Manual de buenos modales para asesinas 1. La conferencia
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Manual de buenos modales para asesinas

Manual de buenos modales para asesinas

Por Soledad Vives

© inepub.com

1. La conferencia

La conferencia

«Una señora no deja huellas. Ni en el cristal ni en la memoria.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

Un hombre que ha ganado mucho dinero muy deprisa se reconoce por cómo sostiene la copa: como si temiera que fueran a quitársela.

Aquella mañana tenía ochenta delante, en el salón de un hotel de Madrid con más lámparas que ventanas, y casi todos sostenían así la taza del café de bienvenida, agarrada por el cuerpo y no por el asa, con el meñique tieso de quien ha visto en alguna parte que eso es fino y no ha entendido que precisamente eso es lo que no lo es.

Gente importante. Gente que podía comprarme sin consultar el saldo.

Yo les cobraba cuatrocientos euros la butaca por enseñarles a parecer lo que el dinero, por sí solo, no compra.

Es un oficio más honrado de lo que suena, y desde luego más antiguo. La elegancia se ha vendido siempre a quien llega tarde a ella, que somos casi todos.

Reconocí a la clientela de un vistazo, porque leer una sala es lo primero que aprendí y lo último que olvidaré.

La señora de la tercera fila estrenaba unas perlas que aún llevaban puesto el susto del precio.

El caballero del fondo iba tan bien vestido que se le notaba el esfuerzo, y el esfuerzo es la única prenda que no se puede llevar con soltura.

Y en primera fila, un tipo de americana carísima y reloj de submarinista —de esos que resisten cuarenta metros bajo el agua en manos de alguien que jamás pasará de la orilla de una piscina— me miraba con el hambre exacta del recién llegado.

Lo había visto bajar de un coche que costaba más que la boda de su hija.

Lo llamaré el señor del reloj, porque su nombre ocupó tres semanas los periódicos económicos y no pienso darle aquí ese gusto.

—Los buenos modales —dije, para empezar por donde duele— no sirven para gustar. Eso es lo primero que hay que desaprender. Sirven para que no los vean a ustedes venir.

Risas. La risa nerviosa del que sospecha que le hablan a él. Es mi momento favorito de la mañana: cuando ochenta personas se ríen de una frase que, dicha en serio, las asustaría.

—Miren cómo tienen cogida la taza —dije, y ochenta personas se miraron la mano como si acabara de aparecerles ahí—.

Ese meñique que se les ha quedado tieso en el aire, apuntando a nada.

Bájenlo. Nadie con la vida resuelta levanta el meñique; es un saludo militar a una elegancia que no existe.

El que tiene dinero de verdad coge la taza como cogería un pomo: sin pensar.

El que piensa cómo la coge es porque llegó ayer.

Medio salón bajó el meñique a la vez, con una obediencia que me habría enternecido de no llevar veinte años viéndola. El señor del reloj bajó el suyo el último, y se quedó mirándose la mano con rencor, como si le hubiera traicionado.

Levantó la mano antes de que yo diera turno, que es la primera falta de la lista. No se lo tuve en cuenta. A los hombres como él nadie les ha dicho nunca que esperen.

—Una pregunta práctica —dijo, y en su boca «práctica» sonó a la única clase de cosa que respeta—. En una cena de cierre, cuando por fin firmas la operación gorda. El brindis. ¿Cómo se hace un brindis que la gente recuerde?

Ochenta cabezas giraron hacia mí. Me tomé el tiempo que la respuesta merecía, que es siempre un poco más del que resulta cómodo.

—No se hace —dije.

Dejé que el silencio trabajara.

—El brindis que se recuerda es el del que necesitaba que lo recordaran.

Y necesitar que a uno lo recuerden, caballero, es la cosa menos elegante del mundo.

—Ahora sí, risa franca; hasta él se rió, sin saber de qué—.

La regla es sencilla. En una mesa, el que ha ganado de verdad es el que se marcha sin que nadie sepa decir a qué hora se fue.

La elegancia consiste en no dejar rastro.

Ni en la copa. Ni en la memoria de nadie.

Lo dije para ochenta personas y lo decía para una sola, que llevaba muerta muchos años y me lo había enseñado con esas mismas palabras, delante de una plancha.

