MANUAL ANTI MOSCAS MUERTAS 08 — Reconfiguración del sistema sentimental
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08 — Reconfiguración del sistema sentimental

¡¿Qué madre no querría saber de su hijo?!

La indignación fue lo primero que se apoderó de Cassandra, después de recuperarse del impacto de entender que no era la madrastra malvada quien había movido los hilos de aquel espectáculo siniestro… sino la propia madre de Daniel.

—Se trata de su honor —continuó él, levantándose de golpe, como si aquella verdad lo quemara por dentro.

—Sí —dijo Cassandra—. Tendría que ser por cualquier otra cosa, menos por amor, por supuesto.

Se acercó a él y chocó su hombro contra el suyo, un gesto pequeño pero firme.

Él rodeó sus hombros con un brazo, como si ese contacto lo mantuviera anclado.

¿Cuánto tiempo había cargado él solo con todo esto?

Su padre había cambiado a su madre —y a él— por otra mujer.

Había sido prácticamente expulsado de Corea del Sur por esa vieja loca llamada Han Ye rin.

Y ahora resultaba que su madre había aceptado desaparecer de su vida para garantizar que él no reclamara lo que le correspondía.

Ni con el jingle más pegajoso del mundo se digería algo así.

—No, Cass, no te confundas —dijo él, con una calma que dolía—. Ella no quiere verme porque eso fue lo que prometió. Era la garantía de que yo no volvería a reclamar mi herencia. Así Sui Min ho quedaría como único heredero.

—Y, sin embargo, tú quieres volver a verla —dedujo Cassandra.

No era un reproche.

Era la verdad universal de todo hijo.

Daniel asintió, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.

—Y también a mi padre. Lleva años luchando contra el cáncer. Cuando me fui la primera vez, había ganado la batalla… pero ahora está perdiendo la guerra. Quería verlo antes de que se fuera.

Cassandra dejó de respirar.

Ese hombre, que había sido un padre ausente, que había permitido que su hijo fuera expulsado de su propio país… ahora estaba muriendo.

Y Daniel, a pesar de todo, quería despedirse.

Seop es un estúpido sentimental, pensó.

Pero ¿no son así los hombres con corazón de veinticuatro quilates?

Y luego, su cerebro añadió:

Aquí la única estúpida eres tú, que todavía te resistes a caer en los fornidos brazos de ese papacito.

—Entonces, Han Ye rin debe convencerse de que no regresaré, para que me diga lo que necesito —continuó él—. Ya hice lo más difícil: que mi empresa sea lo suficientemente grande como para no necesitar a la familia Sui.

Cassandra soltó una carcajada.

—Yo creí que lo habías hecho porque te encantaba tener autos de lujo, yates y aviones.

Él rió también, y ese sonido le aflojó las rodillas.

—Mientras sea con dinero heredado de mi abuelo Choi Do jun, no me importa amasar la fortuna que sea —dijo, inclinándose para darle un beso en la coronilla.

Ese beso la hizo temblar.

No por sorpresa.

Sino por deseo.

—Uno que asegure que mi madre vuelva conmigo —añadió él.

—Y casarte con una mujer indigna de los Sui le asegura a Han Ye rin que no podrías optar por el puesto de patriarca, ¿no? —dijo Cassandra, orgullosa de todos sus años leyendo manhwas de chaebols.

Casi podía verse a sí misma en versión chibi, con pose de «lo sabía».

Daniel sonrió.

—Indigna o no, eres mi esposa. Te escogí porque eres todo menos eso.

Cassandra sintió algo hincharse dentro de ella.

No ego.

No orgullo.

Algo más suave.

Más peligroso.

—Gracias por no preguntar en qué te metías —añadió él—. Pero te aseguro que tienes mi protección incondicional.

Ella no lo dudaba.

No le había fallado nunca.

¿Por qué empezaría ahora?

Sin pensarlo, se colocó frente a él y lo abrazó con fuerza.

No sabía si era él quien lo necesitaba… o ella.

Él besó su coronilla otra vez.

Ella aspiró el aroma de su camisa, apoyó la mejilla en su pecho y lo rodeó con los brazos, aferrándose como si el mundo se estuviera moviendo bajo sus pies.

—Tú mereces eso y más —susurró él, cuando sus miradas se encontraron.

Daniel bajó el rostro hasta que sus labios quedaron a un suspiro de los de ella.

Había deseo, sí.

Pero también había una pregunta silenciosa.

Un «¿estás segura?» que no necesitaba palabras.

Y fue Cassandra quien respondió.

El beso fue delicado al principio, como si ambos temieran romper algo invisible entre ellos.

Luego se volvió más profundo, más urgente, más inevitable.

¿Qué estoy haciendo?, pensó Cassandra, mientras sus manos buscaban la tela de su camisa.

Pero no se detuvo.

Porque por primera vez en mucho tiempo, no quería huir.

Daniel la sostuvo con una mezcla de hambre y cuidado, como si temiera perderla si apretaba demasiado… o si la soltaba.

Ella sintió la culpa asomar, como un fantasma del pasado.

Pero él la acarició con una ternura que desactivó cada alarma interna, esa que temía volver al peso conocido y a unas manos que ahora solo le daban repulsión.

Esa caricia abría paso a una nueva historia.

El mundo se redujo a su respiración, su piel y ese instante suspendido.

Y cuando sus labios volvieron a encontrarse, el resto dejó de importar.

Porque Daniel no solo estaba reconfigurando su sistema.

Estaba reestructurando su corazón.

Era como si Daniel estuviera ejecutando una optimización profunda de su sistema operativo, borrando el historial de miedos y dejando solo espacio para el presente.

Y sí, Daniel le había dicho la verdad: su armamento bélico era de primera calidad, pero el ejecutor era como esas películas de Rambo o John Wick: alguien que no se detiene ante ningún obstáculo y que conoce exactamente cuánta presión aplicar para desarmar por completo.

Y, lo más importante: dejándola con ganas de pedir una secuela de inmediato.