MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 09 — Aparición de un elemento no identificado
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09 — Aparición de un elemento no identificado

Cassandra se despertó en la madrugada con una sensación extraña.

Cada ápice de su piel se sentía renovado, eso lo podía jurar.

No solo sentía que su corazón latía con nuevas fuerzas —gracias al overhaul que había recibido unas horas antes—, sino que se había dado cuenta de que su antiguo mecánico la había timado durante ocho años con cambios de aceite dudosos y piezas recicladas.

Entonces, un escalofrío le recorrió la espalda, a pesar de estar entre los brazos cálidos de Von Richter… su esposo.

Y él… él respiraba con esa calma que solo la paz podría brindar.

¿Por qué él estaba tan tranquilo, mientras ella sentía un deseo absurdo de saltar, correr, escabullirse?

No sabía por qué alguien querría escapar de aquellos fornidos brazos que solo daban seguridad.

Quizás tenía que ver con que él le había confiado la tragedia de su vida y, más allá, le había pedido apoyo para resolver sus dilemas.

La habitación olía a él: a madera, a piel… a deseo.

Todo había cambiado y estaba fuera de control, fuera de cualquier plan previo al matrimonio… y se sentía bien.

Como si todo encajara.

Fue entonces cuando un objeto volvió a su mente: la caja con los regalos de Sebastián.

La caja que había mandado a tirar.

No tenía ningún sentido que su memoria trajera eso precisamente a su presente.

Era inútil, cargada de recuerdos manchados.

Von Richter se movió lentamente, abrazándola más contra su pecho, acomodando su cara contra la suya.

No, no había ningún riesgo.

¿O sí?

No.

Esto era un incidente temporal, un favor mutuo que se hacían mientras se hacían cositas de vez en cuando.

Se trataba de acompañar a su marido en su plan hasta el final, igual que él lo había hecho por ella.

No habría peluches, tarjetas de regalo ni nada que se le pareciera.

Nada que tirar cuando todo acabara.

—Buenos días —dijo él, con esa voz que parecía hecha para desarmarla.

Y Cassandra sintió que su corazón, ese traidor, daba un salto olímpico.

Él se incorporó y le tomó la mano.

—¿Estás bien?

Estaba aterrada.

Pero dijo:

—Sí.

Y él, que no era tonto, la miró como si pudiera ver todas las líneas de código detrás de esa mentira.

La besó en la frente.

Un beso simple.

—Hoy iremos al hospital —dijo él, sin soltarle la mano.

Ella miró cómo entrelazaban sus dedos: esa mano grande y fuerte contra su mano frágil.

¿Qué pasaría cuando todo acabara?

¿Cuándo ya no encontrara esa mano?

No.

Ella no debía depender de él.

Ese pensamiento, silencioso y brutal, la acompañó mientras se vestía, mientras desayunaban y mientras salían del hotel…

—Ha habido un cambio de planes —le anunció Seop, levantándose para bañarse—. Me han escrito para decirme que mi padre no ha amanecido bien, así que iré solo.

Por la mente de Cassandra pasaron los recuerdos más tristes de su vida.

Una llamada en la madrugada.

Un «vengan rápido».

Y luego, la verdad: su padre no estaba mal.

Estaba muerto.

Son noticias que no te dicen por teléfono, recordó.

—Me arreglaré, de todas formas —dijo sin pensarlo, pero él la detuvo en el acto.

—No hace falta. Además, no le hará bien que te vea a mi lado.

Ella negó con la cabeza.

—No es tu padre quien me preocupa, sino tú.

Su sinceridad rozaba la descortesía, pero ¿no era mejor decir la verdad cuando se avecinaba una tormenta?

Ya se lo imaginaba: él llorando por la muerte de un hombre que no se lo merecía, mientras una bandada de buitres lo acosaba.

No. Él necesitaba apoyo.

—No lo discutiré —dijo ella, mientras buscaba ropa que no gritara «soy la extranjera que tu familia odia», pero tampoco «vengo a robar herencias».

