MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 06 —Rendición emotiva involuntaria
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06 —Rendición emotiva involuntaria

La risa de Von Richter —más que una burla— le pareció ingenua, casi tierna.

Y eso, precisamente eso, fue lo que la desarmó.

Entonces, una imagen le vino a la mente.

Un funeral.

Rostros tristes.

Su tía abuela llorando amargamente por un marido fallecido.

Y luego, la aparición de La Venada.

El escándalo más grande del pueblo.

Y, un mes después, la noticia que todos esperaban en silencio: su tía abuela también había muerto.

«El que no te la hace a la entrada, te la hace a la salida», le había escuchado decir.

Porque todo el mundo amaba a su tío abuelo.

El hombre del huerto, el de las frutas de temporada, el que decía «¡Coman, coman!» con una sonrisa.

El que casi fue alcalde.

El que tenía dos casas y una amante.

Si hasta ese buen hombre había tenido doble vida… ¿qué podía esperar ella?

Su pulgar buscó el anillo sin permiso.El metal estaba tibio.O tal vez era su mano.

—La gente cambia —respondió—. Ahora eres todo eso, pero lo más probable es que no seas así más adelante.

La sonrisa de Von Richter se fue desdibujando lentamente.

—Tú también vas a cambiar, Cassandra. ¿No te has dado cuenta? —le dijo con esa mirada penetrante que parecía saber exactamente dónde se encontraba su alma—. Y aun así, estoy dispuesto a estar a tu lado, porque el futuro no le pertenece a nadie. Solo el presente es nuestro.

Su corazón se derritió.

Su determinación se aflojó.

Su lógica se desmoronó.

¿En dónde se había quedado todo su coraje?

¿Qué pasó con esa decisión inamovible de querer divorciarse?

Y, como si ese elfo oscuro le estuviera leyendo los pensamientos, colocó una rodilla en el suelo.

—No te divorcies, por favor —dijo, colocando un beso en el dorso de su mano—. O, al menos, no mañana ni el próximo año. Déjalo para dentro de veinte o treinta años, quizás. Pero no ahora.

Cassandra sintió que el aire se le escapaba.

¿Qué se le podía decir a un hombre tan persistente como este?

Sonrió ligeramente, aunque el gesto le tembló.

—Necesito rehacer mi vida, y no podré hacerlo si estoy casada —dijo.

Sabía que lo estaba lastimando.

Sabía que cada palabra era un golpe.

Y aun así, lo decía.

Entonces él se levantó del suelo, se extendió a toda su altura —una cabeza más alto que ella— y le besó la frente.

Luego la nariz.

El tacto era suave, delicado, embriagador.

—¿Qué demonios se supone que estás haciendo? —intentó decir.

Quiso sonar fuerte.

Quiso sonar indignada.

Pero solo fue un susurro.

—Si no te gusta, apártate —le murmuró al oído.

Ella lo intentó.

Podía jurarlo.

Su mano se colocó en el pecho de su esposo… pero, en lugar de empujarlo, terminó abrazándolo.

—Mañana te firmo lo que quieras. Hoy solo me gustaría recordarte por qué seguimos siendo una pareja… y hacer mi mejor esfuerzo para que no me dejes —le dijo al oído, para luego retener el lóbulo de su oreja entre sus labios.

A Cassandra se le escapó un gemido.

—¿Eso es un sí? —dijo entre risas—. ¿O solo me estás pidiendo más?

Quedó paralizada.

Su cuerpo entero —un traidor peor que Judas— simplemente se estaba dejando llevar.

—Solo avísame cuando quieras que me detenga —dijo y, seguidamente, la cargó entre sus brazos.

Ella no tenía la menor idea de lo que debía tener un yate, pero ese, seguramente, tenía una recámara.

Una que pronto le estarían presentando.

Después de haberse dejado llevar por ese torbellino emocional —uno que parecía más un amante que un esposo—, las expresiones de ambos eran totalmente opuestas.

Mientras él mostraba una amplia sonrisa, Cassandra tenía el ceño fruncido y la boca en una fina línea, preguntándose qué demonios había hecho.

Claro, ella sabía perfectamente lo que había hecho.

La evidencia en su cuerpo gritaría «pecadora», de no ser porque era su propio esposo el que yacía a su lado.

Pero esa no era la verdadera pregunta.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer con esto? —dijo a Von Richter, tratando de tapar su vergüenza detrás de la sábana.

Pero eso era imposible.

—Nada —respondió él, simple y llanamente, mientras la acercaba más a su costado con esa sonrisa entre satisfecha y pícara que ahora le revolvía el estómago.

Porque sí: el muy descarado se había salido con la suya.

Y la pregunta que siguió la exasperó aún más.

—¿Quieres ser mi amante? —susurró en su mejilla.

—Eso es absurdo, ¿no lo crees? Ya estamos casados —ella repicó su índice sobre su frente.

—Pues, si nos divorciáramos, resolveríamos el problema. Así que sí, Cass: te acepto el divorcio.

El grado de descaro estaba a nivel S.

Y era peor, porque la ponía en una encrucijada en la cual cualquiera de los caminos la llevaba directo hacia sus brazos.

—No puedo estar a tu lado. Necesito reconstruir mi vida por mí misma. Tú solo te encargarías de mimarme y pagar hasta mis caprichos.

—Entonces, para estar contigo debo ser pobre, ¿eso es lo que me quieres decir? —su mano se deslizó por su torso, justo hasta el punto donde ella comenzaba a derretirse.

Ella quiso resistirse nuevamente.

Quiso cerrar las piernas.

Quiso apartarse.

Pero su cuerpo —ese que parecía trabajar para su propio placer— hizo exactamente lo contrario.

El gemido que escapó de sus labios la traicionó más que cualquier palabra.

No importaba cuántas veces intentara negarlo: ella lo deseaba, más allá de cualquier excusa que tomara como bandera en esa lucha que, poco a poco, perdía miserablemente.

—No… dije… que te… quedaras… conmigo… —intentó articular, aferrándose a la última hebra de cordura que le quedaba.

Pero él no estaba cooperando con su resistencia.

Nunca lo había hecho.

Y ahora, que estaba resquebrajando su voluntad como si fuera una galleta salada, mucho menos.

Entonces, cuando la sábana se deslizó y él la acomodó debajo de sí, Cassandra comprendió —con una claridad que dolía— que su lucha no era contra él.

Era contra sí misma.

Contra todo lo que había jurado no volver a sentir.

Contra todo lo que temía perder.

Lo que siguió después no necesitaba palabras.

Solo la certeza silenciosa de que, pasara lo que pasara al amanecer, ya no había vuelta atrás.