Mi abuela Amparo tenía una única regla y me la repitió tantas veces que todavía la oigo cada vez que alguien levanta una copa en una habitación: nunca brindes con la víctima.

Enviudó dos veces, sin prisa y con provecho, ayudó a bien morir a un obispo que le había hecho un feo a su hermana, y se apagó a los noventa y uno en su propia cama, con la conciencia tan planchada como las sábanas de hilo que ella misma almidonaba los domingos.

No dejó rastro. Dejó una nieta. A veces pienso que fui su único descuido.

El martes de aquella misma semana había leído la esquela de un notario de Ávila.

Infarto, decía. A los sesenta y dos. Un hombre que no bebía, que comulgaba a diario, que tenía la tensión de un mozo.

En el mercado de Ávila lo comentaban entre el pescado y la fruta: qué cosa, tan sano, tan cabal, con lo bien que se cuidaba.

La gente sana que se muere de golpe da mucho de sí en los mercados de provincias.

Es curioso lo tranquila que deja a todo el mundo la palabra «infarto»; la aceptan como se acepta la lluvia, sin pedirle explicaciones.

Yo la había leído con el café en la mano y no había sentido gran cosa.

Un trabajo terminado no sabe a nada. Sabe, como mucho, a silencio.

Volví al atril. Les di lo que habían venido a comprar: a quién se presenta a quién y quién debe sentirse honrado por ello, por qué la servilleta no se dobla al terminar sino que se deja caer sin arte, dónde vive el cuchillo del pescado y por qué su lugar es una frontera de clase disfrazada de cubertería.

Les enseñé a decir «encantada» de doce maneras distintas, que van del afecto a la amenaza sin que se les mueva un músculo de la cara, porque la crueldad bien educada no necesita levantar la voz: le basta con la sonrisa correcta y el silencio en el sitio justo.

Menudencias. Menudencias que llevan siglos partiendo el mundo en dos y que ninguno de aquellos ochenta había mamado en casa, porque el que las mama en casa no viene a mis conferencias: nace sabiéndolas y te mira por encima del hombro en los bautizos.

Ahí está el chiste que nadie de la sala pilla nunca.

El protocolo es una alambrada. Se levantó para dejar fuera a gente como mi abuela, como yo, como la señora de las perlas asustadas.

Y una puede pasarse la vida golpeándose la frente contra la alambrada, o puede estudiarla tan a fondo que un día descubre que también sirve de cuchillo.

Yo cobro por enseñar lo primero. Lo segundo lo hago gratis, y de noche.

Al notario de Ávila lo enterró medio pueblo el jueves, con misa de réquiem y un sobrino leyendo un poema que no venía a cuento. No faltó nadie. Es lo que tiene morirse a tiempo y con decencia: que todos van, y que todos se van a casa con la agradable sensación de haber cumplido.

El descanso lo estropeó el hotel, como estropean los hoteles las cosas: sonriendo.

A mitad del café apareció un jefe de sala con esa expresión que en hostelería precede siempre a una catástrofe, y detrás de él, dos operarios cargando un arco de flores de plástico del tamaño de un portal.

Habían vendido el salón dos veces. A mí, hasta la una.

A una feria nupcial, desde las doce y media.

Ya empezaban a montar el photocall entre mis ochenta directivos, que contemplaban el arco de rosas de mentira con la misma cara con que se contempla un accidente que le ha tocado a otro.

Yo iba a decir algo. No me dio tiempo.

Nerea ya estaba en el centro de la sala, con el bolígrafo detrás de la oreja y la tablet contra el pecho como un escudo. Nerea es mi asistente, tiene veintiséis años y una calma que a veces me da un poco de miedo, del que conviene tener cerca. No levantó la voz. Nunca la levanta.

—El photocall va mejor en el vestíbulo norte, que tiene una luz que aquí no van ustedes a encontrar; salen ganando —le dijo al de la feria, y se lo dijo como quien hace un favor y no como quien da una orden, que es la única forma de que un hombre obedezca deprisa y encima lo agradezca—.

Los cafés se sirven en la sala Goya, que ya está avisada.

Y ustedes —a los operarios, casi sin mirarlos— el arco, por la puerta de servicio, hagan el favor, que por la principal no pasa y me lo van a rayar.

