04 —Colapso afectivo latente
«¿Por qué no desaparecían simplemente de mi vida?», pensó Cassandra por enésima vez.
No era complicado.
En el momento en que Von Richter firmara el divorcio, no tendrían que verse nunca más.
No tenían bienes comunes, no tenían hijos.
Nada más los vincularía una vez firmaran el bendito papel.
Ya él había logrado lo que quería.
Su madre estaba de vuelta con él —no sabía cómo convenció a Han Ye-rin de que él no sería una amenaza para su Sui Min-ho o, en realidad, ¿importaba tanto?
Su padre, el patriarca de la familia, estaba seguro de a quién dejarle su fortuna, y Von Richter tenía suficiente dinero como para resguardar su propia vida de las garras de su madrastra.
Así que, ¿qué más daba?
Además, para todos ellos, ella era solo una mosca en la crema: no tenía linaje, ni siquiera era asiática.
No tenía cabida en sus vidas.
Entonces, ¿por qué esta mujer seguía pidiendo explicaciones?
—No amo a su hijo y no creo que pueda pasar el resto de mi vida con él —fue lo que dijo, en su lugar.
—Y yo me chupo el dedo todavía, ¿verdad? —contestó con un bufido.
Cassandra apretó los labios.
No podía amarlo.
¿En tan poco tiempo?
Eso era cosa de años, de dedicación.
No una decisión tomada en menos de un minuto con un hombre arrodillado frente a ella, con un anillo en una cajita.
Tal y como había pasado en el yate, frente a su madre.
El recuerdo le apretó el pecho.
Su pulgar buscó el anillo sin permiso, como si el metal pudiera darle una respuesta.
Lo retiró enseguida, como si quemara.
—Usted no entiende nada, señora Ha-eun —dijo, tratando de calmarse.
Luego le hizo un recuento de lo que había pasado en su vida con Sebastián y Soledad.
—Me ayudó mucho a combatir el enredo en el que se había convertido mi vida, y a cambio, lo ayudé con la suya. Pero estoy segura de una cosa: el que yo esté cerca de él solo lo perjudica, así que es mejor que terminemos esta farsa de matrimonio.
Ha-eun la miró con suspicacia.
—Ah, claro, porque ustedes no estuvieron juntos profanando la casa ancestral de mis padres, ¿verdad? —sentenció.
Dicho de esa manera, parecía que ella y su marido hubieran hecho una declaración de guerra al propio Buda con su promiscuidad.
—Entonces, según tú, no podían enamorarse en el proceso —dijo—. Por menos de lo que ustedes han hecho juntos —y no me refiero al sexo—, cualquiera se hubiera enamorado.
—Y otra vez con lo mismo —dijo en voz alta, para luego arrepentirse—. ¿Ha visto lo guapo que es su hijo? Sí, caí en sus brazos, estuvimos juntos, pero cualquiera podría catalogarlo como un pequeño desliz, y ya pasó.
—Entonces, si era una pequeña aventura, una que, por cierto, está amparada por el matrimonio, ¿por qué no continuarla, si es que mi hijo es todo un bombón, según tú? —No era un reclamo. Su voz era neutra, casi melosa.
Por un instante, Cassandra se sintió atrapada.
El aire se volvió más denso.
El corazón le dio un salto que odió.
Tendría que contarle la verdadera razón.
«¿Qué gana él uniéndose a una mujer como tú?»
Las palabras golpearon su cerebro como un martillo.
—¿Es que acaso Sui Kang-dae te dijo alguna estupidez?
Cassandra quedó estupefacta.
No había sido él, sino alguien igual de cerca.
—Oh, ya veo —añadió—. Ese miserable.
—No debería hablar así de un moribundo —respondió Cassandra, con un nudo en la garganta.
—¡Ja! —dijo simplemente—. Ha armado todo un teatro solo para manipular a sus dos hijos. Incluso Sui Min-ho le pidió a mi Seop que te dejara, ¿qué tal?
Cassandra parpadeó.
Su mente se quedó en blanco.
Como si alguien hubiera desconectado el cable principal.
