05 — Informe de vulnerabilidad afectiva aguda
La visita a casa de su madre terminó en cuanto un auto negro llegó a recogerla.
Por un momento, las piernas comenzaron a temblarle a Cassandra, temiendo volver a ver a Von Richter justo en ese instante; sin embargo, fue Alfred quien se bajó para anunciarle que ya estaba listo, para llevarla.
Una sensación de vacío la invadió.
Vacío… y algo más que no quería nombrar.
La semana pasó sin pena ni gloria, salvo que estuvo muy atareada luego de la presentación de la nueva línea de ropa deportiva de Medidas.
Y el domingo siguiente, el dim sum solo fue compartido entre doña Leonor, Cassandra, Valeria y, por supuesto, Susanita.
Ni rastros de Choi Ha-eun ni de su hijo.
—Al menos lo han entendido muy bien. Que no quieres nada más con ellos —dijo Valeria.
A Cassandra se le hizo un nudo en la garganta.
Su pulgar rozó el anillo bajo la mesa, un gesto involuntario que la traicionó.
Lo escondió enseguida.
—Hablaré con mi abogado —se limitó a decir—. Si ha vuelto a su apartamento, será fácil enviarle los papeles del divorcio.
Mintió.
No quería volver con él, ya lo había declarado a los cuatro vientos.
Sin embargo, le había prometido a su madre que tendrían esa última conversación.
La siguiente semana estuvo más tranquila en el trabajo.
Del departamento de ventas le informaban que la nueva línea se estaba vendiendo como pan caliente, ya que tenía buena acogida por el público.
«¿Y si soy yo quien lo llama?», se dijo.
Tenía que cerrar el capítulo Von Richter en su vida, una anomalía que no tenía sentido prolongar.
De algún modo, se sentía culpable.
Él le había pedido un favor y, por lo que parecía, ella le había pagado rompiéndole el corazón.
Sabía de la historia que le había contado Ha-eun: el engaño de su padre, la separación de su madre, pero —ahí estaba un pero— independientemente de la puesta en escena de treinta años, y por la razón que fuere, Sui Kang-dae quería, a su manera, lo mejor para su hijo…
y solo lo conseguiría si Daniel Von Richter volvía a ser Sui Seop, en toda regla.
Tomó el teléfono y le envió un mensaje: «Me gustaría hablar contigo».
Por dos minutos —los más tortuosos de su vida— el mensaje solo mantuvo la confirmación de haber sido recibido.
Luego, de haber sido leído.
Y más minutos pasaron sin ningún tipo de actividad.
Entonces, los tres puntos comenzaron a moverse.
Él le estaba escribiendo un mensaje.
¿Por qué se demoraba tanto?
Una uña de Cassandra desapareció a mordiscos.
«¿Cenamos?», fue todo lo que escribió.
Ella solo sonrió.
Esa era una respuesta típica de él.
«¿A dónde?», respondió.
No, no dejaría que él la recogiera.
No permitiría que la noche acabara con un desvío inesperado, como, por ejemplo, el penthouse de Von Richter.
«Ahora tengo auto. Puedo ir a donde quiera», añadió.
Los tres puntos volvieron a moverse por un instante.
«¿Recuerdas cómo llegar a mi yate?», indicó.
Ella suspiró.
Claro, él iba con todo.
No podría huir en su carro si estaba en medio de la bahía, ¿no?
«¿A qué hora?», preguntó.
Ella no le tenía miedo… o eso se repetía, como si fuera un mantra.
«A las siete.»
A Cassandra se le hizo un nudo en la garganta.
Esa sería su última cena juntos, así que, que fuera por todo lo alto, no importaba.
Incluso llevaría ropa de gala, por los viejos tiempos.
«Ahí estaré», indicó finalmente.
Se llevó el teléfono al pecho.
¿Por qué sentía que se le rompía el corazón?
¿No estaba haciendo lo correcto?
Si hacía esto rápido, él se devolvería a Corea del Sur, a restablecer su negocio familiar de salsa de soja o a quedarse con su publicitaria, no importaba.
Ella solo era un lastre que él no podía olvidar, eso era todo.
Además, con su vida en números rojos —tal y como se la había dejado Sebastián— tenía muchas metas que cumplir, retomar su vida, pero esta vez no cometería el mismo error: depender de un hombre.
Cassandra había pasado por su casa para arreglarse antes de la inevitable cita.
Se había tomado una copa de valor líquido antes de salir.Lo necesitaba.
Ese futuro ex era demasiado terco y ella, demasiado vulnerable ante sus encantos.
Pronto estacionó su auto en el club de yates y caminó unos pasos, pero no estaba igual que la última vez: todo iluminado y con una fila de sirvientes.
Las luces estaban apagadas y solo había una persona al pie de la rampa.
Con un traje sin corbata y algunos botones de su camisa abiertos.Todo en él estaba impecable, aunque el cabello estaba un poco alborotado por la brisa marina —o eso supuso ella.
Estaba mucho más informal que de costumbre, como cuando lo había visto entrar a una cafetería o se lo había encontrado en el metro.A pesar de eso, no había perdido —¿y cómo podría hacerlo?— su porte y su aire imponente que irradiaba como su sello personal.
—Hola, Cass —dijo con una sonrisa—. Es un placer volver a verte.
La sonrisa que le brindó le erizó la piel.
Cassandra sintió la palabra «ALERTA» chocar dentro de su cerebro, como si fuera una pelota.
