2. La mercería
La mercería
«Desconfía de todo encargo que llegue con faltas de ortografía.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
Un dedal rojo quiere decir «ven». No lleva nota, porque las notas se guardan, y todo lo que se guarda acaba, un día, en las manos de quien no debe.
Así que a la mañana siguiente cerré la academia antes de hora, dejé a Nerea cuadrando la caja y cogí el metro hasta Chamberí.
Nerea llevaba mi agenda entera menos aquella dirección.
Aquella dirección no estaba en ninguna agenda, ni lo iba a estar.
La mercería se llamaba La Perfecta, y a Marisa le divertía el nombre precisamente porque nada lo es, y menos un botón.
Olía a lo que huelen las mercerías, que es a tiempo parado: a cartón, a algodón, a la cera con que se encera el hilo grueso.
Cajones hasta el techo, cada uno con su muestra grapada por fuera.
Madejas ordenadas por color, del blanco novia al negro viuda, que en el fondo son la misma clienta con doce años de diferencia.
Y detrás del mostrador, Marisa: sesenta y siete años, unas gafas de leer colgadas de una cadena y las manos pesando lentejuelas en una balanza de latón, como si aún estuviera tras el otro mostrador que tuvo, el de la farmacia, donde también se pesaban cosas pequeñas que le cambiaban la vida a la gente.
—Tarde vienes —dijo, sin levantar la vista de la balanza.
—Vengo cuando cierro. No todas hemos tenido la suerte de jubilarnos.
—Yo no me jubilé. Cambié de veneno. —Dejó la pesa en su sitio—. Este da menos disgustos y peor margen.
Marisa sacó de debajo del mostrador un cuaderno de tapas de hule, de los de apuntar la compra, y lo abrió por una página cubierta de números y nombres de tela. Pasó el dedo por un renglón.
—Lo de Ávila está saldado —dijo—. El género salió bueno. La clienta ha pagado el resto y encima ha mandado flores. No hacía falta.
—Ya lo sé. Las recibí.
—Pues cuenta cerrada. —Tiró una raya bajo el renglón con una regla de madera, porque Marisa lo tacha todo con regla—. En este oficio no aguanto más que una cosa: una cuenta a medias. Las cuentas a medias son las que un día se ponen a hablar.
Marisa nunca hablaba de justicia. Le daba grima la palabra, como a otras les da grima una carrera en la media.
Lo suyo era más modesto y, según ella, más útil: decía que no arreglaba el mundo, que desatascaba cañerías.
Que el mundo estaba lleno de hombres a los que la ley no iba a tocar jamás, atascados en la vida de otras personas como un pelo en un desagüe, y que, ya que alguien iba a quitarlos de en medio con o sin su bendición, más valía que se hiciera bien, en silencio y pagando lo que costaba.
No lo decía con gusto. Lo decía como se dice una verdad incómoda que llevas tantos años repitiendo que ya ni te oyes. Yo la creía. Casi siempre la creía.
Hay quien se imagina que un negocio así funciona con móviles de usar y tirar y contraseñas de película.
Funciona con esto: un cuaderno de hule, una regla de madera y una mujer que en cuarenta años no ha fiado ni un carrete.
Las normas de la casa eran cuatro y no habían cambiado nunca.
Nadie llegaba a mí desde la calle: todo encargo entraba recomendado por una clienta anterior, y por una sola.
Se comprobaba tres veces. Se cobraba a plazos, como un buen abrigo.
Y a la clienta no se le veía la cara jamás, si ella no quería, que casi nunca quería, porque quien paga por una muerte con aspecto de natural prefiere no llevar luego, cosida a la memoria, una cara que reconocer en la cola del pan.
Cada una de mis clientas había sido, antes que clienta, una mujer que entró aquí a comprar un carrete y se quedó más rato del que un carrete justifica.
Así crece esto: como crece una costura, un punto tirando del siguiente, sin que se vea el hilo por el derecho.
Marisa no preguntaba nunca el nombre verdadero de nadie.
Preguntaba por el hilo: quién la mandaba, y quién había mandado a esa.
Si el hilo llegaba entero hasta una clienta que ella misma conociera, había trato.
Si el hilo se rompía por algún sitio, no lo había, por mucho dinero que asomara por el roto.
