09 — Análisis de un impulso irresistible
—Bueno, a lo hecho, pecho —dijo Valeria, a punto de tomar la perilla de la puerta, cuando Cassandra la detuvo.
—¿No crees que sería más sencillo si soy yo quien habla con él primero? —trató de mediar—. Quizás se calme un poco si ve que no estabas sola en todo esto.
—No, Cassy. Él me tendió una trampa y va a querer regodearse. Así que le daré lo que quiere, con tal de que me devuelva mis cosas —indicó, tomando el pomo con determinación—. Pase lo que pase, hoy mismo tomaré el control de mi vida y él no seguirá manejándome a su antojo.
Cassandra sintió un pinchazo en el pecho.
Tomar el control de mi vida.
Valeria lo decía con una seguridad que ella no recordaba haber tenido jamás.
Con paso firme, Valeria salió de la habitación, con Cassandra detrás para apoyarla.
—¡Vaya, vaya! Hasta trajiste público —indicó Alex con sorna—. Descuida, querida, no te voy a hacer nada. Solo quiero que me devuelvas el anillo. Necesito dárselo a mi nueva prometida.
Cassandra lo miró sorprendida.
Solo habían pasado seis meses desde que rompieron… ¿y ya Alex pensaba en una nueva prometida?
Un cucaracho en toda regla.
Luego pensó en cuánto tiempo había pasado entre su ruptura con Sebastián y su matrimonio con Von Richter… y se le pasó.
—Y eso demuestra lo tacaño que eres, querido Alex. Con lo que tú ganas, podrías comprarle hasta el juego de collar y pulsera que dijiste que me comprarías cuando nos casáramos… ¡Ja! —le dijo Valeria, cruzándose de brazos.
Entonces apareció alguien más en la puerta, vestido de policía.
—Seguro que recuerdas a mi primo Antonio, el sargento —señaló Alex con una sonrisa—. Es tu última oportunidad, Valeria, o dormirás en la cárcel, acusada de allanamiento de morada y de robo.
—Es hurto, Alex, no robo —corrigió el sargento, con la barbilla levantada y una ceja arqueada.
—No importa. Lo que sí es seguro es que hoy duermes en la chirola —se burló Alex.
Cassandra tragó en seco.
Hacía unos minutos atrás, aquello era solo una posibilidad.Ahora la idea de ir a prisión era real.
—¿Qué anillo? —dijo Valeria y, acto seguido, se quitó la sortija con la enorme piedra y se la tragó.
El silencio fue absoluto.
Alex quedó con la cara a punto de estallar.
—¡Maldita Valeria! —gritó, acercándose para intentar que vomitara el anillo, pero Cassandra se interpuso.
—Tú que la toques y yo me encargo de que no tengas descendencia —le advirtió, preparando la pierna para dar el golpe mortal—. Verás cuántas amantes te quedan después de que sepan que solo hay huevos revueltos en el menú.
Pero Valeria la apartó, colocándose frente a su ex sin importarle nada.
—¡Devuélveme mis cosas, Alex! Tú mejor que nadie sabes lo que me han costado, lo que sacrifiqué por ello.
Pero tú… a ti solo te importa tu ego —le dijo, mientras se dirigía a la cocina y tomaba uno de los electrodomésticos—.
Esto lo compré yo para mi negocio y terminó en tu cocina.
La freidora, la arrocera. Todo esto lo tengo que dejar.
Solo te pido sacar mi equipo de catering.
Al menos eso quiero: poder comenzar de nuevo, sin que tú, tu ego o tus mujeres me impidan seguir adelante.
Cassandra sintió un nudo en la garganta.
Valeria no iba a renunciar a su vida.
No iba a dejar que un hombre definiera su futuro.
No iba a huir.
¿Por qué no podía ser tan valiente como Valeria?, se preguntó.
¿Por lo que le habían hecho dos moscas muertas que la habían salpicado con mierda?
Y entonces, como un eco que venía desde el fondo de su pecho, escuchó las palabras de Von Richter:
«Solo quédate conmigo.»
