10 — Resolución del caso leblanc
Una semana… y unos días después.
—¿Cassandra LeBlanc… de Von Richter? —leyó Patricia Montenegro por tercera vez en la solicitud de empleo que Cassandra le entregaba—. ¿Eres la esposa del dueño de la publicitaria?
Ella se limitó a sonreír, como si fuera la cereza del pastel de chismes que ya circulaban por todo el edificio.
Sí, sí.
Cassandra LeBlanc estaba de vuelta en SS Enterprise… en su misma oficina y con el grosero aumento de salario que ya se había ganado.
Después de haber «cenado» con su esposo, de que su prima le hiciera comprender qué era realmente aquel vacío en su vida y de que finalmente aceptara que ya no podía resistirse a lo inevitable, dijo que sí a la propuesta de su marido.
—Deberías volver a la publicitaria. Tus clientes te extrañan, al igual que tu equipo de trabajo.
—¿Y qué hay de ti? ¿Me extrañas? —le dijo entre un beso y otro.
—Sí. Pero no necesito que trabajes.
Su respuesta la hizo sonreír.
Y doler.
Y sanar.
Todo al mismo tiempo.
Porque era cierto: extrañaba su vida en SS Enterprise.
No por los chismes, ni por sus exes… ¡para nada!
Era el esfuerzo por construir su carrera, la satisfacción de sus clientes, el prestigio de su equipo con cada campaña exitosa.
Y todo eso lo había perdido al permitir que su vida personal contaminara su vida laboral.
Bueno, en realidad, no lo había permitido —¡claro que no!—. Ella fue, simplemente, víctima de gente a la que, en realidad, nunca le importó ella.
Y así como Alex no pudo detener a Valeria, Cassandra no permitiría que Sebastián o la sombra de Soledad —quien ya había sido despedida— terminaran de hacer añicos su reputación.
—Pero ¿cómo? ¿Cuándo? Es que ni siquiera yo, que soy la jefa de recursos humanos, lo he visto jamás —dijo Patricia, aún en estupor.
La sonrisa en los labios de Cassandra ocultaba su propia duda, la misma que le había confesado a su esposo cuando aceptó su propuesta.
Era cierto: su identificación decía su nuevo nombre completo, «Cassandra Del Carmen LeBlanc Rivera de Von Richter», un documento que Patricia tendría que ver.
Y, aunque la información en su expediente debía ser confidencial, para cuando salió de recursos humanos, la noticia había corrido como pólvora encendida.
—¿No se había casado con un chino? —escuchó a alguien.
—¡Ja! Esta debe cambiar de marido más rápido que de ropa interior —dijo alguien más.
Pero para Cassandra, que ahora estaba más allá del bien y del mal, esos comentarios ya no le hacían ni fu ni fa.
Había pasado por cosas peores.
Había sobrevivido a cosas peores.
Y ahora tenía algo que antes no tenía:
claridad.
Fue directo a su grupo de trabajo.
Todos estaban ahí, salvo los grandes ausentes: sus exes.
De una se sabía que estaba trabajando en la panadería de enfrente, la cual había perdido clientes —los empleados de SS Enterprise— temiendo ser envenenados por algún sabroso pancito.
El otro decidió quedarse en el equipo de Melissa, a pesar de la negativa rotunda de Juan Arjona.
Según él, si Cassandra ya no estaba, él también debió haber sido despedido y, con el regreso de ella, con más razón debía ser echado.
—Esta es una publicitaria y los creativos son necesarios —argumentó Melissa.
Lo que Juan no sabía era que Melissa tenía un motivo más «profundo» para defender a su nuevo acólito.
—Les presento a la nueva asistente del equipo —dijo Cassandra en la reunión del lunes—.
Matilde Pérez. Ella no solo se encargará de mi agenda, sino de las suyas.
Está familiarizada con aplicaciones de control de proyectos y productividad, así que les estará solicitando algunos datos de vez en cuando.
Sí, ella reclutó a Matilde del consorcio Medidas, a nivel regional, por un sueldo generoso.
El reemplazo de Soledad —a quien le habían habilitado un puesto en desuso— optimizaría el rendimiento del equipo con tecnología de punta.
—Te darás cuenta de qué tan valiosa es y luego me la querrás robar —le dijo a Von Richter como justificación.
Pero a él no le importaba.Aceptaría lo que ella quisiera, con tal de que volviera a su vida.
—¿Y qué le dirás al corporativo Medidas? —preguntó Von Richter, cuando renegociaban las condiciones de su matrimonio.
Un matrimonio que ella jamás habría imaginado… y que ahora era lo más natural del mundo.
Tanto como estar entre los brazos de su amado esposo.
—Pues, ¿qué más? Que si querían una nueva campaña tan exitosa como la última, solo debían contratar a la mejor agencia del país: SS Enterprise —respondió con una sonrisa.
Y él la miró como si acabara de resolver un acertijo que llevaba años intentando descifrar.
Ese fue su microcolapso.
Ese instante en el que entendió que ya no estaba huyendo.
Que ya no tenía miedo.
Que ya no estaba sola.
Al final de la jornada, todos los directores fueron convocados a la sala de reuniones… por nada más y nada menos que el CEO de la publicitaria.
La noticia se filtró cuando Juan Arjona dijo un «¡¿Que el señor Von Richter vendrá en un rato?!» delante de todo su equipo.
Como era de esperarse, se propagó por toda la empresa como si fuera un virus, a tal punto que nadie se fue, a pesar de que era viernes y día de pago.
Sí, sí.El bar «Aquí Me Quedo» estaría vacío, sin sus clientes regulares.Los prestamistas tendrían que esperar un rato más.
Las estilistas en los salones de belleza, las citas con «los segundos frentes», los vendedores de rifas… todos ellos se llevarían una gran decepción.
Porque el secreto mejor guardado, el chisme de chismes, el gran misterio, estaba a punto de ser revelado.
Y justo a la hora indicada, el elevador anunció que las puertas se abrirían.
—¡Ah! ¡Se trata del chino de Cassandra! —dijo alguien.
—¿Qué querrá por aquí, si ya se divorciaron? ¿No? —indicó alguien más.
Y como si de repente se hubiera formado una inteligencia colectiva, todo el mundo cayó en cuenta, especialmente cuando Cassandra lo recibió con una sonrisa y ambos se dirigieron al salón de reuniones.
El chino misterioso, el que Cassandra había «contratado» para no parecer una patética cornuda, con el cual se casó para guardar las apariencias y que luego tomó de excusa para irse de la empresa…
…resultaba ser el CEO de SS Enterprise.
El propio Daniel Von Richter.
Y mientras las miradas se clavaban en ellos, mientras los murmullos crecían, mientras el mundo entero parecía detenerse, Cassandra sintió algo que no había sentido en mucho tiempo:
Pertenencia.Poder.Paz.
Y aún más, porque el mayor triunfo sobre sus exes iba más allá de las habladurías o de las pérdidas materiales.
Al quedarse con su esposo, con su Von Richter, al haberle permitido entrar en su corazón, a pesar del blindaje de patéticas excusas que se había formado, les había arrebatado lo más importante.
Su capacidad de volver a amar.
FIN.