01 — Procedimiento de depuración definitiva
Seis meses después.
—¿Todo está listo para esta noche? —solicitó saber Cassandra a su secretaria, la señorita Matilda Pérez.
Pero antes de que ella terminara de hablar, la diligente joven ya se encontraba ahí, con tablet en mano y la seriedad de un reportero de guerra. Incluso su postura parecía sacada de un documental del Tercer Reich.
—Sí, señorita LeBlanc —indicó, para luego desglosarle todo lo que estaba bien para esa noche: la lista de invitados confirmados, salvo el señor Eleta, de RPC y Asociados, la cadena de medios más grande del país; el banquete, luego de haber hecho una exhaustiva selección, encontraron el catering que utilizaba ingredientes frescos, se preocupaba por las alergias de los invitados y tenía la selección de vinos de Chile, Argentina y Uruguay.
Los trofeos para las premiaciones, las menciones honoríficas, los premios a los invitados, todo estaba de acuerdo con el programa que se había discutido en la última reunión de socios.
—…En conclusión, señorita LeBlanc, la marca Medidas hoy brillará más que nunca —dijo Pérez con un orgullo tan grande que Cassandra la podía ver en su versión chibi, con la mano en el pecho y los ojos brillando de emoción.
—Y tú y yo estaremos ahí para ver que todo eso suceda —respondió, dándole una palmadita en el hombro.
Había sido un trabajo arduo de tres meses, junto con su equipo.
Desde que se había convertido en la directora regional de la marca, se había dedicado en cuerpo y alma a demostrarles a los socios que, a pesar de no haber recibido la tan indispensable carta de recomendación para el puesto, sus esfuerzos hablarían por ella.
—Ahora, vaya tranquila a cambiarse, que la noche será larga y usted será la anfitriona.
Cassandra asintió y se retiró de la corporación.
En cuanto llegó a casa, un apartamento alquilado en el centro de la ciudad, fue directo a la ducha, metió un envase de ramen en el microondas y salió a prisa para estar unas horas antes en el evento, supervisando los últimos detalles.
Se detuvo un momento para revisar cómo había cambiado su vida en los últimos meses.
Ningún banco la consideraba sujeto de crédito, después de haber perdido el apartamento de sus sueños por consejo de su abogado.
—Deja que el banco lo embargue, que subaste el bien. Luego nos encargaremos de limpiar tu crédito —fue lo que le dijo.
Era una medida desesperada, luego de intentar razonar con Sebastián, a quien no le importó que su crédito también estuviera arruinado.
—No te voy a dar el apartamento para que metas a los maridos que te dé la gana —le reveló—; además, el banco también me está quitando el carro, así que no me importa si mi crédito se jode o no.
Eso era de esperarse.
La relación que había comenzado como un romance universitario había mutado en un jorōgumo, un espíritu araña que la envolvía en una red tejida con narcisismo, manipulación… y quería infundirle algo más: el miedo.
—¿Qué más vas a hacer? ¿Ponerme un cinturón de castidad y perder la llave? —dijo exasperada.
Pero él pareció no notar el sarcasmo en sus palabras cuando respondió:
—Quizás me pensaría firmar esos papeles si fueras más amable conmigo. Digamos, ¿una última vez por los viejos tiempos?
El asco se pegó a la boca de Cassandra peor que aceite rancio de fritura de feria después de medianoche, ese que huele a pescado.
Aún se preguntaba qué le había visto a esa imitación salida de un catálogo online de Don Juan Tenorio.
Por un momento, Cassandra se sorprendió girando el anillo, mientras trazaba círculos sobre el menisco del pulgar, esa parte de su anatomía cuyo nombre había quedado tatuado en su memoria.
La buena noticia fue que el apartamento se subastó muy bien y, aunque la diferencia tuvo que compartirla con su ex, le dio para comprarse un auto en efectivo.
En cuanto a Soledad, pues, el asunto fue mucho más complicado.
Leonor, quien la había visto crecer, encontraba muy difícil creer que ella fuera la villana de la historia.
—Algo malo debes haberle hecho para que la pobre Soledad estuviera orillada a hacer algo así —le dijo su madre, luego de que Cassandra y Valeria le contaran la verdad cruda y sin glutamato.
Sí, sí.
Cassandra no podía ser la villana, pero tampoco podía ser una heroína, si es que la pobre Soledad —y sus hijos— estaban padeciendo amargamente.
Tenía que ser cosa de Sebastián y Rubén, dos hombres que eran el ejemplo de cómo el patriarcado se había encargado de oprimir a las mujeres.
