10 — Gestión de crisis afectiva
El traductor llegó unos minutos después a la habitación del hospital.
Parecía haber corrido un maratón completo; estaba sin aliento y a punto de caerse cuando abrió la puerta.
Sin embargo, no pudo detener lo inevitable.
Cassandra parecía en shock ante la escena: su jefe, el señor Seop, tomado de las manos con una mujer que, en definitiva, no era su esposa.
Y todo bajo la mirada complacida del patriarca de la familia Sui, un hombre que parecía haber rejuvenecido unos veinte años de la noche a la mañana.
Cassandra estaba a la espera de una explicación plausible a la revelación delante de ella.
Sin embargo, lo único que obtuvo fue a un coreano que había invocado fuerzas de algún orbe, sello o entidad ancestral para gritarle hasta del lugar donde la parieron… o eso sugería la espuma acumulándose en la comisura de sus labios.
Luego de lo cual, sucumbió ante la tos.
—Ven —le dijo Von Richter, quien se levantó de inmediato para tomarla de la mano—, por favor —rogó esta vez, viendo que ella aún no reaccionaba.
Tuvo que darle un ligero empujón para que ella se moviera, mientras el señor Sui seguía maldiciendo en coreano.
—No es lo que tú piensas —fue lo primero que dijo. Palabras que activaron un recuerdo.
Dos cuerpos en una cama, gemidos que inundaban una habitación.
Esas fueron las palabras que le había dicho Sebastián cuando se dio cuenta de que había sido descubierto.
Cassandra solo escuchaba un pitido ensordecedor; se dio cuenta cuando veía cómo su esposo movía los labios, pero no salía ningún sonido.
Estaba nublada por la ira.
Tampoco se dio cuenta cuando el traductor había salido, la tomó del brazo y la estaba dirigiendo a la salida del hospital, como si hubiera sido teletransportada.
Pero lo peor fue cuando sintió algo húmedo en las palmas de sus manos; sin embargo, no podía comprobarlo.
Su vista se había nublado a causa de las lágrimas.
—Dile al chofer que nos lleve a Busán —le dijo al traductor en cuanto recobró la compostura.
—Pero, señora Cassandra, Busán está al otro lado del país —indicó él, preocupado.
—¿No me habías dicho que el recorrido no había terminado? —respondió entre dientes.
Su mirada parecía lanzar rayos, o eso le hacía creer el pobre Alfredo.
—Pero… el hotel… el señor Seop… —el chico había hecho cortocircuito.
—Y apaga tu celular. No necesito que él sepa en dónde me encuentro —agregó.
Alfredo la miró por un momento y suspiró. Luego habló con el chofer, quien reaccionó igual que el traductor; sin embargo, no dejó de manejar.
Un paisaje lleno de colinas y edificios distrajo a Cassandra, luego del desvío desde la autopista.
Fue cuando se limpió las lágrimas del rostro, las secas y las recientes.
No entendía por qué había llorado tanto por un hombre que, a pesar de haberlo conocido desde hacía quince años, tan solo tenía unos meses de convivencia.
Ni siquiera lo amaba… ¿cómo podía amarlo en tan poco tiempo?
No se habían jurado amor eterno; toda su relación había sido clara desde un principio.
Necesito casarme contigo, le había dicho.
Se trata de mi familia… ¿por qué le extrañaría encontrarlo con otra mujer frente a un padre moribundo que lo único que quiere es regalarle todo su mundo?
¿El control de sus empresas y su familia?
Definitivamente, si lo analizaba bien, era estúpido haberse pasado todo un viaje de cinco horas con las piernas entumecidas, solo por una reacción alérgica afectiva, tan inútil como molesta.
—Aún no he probado el soju. ¿Sabes de algún lugar en Busán donde pueda encontrar uno bueno? —le dijo al traductor.
La idea le hizo sonreír.
Habría querido hacer muchas cosas más en una ciudad tan emblemática como Busán. Sin embargo, era la única que se le antojaba.
—Aún es muy temprano para beber, señora Cassandra —respondió Alfredo, quien parecía no saber qué hacer.
—¿Y a quién le va a importar eso? Soy una turista y se me permite hacer lo que quiera, ¿no lo crees? —Sabía que estaba siendo grosera con el chico, pero era lo único que quería hacer.
Beber.
Ahogar una pena que aún no entendía, liberar su pecho de una opresión que no debía existir.
—La puedo llevar al Mercado del Pescado Jagalchi —ofertó el joven traductor y, ante la cara de «no seas pendejo» que le dio Cassandra, él se aclaró—. Hay algunos restaurantes ahí. Quizás le puedan servir soju con su comida.
Finalmente, Cassandra miró al chico, dándose cuenta de que sí que podía sorprenderla, y de inmediato se dirigieron hasta aquel mercado.
En cuanto entraron al mercado, la expresión «no seas pendejo» volvió a la cara de Cassandra, mientras veía cómo Alfredo se dirigía a uno de los puestos para comprar el pescado que le cocinarían en el piso superior.
Y en cualquier otra ocasión, ella hubiera disfrutado de la experiencia, pero no estaba para escoger pescado o decidir cuál vendedor estaba conectado con cuál restaurante, como le estaba tratando de sugerir Alfredo.
No, lo que ella quería era beber a lo grande, como si estuviera en la sala del apartamento al cual no podía regresar, gracias al cucaracho número uno de su corazón.
Tampoco podía avanzar al piso de arriba —¿cómo lo haría si Alfredo aún no se decidía por el pescado o el restaurante?
¡Qué maldita tontería!
De haberlo sabido, habría elegido cualquier restaurante de la periferia, esos donde el pescado era seco, pero el servicio llegaba antes del arrepentimiento.
Pero, lo más importante: su sistema estaría ahogado en alcohol. ¿No era esa la razón por la cual había accedido a ir a un mercado lleno de pescado?
Y cuando, finalmente, Alfredo González se decidió por un puesto —de entre los cientos que había en los tres kilómetros de espacio del bendito mercado—, se dirigieron al piso superior.
Después de tanto esperar, el soju estaría a su disposición.
—Hola, señorita LeBlanc —dijo una voz conocida, que los esperaba en el restaurante—. ¿O debo decir señora Von Richter?
La pregunta le cayó como ácido en la piel, igual que la siguiente que salió de su propia boca.
—¿Qué demonios haces aquí?