MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 11 — Recalibración del sistema emocional
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11 — Recalibración del sistema emocional

Después de pasarse horas en un sedán, pensando en la lista de reproches que le diría, ¿lo único que se le había ocurrido era eso?

Cassandra se estaba dando latigazos mentales por no ser más creativa, en especial porque aquella pregunta tenía una respuesta obvia.

Sin embargo, el motivo era lo que le estaba triturando el cerebro en ese momento.

¿Qué quería Von Richter? ¿Apaciguar el caos dentro del paraíso?¿Evitar que su padre se diera cuenta de que no eran «una pareja feliz» realmente?¿Que todo era una puesta en escena, igual que lo había hecho en Trinidad?

O, peor aún.

¿Decirle un «muchas gracias por tus servicios, Cassandra, pero te irás mañana mismo a tu casa»?

Sintió un escalofrío repentino. Luego, se armó de un escudo lleno de coraje.

Se iría, sí, pero con el mentón en alto.

—Es lo que yo debería preguntar, ¿no lo crees? —le dijo con voz firme, mientras él le abría una de las sillas—. Te había pedido ir al hotel para explicártelo todo.

¿Explicarle?

—¿Por qué debería preguntarme algo? Después de todo, solo le estoy haciendo un favor, señor Von Richter —le indicó, aún de pie, llamando a Alfredo con la mirada—, ese maldito traidor— para que pidiera al camarero que cancelara la reserva.

—¿Favor? Lo que hicimos ayer fue gratis —le dijo, insistiendo en que se sentara.

La mirada que el CEO le envió a Alfredo luego de eso no necesitaba traducción, ya que el chico se fue del lugar sin poder degustar aquel pescado que tanto se había demorado en escoger.

Bien hecho, pensó Cassandra. Eso te pasa por sapo.

Pero el gusto le duró muy poco.

Von Richter le puso una mano sobre la espalda, guiándola a la silla.

Cassandra se había quedado sin alternativas.

O se iba con su marido, o tendría que recorrer kilómetros en un mercado con letreros en coreano.

Pero, si le daban a escoger, era capaz de quedarse a dormir en alguna banca, con tal de no volver con él.

Luego se imaginó sola, vagando por los puestos del mercado, mendigando aunque fuera un camarón mal puesto, pero con el orgullo intacto.

—Permíteme dejarlo claro. Para mí, a partir de anoche, todo trato, arreglo o favor quedó anulado.

Tú y yo somos una pareja de verdad, con un matrimonio legal.

Así que sí, Cassandra LeBlanc Von Richter, tú necesitas una explicación de mi parte por haberme encontrado en la habitación de mi padre en compañía de la heredera de la familia Lee.

¡Ja!

¡La familia Lee!

No sabía exactamente quiénes eran esos Lee, pero de una cosa sí estaba segura: el señor Kang-dae sí que se tenía algo entre manos.

Sin embargo, eso no contestaba lo más importante.

—Si esto es algo real, ¿por qué no me llevaste contigo? Porque no me lo puedes negar. Tú sabías exactamente lo que iba a pasar —lo acusó, así, sin ketchup ni mayonesa.

—Mi padre está enfermo, Cass. ¿Qué iba a hacer? ¿Llevarte? ¿Que el último recuerdo que tenga conmigo fuera que pasara un mal momento por mi causa? —respondió él.

Y eso tenía todo el sentido del mundo.

¿Por qué seguía sintiendo que todo eso olía a mentira fresca?

—Podías haberme dicho la verdad, que tenías una cita con una heredera de una familia prominente, la que tu padre te había escogido —indicó ella, cruzada de brazos.

—Te lo dije, que debía ir solo.

Las palabras parecían no tener efecto en Cassandra, quien estaba más cerrada que la bóveda más profunda de Gringotts.

—Cass, por favor.

Su mano recorrió su antebrazo con delicadeza. Le tomó un poco de esfuerzo, pero ella cedió y él se llevó la mano a los labios.

—Estoy aquí, Cass —sonrió un poco—. ¿Sabes lo difícil que resulta solicitar que un avión privado despegue desde Seúl a Busán sin previo aviso?

Von Richter se pasó el dorso de la mano de Cassandra por la mejilla.

Parecía adorarla, venerarla… o eso sentía el corazón de ella.

—Te hubieras ahorrado todo eso —respondió ella, desviando la mirada, pero permitiendo que él siguiera haciendo cosas lindas con su mano—. Después de todo, tendría que regresar a Seúl tarde o temprano.

—¿Qué, Cassandra? ¿No te resulta más romántico que tu marido millonario viniera a recogerte en avión?

Cassandra luchó con todas sus fuerzas para no reírse.

En verdad lo intentó, pero cuando sintió los labios de Von Richter cerca de su mejilla, todas sus defensas colapsaron; el firewall se vino abajo, dejando expuesto su procesador.

Él estaba demostrando por qué había elegido la publicidad como la actividad que lo estaba haciendo ganar millones.

