14 — Informe final de exposición y riesgo afectivo
Cassandra recordaba sus notas en matemáticas cuando estaba en el colegio.
No eran muy buenas, pero al menos sabía las operaciones básicas perfectamente bien.
Y ella no sumaba nada a esa relación; todo lo contrario.
Le restaba valor a Sui Seop, quien, con un buen matrimonio, sería el candidato ideal para su familia coreana.
Él le había dicho que casarse con ella era la garantía para que su madrastra no lo viera como una amenaza. Que, al ser de otra nacionalidad, no podría reclamar su derecho de nacimiento en el país que lo vio nacer.
Y si había una oportunidad de tenerlo todo, ella no debería ser un obstáculo, ¿no era así?
Después de todo, esa duda en sus palabras era una declaración del deseo de su esposo.
Cassandra sintió un pinchazo en el pecho.
No sabía si estaba huyendo de él… o de lo que empezaba a sentir.
Pero sí sabía que, si se quedaba, dolería más.
Decidió irse sin hacer el menor ruido, mientras ideaba una estrategia para que él no tuviera ninguna duda, la dejara, se casara con esa heredera de los Lee y se convirtiera en el chaebol que su padre quería.
—Oh, estás aquí —dijo una voz detrás de ella, justo cuando estaba a punto de abrir la puerta de su habitación—. Ven, te mostraré algo que te encantará.
La encontró con una rapidez que no parecía casual.
Von Richter la tomó del brazo y, con mucho cuidado, la guió hasta afuera del complejo del templo, procurando no ser vistos por los monjes.
—Por aquí —indicó, señalando uno de los senderos que ascendían por la montaña.
Cassandra agradeció haber traído su abrigo.
La noche no estaba especialmente fría, pero un pijama no era precisamente para hacer senderismo.
Llegaron a uno de los miradores.
La ciudad de Busán se percibía a lo lejos, como un eco de su grandeza.
Sin embargo, lo que más le llamaba la atención era la naturaleza que se respiraba a su alrededor.
—Mira lo que traje —dijo él, sacando una botella de la mochila que llevaba a cuestas.
—¿Soju? —preguntó ella, patidifusa.
—Creí que te agradaría probarlo finalmente, después de pasarte la tarde buscándolo en Jagalchi —respondió con una sonrisa fresca, sincera—. Además, este es, sin duda, el mejor.
Von Richter abrió la botella y se la pasó.
Cassandra admiró primero las letras coreanas, luego le dio un sorbo.
El sabor era suave, limpio, ligeramente dulce.
Él sacó otra botella y la imitó.
—Sé que el soju tradicional no tiene sabor a frutas, pero a mí me encanta el que tiene lima —comentó, levantando la botella—. Supongo que eso se lo debo a vivir casi toda mi vida en otro lugar.
Cassandra le sonrió ligeramente mientras bebía un poco más.
Él le ofrecía una botella.
Ella cargaba con una despedida.
—Ahora, vamos —dijo él, tomándola nuevamente de la mano y guiándola hacia un camino conocido.
Era el que llevaba al sanjang de su familia.
—No pretenderás que nos quedemos aquí, ¿o sí, mi querido esposo? —preguntó ella, sorprendida.
Él asintió con una sonrisa.
—Me sorprendió encontrarme a mi madre ahí, pero mi plan original era mostrarte la casa ancestral de los Choi. Donde todo comenzó.
Seop le contó los orígenes de su familia, una rama pobre de los Choi.
—Por eso mis abuelos emigraron a Latinoamérica, en busca de fortuna —añadió, mientras sacaba una llave y abría la pequeña cabaña.
Era sencilla, con apenas algunos muebles y utensilios.
Sin embargo, aún despedía esa sensación de hogar.
Cassandra estaba tan distraída admirando la decoración tradicional que se sobresaltó cuando Von Richter cubrió su espalda con su cálido torso.
Sus brazos se deslizaron por su cuerpo y su barbilla descansó sobre su hombro.
El contacto era tentadoramente delicioso.
