.
No hacía falta abrirla para saber lo que había dentro; lo que no sabía —lo que llevaba seis años sin querer saber— era si lo de dentro seguía siendo verdad.
Dentro había un nombre —Andrade— y todo lo que fui capaz de averiguar hace seis años, y todo lo que decidí no averiguar después, cuando un año más tarde me llegó, sin buscarla, una noticia pequeña: que la viuda de Andrade se había vuelto a casar.
Una noticia de nada. Una noticia que, si tiras del hilo, deja de ser de nada.
No tiré. Empujé el cajón hasta que hizo clic y me quedé un rato con la mano encima, notándolo cerrado, como se nota una puerta que una misma ha condenado y de la que, sin embargo, sigue teniendo la llave.
Luego apagué la luz del despacho, guardé el dossier de Gonzalo en el cajón de arriba, en el de las cosas que se enseñan, y me fui a casa a no dormir.
Mi abuela habría dormido de un tirón. Pero mi abuela nunca dejaba una cesta de plancha a medias. Y yo, aquella noche, ya tenía dos.