03 — Informe de interferencia afectiva
—Tampoco me habías dicho que ella no era coreana, sino de aquí mismo —canturreó Leonor en un reproche que terminaba —Cassandra podría jurarlo— en un puchero.
Cassandra movió su cabeza de lado a lado.
Esta mujer estaba haciendo bien su trabajo: convertir a su madre en una fan de su ex.
Una Danieler, pensó.
Pero Ha-eun no estaba pensando con cabeza fría.
¿Qué? ¿No sabía lo que era mejor para su hijo?
«Si en verdad te importa un poco, te alejarás de él», le había dicho Sui Min-ho aquella tarde.
La última en que estuvo cerca de su esposo.
Había comprado el pasaje ese mismo día.
Lo sabía muy bien.
Si ella no desaparecía de su vida, Von Richter no se casaría con la mujer que se encargaría de consolidar la herencia familiar.
«¿Qué gana él uniéndose a una mujer como tú?»
Eso también era verdad.
—Quizás podamos hablar de eso más tarde, tía. Muero de hambre —dijo Valeria, mirando con suspicacia a la invitada inesperada, y pasaron todas al comedor.
Para la suerte de Ha-eun, había cuatro órdenes de dim sum, pero, para mala suerte de Susanita, tuvo que conformarse con el pan que había sobrado el día anterior.
Leonor y Ha-eun hablaron como si fueran conocidas de toda la vida. Ambas eran de la capital y contemporáneas.
Tenían mucha historia cultural que contarse.
—Se juntó el hambre y las ganas de comer —susurró Valeria a Cassandra con cara de pocos amigos—. No entiendo cómo tu madre hace migas con el enemigo.
Por un momento, Cassandra se sintió culpable.
Von Richter no le había hecho nada malo, sino todo lo contrario.
No la engañó… bueno, un poquitín, porque en realidad sí que estaba interesado por ella.
Y vaya que sí estaba, recordando los besos, las caricias y esa manera de actuar como un cajón que no cierra, que solo hacía que se sonrojara.
El calor subió a sus mejillas sin permiso.
Su pulgar rozó el anillo bajo la mesa, un gesto involuntario que la traicionó.
Lo escondió enseguida, como si el metal pudiera delatarla.
—Ella es una señora muy amable —se limitó a decir.
Valeria estuvo a punto de atragantarse con un wotip.
—¡Ja! —dijo simplemente—. Ya parece que te vas a reconciliar con ese infiel.
Eso no era verdad, Cassandra lo sabía por completo.
¿Por qué no lo desmentía?
La respuesta era sencilla: necesitaba que Valeria lo odiara, que le sirviera de aliada para no volver con él.
¿Por qué volvería con él?
Ella había tomado una decisión, igual que lo había hecho con Sebastián.
Solo tenía que mantenerse en ella y no permitir que una mujer que estuvo perdida en Corea del Sur por más de quince años reclutara en sus filas a su madre… o a su prima, si es que se enteraba de la verdad.
—No me voy a reconciliar con él, Valeria —respondió, más para ella que para su prima—, y si ella está aquí, seguramente podré hablar con él para que firme los papeles.
—Así se dice —la incentivó, luego de comerse su último siumai.
Cassandra a veces no sabía si en realidad la animaba o si estaba hablando desde su propio dolor.
Había roto con Alex, su novio el médico, casi en el mismo tiempo que ella dejó a su marido.
Por ende, habían compartido el despecho también.
«Todos los hombres llevan la infidelidad en ese cromosoma Y», había asegurado entre una copa de vino y otra.
«No importa de dónde provengan, todos los hombres son iguales», se había burlado.
La sopa estuvo para la hora de la tarde, y Ha-eun tenía su plato asegurado, desde luego.
—Tenía muchos años que no probaba una sopa tan deliciosa como esta —elogió a la anfitriona, con cierto brillo en los ojos, o eso había percibido Cassandra.
Lo sabía: se la había echado al bolsillo.
—¿Estás preparada? —dijo Valeria—. De seguro que tu ex vendrá a recogerla.