Sí, porque Rubén había sido el villano durante tanto tiempo que ni su reivindicación podía contra toda esa mala propaganda de años y años.
Era una trama tan intrincada, donde la buena debía ser buena aunque dejara cadáveres a su paso, que Cassandra estuvo a punto de sugerirle que la escribiera, a ver si al menos la imaginación la sacaba de pobre.
Todo cambió un día, aprovechando que el elemento «Cassandra» se había ido misteriosamente de SS Enterprise.
Para el mundo, después de haberse casado con el chino multimillonario, ella había decidido hacer lo mismo que todas las esposas de magnates: dejar de trabajar y vivir en un yate frente a Mónaco.
O eso creyeron cuando presentó su carta de renuncia.
La noticia solo trajo el llanto y el crujir de dientes, especialmente de Sebastián y Soledad, quienes se dieron cuenta de que su cochinito arriba de la repisa le había salido alas y se había escapado por la ventana, mientras les sacaba la lengua.
Sebastián entró en pánico.
Soledad, por su parte, aplicó el conocido refrán que reza: «Un solo marido no llena un baúl».
Así que se fue a conquistar al hombre que llenaría su vida: Juan Arjona.
Y todo estuvo bien por algunos meses. Incluso su encantamiento servía para pagar sus gustos… y los de Sebastián, por supuesto.
Según la señora María, la única que estaba en contacto con Cassandra, todo se había destapado en la fiesta de fin de año de la empresa, en donde la comida y, en especial, la bebida, se repartían como si ya hubieran anunciado el día y la hora en que caería otro meteorito, igual al que extinguió a los dinosaurios.
Y fue la bebida, esa que se encarga de desinhibir cerebros y lenguas, la que envalentonó a Juan, quien sacó a bailar a Soledad un reguetón, y todo hubiera estado bien si no fuera porque el ejecutivo de SS Enterprise comenzó a «perrear» ante la mirada atenta de Sebastián, quien también tenía la sangre envenenada y el orgullo más pisoteado que la pista de baile.
La pelea que se venía fue detenida entre los presentes: Rodolfo Pérez se encargó de apaciguar a su colega, mientras que Castañeda se había llevado a Sebastián hasta un bar para que terminara de desahogar la puesta consciente de cachos.
—Pero eso no se quedó así, señorita Cassandra —le dijo la traficante de chisme número uno de SS Enterprise—, porque a la semana, Soledad Benítez recibió una carta de despido —informó, dejando a Cassandra patidifusa.
Sin embargo, era lo más lógico.
Todo surgió en una reunión de directivos creativos, en donde Melissa De León había argumentado que, al haberse ido Cassandra LeBlanc, y que, como la empresa no tenía la intención de reemplazarla, el puesto de Soledad no se justificaba.
Así que, con la anuencia de Rodolfo Pérez y con el aviso a Patricia Montenegro, ella debía irse y pronto.
Sí, eso es lo que pasa cuando alguien se mete con el amante de una alta ejecutiva en SS Enterprise… bueno, cualquier otra que no fuera Cassandra LeBlanc, desde luego.
Al saber la noticia, Cassandra sintió tristeza y alivio al mismo tiempo, recordando que había un Dios arriba en el cielo que no se quedaba con nada, ni con lo malo ni con lo bueno, o eso había dicho a diario su venerable abuela por tantos años.
Aún le dolía el destino de su ex mejor amiga; sin embargo, si se permitía ser blanda, sabía que cualquier ayuda sería bombardeada con manipulación.
—¿Aún es amiga del dueño de la panadería del frente, señora María? —preguntó Cassandra, como si estuviera cambiando la conversación—. Oí que necesitaban a una cajera.
Quizás Soledad era una cucaracha rastrera, pero Cassandra seguía teniendo corazón de chibi.
Una vez que había estacionado el auto en el hotel del evento, se dirigió hasta el último piso para supervisarlo todo y, cuando vio que marchaba de acuerdo con lo planificado, se tomó un respiro en la barra del bar, mientras levantaba su copa en el aire, haciendo un brindis mental por el éxito que había tenido.
—¿Me permite que la acompañe, señorita LeBlanc? —dijo una voz que la hizo temblar de pie a cabeza.
Un escalofrío comenzó a recorrerle la piel, con la culpabilidad haciendo estragos en su corazón.
—¿O debería llamarla señora Von Richter?
Las palabras hicieron que su firewall colapsara.