MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 13 — Reintegración del sujeto al sistema
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13 — Reintegración del sujeto al sistema

El abrazo nació torpe, como el temblor de un hijo que duda entre tocar a su madre o pedirle permiso.

Pero en un suspiro se volvió íntimo, hecho de lágrimas que llevaban demasiado tiempo esperando.

Cassandra lo supo al instante.

Ese no era un abrazo: era un reencuentro que había fermentado durante años, igual que el meju en las vasijas del jangdokdae, dos heridas que habían aprendido a latir cada una por su cuenta.

Y entonces, como si despertaran del mismo sueño, ambos la miraron.

—Te presento a mi esposa, Cassandra LeBlanc —dijo él.

La aludida sonrió, inclinándose en una reverencia que no alcanzó a completarse: una mano cálida la tomó por los brazos y la atrajo hacia un abrazo inesperado.

—Oh, no, no te atrevas a hacer eso —dijo la mujer, envolviéndola con una ternura que desarmaba.

Cassandra se quedó rígida un segundo, sin saber si debía corresponder o pedir disculpas por existir.

No estaba acostumbrada a que la aceptaran tan rápido.

Mucho menos alguien tan importante para él.

El acento de la mujer estaba apenas marcado, algo que Cassandra atribuyó a los años viviendo en la Tierra de la Calma Matutina.

Pero su español era perfecto, fluido, casi musical.

—Soy Ha-eun —se presentó con una ligera sonrisa—. Este es el jangdokdae de la familia Choi —añadió, abriendo los brazos hacia el patio lleno de vasijas—. Lo he estado cuidando para cuando decidieras reabrir la fábrica de salsa de soya, mi querido Seop.

La mujer volvió a tomar a su hijo del brazo.

Un gesto pequeño, pero tan familiar, que hizo que Cassandra frunciera el ceño sin querer.

No era celos.

O sí.

O algo peor: la sensación de que había entrado en una historia en la cual solo podía contemplarla de lejos, mientras comía palomitas.

Tranquila, se dijo.

Pero la palabra no tenía dónde asentarse.

La conversación que siguió estaba cargada de historia y nostalgia.

Ha-eun lamentó no haber podido asistir al funeral de su padre, pero se alegró de saber que su madre, la abuela de Von Richter, seguía tan saludable como siempre.

Por un instante, Cassandra se sintió fuera de lugar.

Se había casado con un hombre que no había llevado a su abuela a la ceremonia.

¿Ella era tan insignificante para él?

¿O su abuela no conocía todo el plan, uno que traería de vuelta a su hija?

Más capas de misterio.

Más sombras alrededor de su esposo.

Quizás la abuela pensaba que ella no era la mujer adecuada para su querido nieto chaebol, igual que el padre se lo había insinuado.

Pues me casé con el hijo, no con ninguno de ellos, bufó mentalmente.

Además, por la manera en que su suegra la había recibido, no le importaba la opinión de nadie más.

¡Ja!

¡Con lo difícil que era ganarse a las suegras!

Y ella lo había logrado en el primer encuentro.

Las madres tenían un radar infalible para detectar mujeres inapropiadas para sus hijos.

Como la suya con Sebastián.

O su ex futura suegra, aunque en sentido inverso.

Sebastián y Cassandra nunca fueron el uno para el otro, o eso pensaba aquella mujer… y se lo hizo saber demasiadas veces.

Él era una víbora miserable que se merecía a una mosca muerta como Soledad.

De seguro ahora estaría saltando en un solo pie con su nueva futura nuera.

—Debemos volver pronto al templo —informó Ha-eun—. La cena se servirá en unas horas, pero como soy residente habitual, siempre me tienen algo preparado desde antes.

—Pensé que vivías en el sanjang del abuelo —comentó Daniel.

Ha-eun negó con la cabeza, casi ofendida.

—Si fuera así, viviría a base de ramyeon todo el tiempo. En cambio, la comida del templo es deliciosa. Esos monjes sí que saben de buen comer.

Ambos rieron y se encaminaron hacia el templo Beomeosa, directo a la cocina.

Un eco de intuición llegó a Cassandra.