—No, Cass, por favor —respondió él, tajante—. No conoces las costumbres aquí. Será mejor que vaya solo.

El argumento era flojo.

Ella podría derrumbarlo con tres palabras.

Pero cedió.

Porque ese no era el momento ni el lugar.

—He hablado con el traductor. Te dará una visita guiada por la ciudad mientras yo me ocupo de mi padre —añadió, tomándola de las manos.

Ella asintió, respirando hondo.

Esperaba —rogaba— no estar cometiendo un error al no insistir.

Corea del Sur era exactamente como ella la había imaginado.Y absolutamente distinta.

Las calles eran limpias hasta el absurdo.

La cultura del reciclaje parecía religión.

La seguridad era tal que su bolso dejó de ser una preocupación.

Y su celular servía para reservar puestos en restaurantes.

Pero también había algo más.

Cassandra agradecía en silencio al traductor, Alfredo González, un joven español que estudiaba en Seúl y explicaba cada microdetalle cultural como si narrara un documental de National Geographic.

Descubrió algo curioso:

Para muchos coreanos, todo hispanohablante era mexicano.Y hablaba «mejicano», no español.

Cassandra sonrió con ironía.

Le recordó demasiado a su propio país, donde se había cansado de explicar que Daniel no era chino.

Ni japonés.

Ni «asiático genérico».

Y que, además, su hogar estaba lejos de Corea del Sur.

El mundo era redondo, pero los prejuicios eran planos.

Recorrió Seúl.

Caminó por calles que parecían salidas de un panel ilustrado.

Se sintió dentro de su propio manhwa.

Como si hubiera despertado en otro mundo.

Un isekai corporativo.

Hasta que dejó de sentirse como fantasía.

Algo en su pecho se tensó.

Una punzada.

Un presentimiento.

—Necesito ir al hospital —le dijo a Alfredo González, el traductor, mientras caminaban por las calles de Gangnam y sus majestuosos rascacielos de vidrio y lujo ostentoso.

No le confesaría que había estado esperando todo ese tiempo un mensaje de Daniel.

Se suponía que las malas noticias eran las que más rápido volaban.Y, sin embargo, ese silencio parecía presagiar algo peor.

¿Qué sería peor? No lo sabía.

Y eso era lo que más le asustaba.

—Pero aún no ha visto Zaemiro, el Café 2D, las Tiendas Kakao Friends y… —intentó decir él.

—Al hospital —repitió ella, con una autoridad que no admitía réplica.

Alfredo tragó saliva ante la mirada de ejecutiva que le dio Cassandra.No iba a discutir con un jovencito un tema tan delicado.

Además, ella le debía mucho a Von Richter, como para no ser solidaria con su dolor.

—Entendido. Cambio de misión —dijo el chico con un saludo militar.

Se subieron al vehículo y pronto llegaron al hospital.

Una enfermera intentó detenerla, pero Cassandra se hizo la «mejicana», la «hispana», la «no entiendo nada, señora, lo siento», y pasó.

El pasillo estaba demasiado quieto.

Demasiado silencioso.

Demasiado parecido al día en que perdió a su padre.

El olor a desinfectante le golpeó como un recuerdo que no había pedido.

Y cuando entró en la habitación, se encontró con algo totalmente distinto a sus más profundos temores.

Una escena que superaba a sus presentimientos.

El padre estaba conversando con el hijo.

Pero había alguien más.

Una mujer.

Joven.Veinticinco, quizás.

Cabello negro perfecto.

Piel impecable.

Elegancia natural.

Una criatura salida de un comercial de fragancia francesa dirigido por Sofia Coppola.

Con una sonrisa fresca, radiante, sincera…

Dirigida a su marido.

El corazón de Cassandra se cayó al estómago.

Esa sonrisa no era inocente.

Cassandra lo supo al instante.

Esa mujer no estaba allí por cortesía.

Estaba allí por él.

Finalmente, entendió una cosa:

No importaba en qué parte del mundo estuviera, el estigma de «grandísima pendeja» la perseguiría, pasara lo que pasara.