02 — Interferencia por contacto inesperado
Cassandra hizo una revisión mental de la lista de invitados.No recordaba haber invitado a SS Enterprise o a Daniel Von Richter.Tampoco había nadie apellidado Sui entre los convocados.
—No está bien colarse en una gala tan exclusiva como esta —le dijo, mientras vaciaba su copa de vino—, incluso si es uno de los hombres más ricos de la ciudad.
Von Richter simplemente sonrió, al tiempo que terminaba de un solo trago su vaso de whisky.
—Creo que no sabe realmente para quiénes está trabajando —indicó, mirándola directamente a los ojos—. Soy uno de los socios. Minoritario, claro, pero un socio en toda regla.
La cara de Cassandra se puso más blanca que un plato de porcelana.
¿Cómo se le había escapado ese detalle?
No, ella solo había revisado los nombres de los socios mayoritarios, convencida de que quienes tenían pocas acciones rara vez se dignaban a aparecer en ese tipo de eventos.
Instintivamente, su pulgar buscó el anillo y lo giró, como si el metal pudiera darle estabilidad.
El gesto fue tan automático que ni siquiera lo notó.
Enseguida le hizo seña al cantinero.
Porque lo sabía muy bien.
Él se había sentado en esa barra junto a ella por una sola cosa: explicaciones.
Lo que ocurrió luego de que ella se hubiera ido del hospital, donde se encontraba Sui Kang-dae, a punto de morir.
—Tráigale a la señora su mejor soju —indicó Von Richter, y cuando ella intentó replicar, él continuó—: Es lo mínimo que me merezco, ¿no? Por los viejos tiempos.
Ella desvió la mirada.
Por primera vez en mucho tiempo, una mujer que se ganaba la vida hablando, persuadiendo, convenciendo, se había quedado sin palabras.
Su garganta se tensó, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—Estuve esperando un tiempo a que las cosas se calmaran —dijo, finalmente—. Y, ahora que estás aquí, ya podemos hablar del divorcio.
Sí, sí.
El divorcio.
Algo que su abogado estuvo alargando por mucho tiempo.
«¿Quién en su sano juicio se divorcia de un millonario sin sacarle un solo centavo?», le había dicho.
Pero esa era la condición que le había puesto para tomar el caso.
De todas formas, no podía hacer absolutamente nada hasta que Von Richter no estuviera de vuelta en el país, ya que lo mejor sería que todo fuera «por las buenas».
—Ah, eso —dijo él simplemente, mientras servía el soju en las copas.
—Sí, eso —repitió—. Después de todo, me dijiste que podríamos divorciarnos cuando quisiera.
Ella tomó la copa y, sonriendo levemente, le dio un sorbo.
El líquido bajó caliente, demasiado caliente, como si su cuerpo estuviera reaccionando antes que su mente.
La carcajada que siguió por parte de su esposo la sorprendió. Aunque quiso disimularlo, fracasó miserablemente.
—Tú quieres divorciarte —dijo con calma, para luego acercarse a ella, quien trató de desviar la mirada, pero Von Richter tomó su barbilla con delicadeza—. Mentirosa —la palabra le hizo cosquillas en los labios—. Tus mejillas, por el contrario, son mucho más sinceras.
Por instinto, ella las tocó.
Estaban calientes, al igual que sus orejas.
Y su pulgar volvió a rozar el anillo, como si buscara un ancla.
Él aprovechó ese ligero descuido para tomarle la palma y besarla con delicadeza.
Un escalofrío le recorrió la columna, tan rápido que tuvo que contener el aire.
—Una mujer que se había entregado como tú lo hiciste la noche anterior solo podía huir sin avisar por un solo motivo: miedo.
Repentinamente, Cassandra se sintió desnuda.
—Esa no fue la razón y lo sabes —trató de ser valiente, mirarlo a los ojos de la misma manera en que él lo hacía, pero de pronto sintió que el mundo daba vueltas.
Sus manos estaban frías.
Su respiración, demasiado corta.
—No, no lo sé —respondió él, con sus labios a punto de rozarse—. No dejaste una nota, no contestaste los mensajes. Renunciaste a tu puesto de directora creativa sin una buena explicación.
De pronto, ella se sintió culpable.
El anillo pesó más en su dedo, como si la traicionara.
—Pues divórciate de mí por abandono del hogar. Es mucho más sencillo que por acuerdo mutuo —se burló ella—. No tengo por qué explicarte, y no trates de manipularme con esa pobre excusa de que te tengo miedo.
Intentó levantarse de la barra, pero él no se lo permitió, mientras cernía sobre ella su imponente figura.
