08 — Diagnóstico de un corazón en fuga
Cassandra había visto demasiadas veces la misma escena en películas como para no reconocerse a sí misma en su propia posición:ella era aquel venado que miraba estupefacto las luces de la camioneta que estaba a punto de atropellarla.
Sí, sí.
Una camioneta cargada con la verdad, sentada a su lado con brazos fuertes y unos abdominales que solo había visto en catálogos de ropa interior.
Pero eso no era lo peligroso, no.
Lo verdaderamente letal era el corazón que él tenía en sus manos, dispuesto a regalárselo completito, hasta la última gota de sangre, con latidos que se detendrían si ella así se lo pedía.
Un poder peligroso, del cual ella seguía dudando si lo merecía o no.O si debía aceptarlo.
O si debía huir antes de que la vida le cobrara la factura.
—Es muy tarde —dijo finalmente—. Los llamaré para avisarles, pero no puedo quedarme aquí un minuto más.
Von Richter respiró profundo.
No la miraba a los ojos —y quién quería hacerlo, después de haberle pisoteado el corazón como si fueran uvas en un lagar—, pero el aura que despedía era pesada, devastadora.
Y ella no podía ser tan cruel, ¿verdad?
O sí.
Quizás sí.
—Quizás podríamos vernos más tarde, si estás de acuerdo —dijo, justo antes de salir de la recámara.
Pero él movió la cabeza de lado a lado.
—Sal pronto de aquí, antes de que me arrepienta —fue lo que salió de sus labios.
Su rostro volvió a ser el mismo de antes: arrogante, seguro, con esa ligera sonrisa de quien destroza mundos.
El elfo oscuro estaba de vuelta.
Y, sin embargo, algo en su mirada —un destello, un parpadeo, un silencio— le dijo que no era tan simple.
Que había algo más.
Algo que él no estaba diciendo.
—Aquí están los resultados de esta semana, de acuerdo con los puntos de venta —indicó Matilda al entrar a la oficina de Cassandra.
Ella se sentía orgullosa del efecto que había tenido su campaña publicitaria.Sin embargo, todo ese éxito, de alguna manera que no podía comprender, se sentía vacío.
Un hueco silencioso que se hacía más evidente cuando, a la hora del almuerzo, se encontró con el gerente de Novey, una de las marcas que llevaba en SS Enterprise.
—Es una pena que se haya ido de la agencia —dijo él, acercándose para saludarla—. La nueva encargada de mi cuenta no supo entender el concepto.
Cassandra sabía exactamente de lo que hablaba.
Ella procuraba conocer a sus clientes y comprender lo que querían.Luego lo olvidaba por completo para desarrollar un plan de lo que realmente necesitaban.Algo que, por lo visto, le faltaba a Melissa.
—¿No hay ninguna posibilidad de que vuelva, señorita LeBlanc? O quizás nosotros podamos ser sus clientes de manera privada.
¿Qué estaba diciendo este hombre?
Ciertamente, no competiría con Von Richter de ninguna manera.Ni aunque quisiera.
Ni aunque pudiera.
—Eso sería un poco desleal de mi parte, señor Novey —respondió con firmeza.
Él asintió con un «comprendo» y se despidió.
Una ola de culpabilidad golpeó el corazón de Cassandra.Era cierto: había abandonado a todos, incluso a sus clientes más confiables.A Irma, Arcadio, Consuelo y al resto de sus colaboradores.Todo debía haber quedado en manos ineptas, como las de Melissa.
Lo que había perdido por culpa de lo que Von Richter había descrito muy bien: un par de mierdas a los cuales había ayudado todo el tiempo.
Y, por un instante, una pregunta incómoda se coló entre sus pensamientos:
¿Por qué, si ella había sido la engañada, era la que más debía perder?¿La que tenía que renunciar a todo?
Sacudió la cabeza.
No quería pensar en eso ahora, mientras seguía luchando por mantenerse en pie, a pesar del éxito de su última campaña.
Su pecho seguía sintiéndose como un campo minado.
Cassandra se despidió del hombre sintiendo un vacío en el pecho.Definitivamente, habían quedado muchas cosas inconclusas en su vida, unas que dejaban un mal sabor de boca.
Todo porque había mezclado sus asuntos personales en el plano laboral.
Incluyendo lo más importante: su actual matrimonio.
No lo estaba pensando.
Simplemente lo estaba dejando pasar de largo.
Era lo mejor, ¿no?
