Manual de buenos modales para asesinas 5. Vega Sicilia
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5. Vega Sicilia

Vega Sicilia

«Nunca brindes con la víctima.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

De todas las reglas que me enseñó mi abuela, la más corta era la más seria: nunca brindes con la víctima. La rompí un jueves, con un Vega Sicilia del noventa y seis y toda la premeditación del mundo, que es la única manera en que yo hago las cosas.

Gonzalo me había invitado a cenar «para cerrar los vinos de la boda», que era una excusa tan honrada como la mía para estar en aquella casa.

Cenamos los dos solos, y no en el comedor grande, sino en uno pequeño, junto a la cocina, lo cual ya era un mensaje: el comedor grande es para impresionar; el pequeño, para conversar.

Un hombre que sabe la diferencia es un hombre al que hay que temer.

Yo iba a lo mío, que era mirar. Cómo se movía por su casa, cómo cogía la copa, dónde ponía las manos cuando no hablaba.

La cena era un capítulo más del inventario, me dije.

Trabajo. Pura observación. Con el tiempo he aprendido que, cuando una tiene que repetirse tanto que algo es trabajo, es porque ha empezado a no serlo.

Basilio abrió el vino con la ceremonia de un cirujano y la devoción de un monaguillo.

Lo descorchó sin ruido, olió el corcho, sirvió un dedo, esperó.

Cuando Gonzalo aprobó con los ojos, sirvió las dos copas y se retiró a su bodega como quien deja a dos personas a solas con algo sagrado.

Antes de salir me miró un segundo de más.

Aquel hombre lo veía todo. Pero de eso ya he hablado.

Gonzalo levantó su copa.

—Por las mujeres que hacen bien su trabajo —dijo—. Que son las únicas que me han dado miedo en la vida.

Y aquí es donde debería contar que no me quedó más remedio.

Sería mentira. Me quedaban tres o cuatro remedios, y me los sé todos: la sonrisa que lleva la copa a los labios sin llegar a chocarla, el brindis que se desvía hacia la mesa entera, el «yo apenas bebo» que no ofende a nadie.

Llevo veinte años enseñándole a la gente a esquivar copas con elegancia.

Habría podido no brindar sin que se notara.

Choqué mi copa con la suya. El cristal sonó, limpio, una nota fina que se quedó flotando en el comedor pequeño más rato del que dura un sonido.

Y en esa nota, si aguzo el oído, todavía oigo a mi abuela decir lo que me dijo mil veces y lo que aquel jueves decidí, por primera vez en mi vida, desobedecer.

Bebí. Estaba buenísimo. Eso tampoco ayudó.

Me dije que había brindado para no levantar sospechas.

Que rechazar el brindis de un anfitrión es la clase de grosería que se recuerda, y que una asesina no puede permitirse que la recuerden.

Todo aquello era verdad. Y todo aquello era mentira, porque yo sé desviar un brindis de quince maneras sin que nadie se ofenda, y aquella noche no usé ninguna.

La verdad era más simple y menos decente, y yo no estaba dispuesta a mirarla de frente. Todavía no.

Lo que vino después fue la mejor conversación que había tenido en años. Y me cuesta escribirlo, porque era con un hombre al que me habían pagado por matar.

Hablamos del vino, primero. Me explicó por qué aquel Vega Sicilia se había pasado diez años en madera y otros tantos en botella, esperando su turno, «que el vino bueno es sobre todo paciencia, señora Ferrán, como casi todo lo que merece la pena».

Me habló de la tierra, del frío, de aquel año en que se le heló la cosecha entera —el mismo que me había contado junto al coche— y de cómo aprendió que a la viña se la acompaña, no se la manda.

Yo, que llevo la vida desconfiando de los hombres que dicen «acompañar» cuando quieren decir «poseer», tomé nota.

Pero escuchaba. Era imposible no escucharle.

Le pregunté si no le desesperaba hacer un vino que a lo mejor no llegaría a beber. Me miró como se mira a quien ha dicho por fin algo que merece la pena.

—Yo no hago vino para bebérmelo —dijo—. Lo hago para dejarlo. Un bodeguero piensa en muertos, señora Ferrán: en los que plantaron las cepas que yo vendimio y en los que beberán las que yo planto. Es el único oficio en el que la muerte propia no es una interrupción, sino parte del plan.