Esa mujer sí que se había escondido de su hijo… en un templo budista, donde jamás se imaginaría que estaría.

Cuando a Cassandra le dijeron que la comida sería vegetariana, se imaginó un montón de tofu soso siendo pasado como bistec, tal y como intentaban hacer los restaurantes de su país.

Lo que encontró fue un deleite al paladar.

Nada de carnes raras o comida engañosa.

Solo platos sencillos, preparados con una precisión casi meditativa: un bibimbap de montaña lleno de brotes tiernos y verduras salteadas con aceite de sésamo; doenjang jjigae humeante, con un aroma profundo a fermento y a rocío; shiitakes asados que sabían a bosque; namul de espinaca y helecho, sazonados con una suavidad que no necesitaba justificar nada; y un arroz Hetbahn tan perfecto que parecía recién salido de un ritual.

La comida era exquisita, a tal punto que no recordaba no haber comido carne.

Cada bocado tenía una calma propia, como si el templo hubiera cocinado con silencio.

Y mientras comía, Cassandra observó a Daniel.

Él parecía encajar allí con una naturalidad que a ella le dolía.

Como si ese mundo —ancestral, espiritual, silencioso— lo reclamara más que cualquier oficina, avión privado o matrimonio improvisado.

Ahora entendía a Ha-eun y su apuro por ir pronto al templo Beomeosa y evitar los aburridos fideos instantáneos.

—A veces me paseo por el mercado del Pescado Jagalchi —confesó Ha-eun—. Solo cuando me aburro de comer lo mismo. Es una experiencia que no puedes saltarte si estás en Busán.

Cassandra recordó el mercado y disimuló el gesto de repulsión con una sonrisa.

Si aquella mujer supiera lo ocurrido la tarde anterior, quizás no lo recomendaría con tanta alegría.

En cambio, Daniel parecía divertido.

No era burla lo que brillaba en sus ojos.

Era lascivia pura.

Una que encendió las mejillas de Cassandra.

Tuvo que mirar hacia otro lado, fingiendo interés en su recién presentada suegra.

Luego de la ceremonia nocturna, un monje los llevó a habitaciones individuales.

Cuatro paredes, un futón, silencio absoluto.

Dormir en el suelo era parte de la experiencia, pero a Cassandra no le llamaba la atención.

El futón seguía siendo duro.

El silencio, insoportable.

Había ido a clases de yoga.

La meditación le parecía relajante.

Pero esto… esto era demasiado.

No pudo soportarlo más.

Salió de su habitación, ignorando las advertencias de no vagar por el templo.

Si no hacía ruido, nadie se enteraría, ¿no?

Quizás encontraría a su marido quejándose del piso duro o del silencio.

Y lo encontraría y… no.

Era un lugar sagrado.

No podía darle rienda suelta a su imaginación de horario para adultos.

Para su sorpresa, sí encontró a su esposo.

Pero no estaba solo.

Estaba con su madre.

En una conversación demasiado íntima para la hora, para el lugar, para ella.

—Supuse que algo así ocurriría —decía Ha-eun—. De seguro pretende que reconsideres tu ciudadanía y te conviertas en el chaebol de los Sui.

—¿Crees que eso es posible? —preguntó Daniel.

Silencio.

Un silencio que pesaba más que cualquier palabra.

—Tomaría tiempo —respondió Ha-eun—, pero al final podrías tenerlo todo: la fortuna de mi padre y la protección del clan Sui. Y por eso te han presentado a aquella chica de la familia Lee.

Cassandra sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

No por la chica Lee.

No por el clan Sui.

Sino porque él, finalmente, se estaba dando cuenta de todo lo que perdía al haberse casado.

Ella estorbaba.

Dolía reconocerlo.

Podremos divorciarnos si así lo decides, le había dicho, para luego decirle que su trato se había acabado junto con el inicio de sus noches de pasión.

No te ataré a nada que no quieras.

Quizás ahora que tenía las perspectivas de su futuro en primer plano, seguro que no querría atarse a ella.

Y por primera vez, Cassandra sintió que estaba escuchando su propia sentencia, pronunciada en voz baja por las dos personas que más importaban en la vida de su esposo.