Manual de buenos modales para asesinas 3. La finca
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3. La finca

La finca

«Preséntate siempre con tu nombre verdadero: nadie sospecha de la gente educada.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

Colarse en la casa de un hombre para matarlo cuesta, por lo común, semanas de paciencia y una identidad falsa que luego hay que descoser sin que quede una hebra. Con Gonzalo Urquijo me bastaron dos llamadas y mi propio nombre.

Ésa es la ventaja de haber escrito el libro de etiqueta más vendido de España.

Se titula La elegancia no se improvisa , que es una broma privada que solo entiendo yo, y ha conseguido que media clase alta del país crea que necesita mi bendición para casar bien a sus hijas.

La primera llamada la hice a una marquesa viuda a la que años atrás le resolví un funeral con dos embajadas enfrentadas y el mismo pésame servido a las dos.

La segunda la recibí yo, dos días más tarde, de parte de la familia Urquijo: que si la señora Ferrán tendría la inmensa bondad de asesorar el protocolo de una boda importante en la Ribera.

Tuve la inmensa bondad. Me pagaron la mitad por adelantado. Es lo que tiene la gente bien educada: te abre la puerta, te ofrece un café y te paga por venir a enterrarla.

No usé nombre falso. La regla es ésa, y la aprendí pronto: preséntate con el tuyo, que de la gente educada no sospecha nadie.

Un nombre inventado es una costura que tarde o temprano se descose.

El verdadero, en cambio, va cosido a la mejor tapadera del mundo: mil personas convencidas de que soy incapaz de matar una mosca sin preguntar antes por qué lado se le sirve.

La finca estaba a dos horas de Madrid, al final de un camino de viñas alineadas como soldados de un ejército que no pierde nunca.

La casa era de piedra, grande sin gritarlo, de las que llevan cuatro generaciones apellidándose igual.

No me detendré en describirla: yo no miro las casas como las mira un invitado.

Las miro como las mira quien va a tener que moverse por ellas de noche.

Así que, mientras una chica de servicio me acompañaba adentro, fui levantando el plano que me importa.

Una cocina grande al fondo, con dos puertas, que es una de más.

Un pasillo largo con un botiquín de pared junto al aseo de invitados, de esos que en las casas viejas guardan más medicinas que tiritas.

La escalera principal, de madera, que crujía en el tercer peldaño.

A la izquierda, cerrado, el despacho del dueño.

Y abajo, por otra escalera más estrecha y más fría, la bodega, que en aquella casa no era adorno: era el corazón, y latía a trece grados.

Un buen sitio. Ordenado. La clase de casa donde una muerte, bien puesta, no desentona.

No era la primera vez que me sentaba a organizarle a alguien la fiesta en la misma casa donde pensaba organizarle, más adelante, lo otro.

Una se acostumbra a todo, hasta a repartir tarjetas de sitio en un comedor que ya ha medido para cosas que no se ponen en la tarjeta.

Lo raro no es hacerlo. Lo raro es lo poco raro que se te hace.

Fui sola. Nerea se quedó en Madrid, con la academia; esta parte del trabajo no lleva ayudante, y hay puertas por las que una entra sin testigos aunque sean de fiar.

Me esperaban en el salón, alrededor de una mesa camilla con el servicio de café ya dispuesto. Una reunión de boda es, en este país, un campo de minas donde cada bando finge que no hay guerra. Los conté de un vistazo y me puse a leerlos, que es lo único que sé hacer sin que se me note.

La que llevaba la casa era Bibiana, la segunda mujer de Gonzalo y madrastra de la novia, unos doce años más joven que su marido.

Servía el café con una economía de gestos que no admitía un temblor: ni una gota en el plato, ni un tintineo de sobra.

Mientras los demás hablaban, alargó dos dedos y enderezó, sin mirarla, una cucharilla que se había desviado un milímetro del borde de su plato.

Lo hizo como quien respira. Una serenidad de ese calibre, en mi experiencia, es una de dos cosas: inocencia absoluta o ensayo general. No supe cuál, y me fastidió no saberlo.

—Nos tiene usted en sus manos, señora Ferrán —dijo, y sonrió con una boca que llevaba años sonriéndole a gente que no le caía bien—. Yo de bodas sé lo justo. De todo lo demás, me temo que también.