No contesté enseguida. Yo también tengo un oficio en el que la muerte forma parte del plan. No le dije cuál.

Me contó, para reírse de sí mismo, la historia de un crítico famoso al que una vez le sirvió, sin avisarle, su peor barrica al lado de su mejor añada, por ver si notaba la diferencia.

El crítico alabó las dos por igual y le dedicó una página entera a la mala.

«Desde entonces le tengo cariño a ese hombre —dijo Gonzalo—.

Me demostró que la mitad de lo que cobramos por saber es teatro.

» Un hombre que se ríe de su propio gremio es un hombre difícil de no querer.

Tomé nota de eso también, y no en la libreta buena.

Retomamos la discusión del coche, la de los pésames. Él seguía pensando que mi capítulo era deshonesto; yo seguía pensando que él confundía la honestidad con la incontinencia.

—Usted le enseña a la gente a no sentir en los funerales —dijo.

—Le enseño a no montar su propio drama encima del ataúd de otro —contesté—. El dolor ajeno no es un escenario.

—O es el único escenario donde algunos se atreven a actuar de verdad.

Tenía respuesta para todo, y las respuestas eran buenas. Discutir con él era como jugar contra alguien que te devuelve todas las bolas: agotador y adictivo. Me hacía reír. Un hombre que te hace reír mientras habláis de la muerte tiene algo, y ese algo casi nunca es bueno, pero se agradece igual.

Y de ahí saltamos, como saltan las buenas conversaciones, a lo mío. A los modales.

—Usted vive de enseñar máscaras —me dijo, no como reproche, sino como quien constata el tiempo que hace—. Le enseña a la gente a parecer lo que no es.

—Le enseño a comportarse mejor de lo que es —contesté—. Que es lo más parecido a ser bueno que está al alcance de casi cualquiera. La virtud es carísima. Los modales los paga todo el mundo.

Se rió con ganas, una risa de barriga que en un hombre tan medido era casi una indiscreción.

—Es usted lo más cínico y lo más piadoso que he oído nunca en la misma frase —dijo, y por cómo lo dijo supe que era el mayor cumplido de su repertorio, y que no lo repartía a menudo.

Y me gustó. No él: el cumplido. O eso me dije.

Y en algún momento, sin que yo lo buscara, apareció Elvira.

No la nombró con pena de viudo de manual. La nombró con naturalidad, que es peor, porque la naturalidad no se ensaya.

—Elvira tenía el mejor paladar que he conocido —dijo, girando la copa por el pie—.

Cataba a ciegas y no fallaba una. Yo hacía el vino y ella me decía la verdad, que es lo más difícil de encontrar dentro de una casa.

—Bebió—. La conocí en una vendimia, pisando uva, con los bajos del vestido morados y una risa que no le pegaba con lo seria que era.

Le habría caído a usted bien. Era de las que dicen las cosas a la cara. En esta familia ya quedamos pocos.

Lo dijo mirando el vino y no a mí, que es como se dicen las verdades que duelen.

Y durante un segundo aquel hombre no fue el monstruo del dossier.

Fue un viudo hablando de una mujer a la que echaba de menos.

Los dos no cabían en la misma silla y, sin embargo, estaban los dos sentados enfrente de mí, en el mismo hombre, bebiendo el mismo vino.

Debí desconfiar entonces. No de él. Del dossier.

Porque el papel que me habían dado en la mercería describía a un hombre plano: un carcelero, un apagador de mujeres, un culpable de una sola pieza.

Y los hombres de una sola pieza no existen.

Existen los dossieres de una sola pieza, que es distinto, y que a veces los escribe alguien que necesita que creas una cosa, y solo una.

Fue un pensamiento de un segundo. Lo aparté.

Tenía trabajo, y el trabajo no admite dudas a media cena.

Pero se quedó ahí, como un hilo suelto que una no acaba de decidirse a cortar.

Y entonces entró Cayetana.

Traía una carpeta contra el pecho y esa manera de entrar de quien ha aprendido a pedir perdón por ocupar espacio en su propia casa.

—Papá, perdona que os interrumpa. Es por la música. Había pensado que... en vez de la orquesta, un cuarteto. Algo más pequeño. Más nuestro. Si te parece.