Pero no fue eso lo que la detuvo, sino su aliento estremeciéndola desde la mejilla hasta la columna vertebral.
Sus rodillas se volvieron mantequilla.
El anillo volvió a girar entre sus dedos.
—Estás temblando, Cassandra. Justo ahora —indicó, volviendo a besarle la palma de la mano—. Quizás quieras terminar esta conversación en otro lugar.
Ella negó con la cabeza.
Un hombre se colocó detrás de ella.
—¿Necesita ayuda, señorita LeBlanc? —indicó uno de los miembros de seguridad.
—No, todo está bien, Carlos. El señor solo me estaba ayudando, pero ya estoy bien —aclaró, mientras trataba de mirar al recién llegado—. Ahora iré a cerrar el evento y a terminar de supervisar todo.
El mensaje era más para su marido que para el pobre Carlos, quien sospechaba que todo lo dicho por su jefa era una vil mentira.
Cassandra recuperó su mano tomada por Von Richter, dirigiéndose hasta el centro del salón.
A lo lejos, vio cómo él se retiraba.
Una ola de alivio… y algo más, algo que no quería nombrar, le apretó el pecho.
Sus días en Corea del Sur vinieron a su mente.
Parecían tan lejos y tan cercanos al mismo tiempo.
De pronto se estremeció, a pesar de que la noche era cálida.
Von Richter había tenido razón en algo.
Ella sentía miedo, mucho miedo.
El teléfono comenzó a sonar a las nueve de la mañana del día siguiente.Era domingo, así que la llamada no podía ser de otra persona.
—Déjame dormir un poco más —dijo a Valeria con voz perezosa—. Anoche fue el evento de presentación y llegué hace poco.
«Un evento con una sorpresa coreana, además», estaba a punto de decirle; sin embargo, se comería la lengua antes de que esa verdad saliera por su boca.
Recordó el interrogatorio de su prima —uno peor que el de un régimen paranoico buscando traidores— cuando le confesó que se había separado, luego de dos semanas de matrimonio, del guapo millonario.
Y, claro, tuvo que decirle una mentira. Bueno, no tanto.
«Cuando llegamos a Corea del Sur, había una heredera esperándolo», fue lo que le dijo.
El resto de la historia, las especulaciones que surgieron, fue todo gracias a la imaginación ultrafeminista de Valeria.
Cosas que comenzaban con «ese maldito chino» y terminaban con «todos los hombres son iguales».
—¿Sabes lo que va a decir la tía Leonor si llegamos tarde con el desayuno? —respondió. La voz tenía doble eco, lo cual no era nada bueno.
Seguramente, Valeria ya estaba en su puerta.
No dijo más y fue a abrirle; luego tomó su ropa y, un rato más tarde, ya estaban en su restaurante chino favorito, comprando cuatro órdenes de dim sum, bien calientes para llevar.
Sí, cuatro órdenes, si no querían que el cielo se abriera y comenzaran a caer rayos, porque habían olvidado la comida de Susanita, la asistente de su madre.
Como todos los domingos, Leonor ya las estaría esperando.
Cassandra se había dado cuenta de algo importante.Había descuidado demasiado tiempo a su madre, y fue por ese motivo que Soledad se había aprovechado de ella, ocupando el vacío que dejaba su hija, con nietos putativos incluidos, desde luego.
Así que, entre ella y Valeria, idearon un plan: llevar comida china como desayuno cada domingo, como un nuevo ritual compartido en familia.Así pasaban el día entero con ella, evitando que esa víbora rastrera se acercara siquiera.
Sin embargo, las visitas hicieron algo más: reforzaban el lazo entre madre e hija.
—Ya estoy poniendo la olla para la sopa —les dijo con una sonrisa doña Leonor—. Hoy tenemos una visita importante.
Cassandra y Valeria se miraron con cara de interrogante y enseguida se pusieron en guardia.
Si se trataba de Soledad, se encargarían de echarla, igual que habían hecho la última vez, sin que doña Leonor se diera cuenta.
Pero cuando entraron a la sala, Cassandra se llevó una gran sorpresa.
—Cassy, no me habías dicho que esta encantadora señora era tu suegra —indicó su madre con una sonrisa.
¿Qué hacía Han-eun en mitad de la sala de su madre?
Las teorías de conspiración comenzaron a aparecer como mensajes emergentes en su cerebro… y pantallazos de «ALERTA», ante la inminente invasión.
Von Richter había venido con artillería pesada, en busca de la conquista, una victoria que ella no le daría por ningún motivo.
Porque sí, ellos tenían que divorciarse, de una manera o de otra.