La novia, Cayetana, tenía veintinueve años y la espalda muy recta de quien se la enderezaron a base de «así no se sienta una señorita».

No tocó el café. Lo que hizo, mientras su padre todavía no había llegado y su nombre flotaba sobre la mesa, fue coger el cuchillo y el tenedor de postre —que nadie usaba, porque no había postre— y cruzarlos despacio sobre el plato, en la posición exacta de «no he terminado».

Los descruzó. Los volvió a cruzar. Era un tic.

Y era un tic de una precisión que no se aprende siendo feliz: la de una niña criada para hablar por la mesa, porque por la boca no la dejaban.

—Mi padre llega enseguida —dijo cuando alguien preguntó por él, con una cortesía tan pulida que cortaba—. Papá nunca llega tarde. Llega cuando ya no puedes empezar sin él.

No se rió nadie. El novio le puso una mano en el brazo, de esas manos que se ponen para calmar y solo consiguen tapar.

Entre Bibiana y Cayetana había una cortesía de dos mujeres que se tratan de usted por dentro.

No se llevaban mal. Se llevaban con cuidado, que es distinto y peor.

Bibiana le había servido el café sin preguntarle cómo lo tomaba, porque lo sabía; Cayetana no lo tocó, pero se lo agradeció sin sonreír, porque también lo sabía.

Doce años bajo el mismo techo cabían enteros en cómo una le acercaba el azucarero a la otra.

Se llamaba Hugo, el novio, y era encantador en el sentido más inútil de la palabra: guapo, cordial, incapaz de sostener una esquina. Estaba de acuerdo con todo el mundo, lo cual, en una mesa donde nadie estaba de acuerdo con nadie, lo convertía en el único que no servía para nada.

—A mí lo que decidáis me parece bien —dijo, y lo dijo tres veces aquella tarde, cada vez con más alivio, como quien suelta un peso que en realidad nunca ha llegado a cargar.

Su padre era otro cantar. Eduardo Mendaro, el consuegro, olía a las dos cosas que no casan: a colonia cara y a ruina reciente.

Llevaba un traje excelente de hacía tres temporadas y unos zapatos remendados que no acababa del todo de disimular.

Cuando la chica ofreció vino, Eduardo pidió «del bueno, faltaría más, que una boda así es una vez en la vida», y mientras se lo servían le echó al vaso una mirada de reojo, rapidísima: la del que calcula lo que cuesta cada cosa que finge no calcular.

—Aquí no se repara en gastos —le anunció a la mesa—. Mi Hugo se casa como Dios manda o no se casa.

Le sonó el móvil en el bolsillo. Lo miró de reojo, igual que había mirado el vino, y lo silenció con el pulgar sin sacarlo, con una prisa que quería pasar por descuido.

Volvió a sonar un minuto después. Volvió a silenciarlo.

Nadie dijo nada, que es lo que mejor se le da a la gente educada cuando otro se está ahogando delante: mirar el café.

Hubo, entre otras, una escaramuza por el vino que todavía me hace gracia.

Eduardo propuso, con mucho tacto, traer él «a un amigo que se dedica, y que nos haría un precio de risa».

Proponerle a un Urquijo poner en su propia boda un vino que no sea el suyo es como ofrecerle al mar que traiga su propia agua.

Bibiana lo dejó hablar hasta el final —eso hay que reconocérselo: dejaba a la gente terminar de cavar— y luego dijo, dulcísima: «Qué detalle, Eduardo.

Lo tendremos en cuenta.» Que en su boca quería decir jamás, con toda la cortesía del diccionario.

Porque una reunión de boda no va de la boda.

Va de quién manda. Durante dos horas asistí a la función.

Bibiana proponía y todos aceptaban, que es como mandan las que mandan de verdad.

Cayetana convertía cada decisión sobre su propia boda en una batalla que perdía con elegancia, porque su padre, aun sin estar presente, las ganaba todas: había pedido una boda pequeña, y nadie le había dicho que no; sencillamente la boda tenía ya doscientos invitados y una carpa, y a nadie le constaba haberlo decidido.

Y Eduardo Mendaro libraba su guerra particular, que era la de colar en la lista a un montón de gente importante que había dejado de devolverle las llamadas.

Quería trescientos invitados. Podía pagar, calculé, unos cuarenta.