Ella se estremeció.
El estómago se le encogió sin aviso.
Sin embargo, tenía una certeza.
—Él no es un acosador —dijo simplemente.
Estaba muy segura de eso.
Habían pasado seis meses y en todo ese tiempo no lo había vuelto a ver.
Jamás se había vuelto intenso.
—¿Estás segura? Quizás no te hayas dado cuenta de las veces que ha pasado de madrugada frente a tu casa, como el imbécil de Alex.
Cassandra había temblado de pie a cabeza cuando Valeria le contó la historia.
Incluso le había propuesto que vivieran en el mismo apartamento.
«No, muchas gracias. Será suficiente con una orden de alejamiento», le dijo.
Era cierto.
Alex la había llamado una madrugada en que Valeria se había quedado en casa de Cassandra, ya que estaba hasta las orejas de borracha y era más seguro si dormía ahí.
«Pasé por tu casa y vi que no estabas», le había escrito.
¿Cómo se había dado cuenta?
Ni siquiera tenía un auto para que él asumiera algo por no encontrarlo en su estacionamiento asignado.
Solo había una manera: que él hubiera entrado a su casa… o quizás le hubiera preguntado a su casera.
Pero, por la razón que fuere, Alex no debió nunca ir a ver si estaba en casa o no, ¿no era así?
Ya habían terminado.
«Ni acosador ni infiel», bufó para sí Cassandra.
Definitivamente, Von Richter no era el típico ex al que la mayoría de las mujeres ponían en la pira del olvido.
Su pulgar volvió a tocar el anillo.
Lo retiró de inmediato, como si el metal quemara.
—Ven, Vale —dijo su tía, interrumpiendo la conversación de primas—, haré un postre y necesito de tu ayuda —indicó.
Cassandra le rogaba con la mirada que no la dejara sola.
No, ella no estaba dispuesta a soportar una conversación a solas con esa mujer, por más buena y amable que fuera.
—También tú, Susanita —indicó a la asistente, que se había entusiasmado escuchando la charla entre suegra y nuera.
«¿Para que vaya corriendo a contarle a Soledad? No, muchas gracias», pensó Cassandra, sin darse cuenta de que Ha-eun ya estaba sentada a su lado.
—Disculpa que haya visitado a tu madre sin siquiera haberte avisado —dijo, tratando de ser lo más respetuosa posible.
—No tiene por qué disculparse. Sin embargo, tiene que coincidir conmigo en que lo mejor que hubiera sucedido era que no involucrara a mi madre en todo esto —indicó tajante, o eso advirtió su suegra.
—O que yo me involucre, ¿no es así? Después de todo, son ustedes los que se han casado —dijo, haciendo eco de sus pensamientos.
Sí, esa mujer no tenía nada que hacer ahí.
—Yo tomé una decisión y lo único que tiene que hacer su hijo es aceptarla, no enviar a su madre a resolverle sus problemas.
—Él no tiene la menor idea de que yo estoy aquí. Pero, como su madre, como alguien que te aprecia, necesito saber por qué te separaste de él, si hacían tan bonita pareja.
«¿Bonita pareja? ¡Ja!»
Seguramente, Von Richter no le había contado toda la verdad.
Y ella le debía una mínima de lealtad, por todo lo que había hecho por ella, ¿no?
—Usted no sabe todos los detalles de nuestra relación —se limitó a confesar—. No está bien que yo se lo cuente, porque es parte de mi vida privada.
—Lo sé todo, cariño —respondió.
¿Él se habría atrevido a contarle?
—Sé por qué él se casó contigo, y es por eso que vengo a ti —comentó—. Tu sacrificio salvó a mi hijo, y es por eso que vengo a ti, para que me cuentes tu versión.
Cassandra tenía los ojos como platos.
El corazón le dio un salto que odió.
El anillo pesó más en su dedo, como si la llamara por su nombre.
Si Ha-eun sabía todo… ¿cómo era posible que no la apoyara para que su hijo firmara el divorcio de un matrimonio que se debía más a la conveniencia que al amor?