—Ho… hola —tartamudeó.
—Tu mano está fría —dijo, cuando la ayudaba a subir.
Era un atardecer especialmente cálido.
Ella sintió cómo el suministro de aire había sido cortado de sus pulmones, a tal punto que el mareo la hizo trastabillar… y claro, ahí estaban esos enormes brazos ayudándola a restablecer el equilibrio, mientras parecía quitarle el piso repentinamente.
—Estoy bien —se limitó a decir, tratando con mucho esfuerzo de despegarse de ese pecho que ella había recorrido con los dedos varias veces.
El recuerdo la hizo tragar en seco y, mucho más, cuando al colocar su mano por instinto, se dio cuenta de que había un corazón latiendo con fuerza dentro.
—Le he dicho al personal que tendrían la noche libre —comentó, al tiempo que encendía algunas luces.
En la cubierta solo había una mesa sencilla, sin platos o cubiertos.Únicamente una botella de alguna bebida enfriándose.
—Me he puesto en modo chef. Espero que te guste lo que preparé —indicó, deteniéndose en lo que parecía una estación de comida.
Había una arrocera encendida, unos vegetales en una sartén eléctrica y un olor a marisco cocinándose en alguna parte.
Por los aromas, ella podía deducir que sería un banquete.
—Ahora, siéntate, por favor. Ya llevo todo a la mesa.
Él estaba especialmente calmado, como si estuviera en paz.La sonrisa sincera que le florecía en los labios le inspiraba confianza.Nada parecido al torbellino que agitaba a Cassandra.
¿Estaría bien probar su comida para luego insistirle en que firmara el divorcio?
Fuera lo que fuese, esa cena le estaba haciendo agua la boca, aunque no estaba segura de si ese sexy chef era parte del motivo de que sus papilas gustativas estuvieran trabajando horas extras.
«Si era una pequeña aventura, ¿por qué no continuarla, si es que mi hijo es todo un bombón, según tú?», le había dicho Ha-eun hacía unos días.
Definitivamente, era una gurú del marketing.
No se había dado cuenta, pero Von Richter la estaba mirando con calma, como si ella fuera una puesta de sol.
—Sigo esperando a que me des tu veredicto —dijo, señalando su comida.
Ella tomó algunos vegetales y los colocó en su bola de arroz.Cuando se lo llevó a la boca, su paladar explotó en fuegos artificiales multicolores.
—¡Esto está delicioso! —dijo, tomando más vegetales y además algo de marisco con kimchi—. No sabía que se te daba tan bien la cocina.
—Pues es uno de mis atributos, sí —indicó con una sonrisa cargada de orgullo.
El chibi que se imaginó Cassandra de Von Richter era tierno y adorable, vestido con un delantal y con un cucharón en la mano.
—Quizás no lo olvidarás, incluso cuando estemos divorciados —añadió, recordándole a Cassandra por qué había venido en primer lugar—. O puede que sea la razón por la que te quedes conmigo, finalmente.
Su pulgar rozó el anillo.
El metal estaba tibio.
O tal vez era su mano.
—Yo no te convengo —dijo, sin mirarlo a la cara—. Además, eres más complicado de lo que suponía.
Él acercó más su silla hacia ella y, con delicadeza, tomó su barbilla.Sus dedos, que solían ser seguros, ahora temblaban, pero aun así mantenían su calidez.
—Fui muy directo con mi padre la última vez que lo vi: no necesito ser un Sui y no tiene ninguna manera en que pueda ser la cabeza de la familia —reveló—. Perdí todo derecho en el momento en que perdí la ciudadanía coreana. Y no pretendo recuperarla.
Cassandra trató de negar, de decirle que lo reconsiderara.Pero el pensamiento se esfumó en el momento en que la frente de Von Richter se recostó en la de su esposa.
—Esta decisión no tiene nada que ver contigo. Solo quiero alejarme de una carga que no pedí, así que no me vuelvas a decir si me convienes o no. Solo quédate conmigo. Elígeme a mí.
Su nariz acariciaba lentamente la suya.
Él se estaba mordiendo el labio inferior, como si se estuviera conteniendo.
La sed se apoderaba de la garganta de Cassandra, una que ni el agua ni el vino más delicioso podrían saciar.
¿Por qué se seguía resistiendo?
Su futura exsuegra tenía razón.
¿Por qué no podía extender el plazo de esa aventura junto a su marido por, digamos, tiempo indefinido?
No era tóxico, no era infiel, era amable, caballeroso, su paladín de la justicia cuando ella más lo necesitó.
Su punto de apoyo, esa mano cálida o las palabras dichas en el momento justo.
Y era guapo a niveles de Superman o Thor.
—No.
Fue todo lo que respondió.
—¿Por qué?
La pregunta que la seguía atormentando, dicha por sus labios, sonaba mucho más acusadora.
Y entonces recordó aquella caja traída por Sebastián tiempo atrás, cargada con todos esos regalos hechos desde el fondo de su corazón.Ahí estaba la verdadera razón.
—Porque eres demasiado bueno para mí.
Esa era la triste verdad.
—Porque me llenarás de felicidad, de nuevos y dulces recuerdos, de una vida maravillosa entre tus brazos.
Von Richter tomó su cara entre sus manos.
Esos ojos color miel parecían rezumar lava líquida.
Y entonces, comenzó a aflorar en su pecho una carcajada.
—Es la tontería más grande que has podido decirme.