«La familia del novio es corta pero selecta», dijo, que es lo que se dice cuando la familia del novio no puede pagarse ni el autobús.

Yo tomaba notas y repartía la única mercancía que vendo: a quién sentar junto a quién para que la pobreza de unos y el dinero de otros no llegaran a rozarse en toda la noche. Es lo que hago. Coso separaciones. Que cada cual se crea, durante un banquete, exactamente lo que necesita creerse.

Me pidieron, además, que resolviera lo insoluble: dónde sentar a la madrina, una tía de Gonzalo de noventa años, sorda como una tapia y con la lengua muy suelta, capaz de preguntarle a cualquiera, a voces y en mitad del banquete, cuánto ganaba al año.

La senté junto al cura, que es el único sitio del mundo donde una pregunta así se queda sin respuesta y sin ofensa. Me pagaron la tarde solo por eso.

Y entonces llegó Gonzalo.

No hizo ninguna entrada. Ésa es la cuestión: no le hacía falta.

Cruzó el salón sin prisa, con una copa que ya traía de otro sitio, y la habitación entera se recolocó a su alrededor como la limadura al imán, sin que él moviera un dedo para conseguirlo.

Bibiana se irguió un poco. Cayetana descruzó los cubiertos y no volvió a tocarlos en toda la tarde.

Eduardo se puso derecho. Hasta Hugo, por un momento, pareció alguien.

Lo había visto en fotos, brindando en ferias con esa cara de no haberle pasado nunca nada que no quisiera.

En persona era peor, porque en persona funcionaba.

—Perdón por el retraso —dijo, y le hizo a su hija una media reverencia de guasa—. Cayetana os habrá contado que llego tarde a propósito. Tiene razón en casi todo, mi hija. Es lo malo de haberla criado yo.

Tuvo gracia. Se rieron todos, hasta Cayetana, con una risa que le costó lo suyo.

Y ahí, en ese chiste que se reía de sí mismo mientras clavaba a su hija a la silla, entendí por qué a un hombre así no le pone nadie la mano encima jamás: porque te desarma antes de que te des cuenta de que ibas armada.

Al terminar la reunión —dos horas de guerra de flores, listas e insultos con guante—, Gonzalo se ofreció a acompañarme al coche. Le dije que no hacía falta. Vino igual. Los hombres como él vienen igual.

Fuimos despacio por el camino de las viñas. De la boda hablamos tres minutos; de todo lo demás, media hora. Resultó que había leído mi libro. No como lo lee quien quiere presumir, sino de verdad, con desacuerdos.

—Su capítulo sobre los pésames me parece deshonesto —me dijo, tan tranquilo—. Enseña usted a consolar sin sentir nada. A quedar bien en el peor momento del otro.

—Enseño a no añadir mi torpeza al dolor ajeno —dije—. Que es lo más generoso que puede hacer un torpe.

—O lo más cómodo que puede hacer un cobarde.

Me reí. No la risa de trabajo, la que tengo ensayada para los señores del reloj.

Me reí de verdad, con ganas, porque hacía años que nadie me llevaba la contraria con puntería.

Discutimos de la muerte y de las formas, del vino y de por qué se decanta, de si la elegancia es una virtud o una coartada.

Él defendía lo segundo, y lo defendía mejor que yo.

Escuchaba las respuestas, que es lo que casi nadie hace.

Me habló de su padre, y de su abuelo, y de una vendimia de hace cuarenta años en la que se le heló todo y aprendió que a la tierra no se le grita.

Era divertido. Era inteligente. Era, y esto es lo peor que puedo decir de un hombre al que me habían pagado por matar, buena compañía.

Y en algún momento, junto al coche, con la tarde cayéndose sobre las viñas, dijo lo que dicen los hombres que saben con exactitud el efecto que hacen:

—Es usted la primera persona en mucho tiempo que no me tiene miedo, señora Ferrán. No sabe cuánto se lo agradezco. Da un trabajo tremendo dar miedo sin querer.

Me volví a reír. Y mientras me reía, con la llave del coche ya en la mano, pensé una cosa muy fea y muy nítida, con la voz de mi abuela sonando al fondo, la única que nunca se calla.

Estaba brindando con la víctima. Sin copa, pero brindando.

Mala señal.