«Elígeme a mí.»
Ella había huido de eso también.
Él no quería controlarla, convertirla en una posesión.
Solo le había pedido una cosa: que lo eligiera.
Por su voluntad, consciente y sin atisbo de miedo.
Y ella… ella había salido corriendo, ¿en su afán por dejar a sus exes atrás?
No, no se trataba de eso.
Temía volver a confiar, tal y como había hecho con esos dos.
La voz de Alex la sacó de su trance.
Valeria seguía hablando, y Cassandra, que no estaba segura de su propia vida, decidió que podía contribuir con la de su prima.
En un arranque de epifanía, sacó su celular y comenzó a grabar un video, justo cuando Alex invadía el espacio personal de Valeria.
—¡Yo no te debo un carajo, maldita perra! ¿Qué creías? ¿Que tenía que serte fiel toda la vida? Mírame bien. Soy un ginecólogo, uno bueno, que gana muy bien. Tú deberías darme las gracias por estar contigo…
Cassandra había grabado bien ese momento, con una precisión que ni Steven Spielberg hubiera tenido jamás.
Valeria estaba a punto de llorar, justo cuando Cassandra la tomó del brazo, pero Valeria puso resistencia.
—Ven, Vale. Mañana mismo me encargo de que tengas todas tus cosas nuevas —dijo simplemente.
La mirada que recibió fue un puñal.
Una mezcla de orgullo herido y dignidad recuperada.
—No, Cassy. Él tiene que pagarme por todo.
Cassandra le dio una de esas miradas que solo se entienden entre mujeres.
—Olvídalo, Vale. Que lo bote todo o que lo venda en línea, da lo mismo. Tú vales más que todo eso.
No era su intención ponerse filosófica, pero esas palabras —y la mirada— hicieron reaccionar a su prima.
—Que disfrutes tu nuevo equipo de catering —le dijo Valeria al pasar junto a él—. Es lo único que te va a quedar de mí. Yo, en cambio, volveré a tener tu anillo en unas horas. Quizás hasta te diga en dónde lo empeñé.
Una vez estuvieron en el auto de Cassandra, esta apretó el acelerador muerta de la risa.
—¿Qué se supone que es tan gracioso? —preguntó Valeria y, cuando Cassandra le mostró el video, ella también soltó una risotada.
—Se me ocurre que podemos pegarlo en las redes —dijo Cassandra—. Sin embargo, si quieres verlo hecho polvo de verdad, deberías enviárselo a sus pacientes. Veremos cuánto dura su clínica después de esto.
—O puedo extorsionarlo con esto: que me devuelva mis cosas y luego se lo envío a sus pacientes de todas formas —canturreó Valeria, lo cual hizo que ambas se rieran.
—Me alegra tanto ser tu prima favorita, Vale. Jamás querría tenerte de enemiga.
—Ni yo a ti, querida.
Al día siguiente, Valeria la llamó para darle las buenas nuevas: Alex le había devuelto todo.
—Aún no estoy segura de enviarle esto a todas sus pacientes, pero, como me vuelva a acosar o siquiera a amenazar, lo voy a arruinar por completo.
Cassandra sonrió.
Valeria había recuperado su vida.
Había enfrentado su pasado.
Había tomado una decisión.
Ella también debía hacerlo.
Justo cuando iba a responder, un mensaje apareció en su pantalla.
«¿Cenamos?»
El corazón le dio un vuelco.
Valeria seguía hablando al otro lado de la línea.
—¿Qué? ¿Otra vez te está molestando el chino? Porque si él intenta algo yo puedo…
Cassandra le colgó sin contestar.
Se tomó unos minutos.
La respuesta era sencilla: «Sí» o «No».
No tenía por qué darle tantas vueltas.
Pero esta vez, no estaba huyendo.
No estaba escapando.
No estaba evitando nada.
La pantalla del chat seguía mostrando que él estaba activo.
Y, sin pensárselo más, respondió.