MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 07 — Protocolo de desmantelamiento de suposiciones
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07 — Protocolo de desmantelamiento de suposiciones

La mañana apareció por la ventana de la recámara, bañando de luz las sábanas que cubrían a Von Richter y a Cassandra.

Ella se despertó perezosamente… para luego apresurarse como si fuera un huracán.

—Llegaré tarde —indicó, buscando su ropa regada por todo el suelo—. No está bien que dé el mal ejemplo dentro de mi equipo.

Aún era jueves, así que su premura por salir, ir a su apartamento, darse una ducha y luego correr por el tráfico de la ciudad hasta su trabajo estaba justificada.

Y olvidarse de la noche anterior, también.

Una mano perezosa salió de entre las sábanas para descubrir a su esposo, quien solo vestía un bóxer.

Cassandra no quería mirarlo.

«Tentación», era la palabra que rebotaba en su cabeza ahora.

Una que, por alguna razón que ni la propia RAE comprendería, parecía rimar con Daniel Von Richter.

Su esposo.

—Di que estás enferma —dijo él con una sonrisa—. Si faltaste toda una semana por causa de Sebastián, ahora que te vas a divorciar de mí, podrías faltar al menos un día.

La mandíbula de Cassandra estuvo a punto de caérsele al suelo al ver cómo él se atrevía a sugerir semejante cosa.

Y era peor cuando lo decía con esa sonrisa de anuncio de dentífrico.

Él se sentó en el borde de la cama, tratando de convencerla —a besos— de que se quedara.

Pero ella ya le había concedido demasiado.

Le había dado una noche completa, por ser la última.

Sin embargo, ya había amanecido, y los recuerdos debían quedar atrás.

—Debo continuar con mi vida —dijo tajante—. Además, ya se divirtió bastante con su amor platónico de la secundaria, señor Von Richter.

Él quedó asombrado con aquel comentario.

Entonces la tomó por la muñeca.

Cassandra intentó liberarse, pero él se levantó de la cama y la miró directamente a los ojos.

Y ahí, sin querer, su pulgar rozó el anillo.

Un gesto automático, nervioso, traicionero.

Daniel lo notó.

Su mirada bajó un segundo, apenas un parpadeo, pero suficiente para que el aire cambiara de temperatura.

—¿Crees que estoy a tu lado porque eres un deseo frustrado de la secundaria?

Cassandra no se lo había planteado hasta ese momento.

Sin embargo… era lo más obvio, ¿no?

—No te volviste a aparecer en mi vida hasta que terminé con Sebastián. Así que sí, señor Von Richiter. Creo que usted estuvo esperando el momento justo para tener una aventura conmigo.

Von Richter respiró profundo, tratando de asimilar cada palabra.

—Si no supiera que estás muerta de miedo, quizás me tomaría el tiempo para enfadarme, Cass. Pero no. Esa no es la verdad.

—Entonces, ¿vas a tratar de convencerme de que no sabías que estaba en tu publicitaria? —se burló ella, recordando todas las teorías conspirativas que se había planteado en los últimos seis meses.

—Claro que sí lo sabía. Lo supe desde el momento en que te contraté —respondió con el ceño fruncido—. De hecho, alguna vez me pregunté si te ofenderías pensando que te había contratado por amiguismo.

El comentario la enfrió repentinamente.

Luego bufó.

—Ahora me dirás que te convertiste en un hombre misterioso en tu propia empresa por mi causa —le replicó.

—Eso no es cierto. Ya te lo había dicho: lo hice porque no quería que la gente se hiciera la misma pregunta que tú. Por qué me llamo Daniel Von Richter, en primer lugar.

La culpabilidad se había unido al grupo; sin embargo, la expulsaría sin miramientos.

Quería enojarlo, que la mandara por un tubo, que no quisiera saber más de ella.

Pero este hombre era más terco que una mula.

Él se cayó por un momento demasiado largo.

—Sabía quién eras, por supuesto. Y cuando decidiste contratar a Soledad como secretaria, me dije que esa era la peor idea que se te pudo ocurrir.

Cassandra debía separarse de él, terminar de vestirse y largarse para nunca más volver.

Era lo lógico, lo que una adulta responsable haría.

Las cuentas no se pagaban solas, y faltar en un trabajo durante los primeros tres meses podía ser causal de despido inmediato.

O eso recordaba de sus clases de legislación laboral en la universidad.

Tomó dos respiraciones.

Daniel Von Richter ya la había acusado dos veces de tener miedo y ser una cobarde.

Y no habría una tercera.

Así que se sentó en la cama, decidida a escucharlo.

—Fue Rubén quien me convenció de contratarla. Me dijo que él había sido la causa de que ella no terminara la secundaria, así que, como un favor, me pidió que le diera empleo.