Ella se encontró en una encrucijada entre lo correcto y su deseo.
No podían seguir comportándose como una pareja normal si él necesitaba a otra mujer a su lado.
—No podíamos hacer ruido en el templo, así que lo mejor es que pasemos aquí la noche —susurró él en su oído.
Y ella sintió cómo su brújula moral comenzaba a girar sin control, como si el eje de la Tierra ya no estuviera en su sitio, sino justo detrás de ella, en esos brazos que la ataban a un torso firme del que emanaban calidez… y deseo.
Él la giró y sus ojos se encontraron frente a frente.
—¿Y qué pasará cuando nos llamen y no nos encuentren? —preguntó ella.
No estaba haciendo bien; estaba segura de ello.
Acceder a las caricias de su esposo, justo cuando debían separarse, haría más difícil el camino.
—Ya mañana nos enteraremos —respondió él, acariciándola con esos labios que sabían a cerezas, incluso a esa hora de la noche.
Sabía que no debía.
Sabía que dolería después.
Pero él la miró como si fuera lo único real en su vida.
Y era paradójico que se conformara solo con ella como esposa, cuando podría tener a alguien con mejor linaje.
Entendió entonces que era afortunada y que sí, debía dejarlo ir.
Pero esa noche, no.
Esa noche sería, una vez más, de los dos.
Cassandra escuchó un zumbido a lo lejos que la obligaba a abrir los ojos.
La tenue luz naranja del amanecer bañaba el interior de la pequeña cabaña, y unos brazos que la rodeaban comenzaron a moverse pesadamente.
—Si no nos vamos ahora, mi contacto en el templo tendrá problemas —advirtió su esposo, levantándose del futón y ofreciéndole la mano.
Pronto estaban de vuelta en el sendero.
Al acercarse al complejo, una puerta lateral se abrió y una mano les hizo señas.
Un monje los esperaba, sonriendo, mientras Von Richter le pasaba algo envuelto en una tela.
Incluso los templos tenían secretos, pensó Cassandra, observando al pequeño hombre vestido para una ceremonia mientras los guiaba con sigilo hasta sus habitaciones.
Igual que nosotros.
—¿Durmieron bien? —preguntó su suegra, cuando los vio a la hora del desayuno.
Y sí, Cassandra percibió el doble sentido latinoamericano en esas dos sencillas palabras.
Sus mejillas, más rojas que el kimchi, fueron toda la confirmación que aquella mujer necesitaba.
Tuvo que taparse la boca para no reírse a carcajadas.
Ha-eun acompañó a su hijo hasta el aeropuerto de Busán.
Madre e hijo se despidieron con lágrimas y sonrisas, con la promesa de verse pronto y de que ella se preparara para volver con él.
Y eso no encajaba en la mente de Cassandra.
Si él pretendía quedarse en Corea del Sur, ¿por qué estaría de acuerdo con irse?
Quizás no estaba convencido aún de lo que era más conveniente para él.
Pero ella sí lo estaba.
—Bueno, ya llegamos —susurró Von Richter.
El vuelo había sido mucho más breve de lo que suponía.
Alfredo, el traductor, los esperaba al pie de las escalinatas del avión.
Subieron al auto.
—Iremos primero a ver a mi padre —anunció él.
Ella frunció el ceño.
—¿Crees que sea lo correcto? Él está delicado de salud y yo no le caigo bien y… —tenía la lista completa de razones por las que era una mala idea, pero él le puso una mano en los labios.
—Solo tenía dos propósitos para este viaje: ver a mi padre y llevarme a mi madre. Eso es todo. No me interesan los planes ocultos de la familia Sui —dijo, besándole la coronilla—. Después de todo, hubiera preferido ser únicamente un Choi.
Las palabras la dejaron paralizada.
A Cassandra se le atragantaron las respuestas.
Definitivamente, a este empresario millonario no le habían enseñado la diferencia entre lo que quiere y lo que puede.
O, en todo caso, lo que es justo y lo que no.
Pero ella se lo haría entender, por las buenas o por las malas.