«El dinero no cose —decía—. El dinero solo paga la aguja. »
Iba a preguntarle por el dedal cuando sonó la campanilla.
Entró una señora con un bolsón de lona y esa determinación de las viudas que han descubierto tarde el gusto de no consultarle nada a nadie.
La conocía de vista: la del principal de enfrente, que desde que enterró al marido aparecía cada quince días con una avería nueva, como quien se busca compañía en las averías.
—Marisa, hija, vengo desesperada —anunció, y volcó el bolsón sobre el mostrador.
Cayeron tres pantalones de caballero, planchados con raya—.
Las cremalleras. Las tres, estropeadas. Y son pantalones buenos, de mi Paco, que en gloria esté, que se los quiero dar a mi yerno antes de que engorde más y ya no le entren.
—A ver esos dientes —dijo Marisa, y cogió una cremallera entre dos dedos, con precisión de farmacéutica. A partir de ahí habló con las dos a la vez, y solo yo llevaba la cuenta de a quién le tocaba cada frase.
—El diente está bien —le dijo a la viuda—. Es el cursor, que se abre solo. Pasa con el uso. —Y a mí, sin cambiar el tono ni la cara—: Ha entrado tela nueva. De caballero. De la cara, de la que ya no se encuentra.
—¿Y eso tiene arreglo? —preguntó la viuda.
—Todo tiene arreglo, si una tiene paciencia y el repuesto justo. —A mí—: La trae recomendada una clienta que dice ser hermana del dueño.
—Yo es que a mi Paco nunca le duraban —terció la viuda—. Cremallera que le ponía, cremallera que reventaba a los dos meses. Tenía un genio para romper las cosas, el hombre.
—Los hay así —dijo Marisa, midiendo un trozo de cinta contra el pantalón—.
Rompen sin querer y rompen queriendo, y por fuera no hay manera de distinguirlo.
—A mí, mientras cortaba—: Con esta tela habrá que ir con tiento.
Doce años lleva doblada en un cajón. La que lleva tanto guardada, cuando la sacas, o aguanta como el primer día o se te deshace entre los dedos. No tiene término medio.
—Pues la de mi Paco, ya ve, tiesa como el día que la compré —dijo la viuda, orgullosa a partes iguales de la tela y del difunto.
—¡Ay, menos mal! —La viuda se llevó la mano al pecho—. Con lo que costaron en su día.
—Costar, cuesta —dijo Marisa, y esta vez la frase valía para las dos, que es la marca del oficio—.
El género bueno siempre cuesta, y se paga antes de tocarlo.
Los remordimientos, señora, como las cremalleras: se pagan por adelantado.
Si esperas a que revienten del todo, ya no hay repuesto que valga.
La viuda asintió, encantada con la sabiduría, sin sospechar que le había caído encima una que no era para ella. Yo me entretuve mirando un cajón de botones para no reírme.
Marisa le apuntó las tres cremalleras en el cuaderno de hule —en la página de delante, la que sí se enseña— y le dijo que pasara el jueves.
La viuda recogió los pantalones de su Paco con el mismo cuidado con que se recoge a un difunto y se marchó tan contenta como había venido, que en su caso ya era bastante.
Marisa echó el pestillo, dio la vuelta al cartelito de la puerta y me hizo pasar al cuarto de atrás, que era donde se guardaba el género que no estaba a la venta.
Sobre la mesa de cortar había una carpeta. Dentro, la tela.
Un hombre. Gonzalo Urquijo. Sesenta y un años en las fotos, y de los que llevan bien los sesenta y uno: bodeguero de la Ribera, de esos apellidos que salen en las revistas del vino y en las de la otra cosa, la de las bodas y las cacerías.
Recortes: Gonzalo brindando en una feria, Gonzalo estrechándole la mano a un consejero, Gonzalo con esa cara de hombre a quien nunca, en toda su vida, le ha ocurrido nada que no haya decidido él que le ocurriera.
Un intocable de manual. En este país, a un hombre así no lo rozan ni la ley ni el escándalo: se muere de viejo y con homenaje, y le ponen su nombre a una calle.
En uno de los recortes lo entrevistaban sobre la añada del año.
Hablaba del vino como hablan de sus mujeres los hombres que se creen buenos con las dos cosas: con ternura de propietario.