Gonzalo dejó la copa. Sonrió. Fue una sonrisa preciosa, de padre que adora a su hija, y lo que dijo lo dijo con toda la ternura del mundo:

—Me parece precioso, cariño. Un cuarteto. —Un segundo—. Lo hablamos con Bibiana y lo vemos con calma, ¿vale? Que estas cosas, con doscientos invitados, es mejor no decidirlas con el corazón.

Cayetana sonrió, dijo «claro, sí, con calma» y se fue con su carpeta y su cuarteto de vuelta al cajón del que los había sacado.

Hay que saber mirar para ver lo que acababa de ocurrir, y yo sé mirar.

En cuatro segundos y sin levantar la voz, aquel hombre le había dicho a su hija de veintinueve años cuatro cosas.

Que su idea era «preciosa» —es decir, una monada, una cosa de niños—.

Que no se decidía, se «vería». Que se vería con Bibiana, la madrastra, y no con ella, la novia.

Y que preferir un cuarteto era «decidir con el corazón», o sea, con esa parte tonta que en las mujeres hay que vigilar.

Todo ello envuelto en un «cariño» y una sonrisa que hacían imposible protestar.

Porque ¿de qué iba a quejarse Cayetana? ¿De que su padre la había llamado preciosa?

Cualquiera que lo contase quedaría de desagradecida.

Ésa es la violencia que a mí me interesa, y de la que nadie habla porque no deja marca.

No hay hematoma que enseñarle a un juez.

No hay grito que grabar. Hay una sonrisa, un diminutivo y un silencio colocado en el sitio exacto, y con eso se tiene a una persona en un puño toda una vida sin que la pobre pueda señalar jamás el momento en que le apretaron.

Yo enseño esa violencia por las mañanas, y cobro por ella.

La reconocí en Gonzalo como se reconoce la propia letra.

Y me dio un frío que no me había dado ninguno de sus vinos.

Y sin embargo, ahí estaba: el carcelero exacto que me habían prometido, portándose como un carcelero justo en el momento en que a mí me convenía verlo.

En mi oficio, cuando un hombre te confirma que merece morir en el momento oportuno, no te alegras.

Desconfías. De él no. De lo fácil que te lo está poniendo.

Pero de esa desconfianza tampoco quise saber nada aquella noche, y con el tiempo he aprendido que las noches en que no quieres saber son justo las que deberías apuntar.

Porque entonces, sin transición, sin una sombra, Gonzalo se volvió hacia mí y siguió siendo encantador.

—Le decía que el problema del vino joven es la prisa —continuó, como si su hija no acabara de salir emparedada por una sonrisa—. La prisa, señora Ferrán, es la falta de modales de nuestro tiempo.

Y lo peor no fue la grieta. Lo peor fue la facilidad.

La grieta se cerró sola, sin esfuerzo, sin costarle nada, porque para él no había pasado nada: había querido a su hija, la había corregido con dulzura y había vuelto al vino.

Un hombre capaz de hacer eso sin despeinarse da mucho más miedo que uno que grita.

Los que gritan, por lo menos, saben que están haciendo daño.

Me marché temprano. No dormí en la casa; nunca duermo en la casa del trabajo.

Volví al parador del pueblo, uno de esos con manta de cuadros y crucifijo sobre la cama, y me metí en la ducha más caliente que fui capaz de aguantar, a ver si se me iba de encima algo que ya no era el frío de Gonzalo, sino otra cosa, mía, que aún no me atrevía a nombrar.

Cuando salí, el espejo estaba empañado. Y sin pensarlo, con el dedo, escribí sobre el vaho las cuatro palabras de mi abuela. Nunca brindes con la víctima.

Me quedé mirándolas hasta que empezaron a llorar hacia abajo y a deshacerse, como se deshace todo lo que se escribe en el vaho de un espejo.

Estaba furiosa. Y lo peor es que, si alguien me hubiera preguntado aquella noche con quién estaba furiosa, habría contestado que conmigo, tan tranquila, y no habría sido verdad del todo.

Pero eso tardé en saberlo. Aquella noche solo sabía dos cosas: que había brindado con un muerto que todavía respiraba, y que me había gustado el vino.