En cuatro minutos había desaparecido la feria, reaparecido el café y recuperado yo el atril, y los ochenta directivos estaban convencidos de que todo aquello formaba parte del espectáculo. El de la feria se marchó dándole las gracias. A ella. Por echarlo de su propia sala.

—Buen trabajo —le dije.

—He movido cuatro sillas y a un señor con complejo de novio —contestó, y me ordenó los papeles del atril sin que se lo pidiera—. El mérito es suyo, que los tiene ahí una hora oyendo hablar de tenedores y no se le ha dormido ninguno.

Se quitaba los méritos con la misma soltura con que otros se los cuelgan. Le tomé cariño aquella mañana, si es que no se lo tenía ya de antes. Es lo malo de la gente que trabaja bien: se te mete en casa por la puerta de la eficacia y un día descubres que ya no sabes vivir sin ella.

—¿De dónde la ha sacado usted? —me preguntó el señor del reloj en el pasillo, admirado, como quien pregunta el precio de una cosa.

—No la saqué de ningún sitio —dije—. Vino ella.

Era verdad, y era lo único de aquella mañana que no me apetecía mirar de cerca.

Aquella misma semana habían llegado a la academia unas flores.

Blancas. Sin tarjeta. Las recibió Nerea y me las dejó en el despacho sin preguntar, porque las flores blancas sin tarjeta no se preguntan.

Yo sabía de quién eran: de una señora de Ávila que aquella noche iba a dormir de un tirón por primera vez en catorce años, y que jamás, en lo que le quedara de vida, escribiría mi nombre en ningún papel.

Ni falta que hacía. Nos habíamos entendido sin conocernos, que es la única manera decente de entenderse en mi oficio.

No lo hago por el muerto, conste. Aunque no haya aquí nadie a quien deba constarle.

El muerto me trae sin cuidado; me lo traía antes y me lo trae después.

Lo hago por eso otro: por el silencio limpio que queda cuando una cosa se ha hecho bien y no se ve la costura por ninguna parte.

Como las flores. Como una buena esquela.

Una modista de verdad no presume del vestido: presume del dobladillo que nadie encontrará jamás.

La academia estaba en Chamberí, en un principal con molduras y demasiada luz, y de puertas afuera era la cosa más inofensiva del barrio.

Los martes, señoras que querían aprender a colocar una mesa de doce.

Los jueves, chicas de veintipocos a las que su primer sueldo bueno les había enseñado que no basta con pagar la cuenta de un restaurante caro: que además hay que saber estar dentro de él.

Enseñaba a coger el tenedor. Enseñaba a escribir una nota de pésame que no ofendiera al muerto ni al vivo.

Y algunas noches, muy de tarde en tarde, enseñaba otra cosa a nadie, porque esa asignatura no admite alumnas.

Nerea me llevaba la agenda de todo aquello —de la parte de día, se entiende— con una eficacia que me había ido dejando cada vez más horas libres para lo que no se apunta en ninguna agenda.

Al terminar, mientras recogíamos, Nerea repasaba la sala vacía con esa mirada de inventario que le sale sin querer.

—Que no quede ni una taza con carmín —dijo, retirando una de la mesa del fondo—. Ni un nombre en la hoja de firmas. Que no se acuerden ni de que hemos venido.

Me quedé un segundo con el abrigo a medio poner.

Ni en la taza. Ni en la memoria. En ese orden y con esa exactitud eran casi mis palabras —las de mi abuela, las de un cuaderno que hacía años que no existía—, y yo no se las había dicho a ella.

No así, desde luego. Pero una buena asistente termina pensando como su jefa; es lo que se le pide, y Nerea era la mejor que había tenido nunca.

Me abroché el abrigo y no volví a darle vueltas.

Una tiene por norma no dárselas a las coincidencias; para eso están.

Y aquella mañana, además, estaba de un humor excelente.

Guardé los papeles, la botella de agua, el carmín. Y al fondo del bolso, entre las llaves, los dedos toparon con algo pequeño y duro que no era mío.

Un dedal. Rojo.

Marisa no manda mensajes. Marisa los borda. Y un dedal rojo en el fondo de mi bolso significaba una sola cosa: que en algún despacho con buenas alfombras había un hombre que acababa de quedarse sin derecho a mis buenos modales.