Eso tenía lógica.

Demasiada lógica.

—¿Y quién te convenció de contratar a Sebastián, ah? —lo desafió—. Porque él era más que mi mejor amigo: era mi novio.

—Fuiste tú —contestó casi de inmediato.

—¡Ja! —le espetó, pero él movió la cabeza de lado a lado.

—¿Qué hubiera pasado si no lo contrato, eh, Cass? Seguramente te hubieras ido. Y tengo que reconocerlo: eres… eras el mejor elemento de mi equipo de trabajo. Así que sí, también lo contraté.

Cassandra respiró profundo.

Todo tenía demasiada lógica, pensó.

Casi como si lo hubiera ideado por mucho tiempo.

—Desde un principio quisiste que fuera tu amante. Me llevaste a Trinidad, querías que pasáramos la noche juntos. Y, en cuanto pudiste, me orillaste a un matrimonio disfrazado de ayuda.

—Nunca lo negué, Cass. Tú me gustas. Pero no me casé contigo como una trampa.

Él le tomó la barbilla esta vez.

Quería que lo mirara a los ojos, que se diera cuenta de que no mentía.

—Quise proponerte lo del matrimonio en Trinidad, cuando me descubriste llamando a los actores. Pero me di cuenta de que no estabas preparada para algo así.

Por un momento, ella dejó de respirar.

—Estabas muy rota, Cass. Lo que esos dos te hicieron fue sucio y, a pesar de eso, aún querían que lo aceptaras como si no hubiera pasado nada.

Ahora él tomaba sus manos y le plantaba un beso delicado.

Un gesto tan suave que la dejó anonadada.

—Pensé que si yo te ayudaba a darte cuenta de quiénes eran, si les demostrabas que tu vida podía seguir adelante a pesar de lo que te habían hecho, sería más fácil pedirte ese favor.

Cassandra volvió a bufar, incrédula.

—¿Por qué pedirme un favor como ese, ah? Pudiste contratar a una actriz para que hiciera el papel, ¿no?

Su lógica volvía a ser aplastante, o eso, al menos, era lo que creía.

Nunca la necesitó realmente.

Nunca… a menos que lo que él necesitara fuera cumplir con un capricho de adolescente.

—Porque te vi destrozada, Cassandra. Jamás te había visto así de vulnerable: ebria en un evento, pagándole un favor a tu prima en tacones y minifalda. Siendo la burla de tus compañeros por culpa de un par de mierdas a los cuales habías ayudado todo el tiempo.

Las palabras le escocieron los ojos, que estaban a punto de traicionarla.

—Porque sentiste lástima por mí. Eso es lo que me quieres decir, ¿no?

—¿Lástima? No, Cass. Solidaridad por una amiga del pasado. Y luego, admiración por una mujer que estaba luchando con todas sus fuerzas por verse como una profesional, a pesar de la caca de gente que la rodeaba.

Cassandra sintió traición esta vez, pero no por Daniel Von Richter, ni por Soledad Benítez, ni por Sebastián Del Valle.

No.

Era esa lágrima imprudente que ahora surcaba su mejilla.

—Y ahora me vas a decir que te enamoraste de todo eso en menos de dos semanas. No me hagas reír.

La cara de Cassandra le arrancó una sonrisa a su esposo.

No se trataba de burla.

Era algo más.

—No seas tonta, Cass. Nadie se enamora de la noche a la mañana. Solo quiero protegerte, estar a tu lado, ser tu apoyo. Que me cuentes tus cosas. Que quieras escuchar las mías. Que estemos solos, pero juntos. Eso es todo lo que quiero de ti.

La risa ligera que salió de los labios de Cassandra parecía mezclarse con un sollozo pequeño, uno que solo hacía que se sintiera más patética de lo que era.

O eso creía ella.

—Te compraré un peluche, pero uno grande, uno que ocupe todo un lado de la cama. Así no te sentirás solo nunca más —respondió, chocando su hombro con el de él.

—No, Cass. Los peluches no besan como tú, ni sonríen con tantas ganas como tú lo haces, ni mueven el pulgar sobre el menisco cuando estás nerviosa…

o tienen nuevos hábitos, como esa manía que tienes por nuestro anillo de bodas.

Así que no, no quiero un tonto peluche. Te quiero a ti aquí, en mi cama y en mi vida.

En ese momento Cassandra lo entendió perfectamente bien.

Había perdido la batalla.

Él, por alguna razón fuera de cualquier lógica, había perdido la chaveta o, simplemente, se había convertido en un maniático compulsivo.

Pero uno tierno, con suficiente labia y poder de convencimiento.

Y quería estar a su lado.

De eso estaba segura.

La pregunta seguía ahí, de pie, en posición militar y con ella en la mira.

¿Estaba dispuesta a decirle que sí?