MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 12 — Auditoría del vínculo ancestral
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12 — Auditoría del vínculo ancestral

Cassandra sintió una calidez capaz de llenarla por completo y no, no tenía nada que ver con el alba que ahora se levantaba en la ventana del hotel, sino con un hombre que reclamaba cada ápice de su piel como si fuera suyo desde siempre.

No quería despertarse; sin embargo, un soplo como una caricia le hacía cosquillas en la mejilla, como si él quisiera traerla de vuelta sin romper el hechizo de la noche anterior.

Ella giró el cuerpo y se encontró con unos ojos tan dulces como la miel, que parecían derretirse por ella… y eso, precisamente eso, era lo que la descolocaba.

Demasiada ternura.

Demasiada entrega.

Demasiado peligro.

—Buenos días, corazón —la palabra le erizó la piel. Giró la cara instintivamente, como si esa dulzura fuera un arma que no sabía manejar.

—Prefiero que me digas Cassandra —le cortó, aunque su gesto no pareció importarle, porque sus labios traviesos ya estaban acariciándole el lóbulo de la oreja.

—Bien, entonces, buenos días, Cass —sus palabras sonaban mucho más sinceras que ese torpe apodo que se colocan las parejitas como si fuera la mentira genérica número siete.

—Buenos días, esposo —respondió ella con una sonrisa en los labios, aunque una parte de sí se preguntaba por qué esa palabra le sabía tanto a verdad… y tanto a riesgo.

Von Richter se acercó a su boca y tomó su labio inferior entre los suyos, mientras sus manos recorrían su piel.

Ella rememoró la noche pasada completa: la fuerza de una tempestad, la intensidad de un valle florido y la calidez insolente de un día en la playa.

Y al instante siguiente, ya no recordaba en qué planeta estaba, porque la tempestad, el valle y la playa se juntaron en una sola persona, que empezó a arrastrarla al universo prohibido que agitaba su corazón.

Su corazón… y otras partes más íntimas.

Y, aun así, una sombra cruzó su mente:

¿Por qué él estaba siendo tan perfecto? ¿Qué estaba intentando equilibrar?

Un rato más tarde, ya estaban listos para dar un paseo en auto.

La ropa que usaron era muy sencilla, tal y como Von Richter le había solicitado comprar al traductor. Cassandra no dijo nada, pero notó que él evitaba las prendas demasiado llamativas, como si quisiera pasar desapercibido. Como si temiera ser visto.

Y ese detalle, pequeño pero punzante, se le quedó clavado en el pecho.

—Iremos al templo Beomeosa —anunció.

Cassandra levantó la ceja.

—Quizás hasta pasemos la noche ahí.

—No sabía que fueras budista —dijo, admirada.

Él se encogió de hombros.

—Será una experiencia nueva para ti, lejos del bullicio y las luces neón —le indicó, dándole un beso en la coronilla.

Pero Cassandra sintió un leve tirón en el estómago.

¿Experiencia nueva para ella… o refugio para él?

El auto avanzaba, pero su mente seguía inquieta, como si algo dentro de él estuviera a punto de revelarse.

En cuanto se estacionaron, Cassandra quedó impactada con las salas de meditación, pagodas, puertas simbólicas y pabellones. Luego caminaron hacia uno de los senderos.

—Por aquí —dijo Von Richter, alejándose del monje que los guiaba.

Cassandra estaba a punto de preguntar hacia dónde iban, cuando vio colina abajo una especie de cabaña en el borde de un bosque de pinos.

—Es un sanjang —aclaró él y, ante la cara de interrogante de su esposa, añadió—: era de mi abuelo. Nadie lo usa, pero sigue siendo de la familia.

Ella no quiso preguntar, pero una punzada de curiosidad le atravesó el pecho.

¿Por qué la traía a un lugar tan íntimo?

¿Qué quería mostrarle?

¿O qué quería ocultar?

Se lo imaginó de pequeño, junto con sus padres. Luego descartó la idea.

Para ella, una mujer de clase media, pasar un tiempo en una casa de campo como esa sería lo más natural.

Pero para él, que jamás sabría la tristeza de adelgazar las tajadas de jamonilla a final de quincena, o el alivio que daba el depósito del salario, nunca le habría dicho «hogar» a una cabaña tan humilde como esa.

—¿Nos quedaremos aquí? —preguntó Cassandra, justo cuando un ruido se escuchó en la parte de atrás de la cabaña.

Von Richter apretó su mano, un agarre que demandaba seguridad… o advertencia.

Ella sintió un escalofrío.

No por miedo, sino por la forma en que él tensó la mandíbula, como si reconociera ese sonido.

Y en ese instante, Cassandra sintió que estaba entrando en un recuerdo que no le pertenecía. Un territorio emocional que podía romperlo… o romperla a ella.

La condujo hacia el origen del ruido con esa lentitud calculada que anunciaba tormenta.

Cassandra avanzó detrás de él, el corazón golpeándole el pecho, mientras la anticipación crecía como un panel a punto de pasar página.

Al llegar al patio trasero, Cassandra se quedó sin palabras.

Filas y filas de vasijas enormes, dispuestas en el terreno como si fueran arbustos, cuidadas con una dedicación casi ritual. El olor del aire era intenso, una mezcla entre fermento, madera seca y paja. Inundaba cada soplo de aire.

Entonces, la vieron.

Una mujer de mediana edad, vestida con un hanbok. Cassandra lo reconoció de inmediato, después de haberlos visto tantas veces en sus queridas manhwas de chaebol.

La mujer estaba inclinada sobre las vasijas, como si estuviera cultivando algo vivo.

Pero lo que realmente llamó la atención de Cassandra fue una vasija rota, apartada del resto y cubierta parcialmente con un paño. Un detalle que Daniel también vio… y que lo hizo tensarse aún más.

Por un instante, Cassandra sintió que esa vasija rota —algo que había sido impoluto y que se había echado a perder sin remedio— había adquirido un nuevo valor.

Von Richter soltó la mano de Cassandra.

Caminaba lentamente, como si estuviera emboscando a la mujer. Sus pasos eran silenciosos, pero su respiración… no. Había un temblor contenido, una mezcla de miedo y esperanza que Cassandra jamás le había visto.

Ella sintió un nudo en la garganta.

¿Quién era esa mujer?

¿Y por qué él parecía tan… vulnerable?

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, una palabra salió de sus labios, cargada de un temblor que no le conocía.

—Mamá.

La mujer se giró lentamente hacia él y, antes de que él diera un paso, dijo:

—De todos los lugares en que te había buscado, resultó que estabas aquí, en el más humilde de todos.

Von Richter se cernió sobre ella.

El abrazo que le dio fue tan delicado como posesivo, como si temiera que aquella mujer se disolviera en el viento.

Cassandra sintió que el mundo se detenía, no para ella, sino para madre e hijo.

La historia que él le había contado unas noches atrás ahora se materializaba frente a sus ojos.

Y ese abrazo, como aquel paño sobre la vasija rota, parecía unir lo que alguna vez se quebró.

Mientras los observaba, Cassandra entendió algo que la atravesó como un rayo silencioso:

Algunas cosas rotas no se desechan.

Se reparan.

Y él, que estaba en busca de su pasado, de aquel vínculo roto, ahora parecía completo.

Definitivamente, Daniel Von Richter, Sui Seop, ya no necesitaba nada más.