Lo siguiente que salió de la boca de Ha-eun dejó a Cassandra con ganas de comer palomitas… si no fuera porque sentía el estómago hecho un nudo.
Resultaba que todo había sido un plan maquinado durante años por la familia Sui, para quedarse con la fortuna que había adquirido internacionalmente la familia Choi, gente pobre que no merecía la suerte que tenía.
—¡Ja! ¡Como si no nos hubiéramos esforzado para que nuestra salsa de soja fuera una de las mejores! —dijo con tanta rabia que parecía partirle el corazón.
Sui Kang-dae, para consolidar su puesto como el siguiente en la línea de sucesión, se había propuesto casarse con Ha-eun desde un principio y, una vez tuviera un heredero —uno que también recibiría la fortuna Choi—, se divorciaría para casarse con la hija de la familia Han, que le daría más prestigio en la sociedad coreana.
—¡Yo los escuché decir que éramos unos pobretones venidos a más! O su equivalente en coreano —dijo la mujer, indignada.
Todo había sido estratégico, salvo por una sola cosa.
—Eso le pasa por no contarle bien sus planes a su querida Han Ye-rin —se limitó a decir.
Le contó cómo ella tuvo que pactar con la nueva mujer del chaebol de la familia Sui para procurar que Seop se fuera con sus abuelos maternos, para que fuera Min-ho el siguiente en recibir el título de patriarca.
—Pero yo escuché una conversación a solas con su asistente mientras él estaba internado.
Así que me puse a investigar muy bien dentro del lugar —Cassandra vio cómo apretaba los puños de la rabia—.
Ese miserable hizo un trato con el dueño de la clínica desde hace tantos años.
Nunca tuvo cáncer. Por eso te lo pido, Cassandra: no dejes a mi Seop.
El procesador de Cassandra se había ralentizado repentinamente, como si la memoria se le hubiera fragmentado de golpe.
La infancia, la vida completa de Daniel Von Richter —de Sui Seop— fue un plan macabro desde un principio.
Y, sin embargo, ahí estaba la pregunta más malvada de todas:
¿Qué tenía que ver todo eso con su inminente divorcio?
—Y usted quiere que su hijo siga casado conmigo para prevenir que le suceda algo malo, ¿no es cierto? —dijo en cambio.
—No. Quiero que te quedes con mi hijo porque ustedes son felices juntos, es por eso.
Cassandra sintió que el piso se movía.
No físicamente.
Emocionalmente.
Como si todo lo que había construido —toda su lógica, toda su decisión, toda su narrativa— se hubiera ido al mismísimo carajo de golpe.
Por un momento, empatizó con aquella mujer obligada a vivir al lado de un templo budista por más de quince años, solo porque la esposa del padre de su hijo —otra que formaba parte del plan macabro— no le hiciera nada a este, por considerarlo amenaza.
Y, sin embargo, no estaría con Daniel Von Richter por pura lástima.
Él no lo merecía.
Lo sabía: él debía ser amado.
Pero ella no era la persona indicada para él.
No era una Lee.
Ni siquiera tenía fama o algo de dinero.
Su vida iba entre las manhwas y la publicidad.
Eso era todo lo que podría ofrecerle a un hombre que parecía de acero, pero que en el fondo podría estar tan roto como la porcelana china.
Su pulgar rozó el anillo.
El metal estaba frío.
O tal vez era su mano.
—Solo te pido que hables con él y, si definitivamente no quieres estar más a su lado, rómpele el corazón, pero hazlo de frente. No lo dejes pensando que puede convencerte.
Cassandra tragó saliva ante tal petición.
Si hubiera estado de pie, se habría derrumbado, porque las piernas no la habrían podido sostener.
Quería decirle que había sido por eso que se había escapado de Corea del Sur.
¿Cómo podría romperle el corazón, después de haberla apoyado?
Y ahora ella le pedía lo más difícil que tendría que hacer en su vida: confrontarlo.
—Hablaré con él —aceptó finalmente.
—Bien —dijo Ha-eun.
Repentinamente, las lágrimas habían desaparecido de la cara de la mujer, justo en el momento en que Cassandra sintió que había caído en una trampa.
O en la verdad.