—¿Qué estabas buscando en este ruidoso mercado, después de todo? —Las palabras le hicieron cosquillas, mientras un estremecimiento le recorría la piel—. Vámonos de aquí.

Él no esperó una respuesta y, cuando Cassandra estaba recuperándose de su encanto, ya estaban fuera de Jagalchi. Von Richter le abrió la puerta del vehículo en que había llegado.

Si Cassandra hubiera visto por la ventanilla del auto la ciudad de Busán iluminada de noche, se habría dado cuenta de que era parecida a su ciudad natal, llena de rascacielos y vías costeras, pero en versión tres punto cero.

Estaba, además, bordeada de montañas y un clima fresco.

Pero a ella no le estaba importando ninguna ciudad y, si tenía que admitirlo, tampoco le importaba el resto del mundo.

Porque los brazos de su esposo, que ahora la rodeaban, eran cálidos y firmes, y sus labios, que ahora sabían a cerezas, la embriagaban mejor que cualquier soju o bebida alcohólica.

Y lo mejor: no daba resaca.

—No sabía que ella estaría ahí —dijo Von Richter, cuando se separó de ella—. Simplemente llegó. Debí imaginar que todo se trataba de una trampa por parte de mi padre. Solo se está aprovechando de su condición para manipularme.

Cassandra no sabía cómo reaccionar ante tales palabras.

¿Quería escuchar eso?

Ella estaba segura de por qué había aceptado todo aquello, especialmente después de que él le confesara la verdad.

Y, sin embargo, más que una excusa, aquello parecía otra confesión.

—Estaré contigo apoyándote todo el tiempo —respondió con una sonrisa, mientras le acariciaba la línea entre su oreja y su barbilla—. Es solo que… me hubiera gustado que me dijeras la verdad.

¿De qué estaba hablando? La pregunta surgió en la mente de Cassandra.

¿En serio no sabía por qué no la había llevado?

—No, Cass, nada estuvo bien —respondió él, tomando su cara entre sus manos—. Eres mi esposa y, por la razón que sea, mi padre no tenía derecho a faltarte al respeto de esa manera. Eso fue lo que le dije, justo antes de que llegaras.

El corazón de Cassandra comenzó a latir fuerte y rápido.

Von Richter sonaba… ¿enamorado?

No, él no podía estarlo.

No podía haberse enamorado de ella en tan poco tiempo.

Como si él fuera una olla llena de aceite hirviendo, ella lo soltó de inmediato.

Por un momento, las luces de Busán se veían encantadoras de noche.

—¿Regresaremos a Seúl hoy mismo? —dijo simplemente—. Quizás tu padre no se haya comportado bien, pero es tu padre y no te ha visto en mucho tiempo. No tendrás otra oportunidad como esta.

Pero en seguida se arrepintió de haberlo dicho.

Porque, si ellos terminaban esa farsa de matrimonio, si él se unía a la heredera de los Lee, podría disfrutar más tiempo de él, dándole lo que tanto deseaba.

—No es fácil agendar un vuelo privado en Corea del Sur, Cassandra —respondió tajante—. Además, se supone que estamos de luna de miel y esta es la ciudad originaria de mi abuelo Choi Do-jun.

Él tomó su mano y le dio un beso.

—Además, no hemos cenado —añadió con una sonrisa cargada de intención que hizo que a Cassandra se le olvidara respirar.

Von Richter sonrió apenas y, al segundo siguiente, le estaba dando instrucciones al chofer.

Cuando el auto se detuvo en uno de los lugares más turísticos de la ciudad, a lo largo de una espléndida playa, Cassandra sonrió ante la vista. Sin embargo, el vehículo se detuvo frente a uno de los hoteles más lujosos.

Pero eso no parecía importarle a su esposo, quien, una vez registrado, la envolvió en sus brazos en un cálido beso mientras subían hasta el piso donde se encontraba la habitación.

Definitivamente, el soju estaba de más si tenía cerca a ese esposito que se había conseguido.

No le importó mucho cómo se veía la habitación por dentro —debía ser un deleite que gritaba lujo en mayúscula cerrada—; solo quería saber en dónde estaba la cama, mientras que Von Richter se encargaba de su blusa… y de su ropa interior.

—Eres mi esposa, Cassandra —le susurró al oído—, con cada una de las letras.

Ahora la miraba directo a la cara, la cual besó con delicadeza: desde la frente, pasando por sus ojos, su nariz, sus mejillas. Cassandra tenía la cara de su marido entre sus manos.

No se atrevía a hablar.

No quería que el momento se desvaneciera.

Después de tanto tiempo —no sabía si eran meses o años—, se sentía cálida, plena.

Él no le había dicho que la amaba, esas mentiras que dicen los amantes mientras el deseo los consume.

Le confirmaba algo más: que era su compañera y que estaba a su lado, pasara lo que pasara.

Von Richter sació una sed que ella no sabía que tenía hasta ese momento, al tiempo que su beso profundizaba por su boca, por su alma.

Él recorrió su cuerpo con sus labios, desde su mentón hasta ese punto en el sur donde se llevaban las riendas de sus gemidos.