Ya le había dado explicaciones, ya se habían perdonado.
Y, salvo ese pequeño detalle persistente por parte de su esposo, podían olvidarse de todo y seguir con sus vidas como si nada hubiera pasado.
El restaurante se sintió frío y desolado de repente, a pesar de que todas las mesas estaban llenas.
Era momento de volver al trabajo y continuar con su rutina.Todo estaba funcionando bien y, con suerte, sus finanzas volverían a ser lo que eran antes.
¿Qué más podía pedir?
Fue entonces cuando escuchó su teléfono.
Era un mensaje de Valeria.
«Necesito una ayudita», decía.
Estaba a punto de responder cuando entró otro:
«Nos veremos detrás de la parada de buses de mi antiguo apartamento.»
Cassandra sintió un escalofrío.
Ese era el lugar que había compartido con Alex, su ex, uno que tuvo que dejar llena de rabia y con tan solo una maleta.
Y ahora se preguntaba si Valeria pretendía rescatar el resto de sus cosas.
—Ponte esto —dijo su prima en cuanto la vio, para luego arrastrarla al restaurante de comida rápida más cercano.
—No pretendo comer en este momento, Valeria —protestó Cassandra, poniendo resistencia.
—No seas tonta. Yo compraré unas papas fritas mientras tú te cambias en el baño —dijo, con determinación de Hércules enfrentando a la hidra.
Cassandra conocía muy bien ese brillo en sus ojos.
Hoy, alguien caería… o estarían todos rindiendo cuentas en la estación de policía más cercana.
Cualquiera de las dos situaciones podría ser válida.
Valeria la miró fijamente.
—Si no me ayudas, tendré que hacerlo sola, Cassy —advirtió.
Ella lo sabía muy bien: Vale estaba loca, así que era mejor acompañarla.Al menos Cassandra tenía un abogado que pudiera ayudarlas, si es que Alex sacaba su mejor as bajo la manga: su primo.
Pasaron un par de horas, hasta que la noche cayó por completo.
Ambas se escondían en el pequeño cuarto donde se encontraba la planta eléctrica del piso de Alex.
—Su asistente me lo dijo con pelos y señales. Alex se fue al campo con su nueva amante. Así que podré llevarme todos mis chécheres —la sonrisa malvada que siguió no sorprendió a Cassandra.
—Aún no han podido llegar a un acuerdo —indicó simplemente.
—No llegaremos a nada, Cassy. El anillo es mío. Me lo debe por haberme puesto los cuernos.
Hasta cierto punto, Valeria tenía razón.
¿Por qué ese maldito de Alex tenía que salirse con la suya?
Le había puesto los cachos en frente de todo el mundo y, cuando no pudo convencer a Vale de que todo había sido una confusión, le pidió de vuelta el anillo de compromiso.
Y como tampoco pudo conseguirlo, le dijo que todas sus cosas —incluyendo el equipo de catering que había comprado con tanto esfuerzo para poner su propio negocio— se quedarían secuestradas en el apartamento hasta que devolviera la bendita sortija.
—¡Quiero mi vida de vuelta, Cassy! —exclamó con más entusiasmo del que debería—. Lo había planeado todo y no es justo que él tenga secuestrado mi futuro.
A Cassandra se le hizo un nudo en la garganta.
Vale estaba luchando por lo que le pertenecía, y ella iba a ayudarla.
Ambas caminaron con sigilo hasta la puerta y, para su fortuna, aún conservaba la misma clave en la cerradura.
—¡Ja! ¡Qué ingenuo! —susurró Valeria, satisfecha.
Enseguida se dirigieron a la habitación que servía de depósito y comenzaron a tomar los utensilios.
Justo entonces escucharon cómo alguien abría la puerta.
Valeria puso la mano sobre la boca de Cassandra para que no hiciera ruido.
De seguro era Alex.
Cassandra empezó a sacar su celular.
No sabía si él estaría despierto o cuánto le cobraría por las horas extras.
Pero de lo que sí tenía la inequívoca certeza era que esa misma noche vería a su abogado.
—¿En dónde estás, Val? —canturreaba Alex desde la sala—. Vamos, sal y hablemos.
—¡Ese miserable! —susurró entre dientes Valeria—. Me puso una trampa y he caído redondita.
—Caíste, no. Dirás «caímos» —la corrigió Cassandra, quien ya no estaba dudando, sino escribiéndole a su abogado.
Porque aquello no se quedaría así, no.
Engordaría y le estallaría en la cara.