«A una viña hay que saber contenerla —decía la cita, subrayada por la clienta con una raya de bolígrafo furiosa—: dejarla crecer lo justo, y ni un palmo más.
» Al margen, con la misma letra de la carta, la clienta había escrito una sola palabra. «Elvira.»
Debajo, una esquela con doce años encima. Elvira Urquijo. Una foto en blanco y negro: una mujer de cuarenta y tantos que miraba a la cámara como si supiera algo que los demás aún no. «Entregó su alma a Dios», decía, que es la fórmula que se usa cuando conviene cerrar una puerta y echarle la llave.
—La primera mujer —dijo Marisa—. Murió hace doce años. Los papeles dicen que del corazón. La clienta dice que del marido.
Miré la foto un buen rato. La mujer tenía esa serenidad rara de quien ya ha decidido algo y todavía no lo ha hecho. Pero eso lo pienso ahora. Aquel día solo vi a una muerta más, bien peinada para la posteridad.
—¿Y por qué ahora? —pregunté—. Doce años son mucho luto.
Marisa no contestó a eso. Nunca contesta a los porqués; solo a los cuántos.
—La recomendación ha venido por el canal viejo —dijo, y lo soltó como quien nombra una calle por la que hace tiempo que no pasa—. Hacía años que no entraba nada por ahí. Por eso lo he comprobado las tres veces de siempre y una cuarta. Cuadra.
Guardé el dato donde guardo lo que no encaja pero tampoco chirría: en un cajón entreabierto, por si acaso.
Después cogí la carta de la clienta. Manuscrita, con buena letra de colegio de monjas, en un papel de los que ya no se gastan.
Contaba, con dolor de hermana, lo que ningún dossier sabe contar: que Gonzalo había ido apagando a Elvira hasta apagarla del todo, que nadie de la familia había querido ver nada, que ella no podía morirse dejando aquello sin poner en su sitio.
Me la creí de la primera línea a la última.
Menos una. A media página, la clienta había escrito: «haber si por fin alguien hace justicia».
Haber. Con hache. Cuando lo que quería decir era «a ver», con uve de ver, que es lo que se hace cuando una mira a ver si algo ocurre.
Lo corregí en mi cabeza sin querer, como corrijo las cartas de amenaza y las de los restaurantes caros, porque una es correctora hasta cuando no le pagan por serlo.
Una falta tonta. De señora culta que escribe deprisa y con rabia. No le di la menor importancia.
Ya se la daría.
—Antes de decirte que sí —le dije a Marisa, más para mí que para ella—, ya sabes cómo trabajo.
—Como una monja de clausura —dijo—. Con reglas para todo y para todos menos para ti.
Tengo tres. Solo tres, y me han mantenido viva y con la conciencia lo bastante lisa como para poder plancharla.
La primera: solo hombres a los que la ley no piensa tocar, porque para lo demás ya está la ley, que para algo la pagamos.
La segunda: solo con pruebas, nunca con sospechas; las sospechas son baratas y se equivocan más que aciertan.
La tercera: nunca por el dinero solo. El dinero es para vivir.
Matar es para otra cosa, y esa otra cosa conviene tenerla clara.
La segunda se me clavó un segundo, como una aguja que se queda en el dobladillo.
Pruebas. Hubo una vez —hace ya de esto— en que las pruebas eran buenas, y aun así.
Se llamaba Andrade. No pasé de ahí. Cerré el cajón antes de tocar el fondo, como llevaba años cerrándolo, y volví a mirar la tela que tenía delante, que se dejaba mirar mucho mejor que aquello.
Volví a los recortes. El más reciente anunciaba la boda de una hija de Gonzalo, prevista para dentro de unas semanas. Una boda es una casa abierta de par en par: entra medio mundo, y a nadie le extraña una cara nueva si llega con la excusa correcta. Ya tenía la puerta. Solo me faltaba el traje.
El dossier era impecable. Las fechas, las fotos, la carta rota por la falta y entera por el dolor: todo casaba como casa un patrón bien cortado, sin una arruga, sin un hilo suelto.
—Me lo quedo —dije.
Marisa cerró la carpeta y me la envolvió en papel de seda, igual que envolvía el género que sí se vendía en la parte de delante.
Y yo, que me gano la vida explicando que detrás de toda costura perfecta hay unas manos que se han dejado la vista, no me pregunté de quién eran aquellas.